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1. Cuando regresa lo
peor del pasado
La madrugada del 28 de
mayo pasado un terremoto
sacudió a Honduras y
dañó con severidad las
estructuras del puente
llamado La Democracia,
en la ciudad de El
Progreso, donde una
plataforma considerable
de ese puente se
precipitó a las aguas
del río Ulúa. Esto fue
un presagio, porque un
mes después en fecha
idéntica otro sismo,
político y perpetrado
por militares, destruyó
la institucionalidad
democrática hondureña,
con un golpe de Estado
contra el presidente
constitucional Manuel
Zelaya Rosales,
secuestrado a punta de
fúsil mientras dormía y
puesto en pijama en un
avión con destino al
exilio en Costa Rica.
Esta asonada militar en
pleno siglo XXI repite
un proceder que se creía
extirpado de la política
de este tiempo y que fue
propio de dictaduras
pretéritas. El
cuartelazo evidencia a
quién obedecen los
militares en Honduras,
al proferir otro: “A sus
órdenes, mi capital”,
como tituló el sacerdote
jesuita Ignacio
Ellacuría, a un
editorial que escribió
en los años 70, cuando
en El Salvador un
gobierno castrense se
cuadró firme y sumiso
ante la élite económica
y dio la reversa
completa a un tímido
proyecto de reforma
agraria.
El presidente depuesto
en Honduras pretendía
realizar una consulta
ciudadana para instalar
una cuarta urna en las
elecciones de noviembre
de 2009, con el objetivo
de modificar la
Constitución y proponer
la opción de la
reelección a los
presidentes sucesivos,
pero además buscaba que
la Carta Magna fuera más
receptiva a la
participación e
influencia de los
ciudadanos hondureños.
No es cierto como
propalan algunos medios
informativos de que el
fin de tal referendo
fuera eternizar al
mandatario derrocado en
el poder. El Partido
Liberal al que pertenece
ya había elegido a su
candidato para las
próximas elecciones en
noviembre próximo. En
esta elección interna
también participó el
ahora presidente de
facto, Roberto
Micheletti Bain, quien
como siempre perdió
estrepitosamente.
Se dice que el
mandatario derrocado no
tenía el apoyo del
Congreso, ni de la Corte
Suprema de Justicia ni
del Tribunal Supremo
Electoral. Pero antes
habría que revelar las
credenciales nada
democráticas de los
políticos y jueces al
frente de esas
instituciones, quienes
las tienen secuestradas
y al servicio de
intereses contrarios al
bien común de la
población, entre las más
empobrecidas y
vulnerables de la
región.
2. Soberanía ultrajada
al mejor postor
Honduras por años fue
capital exclusivo de las
transnacionales
bananeras, que la
expoliaron con la
anuencia de la
oligarquía y sus lacayos
en el sistema político y
judicial, quienes
consumaron la entrega de
su soberanía “bajo esa
sensación de ternura que
produce el dinero”, como
escribió el poeta
Roberto Sosa, al
referirse al palacio de
justicia de su país:
“Templo de encantadores
de serpientes” donde
“temibles abogados
perfeccionan el día y su
azul dentellada”. La
situación no ha cambiado
en el presente.
Su historia reciente la
presenta como la base
militar –que todavía
existe– de Estados
Unidos durante la Guerra
Fría. Es el territorio
centroamericano que la
potencia del norte
convirtió en guarida de
la contrarrevolución
sandinista y desde el
cual apoyó al ejército
salvadoreño en sus
tropelías asesinas, como
la ocurrida en el
fronterizo río Sumpul,
donde participaron
soldados hondureños,
quienes hacían lo propio
en su país al superar el
manual de represión de
la Escuela de las
Américas, con una
impunidad que permanece
sin castigo hasta hoy.
3. Los delitos de Zelaya
y la hipocresía de sus
acusadores
La política en Honduras
es monopolio sempiterno
de dos partidos, el
Liberal y el Nacional,
instrumentos de una
oligarquía cuyo tiempo
mental la hace
considerar al país como
su hacienda y que
dispensa un trato de
vasallos a la gran
mayoría del pueblo
hondureño. Esto ha
influido para que el
pueblo en general sea
proclive al
conservadurismo
político, reacio a
cualquier proyecto
social en sentido
contrario al designado
por décadas por los
dueños de la finca.
