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“[…] Micheletti es muy
directo y ya dijo en
cuanto se instaló la
mesa de negociaciones
que la única manera de
que Zelaya regresara a
Honduras es directamente
al Juzgado para
responder por más de
diez delitos. A partir
de ahí, ¿qué mesa de
negociaciones es
posible? Zelaya ha hecho
bien en aceptar la Mesa
para que no se le
acusara de
intransigente, pero debe
marcar un plazo y, sobre
todo, debe dejar
constancia de la nula
voluntad de los
golpistas para desalojar
el poder usurpado.”
En su opinión, profesor
Palacios, ¿ha habido o
no ha habido un golpe
militar
anticonstitucional en
Honduras? ¿Estamos ante
una situación
políticamente similar a
la que ocurrió con
Allende en 1973 o en
España en 1936?
Sí ha habido un golpe de
Estado
anticonstitucional
porque se ha desalojado
por la fuerza al
Presidente legítimo de
Honduras. Uno de los
argumentos golpistas es
que lo ha destituido el
Congreso avalado por la
Corte Suprema pero… ¿Qué
artículo constitucional
habilita al Congreso a
destituir al Presidente?
Ninguno. ¿Qué articulo
constitucional habilita
a la Corte Suprema a
destituir al Presidente?
Ninguno. ¿Qué normativa
autoriza a la Corte
Suprema a detener al
Presidente de esa manera
y sin cumplir toda una
serie de gravosos
requisitos? Ninguna. No
hay ningún mecanismo
legal en la Constitución
de Honduras para poder
deponer al Presidente.
Es más, la Constitución
guarda silencio en
cuestiones de fuero y
estatuto del Presidente,
así como en cuanto a las
posibilidades su
destitución por el
Congreso. Solamente se
habla de que la “Corte
Suprema conocerá los
procesos incoados a los
más altos funcionarios
del Estado y diputados”.
Y es en este párrafo en
el que hay que suponer
(que es mucho suponer)
que el Presidente va
incluido en la acepción
“los más altos
funcionarios”. Y caso de
que ello fuera posible
debería haberse abierto
un proceso pleno en
garantías y de largo
recorrido siguiendo
todas las fases
procesales a las que
apela la normativa penal
hondureña. ¿Algún
tribunal ha incoado
algún proceso? No.
¿Cabría incoar un
proceso penal por éste
motivo? Tampoco, porque
la acción del
Presidente, si acaso,
nos conduciría a un
conflicto de poderes
pero nunca a
responsabilidades
penales por el hecho de
habilitar una consulta
popular.
Las tres situaciones que
mencionas en tú pregunta
tienen en común la
ilegitimidad y la
ilegalidad. En las tres
ocasiones se depuso por
la fuerza al gobierno
legítimo del país. Las
tres son situaciones en
donde la fuerza bruta
militar se utiliza
contra la fuerza
institucional-democrática.
Aunque son también
coyunturas distintas que
merecerían un análisis
por separado.
¿Cuál cree usted que era
la finalidad del
presidente Zelaya con la
consulta?
El Presidente deseaba
abrir un debate social
sobre las posibilidades
de una nueva
Constitución. Sobre todo
porque el texto
constitucional de
Honduras era un texto
que venía lastrado por
tener sus orígenes en la
anterior junta militar
golpista y por ser un
texto de la segunda
generación
constitucional. El
Presidente valoraba
positivamente los nuevos
modelos constitucionales
latinoamericanos por las
amplias posibilidades
que asignaban en materia
de derechos
fundamentales,
participación política y
social, modelo
soberanista del Estado y
estructura de seguridad
integral.
Hay que reparar en una
gran diferencia de
legitimidad histórica
que separa dos fechas
1982 y 2009.
a) Año 2009, el
Presidente democrático
intentaba abrir un gran
debate nacional -con la
mayor parte de los
grandes medios de
comunicación
oligopólicos en su
contra- sobre si
Honduras quería darse un
nuevo modelo de contrato
político.
b) Año 1982, una Junta
militar dictatorial en
el poder abre un proceso
constituyente, en el que
controla todos los
escenarios: 1) no
pregunta al pueblo sí
desea o no desea una
asamblea constituyente y
en qué términos la
desea; 2) la propia
junta militar convoca la
asamblea constituyente;
3) organiza las
elecciones, controla el
debate público y
proclama los resultados;
4) dirige el gobierno y
el país bajo la
excepcionalidad
dictatorial mientras se
ejecutan los trabajos de
la propia asamblea
constituyente.
“Existe una casi
sospechosa unanimidad en
condenar la factura del
golpe de Estado en
Honduras”, ha escrito
usted. ¿Por qué
sospechosa?
Porque nunca ha habido
tanta unanimidad en los
más diversos gobiernos
mundiales en condenar un
golpe militar, incluidos
gobiernos profundamente
hostiles al gobierno
hondureño y al
Presidente Zelaya. Y eso
ha sido por tres cosas.
