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En Honduras se está
decidiendo el destino
político de América
Latina pues si el golpe
de Estado llegara a
consolidarse, pronto
volverían las dictaduras
de seguridad nacional en
muchos países, o cuando
menos los gobiernos
quedarían al arbitrio de
los gorilas. Sobran por
eso sectores económicos,
políticos, militares y
mediáticos imperialistas
animados a fortalecer y
extender el experimento
hondureño ya que el
nuevo rumbo
independiente e
integracionista tomado
por numerosos gobiernos
latinoamericanos y
caribeños perjudica sus
intereses.
Más aún, ven como una
grave amenaza los
gobiernos
constitucionales donde
exista algún espacio
político para opinar y
organizarse en un
momento que el ánimo
levantisco de los
pueblos está al alza. No
se olvide que el más
grave de los “delitos”
achacados al presidente
Zelaya por los golpistas
y los consorcios
mediáticos -justo el que
precipitó el golpe- fue
su proyecto de consultar
al pueblo si aprobaba
someter a referendo en
las elecciones de
noviembre la opción de
convocar a una Asamblea
Constituyente.
Recientemente, Fidel
Castro, en el título de
una de sus Reflexiones,
sintetizó
descarnadamente la
dramática disyuntiva que
argumentaba: “O muere el
golpe o mueren las
constituciones”. Ante el
grave peligro denunciado
por el líder cubano cabe
analizar de qué depende
que el golpe se mantenga
vivo. Lo primero que
destaca es que el Frente
Nacional contra el Golpe
de Estado no ha cejado
en su lucha; ha logrado
hostigar a los gorilas
cada minuto durante casi
tres semanas desde que
se produjo la asonada y
la excelente cobertura
de Telesur y Venezolana
de Televisión (al menos
hasta la expulsión de su
personal por el régimen
de facto) ha hecho
posible que a pesar de
la burda manipulación de
CNN y demás consorcios
mediáticos se conozca en
el mundo la verdad. A la
vez, la condena
internacional ha sido
rotunda después que la
conferencia de
cancilleres de la OEA,
la Asamblea General de
la ONU, y recién, la XV
Cumbre de los No
Alineados, exigieran la
restitución “inmediata e
incondicional” de Manuel
Zelaya en la presidencia
y que la mayoría de los
países latinoamericanos
y varios europeos
retiraran a sus
embajadores de
Tegucigalpa.
El Frente Nacional
contra el Golpe de
Estado se ha propuesto
ahora impulsar la huelga
general como instrumento
para derrocar a la
dictadura, en frontal
desafío al asesinato de
líderes populares y la
detención de cientos de
activistas. También ha
exigido a Washington el
cambio de su actitud
“ambigua” ante el golpe.
Y es que Estados Unidos,
por acción u omisión,
dilata la solución de la
crisis y fortalece a los
golpistas: no ha
retirado a su embajador,
mantiene gran parte de
la ayuda económica y
militar y sus tropas en
territorio hondureño, el
departamento de Estado
se niega a calificar al
golpe por su nombre
puesto que de ser así la
Casa Blanca estaría
obligada por ley a
cortar toda la ayuda a
los gorilas. Lo mismo
puede decirse de la
llamada mediación entre
Zelaya y la dictadura,
propuesta por la
secretaria de Estado
Clinton y encargada nada
menos que a Oscar Arias,
ergo encargársela a ella
misma.
El movimiento
antigolpista ha dicho
que los gorilas han
usado la mediación para
ganar tiempo y Zelaya
les ha dado un ultimátum
para que esta misma
semana acaten las
mencionadas resoluciones
o la daría por
fracasada, postura
rechazada por Washington
argumentando que no
deben ponerse plazos
“artificiales” y que hay
que dar tiempo a “las
partes”. ¿Dónde queda la
“inmediata e
incondicional”
restitución de Zelaya” a
la que dio su voto en la
ONU y la OEA?
Noam Chomsky ha
razonado: “Sobrepasa la
imaginación que
Washington no tuviera
conocimiento anticipado
de lo que se fraguaba en
Honduras, país altamente
dependiente de la ayuda
estadunidense y cuyo
ejército es armado,
entrenado y asesorado
por Estados Unidos”. The
New York Times reporta
que los golpistas
concurrieron a las
pláticas con Arias
acompañados de asesores
privados estadunidenses
que redactaron sus
propuestas. Entre ellos
Bennet Ratcliff y Larry
Davies, relacionista
público y abogado,
ligados nada menos que
al ex presidente Clinton.
Es innegable que al
golpe lo mantienen vivo
el Departamento de
Estado, jefes militares
y corporaciones detrás
de los cuales está la
ultraderecha de Estados
Unidos. A menos que
Obama modificara este
cuadro radicalmente
puede olvidarse de su
“nuevo comienzo” en
América Latina. |