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El nuevo golpismo tiene
claros sus objetivos en
América Latina:
dirigentes preocupados
por la injusticia social
que deciden consultar a
sus pueblos. Como ya no
resulta creíble la
acusación de comunista,
hoy pueden acumularse
todos los males en un
nuevo marco: populista.
Una vez calificado así
un Gobierno, con la
complicidad de los
científicos sociales que
se empeñan en
estigmatizar los
procesos
democratizadores
surgidos en los últimos
años en el continente,
se puede sembrar
informativamente todo
tipo de dudas sobre las
que, después, justificar
su derrocamiento. No
otra cosa ha hecho la
oligarquía hondureña
(sabrán disculpar
vocablo tan añejo, pero
no son menos añejas las
familias ahí
representadas).
Ha quedado claro que el
delito del presidente
Zelaya no tiene que ver
con la consulta sobre la
reelección ni con la
pretensión de un cambio
constitucional. El
“oligarca traidor”
Zelaya cruzó dos rayas:
intentar contar con la
población para crear un
proyecto participativo
que supere la histórica
depresión de Honduras e
incorporar a este país a
la Alianza Bolivariana
para los Pueblos de
América (ALBA). Hasta
hace poco, buena parte
de los expertos
latinoamericanistas
parecían estar de
acuerdo con que la
región había alejado
estos fantasmas
golpistas, pero de
pronto empiezan a
aparecer nuevas
justificaciones que
llevan a preguntarse:
¿qué hay detrás de esta
operación?
Muy posiblemente haya
una sofisticada
estrategia de contención
política y distorsión
ideológica, cuyo
principal objetivo es
instalar en las diversas
esferas públicas
nacionales e
internacionales el miedo
al cambio social y
político que puedan
promover las mayorías
populares. En la
coyuntura de crisis
internacional, son los
gobiernos progresistas
latinoamericanos los
únicos que pueden
liderar un bloque capaz
de cuestionar la reforma
global propuesta por los
gobiernos del norte,
quienes dejan el
pretendido “cambio de
modelo” (que no de
sistema) en manos de los
creadores y gestores de
las múltiples burbujas
especulativas.
Las élites del
establishment global y
sus aliados locales
vienen dejando claro que
no se puede pretender ir
tan lejos. Con una nueva
combinación de capitales
financieros, políticos,
simbólicos y mediáticos
trabajando en la lógica
think tanks, y contando
con la gigante e
infatigable capacidad de
emisión de las
industrias informativas,
su primer paso es
sembrar en sus
latifundios mediáticos
algunos monocultivos
discursivos para
monopolizar el debate
público.
En este caso cabe
destacar las narraciones
acerca del factor de
desestabilización que
encarnaría Chávez y el
eje bolivariano. Un
articulista que firma su
texto como ex
guerrillero y consultor
internacional para la
resolución de conflictos
–un ejemplo en sí mismo
de la evolución
ideológica deseable por
el pensamiento elitista
para todo
revolucionario– llega a
equiparar sin
explicación alguna los
petrodólares ideológicos
del ALBA con los
narcodólares criminales.
Ocultando que los
segundos financian tanto
la violencia necesaria
para asegurar sus cuotas
de mercado criminal como
exquisitos shopping
center desde los que se
sigue regando el
imaginario consumista
que las élites pretenden
ya como un derecho
humano fundamental:
vivir en una depauperada
ciudad del Sur con el
lifestyle de Miami que
nos vende la ventana
catódica. E ignorando
que la estrategia de
venta de petróleo a
precio político
promovida por el ALBA
–por debajo del mercado
internacional y con
posibilidad de pago
diferido– es a cambio de
activar políticas
sociales
redistribuidoras que sí
están promoviendo la
inclusión social de
importantes sectores
sociales antes
excluidos. ¿Es ilegítimo
disputar por esta vía
los Tratados de Libre
Comercio impulsados
desde los gobiernos
neoliberales de Estados
Unidos e impuestos con
alta corrupción por los
gobiernos del
continente?
Por supuesto que el
“periódico global en
español” o los analistas
políticos de “reales
institutos” no se hacen
esta pregunta, por lo
que no dudan en apoyar,
al menos en un primer
momento, los argumentos
de los golpistas en
Honduras. Alineados con
intelectuales neocons,
se apoyan las tesis
constitucionalistas más
reaccionarias –la ley no
se puede cambiar aunque
se cuente con el apoyo
popular necesario–. Los
que quieren el cambio
son así los responsables
de polarizar la vida
política y romper la
“unidad” de estas
naciones democráticas.
No se cuestionan los
consensos conservadores
muñidos en etapas de
represión y
desarticulación social,
ni dinámicas
institucionales
abiertamente corruptas,
ni las vertiginosas
desigualdades que no
dejan más futuro a las
nuevas generaciones de
origen popular que la
desnuda explotación o la
violenta ascensión
social en el
narcotráfico.
Lamentablemente, vemos
cómo estas tesis
neoconservadoras cuentan
en nuestro país con
extraños compañeros de
viaje, abiertamente
implicados en el
entramado de la
manipulación política de
las transnacionales en
América Latina. Su
vehemente condena del
populismo progresista
contrasta con el
silencio mantenido sobre
regímenes conservadores
también calificables de
populistas como los de
Collor de Mello, Menem,
Fujimori, Uribe y
también Berlusconi. Tras
décadas de sufrir el
sambenito de utópicos
por parte de estos
ejemplares reformistas
que nos imponían el
modelo neoliberal, toca
ahora pedirles que sean
realistas y pragmáticos
y reconozcan que las
reformas necesitan la
fuerza del poder para
conseguir
reacomodos sociales y
políticos. ¿Es posible
pensar en reformas
incluyentes sin que los
poderosos pierdan parte
de sus estratosféricos
privilegios?
El presidente Zelaya
seguirá intentando
retornar a su país a
pecho descubierto y
necesita el apoyo de
todos, incluida la
socialdemocracia
europea, como en tiempos
hiciera Olof Palme.
HERIBERTO CAIRO, ARIEL
JEREZ, DÉBORA BETRISEY,
ROSA DE LA FUENTE,
LORENZO FERNÁNDEZ,
FERNANDO HARTO, OMAR DE
LEÓN, JUAN CARLOS
MONEDERO, ANTONIO
PALAZUELOS, JOSÉ ÁNGEL
SOTILLO Y JOSÉ ANTONIO
SANHAJUJA.
*Profesores
del máster de Estudios
Contemporáneos de
América Latina de la
Universidad Complutense
de Madrid. |