En primer lugar por la
nueva estrategia de la
hegemonía estadounidense
por la que la dominación
y la influencia deberán
basarse en mecanismos de
propaganda y de control
que no pasen por
operaciones de fuerza
política
anticonstitucional
explícita salvo en casos
extremos. Este no era un
caso extremo y, sin
embargo, la factura era
obscenamente
antiestética. Por ello,
por ser una operación
torpe y obscenamente
antiestética ha sido
desechada y condenada
por Estados Unidos y, de
seguido, por todos los
círculos concéntricos
estratégicos del
hegemonismo
estadounidense sin
excepciones. Es decir,
la nueva Administración
Obama ha decidido
desempolvar el concepto
maquiavelista de “virtú”
y reinterpretarse en su
política exterior con
mayor sagacidad y menor
temeridad. En segundo
lugar, la aceptación del
golpe hubiera supuesto
un precedente para la
legitimación de
cualesquiera acciones no
institucionales o no
jurídicamente
homologables y eso no le
interesa al sistema
dominante, por el
momento, ya que todavía
domina la mayor parte de
la superestructura
jurídico-política de los
Estados. En tercer lugar
porque la imagen
internacional del
Presidente Zelaya no
estaba deteriorada. Los
medios masivos de
intoxicación no habían
podido sacarle ni un
solo affaire negativo en
los cuatro años de
gestión.
El coronel hondureño
Herberth Bayardo
Inestroza ha afirmado
que desde mediados de
abril estaban asesorando
al jefe del Estado Mayor
Conjunto “para que no
fuera a comprometer a
las Fuerzas Armadas en
una probable orden
ilegal que podía emitir
el Ejecutivo”. Según
afirma este coronel
golpista, pensaron que
una orden de ese tipo
era posible “por la
situación que se venía
dando desde el convenio
con Venezuela sobre el
ALBA y la firma en la
plaza de La Libertad, en
la que estuvieron jefes
militares en una
ceremonia política” y
por una comparecencia
del Ejecutivo en la que
estuvo el subjefe del
Estado Mayor Conjunto en
lugar del Ministro o
viceministro de Defensa.
¿Observa usted en todo
ello indicios de
ilegalidad?
La única autoridad que
puede firmar convenios
internacionales es el
Presidente. La presencia
de miembros de la
Administración civil o
militar en nada
compromete a dichas
autoridades en algo que
es función y competencia
del Presidente de la
República. Los
funcionarios -civiles o
militares- suelen
acompañar en la
formalización
protocolaria de los
actos, pero nada más. En
cuanto a la
comparecencia del
subjefe de Estado Mayor
desconozco en que
términos sustituyó o
representó al ministro
de defensa. Pero aún en
el caso de que hubiera
sido inconveniente no
dejaría de ser un hecho
insignificante de
representación no
estrictamente adecuada;
aunque no olvidemos que
la representación o
sustitución protocolaria
es un hecho muy laxo
susceptible de
innumerables variantes.
En cualquier caso
cuestiones sin
importancia de orden
protocolario cuya
exhibición argumental sí
que es indecorosa.
Para el coronel Bayardo
Inestroza, sigo por este
sendero tenebroso, el
problema se da cuando el
presidente Zelaya “da
esa orden ilegal de
emplear las Fuerzas
Armadas para apoyar el
proceso de la encuesta”.
El 26 por la tarde,
afirma, presentó al jefe
del Estado Mayor
Conjunto “una opinión
que concluía que
jurídica, ética y
moralmente no era
posible proporcionar
apoyo porque el artículo
272 nos da un papel de
garantes de la
Constitución, de la
alternabilidad en el
ejercicio de la
presidencia”. ¿Es así en
su opinión? ¿No les era
posible proporcionar ese
apoyo a las fuerzas
armas hondureñas
constitucionalmente?
Las
fuerzas armadas son
garantes del orden
constitucional pero sin
autonomía deliberativa
para ello. Las fuerzas
armadas forman parte de
la Administración del
Estado, son la
Administración militar
del Estado. Y por lo
tanto están subordinadas
estrictamente a las
órdenes que les imparte
el poder ejecutivo, es
decir el Presidente y el
Gobierno.
Pero ya que el general
golpista alude al
artículo 272, comentemos
el artículo 272. Y lo
primero que dice este
artículo es cómo las
“las Fuerzas Armadas de
Honduras, son una
Institución Nacional de
carácter permanente,
esencialmente
profesional, apolítica,
obediente y no
deliberante”. Es decir:
“obediente”, “apolítica”
y “no deliberante”.
¿Dónde está ahí la
autonomía del Estado
Mayor para opinar sobre
lo bueno o lo malo que
puede ser el Presidente
Zelaya, o sobre lo
divino y lo humano? No
deliberante significa
que en ningún caso
pueden entrar en el
debate
interinstitucional.
Obediente significa
seguir órdenes siempre
¿Órdenes de quien? De
aquella institución que
prescribe la
Constitución y que no es
otra que la Presidencia
de la República:
“Ejercer el mando en
Jefe de las Fuerzas
Armadas en su carácter
de Comandante General, y
adoptar las medidas
necesarias para la
defensa de la República
(art. 245.16). Por lo
tanto las fuerzas
armadas tienen un
Comandante en jefe que
es el Presidente de la
República.
Y cuando se cita la
segunda parte del
artículo 272 no se tiene
en cuenta que cuando
dice “pondrá a
disposición del Tribunal
Nacional de Elecciones”
es sólo para acometer
las funciones que
describe ese mismo
artículo: “garantizar el
libre ejercicio del
sufragio, la custodia,
transporte y vigilancia
de los materiales
electorales y demás
aspectos de la seguridad
del proceso”. Por lo
tanto, lo dicho en el
artículo 272 no
significa que tenga que
ser transferida la
función constitucional
de comandante en jefe al
Tribunal Electoral sino
de que hay una
obligación de
colaboración con el
Tribunal para tal
menester. Funciones
administrativas
secundarias de las
fuerzas armadas que en
absoluto les da un papel
deliberante en dichas
funciones. Convertir una
función constitucional
subordinada en una
traslación integral de
competencias no deja de
ser un razonamiento tan
falaz como subordinada
es la función del 271
respecto a la del 245.
