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Washington no podía
perdonar lo ocurrido en
San Pedro Sula (3 de
junio). Allí, en
territorio hondureño,
Estados Unidos sufrió
una afrenta sin
precedentes en la
historia de los grandes
imperios. Después de
medio siglo de infamia,
Cuba fue reivindicada
por su expulsión de la
OEA en 1962 y Washington
sufrió una derrota moral
de la cual no es posible
sobreponerse. Además el
leit motiv de aquella
reunión era la “no
violencia”.
Antes de eso, Honduras
se había sumado al Alba.
De la mano del
presidente Manuel
Zelaya, figura
imprevista en el
escenario regional, el
país centroamericano se
incorporó a un proyecto
estratégico diferente y
contrario al trazado por
el imperialismo. Era
demasiado. No había otra
alternativa, para ellos,
que pasar a la acción.
Allí está el contenido
esencial del grotesco y
ya fallido golpe de
Estado del 28 de junio
contra el gobierno
hondureño.
Respuesta del Alba
Como de rayo, el Alba
salió al cruce del
manotazo, mientras en
Honduras comenzaban a
movilizarse las fuerzas
que respaldan a Zelaya.
En la noche misma del
domingo 28, en ocasión
de una reunión de
presidentes
centroamericanos, se
realizó en Managua una
reunión extraordinaria
de los mandatarios del
Alba.
Incluso sin oír o leer
los extraordinarios
discursos allí
desgranados, la foto de
esa mesa basta para
comprender que una
situación radicalmente
nueva se ha afirmado en
América Latina: el Alba,
otra vez plantada frente
al imperio, con
definiciones netas, con
la resolución y las
capacidades suficientes
para decirle a
Washington que el golpe
no sería aceptado.
Mientras tanto, en cada
país hubo expresiones de
rechazo al golpe,
movilizaciones de mayor
o menor envergadura pero
en ningún caso omisión.
La OEA se reunió de
emergencia: ¿qué podía
hacer? ¿Identificarse
con los golpistas? En
vista del desarrollo de
los acontecimientos, la
Unión Europea condenó la
interrupción de la
institucionalidad. Ya
con la región en pie de
lucha y con una
dirección política
continental corporizada
en el Alba, el
presidente Barack Obama
primero y su secretaria
de Estado después,
Hillary Clinton, tomaron
distancia de los
golpistas sin
comprometerse exigiendo
el retorno de Zelaya. No
había espacio para
ambigüedades, sin
embargo. “No sólo hemos
venido a dar
declaraciones; es un
plan jurídico, político
y social el que hay que
elaborar para apoyar al
pueblo de Honduras (...)
no hay negociación
posible con estos
golpistas. Que
renuncien. Hay que ser
muy firmes, como las
rocas, ante unos
golpistas a los que hay
que decirles que
entreguen el gobierno al
presidente Manuel Zelaya
y sin
condicionamientos”. En
ese momento, en Honduras
se decretaba una huelga
general con bloqueo de
todas las rutas. La
insurrección del pueblo
contra los golpistas.
El papel de la Casa
Blanca
No es el caso de
preguntarse acerca de la
subjetividad del
presidente
estadounidense ante
semejante coyuntura. Los
hechos son muy claros.
Barack Obama posterga
acciones inequívocas en
la política exterior
estadounidense. No da
prueba alguna de un
cambio real. Tampoco
afirma la continuidad de
su sucesor. No se trata
de un período de
acumulación de fuerzas
del flamante Presidente
para luego dar un mazazo
al dispositivo de poder
imperialista. Se trata
de una calculada
prolongación de
expectativas, dentro y
fuera de Estados Unidos,
respecto del vuelco
radical con el que se
ilusionó buena parte del
mundo. Ésa es la
estrategia imperialista
en el plano de lo que
podría llamarse
“relaciones públicas” de
la Casa Blanca ante el
mundo.
Mientras tanto, el
Departamento de Estado y
el Pentágono continúan
en su faena. La de
siempre. Con la
diferencia de que ahora
los estrategas del
imperialismo han dado
por cerrada la etapa de
control mediante
gobiernos
constitucionales en
América Latina,
inaugurada tres décadas
atrás con la
administración de James
Carter. Ya están
desplegadas en una
operación múltiple
destinada a demoler
moralmente, calumniar
ante el mundo, asesinar
o derrocar a aquellos
gobernantes definidos
por una estrategia de
independencia, soberanía
y confrontación franca
con las causas profundas
del atraso y la miseria.
La lista de hechos que
comprueban esta
afirmación es
interminable, pero se
destacan los siguientes:
- conspiración para
asesinar a Evo Morales
mediante un comando de
mercenarios extranjeros;
- maniobra para culpar
al presidente de
Guatemala, Álvaro Colom
por el asesinato de un
abogado al que se obligó
a grabar un video
anunciando que sería
ultimado por orden de
éste (en esto la
vanguardia operativa fue
la cadena CNN);
- intento de derribar
con misiles el avión en
el que Hugo Chávez y Evo
Morales debían aterrizar
en San Salvador para la
ceremonia de asunción
del presidente Mauricio
Funes;
- ofensiva internacional
de la prensa comercial
contra Hugo Chávez;
- declaraciones del jefe
del Comando Sur, Douglas
Fraser: “me inquieta el
crecimiento militar de
Venezuela porque no sé
qué amenaza ven (...) no
percibo ninguna amenaza
militar convencional en
la región y no sé por
qué consideran necesario
reforzar sus Fuerzas
Armadas de la forma en
que lo están haciendo”,
dijo Fraser,
tergiversando
groseramente la realidad
de una carrera
armamentista en la
región encabezada por
Colombia y Chile, en la
que la inversión militar
de Venezuela no tiene
punto alguno de
comparación.
Sobre esa dinámica, no
hay duda alguna. La
incógnita al momento de
enviar estas páginas a
imprenta –madrugada del
29 de junio– es si
Washington cederá como
lo hizo en Bolivia el
año pasado, o si, en
cambio, buscará una
acción ejemplificadora;
es decir, un baño de
sangre del pueblo
hondureño antes de dejar
librados a su suerte a
los golpistas. |