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El peor error
periodístico que he
cometido fue cuando
-después de estar en la
asamblea del FMI en
Singapur en septiembre
del 2006- fui a cubrir
el golpe de estado que
acababa de producirse en
Bangkok.
Llegué con otros
compañeros y encontramos
una ciudad que parecía
apoyar de forma unánime
la intervención del
ejército contra el
primer ministro Thaksin
Sinawatra y adornaba los
tanques de flores. Miles
de ciudadanos de Bangkok
-principalmente las
clases medias- salían a
la calle para vitorear y
aplaudir a los
golpistas. Y nosotros,
casi sin excepción,
informábamos de que ese
era el golpe del pueblo
contra un primer
ministro corrupto y
odiado, culpable de
"populismo" que
"compraba votos" a las
masas pobres repartiendo
sobornos estatales.
Y ¿quienes eran nuestras
fuentes? Pues,
obviamente, tailandeses
con cierto nivel social
que hablaban bien el
inglés, y expatriados,
que siempre son tipos
con abundantes
conocimientos que
"entienden nuestro
idioma". Hice alguna
entrevista con
disidentes y, por lo
general, traté de evitar
el error de pensar que
si estudiantes y gente
que veía la CNN apoyaban
el golpe pues debería
estar justificado. Pero
como la mayoría, lo
califiqué como un golpe
muy a lo tailandés,
consensuado y pacifico.
Nos quedamos unos días y
luego nos marchamos.
Pero poco a poco se fue
quedando diáfanamente
claro que eso no había
sido el golpe del pueblo
sino el golpe del pueblo
más o menos acomodado de
la gran metrópoli, es
decir la minoría. La
mayor parte de la
población que aun vive
en el campo o en
barriadas de
infraviviendas lejos del
centro cosmopolita de
Bangkok, habían votado
al derrocado Sinawatra y
aún lo apoyaba.
El supuesto clientelismo
de Sinawatra –es decir
su política de
subvencionar a los
campesinos- había creado
una amplia base de apoyo
electoral en zonas
rurales y barrios
periféricos pobres. Para
la gente más o menos
próspera en Bangkok las
masas rurales habían
sido sobornadas por el
clientelismo de un
político populista y
corrupto. Pero cuando
reflexioné sobre la
cuestión, el populismo
de Sinawatra me parecia
bastante menos corrupto
que los partidos que
ganan votos a las clases
acomodadas
prometiéndoles recortes
de impuestos sobre sus
rentas.
Por supuesto, nuestro
error en Bangkok fue muy
fácil de cometer porque
la infraestructura de
aeropuertos y hoteles
decentes nos condujo
directamente a los
enclaves de bienestar
occidental que existen
hasta en los paises más
pobres; los distritos de
alto standing, de
franquicias
multinacionales y
hoteles de cuatro y
cinco estrellas donde la
gente se siente
avergonzada de sus
compatriotas marginados
en la periferia y el
campo y odia
visceralmente a lo que
ellos llaman populismo.
Esto, creo que vale para
explicar muchas cosas.
La cobertura
incondicionalmente
favorable al argumento
de que hubo fraude en
las elecciones iraníes
el mes pasado, para
empezar. La cobertura
exclusivamente negativa
en España del
"populismo" venezolano.
Y ahora la confusión
periodística en
Honduras. Porque solo
enviados especiales con
verdaderas ganas de
complicarse la vida van
a hablar con la gente de
las barriadas que trepan
por las laderas de las
montañas en el entorno
de Caracas donde por fin
hay médicos y
alcantarilladas, o en
las comunidades
populares de Honduras
donde Zelaya subió el
salario mínimo un 60% y
adoptó programas anti
pobreza.
Los expatriados son
fuentes a las que acude
todo enviado especial en
busca de entrecomillados
sin complicaciones
culturales. Pero en
Caracas y Tegucigalpa
todo indica que los
españoles son lo que en
EE.UU. se llamarian "angry
white men" (Hombres (y
mujeres) blancos y
enfadados), en estado
perpetuo de indignación
por los sobornos a los
pobres a cambio de votos
de gobiernos
"populistas".
Supongo que la raíz de
su rabia inagotable es
que los ex patriados
españoles en Caracas o
Tegucigalpa -como todos
los ex pats- tienen
mucho que perder si ese
"populismo" funciona.
Cuando yo hice un
crónica desde una misión
de apoyo social en una
barriada marginada de
Caracas, planteando la
posibilidad de que en
lugar de clientelismo el
programa Barrio
adentro de ayuda a
los pobres podría ser
una manifestación de
voluntad democrática,
una lectora española
residente en Carcas y
nacida –ella misma lo
destacó en la carta- en
Santa Coloma de Gramenet,
escribió furiosa a la
Vanguardia acusándome de
hacer apología por el
chavismo populista.