Sólo desde el ridículo
se puede sostener que el
Tribunal Electoral queda
investido de Comandante
en jefe durante los
procesos electorales en
interpretación del
artículo 271. Es más, si
así fuera sería un nuevo
motivo para la
inexcusable necesidad de
una Asamblea
Constituyente.
Déjeme hacerle la última
pregunta sobre las
declaraciones del
coronel Inestroza.
Sostiene también que el
Ejército en pleno veía
con recelo al presidente
Zelaya. El señor
Presidente, afirma este
activista y simpatizante
del golpismo, “estaba
utilizando a la Fuerza
Armada como una
herramienta política”.
¿Es así? ¿Hay indicios y
hechos que confirman
esta acusación?
Cualquier coronel puede
ver con todo el recelo
que quiera al Presidente
Zelaya como yo puedo ver
con todo el recelo que
quiera al Presidente
Rodríguez Zapatero. En
una democracia todo el
mundo puede pensar lo
que quiera de otros.
Pero, ahora bien,
cualquier funcionario
público debe cumplir con
sus obligaciones y con
su deber de obediencia
de forma inexcusable
porque pertenecen a la
Administración Pública
como cuerpo. El
Presidente de la
República es la máxima
autoridad en la
dirección general del
Estado (art. 247.2 y
247.12) y, por lo tanto,
es la máxima autoridad
de su brazo
instrumental, como lo es
la Administración
Pública desde el siglo
XV. No lo es el Congreso
Nacional, ni la Corte
Suprema ni mucho menos
el Tribunal Electoral.
El coronel Inestroza
debería saber que él ha
elegido la profesión en
donde la obediencia y la
disciplina son
omnipresentes y una de
las razones de ser de
dicha institución,
precisamente porque es
depositaria de los
principales instrumentos
de fuerza y violencia.
Debería saber que el
funcionario militar es
el que mayor servidumbre
tiene en cuanto al
principio de obediencia.
En el ejército
tradicional existe una
estructura cerrada de
disciplina, hasta el
punto que una figura del
derecho penal como la
eximente de obediencia
debida -presente en
todos los códigos
penales del mundo- está
pensada en función de la
extrema servidumbre a la
que están supeditados
los cuerpos armados
tanto hacia dentro como
hacia fuera de la
institución. Si a ello
añadimos la rigurosa
advertencia
constitucional sobre la
“no deliberación” del
Ejército nos encontramos
con que el coronel
Inestroza confunde el
Ejército con un clan
mafioso dispuesto a
cambiar sus lealtades en
función de intereses
espurios de grupo o de
bandería. Y confunde al
Estado constitucional
con una taberna donde
las normas y los
comportamientos cambian
al albur de la ingesta
alcohólica. El coronel
Inestroza debería
aprender en primer lugar
que es un Estado y, en
segundo lugar, que son
los derechos humanos.
¿Qué papel ha jugado en
el proceso la Corte
Suprema de Justicia
hondureña? ¿Cómo se
puede explicar un
comportamiento así de
una institución que
dirige el poder
judicial?
La
Corte Suprema en su
conjunto ha jugado un
papel gregario
institucionalmente
hablando, aunque alguno
de sus miembros sí ha
participado en la
dirección del golpe.
Como institución se ha
dedicado a convalidar
las acciones golpistas
del mando militar y del
felón Micheletti. Su
papel ha sido tan
gregario que ni siquiera
le dejaron dictar la
Comunicación con
anterioridad al golpe
sino que le instaron a
redactarla con el golpe
ya consumado el día 28
de junio. Una Corte
Suprema resolviendo a
través de un Comunicado…
La Corte Suprema ha sido
el escribano del golpe
al dictado de los
coroneles de turno. No
hay poder judicial más
patético como el que le
escribe las cartas al
coronel.
Repárese en qué papel
como juristas han jugado
analizando sólo el
último párrafo de dicha
Comunicación que avala
el golpe. Dice el
Comunicado: “si el
origen de las acciones
del día de hoy esta
basado en una orden
judicial emitida por
Juez competente, su
ejecución esta enmarcada
dentro de los preceptos
legales, y debe
desarrollarse contra
todo lo que ilegalmente
se anteponga a devolver
al Estado de Honduras,
el Imperio de la Ley”.
El silogismo resulta
infantil: si el golpe
militar se basa en una
orden judicial emitida
por un juez, la
ejecución de dicho golpe
de Estado está dentro de
la ley y debe llevarse
adelante con todas sus
consecuencias. Es decir,
que para cumplimentar
una sentencia
-susceptible de
recursos- hay que
detener a todo el
Gobierno legítimo,
destituir a su
Presidente, deportarlo,
proclamar el estado de
sitio y reprimir y matar
a ciudadanos. La
pregunta sería: ¿va a
tomar ese tipo de
decisiones la Corte
Suprema cada vez que un
Alcalde o Gobernador o
Ministro no acate una
decisión judicial que
hipotéticamente pueda
contravenir la
Constitución? ¿Va a
convalidar un golpe de
Estado o la destitución
vía policial o militar
de cualquier cargo
electo cuando se dé
cualquier tipo de
conflicto entre el
Estado central y un
ayuntamiento, entre el
Gobierno y el Congreso,
entre un juzgado y otro,
entre el Procurador y el
Fiscal…? Es
sencillamente grotesco.
