|
Honduras se encuentra
entre los países más
pobres de América Latina
y el mundo. La pobreza
alcanza al 62.9 por
ciento de la población y
más del 55 por ciento
está desempleada. El 63
por ciento de las
familias hondureñas
sufren de desnutrición y
miles de chicos viven en
la calle. Por primera
vez en la historia
contemporánea del
hermano país, un
gobernante, el
Presidente José Manuel
Zelaya Rosales, estaba
empeñado en un grupo de
importantes acciones
para cortar en sus
raíces esa herencia de
explotación y
subdesarrollo.
Zelaya Rosales no se
planteaba un proyecto
personal. Había llegado
a la convicción de la
necesidad de incentivar
la participación popular
en la toma de las
decisiones fundamentales
del Estado.
Precisamente, el domingo
28 de junio los
hondureños irían a las
urnas con el propósito
de participar en una
consulta popular. Pero
en horas de la madrugada
se inicia el Golpe de
Estado. El Presidente
Zelaya Rosales es
secuestrado por
efectivos del Ejército y
expulsado a Costa Rica.
Desde las primeras horas
del Golpe, el escenario
quedó bien establecido:
de una parte la
oligarquía apoya en
bloque la acción de los
militares; de la otra,
el pueblo expresa su
protesta. Los
principales medios de
comunicación masiva
ejecutaron una vasta
operación de silencio
con el propósito de
desconcertar al pueblo,
confundir a la opinión
pública internacional y
permitir el avance y
consolidación de la
asonada militar
El funcionariado del
Estado oligárquico
-Tribunales, Fiscalía y
Policía-, y la jerarquía
de la Iglesia católica
se manifestaron como
parte del esquema
golpista. El Congreso
hondureño nombró como
presidente del país a
Roberto Micheletti
-Presidente del órgano
legislativo y ex
candidato a la
presidencia por el
propio Partido de Zelaya
Rosales- tras esgrimir
una supuesta carta de
renuncia del Presidente.
El Consejo Hondureño de
la Empresa Privada (COHEP)
respaldó la decisión
legislativa: “No se está
cambiando un Presidente
por otro. Se ha logrado
en un marco de unidad
nacional, mantener la
institucionalidad y el
respeto a la
Constitución y las
leyes”, afirmaron los
empresarios.
Desde los primeros
momentos el pueblo
hondureño rechazó el
Golpe de Estado. Aunque
parte de las garantías
constitucionales fueron
suspendidas, y se vivió
en el país una especie
de estado de sitio,
decenas de miles de
hondureños en
Tegucigalpa y otras
ciudades del país,
salieron a las calles y
plazas para respaldar el
retorno del Presidente
Constitucional. Las
masas, con la armadura
de su indignación y
vergüenza, comenzaron a
enfrentarse a las
fuerzas conjuntas del
Ejército y la Policía.
Caen las primeras
víctimas de la nueva
represión fascista. Las
detenciones se
multiplicaron y en
respuesta, las
organizaciones populares
convocaron a un paro
nacional hasta el
regreso del legítimo
Presidente, medida que
se mantiene hasta hoy.
Para justificar el Golpe
de Estado las fuerzas de
la oligarquía y el
imperialismo apelan a un
grueso expediente de
acusaciones contra el
Presidente José Manuel
Zelaya Rosales. Se trata
de un expediente
espurio, fabricado a
última hora, pero tales
argumentos, aún si
tuvieran una cuota de
credibilidad,
resultarían falsos para
explicar las razones del
cruento asalto militar.
Realmente con la salida
de Zelaya Rosales de la
presidencia, se intenta
cortar el curso
histórico de un
interesante proceso de
cambios que se había
iniciado en el hermano
país.
José Manuel Zelaya
Rosales
José Manuel Zelaya
Rosales (1952), es un
rico terrateniente que
fue directivo del
Consejo Hondureño de la
Empresa Privada (COHEP)
y presidente de uno de
sus gremios más
importantes, la
Asociación Nacional de
Empresas Transformadoras
de la Madera (ANETRAMA).
Afiliado al Partido
Liberal desde 1970,
empezó a desarrollar en
las filas liberales
labores orgánicas y
representativas, hasta
llegar a ocupar un
escaño como congresista.
