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El presidente de Estados
Unidos, Barack Obama,
otorgó legitimidad a un
gobierno latinoamericano
derrocado por un golpe
de Estado, y contrario a
sus intereses. El
presidente de Honduras,
Manuel Zelaya, líder
máximo de este gobierno,
fue recibido por el
Departamento de Estado
en Washington. Y una
organización
desacreditada por su
rancia tradición
golpista, la
Organización de Estados
Americanos (OEA),
condenó el cuartelazo,
pronunciándose a favor
de Zelaya.
Algo no cierra. ¿A
cuento de qué tanto
frenesí democrático?
Leer para creer: en
Moscú, frente a un grupo
de universitarios, Obama
afirmó que su gobierno
no señala a otros países
quiénes deben ser sus
gobernantes, y que no
apoya a Zelaya por estar
de acuerdo con él. “Lo
hacemos –dijo– porque
respetamos el principio
universal de que los
pueblos deben elegir sus
propios líderes,
coincidamos con ellos o
no.” ¡Ay!…
Con argumentos muy bien
documentados, varios
comentaristas centraron
sus análisis en el ethos
por antonomasia: Estados
Unidos urdió el golpe
del 28 de junio en
Tegucigalpa. La lectura
simultánea de las luchas
políticas internas de
Washington, y las de
Honduras, permiten
concluir que, en efecto,
los gringos sabían.
El economista hondureño
Miguel Cáceres Rivera da
cuenta de una reunión en
la embajada de Estados
Unidos en Tegucigalpa,
celebrada la noche del
21 de junio, y
auspiciada por el
anfitrión Hugo Llorens
(La Prensa, Tegucigalpa,
22/6/09).
¿Quién es el embajador
Llorens? Nombrado por el
gobierno de George W.
Bush (abril de 2008),
fue consejero para
asuntos económicos en
Honduras y Bolivia,
agregado comercial en
Paraguay, coordinador de
asuntos para el
narcotráfico en El
Salvador y funcionario
consular en Filipinas.
Cáceres apunta: "“De
2002 a 2003, años del
golpe de estado y golpe
petrolero en Venezuela,
el embajador Llorens
ostentó el cargo de
Asuntos Andinos del
Consejo Nacional de
Seguridad, siendo el
principal asistente del
presidente Bush y del
director del Consejo
sobre asuntos
relacionados con
Colombia, Venezuela,
Bolivia, Perú y
Ecuador”".
En la reunión de marras
participaron el
presidente Zelaya, el
actual monigote golpista
Roberto Micheletti, el
liberal Elvin Santos, el
ex candidato
presidencial Porfirio
Lobo Sosa (conservador)
y el general Romeo
Vásquez Velásquez, jefe
del Estado Mayor
Conjunto.
Punto único de la
agenda: que Zelaya
desistiera de la
encuesta destinada a
indagar entre los
hondureños la
modificación de algunas
leyes constitucionales
calificadas de
"“pétreas”". Zelaya se
negó. Como es sabido, el
general Vásquez
secuestró las urnas, y
el jueves 25 el
presidente convocó al
pueblo y recuperó el
material electoral de
una base militar.
Abortado el "“golpe
técnico”", el diario El
Tiempo de Honduras
publicó la noticia con
un titular maravilloso:
“Militares y hasta
Hillary Clinton habrían
evitado el golpe a Mel”
(apodo popular de
Zelaya). Es decir, que
el golpe se iba a
efectuar el jueves 25,
no el domingo 28. Un
golpe que, al parecer,
habría sido causa de
agrias disputas en
Washington.
¿Qué sectores
intervinieron en el
golpe? Desde su
conversión en enclave de
la United Fruit Company
(UFC, 1899-1970),
Honduras y las naciones
de América Central
merecieron el despectivo
mote de "“repúblicas
bananeras”", expresión
acuñada por O. Henry
(seudónimo del popular
escritor William Sydney
Porter, 1862-1910) en el
libro de relatos
Cabbages and Kings,
ambientados en el puerto
hondureño de Trujillo.
La primera importación
de banano hondureño a
Estados Unidos (1902) se
dio en un marco jurídico
semicolonial,
administrado por una
suerte de "“burguesía
consular”", ligada al
sector terrateniente. El
sociólogo brasileño
Helio Jaguaribe
diferenciaba esta
burguesía de la
"“nacional”"
(empresarial,
industrial, urbana).
En la segunda mitad del
siglo pasado, la
economía hondureña dejó
de ser meramente
bananera, y la minería
cobró cierto auge. La
UFC fue comprada en 1969
por Zapata Corporation
(empresa petrolera de
los Bush) y en 1984
cambió su desprestigiado
nombre por United Brands,
conocida hoy como
Chiquita Brands.
Sin una burguesía
propiamente dicha,
Honduras apenas consigue
sostenerse con el sector
de maquila y el
agroindustrial, las
remesas de los
inmigrantes, la
cooperación externa, la
ayuda financiera, y el
arrendamiento del
territorio para bases
militares del Pentágono.
Mas poco y nada se habla
del lavado de dinero,
así como de los
empresarios, políticos y
militares coludidos con
el narcotráfico.
¿Qué otro sector de una
nación paupérrima podría
tener un poder económico
y político capaz de
desafiar a Wahington,
las Naciones Unidas, el
Vaticano, la Unión
Europea, y el conjunto
de los países de la OEA?
¿Un régimen narcomilitar
como el de Myanmar en
América Central?
Es una hipótesis. Aunque
sin ella, el súbito
desgarre de vestiduras
made in USA por la
democracia hondureña, a
más de la tenaz
obcecación de los
golpistas "“ofendidos”"
por la "“incomprensión”"
internacional, se tornan
inexplicables. |