Casi tan grotesco como
el amparo “expres” que
ese mismo tribunal da al
depuesto general
golpista Romeo Vásquez
alegando que se vulnera
su “derecho al mérito”.
Un amparo concedido en
menos de 24 horas
saltándose todos los
procedimientos y
prestando amparo
respecto a una
destitución del que es
uno de los cargos de
confianza más relevantes
del Estado.
Por lo demás, ¿en qué
condiciones políticas se
elaboró la constitución
hondureña? ¿Obraron los
constituyentes con total
libertad?
La
Constitución se elabora
bajo la influencia
determinante de la junta
militar golpista. Y se
elabora bajo las
condiciones que impone
un gobierno dictatorial.
Recordemos lo dicho con
anterioridad, que es la
propia junta militar
presidida por el general
Policarpo Paz la que
convoca las elecciones
para una Asamblea
Constituyente, la que
supervisa el proceso
electoral y la que
proclama los resultados.
Y no sólo eso sino que
es una junta militar que
continúa ejerciendo el
poder ejecutivo mientras
la asamblea
constituyente realiza
sus trabajos, ¡Una junta
militar que no se
disuelve mientras se
realizan trabajos
constituyentes! ¿Alguien
cree que los
constituyentes actuaban
con entera libertad?
Peor aún: ¿son legítimas
unas elecciones bajo la
fiscalización de una
dictadura? Unas
elecciones en las que
había encarcelados,
organizaciones políticas
ilegales, desapariciones
sin esclarecer y
amenazas a todo espacio
presuntamente disidente.
Incluso elevando la
cuestión: ¿es legítima
dicha Constitución? O
yendo a la cuestión que
nos ocupa: ¿es admisible
que un texto
constitucional con tales
lastres no pueda ser
totalmente reformado
mediante una asamblea
constituyente ni más ni
menos que un cuarto de
siglo después?
La Asamblea
Constituyente de 1982
sería un pacto a tres
bandas entre el
Ejército, la oligarquía
bipartidista y la
secretaría de Estado de
Ronald Reagan dentro de
la nueva estrategia
estadounidense de
normalización
institucional progresiva
en aquellos Estados
donde los golpes de
Estado habían cumplido
con su misión de limpiar
la disidencia y
establecer estructuras
institucionales
clientelistas y
patrimonializadas. Es
necesario recordar como
la década de los ochenta
es la década de
reestablecimiento
institucional controlado
para la culminación del
modelo neoliberal puro,
el cual exigía
igualmente una
estructura política
formalmente liberal.
Resulta muy llamativo
observar cómo en la
década de los ochenta se
produce el fin de toda
la amplia serie de
juntas militares que
gobernaban el
subcontinente. Cómo
durante esa época se
abren numerosos procesos
constituyentes y
procesos electorales al
unísono.
Quizá fuera, se ha
dicho, por casualidad…
¿Casualidad?
Sólo la ingenuidad o el
cinismo pueden concluir
que es casualidad, sobre
todo porque en la en la
práctica totalidad de
los casos son las
propias juntas militares
las que inician el
proceso: Bolivia en
1982, El Salvador en
1982, Argentina en 1983,
Guatemala en 1984,
Brasil en 1985, Uruguay
en 1985, Chile en 1988,
Paraguay en 1989. Como
se ve es la práctica
totalidad del continente
la que inicia procesos
constituyentes y
primerizos procesos
electorales. Es una
orden lanzada desde
Washington a todas las
juntas golpistas. Es la
década de transición
política que tiene la
misión de adaptar las
super-estructuras
políticas a las
necesidades del modelo
imperialista. Es decir,
se pasa del Plan Condor
(década de los setenta)
a la nueva época que
prepara la década del
Consenso de Washington
(década de los noventa)
en donde se iba a
introducir el nuevo
modelo hegemónico
económico-social de
globalización neoliberal
en donde las
corporaciones
multinacionales pudieran
reconquistar el espacio
que los Estados habían
ganado en las décadas de
los cincuenta y sesenta.
La década de los ochenta
debería ser la etapa de
normalización
institucional, de
democracias formales
controladas, de la
continuación del control
político y social por
otros medios, una vez
eliminados los núcleos
fuertes de disidencia y
oposición.
Y ahí es donde entra la
Constituyente de
Honduras de 1982 y el
nuevo papel
institucional del
general Policarpo Paz
(que ironía de apellido)
instalado en el centro
de la estrategia servil
del imperio
estadounidense. Y
podemos volver a
preguntar: ¿es realmente
legítima la
Constituyente del 82? Y
sobre todo: ¿no es
legítimo poder volver a
pedir una Asamblea
Constituyente, con esos
antecedentes, 25 años
después?
El articulo 374 de la
Constitución hondureña
afirma: “no podrá
reformarse en ningún
caso el articulo
anterior 373”. Este
artículo sostiene por su
parte que “la reforma de
esta constitución podrá
decretarse por el
Congreso Nacional, en
sesiones ordinarias, con
dos tercios de votos de
la totalidad de sus
miembros. El decreto
señalará el artículo o
artículos que hayan de
reformarse…” y añade,
como usted sabe muy
bien, que no podrán
reformarse en ningún
caso los artículos
relacionados a “la forma
de gobierno, al
territorio nacional, al
periodo presidencial, a
la prohibición para ser
nuevamente Presidente de
la Republica el
ciudadano que lo haya
ejercido anteriormente y
el referente a quienes
no pueden ser
Presidentes de la
República por el periodo
subsiguiente”. Un
articulado así, en una
situación
política-económica-social
como la hondureña,
¿permite en algún caso
concebible reformas
constitucionales
sustantivas?