En el ejercicio de sus
funciones públicas se
caracterizó por su
entrega y honradez. La
prensa burguesa de
Honduras lo mostraba
además como un buen
padre de familia
católica, con el don del
hacendado campechano,
aficionado a tocar la
guitarra y montar
caballos. Bajo este
perfil Zelaya Rosales
triunfa en las
elecciones
presidenciales del 27 de
noviembre de 2005. Nada
hacía suponer que fuera
portador de una
propuesta distinta a la
de sus correligionarios
de la oligarquía
hondureña, ni que
tuviera la valentía de
trascender los marcos
previamente fijados por
el sistema de dominación
El accionar del
Presidente Zelaya
Rosales para revertir la
crítica situación
nacional y comenzar
–aunque fuera
tímidamente- a favorecer
las necesidades e
intereses de los
sectores populares
resultó, para el imperio
y la oligarquía, una
desagradable sorpresa.
Comprometido con las
necesidades de su
pueblo, el Presidente
hondureño se percató de
que era imposible
combatir la pobreza y la
exclusión sin afectar
los intereses de las
corporaciones
transnacionales y la
clase oligárquica y
capitalista. Entonces la
gestión gubernamental
del Presidente
establecería un punto de
giro[1],
un rompimiento con la
historia de sumisión al
imperio norteamericano y
al servicio a los
intereses de las
transnacionales y la
oligarquía nativa.
El nuevo presidente se
propuso la reducción del
costo del petróleo, así
como frenar el control
expoliador de las
transnacionales
petroleras –Esso (ExxonMobil),
Texaco (Chevron) y Shell-,
que desde hacía décadas
operaban en Honduras.
Así mismo puso coto a la
indiscriminada
explotación de los
bosques, que afectaba a
las comunidades
indígenas. Y aquí
comenzaron los primeros
cuestionamientos a un
presidente “de la clase”
–maderero por demás- que
sin embargo afecta la
libertad de empresa.
Zelaya Rosales comenzó
por enfrentar el grave
problema de las maras.
Pero a diferencia del
enfoque represivo
prevaleciente, diseñó
para la lucha contra el
pandillerismo y el
crimen organizado un
enfoque más social,
dirigido a resolver -en
su raíz de pobreza y
exclusión- esas y otras
problemáticas de la
marginalidad
capitalista. Decretó el
“estado de emergencia en
el sistema de salud”, y
realizó la liberación de
una millonaria partida
de recursos para iniciar
la recuperación de tan
vital servicio. Redujo
la tasa de interés de
los créditos para las
viviendas y aumentó el
salario mínimo de los
ciudadanos.
Las medidas puestas en
marcha por Zelaya
Rosales mejoraron la
situación económica del
país. A pesar de que el
déficit en la balanza
comercial con Estados
Unidos se duplicó en el
año 2006 como resultante
directa del TLC, el país
registró el más bajo
nivel de inflación de
los últimos 16 años. La
política gubernamental
comenzó a dar frutos en
la lucha contra la
pobreza – reducida en un
6,5 por ciento-lo que en
números absolutos
significó que 500 mil
hondureños salieran de
la pobreza durante su
mandato.
Autodeterminación y
soberanía
La práctica consecuente
de la autodeterminación
y soberanía, en un país
donde estas categorías
sólo adornaban los
discursos, constituyó
una osadía del
Presidente Zelaya
Rosales.
El 1 de abril del 2006
entró en vigencia el
Tratado de Libre
Comercio con los Estados
Unidos (CAFTA por su
siglo en inglés). Zelaya
Rosales asume un hecho
consumado, pero en sus
declaraciones al
respecto alertó sobre la
real situación que se
avenía “una lucha de
David contra Goliat”,
dada la debilidad de la
economía hondureña.
Urgía, en criterio de
Zelaya Rosales,
aprovechar las
oportunidades que el
CAFTA pudiera ofrecer, y
a la par trabajar en
otros acuerdos
compensatorios.
Recién estrenado como
Presidente Zelaya
Rosales, en marzo del
2006, envía su primera
misión a Venezuela para
explorar posibles
espacios de cooperación.
Así, en su lucha por
alcanzar la soberanía
energética frente a las
transnacionales, el
presidente hondureño se
acercó a Petrocaribe,
iniciativa subregional
perteneciente a
Petroamérica, uno de los
instrumentos de
integración continental
creados por la Alianza
Bolivariana para los
Pueblos de Nuestra
América (ALBA). Así
mismo Zelaya Rosales
buscó la asesoría de
Brasil para desarrollar
la producción local de
biocarburantes,
particularmente etanol.