Pasa lo mismo en
Tegucigalpa. Las
primeras crónicas de los
enviados especiales
venían de la boca de
españoles y otros
residentes de los
barrios "bien" de la
capital hondureña,
despotricando contra
Zelaya, y aplaudiendo la
intervención militar en
nombre de la democracia.
En la CNN los
manifestantes pro golpe
hablaban inglés con
acento estadounidense.
"¡A aquellos les paga
Mel!", dijo una señora
en un reportaje de
televisión
estadounidense
refiriéndose a la otra
manifestación en contra
del golpe. "Nosotros
somos los que de verdad
tenemos independencia
porque hemos trabajado
por lo que tenemos".
El primer contacto con
esos hondureños tan
parecidos a nosotros en
cultura, renta y ética
de trabajo para la
chacha y el
guatchiman, tuvo un
efecto sobre los
enviados especiales,
como si de un
estupefaciente se
tratase. En un flashback
mareante a las crónicas
infames sobre Venezuela
en el preámbulo del
intento de golpe contra
Chávez en abril del 2002
se les olvidó por
completo que hay
presunción de inocencia
para cualquier
presidente derrocado a
punta de pistola. Hasta
se les olvidó que según
los libros de estilo, un
gobierno y presidente
golpista deben ser
calificados como
gobierno y presidente de
facto.
En algunos casos se
llegó a plantear que un
golpe de estado es
legítimo si el tribunal
supremo decide que el
poder ejecutivo ha
actuado de forma
inconstitucional, lo
cual –aplicado a España-
habría justificado unos
cuantos golpes en los
últimos años. La
confusión de los
enviados especiales,
tras tantas
conversaciones con
expatriados furiosos de
naturaleza pero
efimeramente eufóricos,
contagió a los lectores
y televidentes. "La
verdad es que cuesta
decidir quién tiene
razón en el golpe de
Honduras", me dijeron
dos amigos. Peor, como
dice Grahaeme Russell
del instituo Rigts
Action en EE.UU -www.rightsaction.org-
"este golpe "jamás ha
sido gris sino blanco y
negro".
Ahora las cosas empiezan
a quedar claras gracias,
como siempre pasa, a la
llegada a Tegucigalpa de
la gran masa sin lavar y
sin estudiar ni First
Certificate de inglés.
Los vi primero en
Telesur, un canal
"populista" -su
principal fuente de
financiación es
Venezuela- que ha puesto
imágenes en nuestras
pantallas que cuentan
una verdad que se nos
había escapado en CNN
PLUS. Yo vi, por ejemplo
en Telesur una mujer
proletaria fumando un
puro en la entrada de
Tegucigalpa que parecía
una trabajadora de la
fabrica tabacalera de
Lavapiés circe 1880
cuando las trabajadoras
enamoraron a Pablo
Iglesias. Sólo que ésta
era negra, con un
pañuelo atado a la
cabeza, gritaba: "Bajo
los gorilas. Queremos a
Mel". Conforme las masas
llegaron desde las
barriadas lejanas y
desde los pueblos, todo
empezó a esclarecerse.
Los tiros contra jóvenes
manifestantes
defendiendo la
democracia ayudaron
también.
De la noche a la mañana
se esfumaron los
argumentos sobre la
posible legitimidad
jurídica de los ocho
rifles automáticos
apuntados al pecho del
presidente
democraticamente elegido
hace sólo dos años. De
repente las crónicas
periodísticas
recuperaron sus "de
facto" y la palabra
golpista sustituyó
"intervención militar en
defensa de la
democracia". Charles
Krauthammer, el
obstinado neoconservador
estadounidense, mantiene
el discurso contra
Zelaya pero eso sólo
demuestra la gravedad de
la crisis de la derecha
en EE.UU. Los asesores
de Obama saben el
peligro que corren si el
nuevo socialismo
latinamericano se ve
como defensor de la
democracia contra
Estados Unidos.
Todo recuerda a aquel
momento cuando fracasó
el golpe contra el
"populismo" venezolano
en abril del 2002 y el
jefe de la patronal
Pedro Carmona, un hombre
con un gran futuro a sus
espaldas al igual que lo
será Roberto Micheletti,
se convirtió en Pedro el
Breve, y cientos de
diarios y televisiones
tuvieron que dar marcha
atras. El New York Times
publicó una mea culpa
por apoyar el golpe. Los
cintillos "La dictadura
venezolana" en la prensa
española se borraron.
Pero la historia se
repite y se repetirá en
la nueva fase de
golpismo
latinoamericano. Si el
golpe lo defiende gente
blanca, con dinero en el
banco, que han estudiado
en International House,
que arremeten contra el
"populismo", a los
medios siempre nos
cuesta llamar golpe a un
golpe. |