Es
un modelo de reforma
constitucional que
técnicamente se denomina
muy rígido. Eso
significa que es muy
difícil poder modificar
cualquier aspecto del
texto constitucional. De
hecho hay pocos textos
tan rígidos como el de
Honduras: a) hacen falta
que dos terceras partes
del Congreso que
aprueben la reforma para
que esta pueda ser
hecha; b) hay que
esperar a la siguiente
legislatura para que
avale nuevamente la
reforma, debiendo
alcanzar el mismo número
de votos; c) en ningún
caso existe la
posibilidad de
intervención popular
directa, el pueblo nunca
va a poder opinar sobre
la reforma; d) hay
artículos que la
Constitución prohíbe
modificar.
Por lo tanto estamos no
sólo ante un texto
ultra-rígido sino ante
un texto con cláusulas
de intangibilidad, por
las cuales hay artículos
y materias
inmodificables a
perpetuidad. Algo así
como una cadena perpetua
constitucional que
vincule a todas las
generaciones de
hondureños hasta el
final de los tiempos ¿Es
eso concebible y
legítimo? Y, sobre todo,
¿lo es teniendo en
cuenta que fue un texto
controlado y redactado
bajo el poder ejecutivo
de una junta militar?
Así que respondiendo a
la pregunta podríamos
decir que resulta casi
imposible hacer reformas
sustantivas y que hay
artículos orgánicos que
es imposible
modificarlos. Y quiero
resaltar que sí resulta
plausible cobijar a los
derechos fundamentales
bajo cláusulas rígidas o
incluso de
intangibilidad en cuanto
a la reducción o merma
de dichos derechos
fundamentales, con base
a que los derechos
fundamentales son
conquistas personales y
patrimonio de todos los
seres humanos en la
evolución de los estados
constitucionales,
mantenidas por convenios
y tratados
internacionales bajo
clave ius cogens.
Sin embargo, resulta
inadmisible establecer
dichas cláusulas para
simples aspectos
orgánicos de un texto
constitucional, máxime
por recónditos intereses
de una asamblea
constituyente tutelada
como fue la de 1982.
¿Qué puede ocurrir en
las negociaciones
conducidas por Óscar
Arias entre el
presidente Zelaya y el
representante del
golpismo?
Creo
que nada. Es una
estrategia dilatoria de
los golpistas y, sobre
todo, de determinada
diplomacia internacional
para aparentar ante la
opinión pública que se
está intentando algo.
Otra cosa no será pero
el presidente-golpista
Micheletti es muy
directo y ya dijo en
cuanto se instaló la
mesa de negociaciones
que la única manera de
que Zelaya regresara a
Honduras es directamente
al Juzgado para
responder por más de
diez delitos. A partir
de ahí, ¿qué mesa de
negociaciones es
posible? Zelaya ha hecho
bien en aceptar la Mesa
para que no se le
acusara de
intransigente, pero debe
marcar un plazo y, sobre
todo, debe dejar
constancia de la nula
voluntad de los
golpistas para desalojar
el poder usurpado. La
única manera de que una
mesa de negociaciones
avanzara sería con
amenazas internacionales
serias tales como el
bloqueo económico y
diplomático integral,
con un cierre de
fronteras incluido.
Otras medidas tibias no
harán sino fortalecer
día a día a la junta
golpista.
Jurídicamente, ¿hay
alguna salida admisible
que no pase por la
vuelta sin condiciones a
la presidencia del
presidente depuesto?
Pocas
y todas ellas no
constitucionales. El
Presidente Zelaya es el
Presidente legítimo al
que le ha sido usurpado
el poder. Ha habido una
ruptura del orden
democrático grave y debe
retornarse a dicho
orden. Por ello, y en
una primera fase, habría
que intentar una
restitución integral de
la anterior situación
constitucional. Ello
debería contar con el
apoyo diplomático y toda
la capacidad de presión
de la sociedad
internacional,
fundamentalmente de la
O.E.A. Podría ocurrir
que la sociedad
internacional no
estuviera dispuesta a
ejercer una presión
fuerte y que la
situación se estancara.
En ese caso habría que
intentar unas
concesiones mínimas de
segunda fase.
Estas contrapartidas
mínimas podrían ser: 1)
Contrapartidas a las
instituciones golpistas:
a) que accediera a la
Presidencia de la
República un secretario
de Estado del gabinete
legítimo, a elección del
Presidente Zelaya hasta
los comicios de
noviembre; b) la
declaratoria de una
amnistía para todas las
conductas ilegales de
aquellas autoridades y
personas autores o
cómplices del golpe. 2)
Contrapartidas a la
Presidencia y gobierno
legítimo: a) retorno
inmediato de Manuel
Zelaya; b) instalación
de la cuarta urna en las
elecciones de noviembre
con la pregunta sobre
una Asamblea
Constituyente; c)
reconfiguración del
Tribunal Supremo
Electoral de manera
paritaria entre Congreso
y Gobierno.