El 25 de agosto del
2008, Zelaya Rosales
firmó en la Casa de
Gobierno de Tegucigalpa
el documento que
convertía a su país de
manera oficial en el
sexto miembro del ALBA,
en una ceremonia que
contó con la presencia
de los presidentes Hugo
Chávez, Daniel Ortega y
Evo Morales y el
entonces vicepresidente
cubano Carlos Lage. Tras
elevar un llamado al
pueblo hondureño para
que respaldara un
“proyecto social de
solidaridad entre países
de América” que
representaba “beneficios
para los pobres”,
declaró superado el
modelo neoliberal y se
pronunció por un
“liberalismo socialista,
para que los beneficios
del sistema vayan a los
que más lo necesitan”.
El 15 de septiembre, en
su discurso
institucional con motivo
del 187 aniversario de
la emancipación nacional
de la Corona española,
Zelaya Rosales presentó
la entrada en el bloque
bolivariano del ALBA
como la “segunda
independencia” de
Honduras. Días después,
en la Asamblea General
de la ONU, el mandatario
dijo basta a “más
recetas y lecciones” del
mundo desarrollado,
porque no habían servido
para eliminar la
pobreza, y afirmó que el
sistema capitalista
estaba “devorando a los
seres humanos”. Un mes
más tarde, a últimos de
octubre, en su
intervención en la XVIII
Cumbre Iberoamericana,
en San Salvador, pidió a
los participantes una
condena al “capitalismo
insaciable”.
La entrada al ALBA y la
firma de acuerdos de
libre comercio con
Taiwán, Chile Panamá, y
-en perspectiva- con
Cuba, Perú, Brasil y
Ecuador, expresaron con
hechos la voluntad del
Presidente Zelaya
Rosales de diversificar
las fuentes de
intercambio comercial,
económico y tecnológico,
y liberarse de la
prevaleciente
dependencia del mercado
y los compradores
estadounidenses.
A escala regional Zelaya
Rosales ganó respeto por
su desempeño como
presidente pro-témpore
del Sistema de
Integración
Centroamericana en el
segundo semestre de
2008. Bajo su dirección
el bloque istmeño llegó
a importantes acuerdos,
atravesados por la
lógica del
enfrentamiento con los
viejos lazos de sujeción
a los intereses
imperialistas, la
superación de las
barreras y prejuicios
regionalistas, y la
urgencia de frenar la
incidencia de la crisis
estructural del
capitalismo en los
países del área.
La política de Zelaya
Rosales logró que cerca
de 4.000 millones de
dólares de deuda externa
fueran condonados, y la
llegada de combustible
barato de Venezuela se
tradujo en un mayor
desahogo financiero del
Estado y en una mejora
de la calidad de vida de
la población.
Frente al imperio
La decisión del
Presidente Zelaya
Rosales de buscar su
soberanía energética lo
colocó de inmediato
frente al gobierno de
George W. Bush, empeñado
en defender a ultranza
los intereses de sus
transnacionales
petroleras. La respuesta
inicial del imperio va a
ir por el camino de las
presiones y críticas
sobre elementos de
corrupción, el tema
migratorio y la
ampliación del período
de trabajo de los
hondureños inscritos en
el Estatus de Protección
Temporal (TPS). Era el
trato típico aplicado
para “corregir” los
escrúpulos de los
gobernantes de turno;
para ello, el Embajador
norteamericano Charles
Ford desarrolló el
perfil interventor que
tenía asignado, pero en
el caso de Zelaya
Rosales estas medidas no
surtirían efecto.
El Emperador Bush, ante
las denuncias del
Comandante en Jefe Fidel
Castro Ruz sobre la
presencia del terrorista
Luis Posada Carriles en
los Estados Unidos y los
pedidos de extradición
del terrorista prófugo
que realiza Venezuela,
intenta salir del
problema enviando al
asesino a un tercer
país. El Embajador
estadounidense le hace
la solicitud a Zelaya
Rosales, pero éste la
rechaza de plano. Ya en
marzo del 2008, el
Presidente hondureño
anunció la apertura de
las relaciones con Cuba.
Los crecientes vínculos
del presidente
centroamericano con los
gobiernos de izquierda
en Suramérica y
Nicaragua, la entrada a
Petrocaribe y el ALBA,
la fraternal amistad que
comenzó a consolidarse
con el Presidente Hugo
Chávez y la visita que
realizó el Presidente
hondureño a Cuba en
marzo del 2008, su
intercambio con el
Comandante en Jefe Fidel
Castro Ruz, las
declaraciones de respeto
para con el gobierno de
La Habana, y sus
críticas al bloqueo
estadounidense contra el
país antillano, fueron
vistas con visible enojo
por los oligarcas
hondureños y
convencieron al imperio
de la necesidad de
trabajar para aislar y
destruir políticamente
al líder hondureño.