Fue lo que ocurrió a
Zelaya Rosales,
defenestrado por los
mismos poderosos que le
alzaron a la presidencia
en 2006, quienes ahora
le acusan de traición a
la patria, entre otros
supuestos delitos. Pero
si tanto delinquió, ¿por
qué los golpistas no
abrieron un proceso para
inhabilitar su inmunidad
y que rindiera cuentas a
la justicia?
En todo caso desde una
inocencia de
conveniencia que no
tienen, los golpistas
prefirieron parapetarse
en la oscuridad y en el
uniforme militar para
secuestrar al presidente
y expulsarlo del país de
forma violenta y sin
apego ninguno a la
Constitución que ahora
tanto dicen defender.
Además, repiten hasta la
saciedad el coro de que
eso no fue un golpe de
Estado, a pesar del
decretado toque de
queda, la supresión de
varias garantías, la
censura a los medios
informativos, la caza
nocturna de opositores,
el desprecio virulento a
la OEA, a las Naciones
Unidas y, finalmente, la
represión contra
movilizaciones pacíficas
que reclaman la
restitución de Zelaya
Rosales y la vuelta al
orden democrático.
Sólo así pudo Roberto
Micheletti Bain alcanzar
la presidencia que la
voluntad popular le ha
negado durante los 30
años que lleva de reptar
para tal fin como
diputado reelecto
incontables veces. Para
lograr su objetivo no
escatimó en usar las
prácticas más perversas
de la política en
Honduras. Es un
presidente de facto que
ha mostrado con
elocuencia al mundo de
la política más
civilizada que su único
argumento es el
oportunismo, la
intolerancia y la
bravuconería explosiva
de tiempos medievales
ante cualquier
pensamiento que ose
contrariarlo.
El delito que le costó
el exilio a Zelaya
Rosales, proveniente de
una familia acomodada de
militancia tradicional
en el Partido Liberal,
fue salirse un poco, ni
siquiera tanto, del
guión de gobierno
trazado por la
oligarquía de su país y
haber intentado realizar
algunas reformas
sociales tenues,
necesarias en un país
pobre como Honduras, más
vulnerable por lo mismo
a la crisis actual de la
economía mundial.
Otro factor que sin duda
desencadenó el golpe de
Estado en Honduras fue
el acercamiento de su
presidente al grupo de
países que integran el
ALBA, sobre todo por lo
que esto implicó de
vínculos con el líder
venezolano Hugo Chavez,
convertido en la excusa
ideal para justificar
cualquier arremetida
contra la democracia en
Centroamérica.
En el pasado fue el
comunismo, hoy el
fantasma enarbolado para
suscitar el miedo y las
reacciones políticas más
desproporcionadas es el
comandante Chávez y su
proyecto, cuando su
liderazgo en
Latinoamérica bastante
le debe a los desatinos
de la política exterior
de Estados Unidos en el
continente como también
al fracaso de las
medidas económicas
neoliberales en estos
países.
Tampoco se puede perder
de vista la hipótesis
sugerida por la analista
argentina Stella
Calloni, en el sentido
de que el golpe de
Estado en Honduras
podría suponer un nuevo
guión de la CIA y las
estructuras
ultraconservadoras
ensayado en la región
para desestabilizar a
los gobiernos
progresistas.
Es cierto que el
presidente Barack Obama
pretende enmendar el
pasado siniestro de
algunos de sus
predecesores, pero
también lo es que esas
estructuras de guerra
sucia continúan en
operación y sin ser
afectadas para nada por
la buena voluntad de la
administración
demócrata, que debe
empezar a transformar
los discursos brillantes
en acciones
contundentes, que
sienten un precedente
real de cambio en el
comportamiento histórico
de la gran potencia con
el resto de países, en
especial con los
latinoamericanos.
Sería un mal presagio,
un acto de total
desprestigio, que la
actual administración
estadounidense terminara
por dar su bendición a
los golpistas y
negociara con ellos, y
se desmarque sin pudor
de la condena y el
rechazo de todos los
gobiernos del mundo. No
se puede permitir que
estos vestigios infames
del pasado se repitan en
este nuevo momento
histórico, cuya
construcción tanto
sacrificio y sangre ha
costado a todos los
pueblos
latinoamericanos. |