El peor de los
escenarios sería la
progresiva indiferencia
de la comunidad
internacional. Entonces
no quedaría sino la
estrategia conjunta de
los gobiernos
latinoamericanos
alternativos y una
estrategia popular
insurreccional en
posible juego de suma
cero.
La Administración Obama
ha condenado lo sucedido
aunque, si no estoy mal
informado, la expresión
“golpe militar” no ha
sido usada hasta la
fecha. ¿Cuál cree usted
que ha sido el papel de
Estados Unidos en los
acontecimientos? ¿Han
estado al margen? ¿No
sabían nada? ¿No han
podido hacer nada aunque
quisieron evitar lo
sucedido?
El
presidente Obama ha
condenado la usurpación
de poder de manera no
contundente. Sí la ha
condenado pero no ha
establecido una línea
firme para la solución
de la crisis.
Es
difícil pensar que
ninguna agencia de
Estados Unidos ha
intervenido en el golpe
de Estado. Ninguna
instancia orgánica de un
Estado tradicionalmente
subordinado como
Honduras mueve ficha tan
importante sin tener el
plácet de la embajada
estadounidense o, en su
defecto, de algún
círculo central de su
Estado. Desde hace
décadas hemos comprobado
una y otra vez que las
distintas agencias
centrales de
inteligencia o las
instituciones económicas
fundamentales de un
Estado tienen lógica
propia y capacidad de
decisión al margen de
cauces institucionales.
Desde Proudhon hasta
Chomsky pasando por
Miliband se ha teorizado
extensamente sobre el
fenómeno estructural por
el cual distintos
organismos del Estado
obedecen estrategias y
dictados de otros grupos
de presión distintos de
las autoridades
legítimas del propio
Estado. Sobre todo los
centros de inteligencia,
el ejército o los bancos
centrales. Pero lo más
seguro es que el
Presidente Obama nunca
haya avalado ni pensado
en este golpe. Al
presidente Obama de
seguro se le sustraen
muchos centros de poder
institucional y de
presión. Él mismo está
atrapado y con una
capacidad de maniobra
muy relativa que él
asume y con la que él
convive políticamente.
¿Por qué cree usted que
se han producido tantas
vacilaciones sobre lo
sucedido en Honduras
incluso en medios,
digamos, tan civilizados
y democráticos como
El País?
Y
no sólo vacilaciones
sino creación indirecta
de condiciones
mediáticas objetivas
para que se diera o
sostuviera el golpe. El
editorial de El País
del día 27 de junio es
estremecedor. Ese día el
grupo golpista estaba
debatiendo si el golpe
se daba, cómo y cuando.
Los golpistas -como
todos los golpistas-
tenían una sala de
evaluación estratégica
que medía las reacciones
ante la situación y ante
un presunto golpe. Una
sala que medía actitudes
a favor y en contra de
Zelaya. Dicha sala
elaboró informes
periódicos para valorar
las posibilidades del
golpe. De esos informes
se concluyó como el
golpe tenía muchas
posibilidades de ser
viable. ¿Cómo elabora
una sala situacional,
una sala de evaluación
estratégica ese tipo de
dictámenes? Con unas
amplias series de
elementos entre los
cuales se encuentra el
estado de opinión. El
estado de opinión lo
compone un panel con los
que se consideran medios
de comunicación más
influyentes. Y uno de
los que puntúa -y puntúa
alto- es el diario El
País. Ese día 27
-día y medio antes del
golpe- el editorial
trataba a Zelaya como un
forajido jurídico que
estaba intentando
constreñir tanto las
libertades que ello
explicaba el papel
disuasorio que venía
jugando el ejército. Y
así -mintiendo sobre el
carácter de la consulta-
hablaba de “la moda de
repetir mandatos
presidenciales
saltándose la ley”,
apelaba a la conducta de
Zelaya como propia del
“caudillismo de
izquierdas” y remataba
–y esto es lo más grave-
justificando las
maniobras intimidatorias
y pre-golpistas del
Ejército, hablando de la
“negativa militar a
cooperar en la consulta
ilegal”.
Los medios de
comunicación no son
ajenos a intereses
ideológicos, políticos y
económicos a pesa de esa
tópica etiqueta de
“independiente”. A la
hora de analizar un
fenómeno siempre valoran
quien lo protagoniza y
si ese protagonista está
en su onda programática
o no. Zelaya no estaba
en la onda programática
de las 9/10 partes de
los grandes medios de
comunicación. Por un
lado, no han tenido más
remedio que condenar el
golpe porque era
formalmente obsceno,
pero, por otra parte,
todos ellos han lanzado
confusas y no
argumentadas sombras de
sospecha sobre el
comportamiento
constitucional del
Presidente Zelaya porque
no podían asignarle ni
una pizca de legitimidad
a quien no consideraban
en su “programa
positivo”.
Y El País estaba en esa
honda…
El
País
estaba en esa honda ya
que todo aquel gobierno
que intente formar parte
del bloque de fuerzas
políticas y gobiernos
alternativos
latinoamericanos está
sometido a
criminalización en línea
editorial e informativa.