Frente a tales
decisiones, sin dudas el
Presidente Bush colocó a
Zelaya Rosales bajo
estricta observación.
Zelaya Rosales causa una
nueva sorpresa con las
declaraciones del 31 de
mayo de 2008, en las que
anuncia a los militares
estadounidenses su
próximo abandono de la
base Soto Cano (la
tristemente célebre base
Palmerola de la guerra
secreta contra Nicaragua
y el movimiento de
liberación
centroamericano) pues
esta sería en un futuro
próximo utilizada para
vuelos comerciales
internacionales, y que
la construcción de la
terminal civil contaría
con fondos del ALBA. Es
muy posible que después
de estas declaraciones
el Gobierno de Bush
acelerara sus planes
desestabilizadores. Para
coordinar los planes
contra Zelaya Rosales se
escoge a un hombre de
toda la confianza del
Presidente yanqui: Bush
nombra Embajador en
Tegucigalpa al cubano
[norte]americano de
extrema derecha Hugo
Llorens. El flamante
representante del
imperio había sido el
asesor principal de Bush
-era director de Asuntos
Andinos del Consejo
Nacional de Seguridad en
Washington-, cuando
sucede el Golpe de
Estado contra el
Presidente Hugo Chávez.
Llorens llega a Honduras
en mal momento. El 12 de
septiembre del 2008, el
Presidente Evo Morales
expulsa al representante
de Estados Unidos en La
Paz, por sus actividades
de injerencia y Zelaya
Rosales, en solidaridad,
se negó a recibir las
credenciales de Llorens.
Ocho días después, el
Presidente hondureño
recibió al nuevo
Embajador estadounidense
y le expresó el malestar
de su país “con lo que
sucede con el país más
pobre de Sudamérica”.
En noviembre 2008, el
Presidente Zelaya
Rosales felicitó a
Barack Obama por su
victoria electoral,
clasificándola como ”una
esperanza para el
mundo”. Pero dos meses
después, Zelaya Rosales
envió una carta personal
al mandatario
estadounidense acusando
a Estados Unidos de
”intervencionismo” y
llamando al nuevo
gobierno a ”respetar a
los principios de la no
injerencia en los
asuntos políticos de
otras naciones”. Zelaya
Rosales también solicitó
”revisar a los
procedimientos de
inmigración y la
otorgación de visas como
un mecanismo de
presión”. Así mismo se
pronunció porque ”la
lucha legítima contra el
narcotráfico… no fuera
utilizada como una
excusa para imponer a
políticas
intervencionista en
otros países”.
De la alarma al Golpe
Técnico
Al “impredecible”
presidente José Manuel
Zelaya Rosales, ya le
quedaba muy poco frente
al gobierno del país.
Para noviembre de este
2009 estaban previstas
las elecciones y en
enero del 2010
abandonaría la
presidencia. En un país
donde la izquierda había
sido exterminada y el
movimiento popular
recién comenzaba a
rearticularse y ganar
fuerza, nada hacía
sospechar que las
maquinarias de los
partidos oligárquicos no
fueran capaces de
restablecieran su
equilibrio de poder. Así
la marcha de los
acontecimientos
políticos hondureños,
parecía indicar que para
los imperialistas y
oligarcas las soluciones
vendrían tras el fin del
mandato de Zelaya
Rosales. En estas
circunstancias, el 22 de
noviembre del 2008
Presidente anuncio una
consulta popular, que
puso en alarma al
imperio norteamericano y
a sus secuaces nativos.
Zelaya Rosales trataba
de dar un primer paso
para una futura
convocatoria a la
Asamblea Nacional
Constituyente y a la
reforma de la
Constitución. La
propuesta consistía en
realizar una encuesta no
vinculante que podría
proponer, o no, un
referéndum sobre la
creación de una
Constituyente, en lo que
sería una cuarta urna de
votación, en las
próximas elecciones. De
aprobarse, la consulta
se realizaría posterior
a la salida de Zelaya
Rosales de la
presidencia, por lo
tanto no habría
posibilidad alguna de
reelección.
La sola mención a una
posible constituyente
aterrorizó a los
oligarcas hondureños y
puso en grave
preocupación al imperio.