Esa ha sido su opción y
ellos lo saben. En El
País hay mucha
inteligencia en todos
los sentidos y, por lo
tanto, no les vamos a
enseñar en que consisten
los nuevos modelos
políticos y como esos
modelos -con todos sus
problemas y errores-
intentan profundizar en
una sociedad más
participativa, más
social y más plural a
construir a través de un
nuevo Estado social,
participativo y
comunitarista. Por lo
tanto, no hay que
confundir la maldad con
la idiotez. Y en El
País pueden ser
malvados pero no son
precisamente idiotas. Su
dirección sabe como en
ningún sitio se debaten
los derechos
fundamentales y las
garantías con tanta
amplitud como en las
nuevas experiencias de
Venezuela, Ecuador,
Bolivia o Paraguay. Y
tampoco ignora como por
primera vez en su
Historia una gran
cantidad de Estados son
capaces de tomar las
riendas soberanas sobre
aspectos fundamentales
de sus economías y cómo,
por fin, pueden
convertir en normal lo
que era excepcional, que
no era sino empezar a
consumar básicamente ese
viejo mito liberal, por
cierto, de la soberanía
de los Estados y de los
pueblos no permitiendo
que multinacionales y
gobiernos hegemonistas
controlen sus políticas
públicas y condicionen
su modelo de crecimiento
(subdesarrollo y
dependencia). Y en esa
lógica podríamos incluir
últimamente a Brasil,
Argentina, Uruguay o la
propia Honduras, además
de los países arriba
mencionados. Eso lo sabe
El País, pero el
problema de El País
es el mismo problema que
el de una gran parte de
multinacionales y de
grupos de poder, y es
cómo ellos han iniciado
una lógica de
autopoiesis degenerativa
por la que sólo acaba
mirando por su
crecimiento y por su
capacidad para la
determinación de otros
espacios y grupos por
parte de su propio
grupo. Ese neurótico
crecimiento totalizante
no les lleva a crecer
con identidad sino a
perderla para acabar
siendo integrados por el
sistema superior
en cuanto asumen pautas
políticas y financieras
de lógica insustraíble.
Han sido deformados por
las lógicas del
crecimiento financiero y
por su simbiosis
circunstancial con otros
espacios de poder que
los traslada a
escenarios de seducción
social y cultural que
poco o nada tiene ya que
ver con su primigenia
vocación progresista y
humanista. Terminan
durmiendo con el
enemigo. Acaban siendo
su peor enemigo.
Lo sucedido en Honduras,
lo que está sucediendo,
¿puede ser un
precedente, un modelo
para futuras aventuras
de la reacción en
América Latina? ¿Puede
pensarse en una nueva
modalidad golpista?
Acuso de
inconstitucional tal o
cual medida del
gobierno, agito las
Fuerzas Armadas, golpeo
militarmente y más
tarde, si es el caso,
para dar buena
impresión, negocio o
converso desde una
posición de poder armado
poniendo a las fuerzas
del cambio a mis pies y
en una correlación de
fuerzas muy
desfavorable.
No es mala estrategia. Y
que no es mala
estrategia lo demuestra
el hecho de que esa es,
ya, su estrategia desde
que en 1998 Hugo Chávez
comienza un proceso de
cambio y de
transformación por vías
escrupulosamente
constitucionales. Chávez
no parte del viejo
supuesto subversivo por
el cual todo el Derecho
es un instrumento del
enemigo y de las clases
dominantes y que no
merece ser considerado.
Chávez asume el reto
jurídico-político de los
postulados
democrático-comunitarios
del enciclopedismo
rousseauniano, toda la
aportación del ius-publicismo
social europeo, la
capacidad crítico-análitica
del marxismo, el
pensamiento socialista
decimonónico
civil-gremialista e
incluso mitos del viejo
liberalismo como el de
la soberanía.
Paralelamente asume todo
el corpus generacional
de derechos asignándole
lógica de sistema. Con
todo ello se configura
un nuevo modelo
constitucional que, por
canales de puro
institucionalismo
democrático clásico y
por una nueva
institucionalización de
estructuras de
participación
civil-popular transforme
el tipo de Estado y
sociedad. Tipología
actual que es
profundamente desigual,
oligárquica y miserable
y que, además, es
uniforme en su modelo
cultural de
condicionamientos, roles
y estereotipos. En
definitiva, se configura
un nuevo Derecho y se
configura una
profundización
social-democrática a
través de arquitecturas
constitucionales e
institucionales que
habiliten dicho nuevo
derecho. A esta
hipótesis en
construcción se le llama
socialismo del siglo XXI,
y no hay que permitir
cínicos recelos con el
término porque así se
reivindicó todo el
frustrado socialismo
democrático del siglo
XIX.
Por eso ahora ellos
tienen que desacreditar
el modelo, porque ya no
luchan contra puras y
simples estrategias
marxistas-leninistas,
contra grupos o
movimientos miméticos
komintern sino
contra estrategias
muchos más sólidas de
ocupación y
transformación del
poder. Luchan contra un
planteamiento en el que
el nuevo modelo
constitucional marca con
concreción la forma de
expansión e
institucionalización de
una sociedad
civil-popular
participativa y de un
Estado integralmente
soberano. Un nuevo
modelo constitucional
mucho más democrático,
ius-garantista,
participativo y
soberanista que el viejo
modelo del liberalismo
occidental. Por ello, no
hablan del modelo ni
intentan discutir el
modelo, sólo intentan
satirizar los
comportamientos de los
gobernantes que están
próximos a él urdiendo
todo tipo de
informaciones inexactas,
sesgadas o, simplemente,
falsas. Saben que se
está intentando
profundizar en derechos
civiles, políticos y
sociales que estaban
prácticamente inéditos
hasta ahora. Por eso
tiene que inventar
permanentes
comportamientos
antidemocráticos aunque
sea descontextualizando
y desdibujando con toda
la habilidad que su
oficio les enseña. Y esa
es y va a seguir siendo
su estrategia.
Lo que les puede
resultar más difícil es
articular golpes de
Estado “legítimos”
porque las fuerzas
armadas no son tan
monolíticas como hace 20
años y porque el
movimiento popular es
ya, en muchos países,
difícilmente vencible.
Y, en tercer lugar,
porque los subsistemas
geopolíticos y
geoeconómicos ofrecen
contrapesos mucho más
complejos.
También usted ha
señalado que algunos
intelectuales, que
suelen intervenir en
El País o en medios
de Prisa (Vargas Llosa y
Villalobos, por
ejemplo), hacen sus
comentarios bajo el
parapeto estratégico de
condenar formalmente el
golpe pero avalando el
argumento del golpe.
¿Qué argumento avalan
concretamente? En su
opinión, ¿están
convencidos de ello?
¿Están cegados
políticamente? ¿No saben
de qué hablan y agitan y
agitan?
No
dan argumentos jurídicos
por sistema. Desde hace
años trabajan con
descalificaciones hechas
con generalidades y con
juicios políticos cuyos
elementos extraen de las
leyendas mediáticas que
se han tejido sobre
ellos. Determinados
grandes medios de
comunicación han
fabricado estereotipos y
matrices mediáticas que
no hacen falta
demostrarse. Y sobre
ellas caminan. Y lo
hacen bien sobre todo
novelistas como Vargas
Llosa que no hacen sino
aplicar a la realidad
política su profesión de
fabulador profesional.
Vargas Llosa no analiza
la realidad política
concreta de un
mandatario sino que
escribe La
fiesta del Chivo, la
aplica, festivamente, a
todo lo que le conviene
y califica de idiota a
capricho. Buena prueba
de ello es su último
artículo en El País
(12 de julio) en donde
tiene la desfachatez de
acusar al Presidente
Zelaya de todos lo males
universales y de ser el
golpista originario, con
base a mentiras puras
sobre el comportamiento
institucional del
Presidente.
Ellos no ignoran ni
están cegados
políticamente, si acaso
están cegados social y
culturalmente. Ellos
saben como son las
oligarquías de sus
países, qué situaciones
han producido y siguen
produciendo, como es la
vida en sociedades
desvertebradas y
miserables. Quienes son
los culpables. Lo saben
y saben que hay que
transitar a modelos de
cambio, pero han sido
seducidos por otros
salones, por los salones
de las oligarquías
occidentales a los
cuales no podrían
acceder con discursos de
cambio real. Y en los
cuales no serían
recibidos si no fueran
radicales críticos de
experiencias políticas
que impugnan la
existencia misma de
todos esos salones. Han
asumido un estatus
social y un rol que les
mimetiza con las
oligarquías occidentales
y les redime de tener
que conformarse con los
para ellos más
chabacanos círculos
sociales peruanos o
salvadoreños. A cambio
reciben becas
exclusivas, programas de
investigación,
conferencias y cursos,
galardones de todo tipo,
recibimientos,
condecoraciones…. Otros
casos como el de Moisés
Naím (Foreign Policy,
National Endowement for
Democracy)) son
diferentes, son casos de
clásicos técnicos del
sistema que desde
siempre han operado en
espacios neurálgicos de
poder y que están mucho
mejor integrados en
centros de inteligencia.
Vargas Llosa o
Villalobos son
starlettes, mientras
Naim es un alevoso
miembro de los centros
de inteligencia. Cada
uno tiene su papel.
A ellos se les puede
aplicar lo ya dicho para
los grandes grupos
mediáticos: son víctimas
de toda una lógica de
cooptación e integración
social en el sistema
hegemónico. Si los
grandes grupos
mediáticos como El
País han perdido
toda su capacidad
autopoietica esencial
estos han perdido su
personalidad, su
independencia y se
convierten en
replicantes de los
elementos del discurso
del método de
governanza.
En definitiva, y
recapitulando, ahí están
todas las diferencias,
todas las luchas y el
sentido de toda una
vida, en una opción: ser
integrados e
intercambiables o
deliberantes y libres.
Manuel Zelaya ha elegido
esto último.
Profesor Palacios, ¿le
parece bien que
dediquemos esta
entrevista a la
ciudadanía hondureña
resistente, a los
ciudadanos y ciudadanas
que no están dispuestos
a transigir con la
barbarie, el golpismo,
la traición y la
sinrazón?
Es lo justo. Ellos son
los héroes.
*Francisco
Palacios Romeo es
profesor de Derecho
Constitucional en la
Universidad de Zaragoza
y miembro del Comité
Internacionalista de
Aragón. Entre sus
últimas publicaciones
relacionadas con las
transformaciones del
Estado en Latinoamérica,
cabe destacar: “La
ruptura constitucional
del Estado precario: los
derechos sociales en el
nuevo constitucionalismo
iberoamericano. La
especificidad del modelo
venezolano” en
Venezuela en transición.
La experiencia
bolivariana de gobierno,
Ágora. Revista de
Ciencias Sociales,
nº 14, 2006, y
“Constitucionalización
de un sistema integral
de derechos sociales. De
la Daseinsvorsorge al
Sumak Kawsay” en
Desafíos
Constitucionales. La
Constitución ecuatoriana
del 2008 en perspectiva,
ed.: Ministerio de
Justicia y Derechos
Humanos y Tribunal
Constitucional, Quito,
2008. |