La actual correlación de
fuerzas en la región
latinoamericana y
caribeña, y en
particular los triunfos
de las fuerzas de
izquierda en Nicaragua y
El Salvador, y el
alejamiento de las
tradicionales posiciones
oligárquicas del
gobierno guatemalteco,
hacían sumamente
peligroso para la
hegemonía imperialista
cualquier intento en
Honduras, de cambiar a
través de una
Constitución las bases
institucionales del
status quo conservador.
Este era un camino ya
transitado por
Venezuela, Ecuador y
Bolivia como parte
sustantiva de sus
procesos emancipadores.
En este criterio desde
los primeros momentos,
las fuerzas de la
reacción, orquestadas
por la Embajada
estadounidense, se
empeñaron en sabotear la
consulta, con el empleo
de todos los métodos
posibles, incluida la
dinámica golpista.
Contra Zelaya Rosales se
intensifica una
fortísima campaña de
descrédito y crítica
ideológica, que polariza
en su contra a la
mayoría de la clase
política hondureña,
incluida la de su propio
partido. Un ingrediente
no despreciable es la
actitud beligerante del
poderoso Consejo
Hondureño de la Empresa
Privada (COHEP), que se
niega a cumplir el
decreto de alza del
salario mínimo. Si para
lograr la aprobación en
Congreso Nacional de
medidas trascendentales
como la entrada al ALBA,
el Presidente había
logrado el apoyo de la
bancada liberal y al
menos la abstención de
parte de los
nacionalistas, ahora el
aislamiento llega a ser
prácticamente total.
El 23 de junio el
Congreso Nacional
aprueba una legislación
de última hora que
prohíbe la celebración
de referendos y
plebiscitos 180 días
antes y después de las
elecciones. Amparado en
esta normativa, el
Tribunal Supremo
Electoral (TSE) y la
Corte Suprema de
Justicia declaran ilegal
la consulta del 28 de
junio, y se amenaza con
penas de entre 10 y 15
años de prisión para
quienes la apoyen.
Zelaya Rosales destituye
al jefe del Estado Mayor
Conjunto de las Fuerzas
Armadas, general Romeo
Vásquez Velásquez, por
negarse a distribuir el
material para la
encuesta. Como
respuesta, el Ministro
de Defensa y los Jefes
de las tres ramas de las
Fuerzas Armadas
renunciaron, y la Corte
Suprema de Justicia
desconoce la autoridad
del Presidente de
comandar las Fuerzas
Armadas y restituye en
el cargo al general
Vásquez. A su vez, en el
Congreso comenzaron las
maniobras para un juicio
político, que declarara
no apto al Presidente
sobre la base de
acusaciones de violación
de la Constitución y el
ordenamiento jurídico
del país
El Plan B
Zelaya Rosales se
percató de la gravedad
de las maniobras que
contra su gobierno se
desarrollaban por parte
del Tribunal y el
Congreso, y con claridad
denunció que estaba en
curso un Golpe de Estado
Técnico. Llamó a los
presidentes
latinoamericanos a
solidarizarse con su
gobierno, y solicitó el
acompañamiento de la
OEA. Fue en estos
momentos cuando ocurre
el hecho más audaz y
trascendental de toda la
presidencia de Zelaya
Rosales: El Presidente
convocó al pueblo a
acompañarlo a la base
aérea Hernán Acosta
Mejía para sacar de ahí
el material electoral
decomisado por
magistrados del TSE y
fiscales del Ministerio
Público.
Junto a una multitud
popular Zelaya Rosales
penetra en la
instalación militar y
recupera las urnas y
boletas. De ahí manos
populares se encargaran
de llevar este material
hasta los últimos
rincones del país.
El sábado 27 de junio la
directora ejecutiva del
Proceso de Encuesta de
Opinión, Fedra Tibot,
informa que las 15 mil
urnas instaladas en el
país están listas para
la consulta; en su
distribución y cuidado
han participado de forma
voluntaria más de 45 mil
hondureños. Por
disposición presidencial
las urnas serán
custodiadas por
organizaciones populares
y la policía y no por el
ejército.
La acción de las masas
desconcierta y paraliza
la maquinaria opositora.
Zelaya Rosales considera
conjurado el golpe de
Estado técnico y llama
al pueblo a participar
en la consulta del
domingo. Se equivocaba
el Presidente Hondureño.
Es evidente que no
poseía todos los hilos
del complot que sí
manejaba el Embajador
estadounidense en
Tegucigalpa.
Con el pueblo
defendiendo la consulta
y Zelaya Rosales en
movimiento dentro del
país, el juicio político
que preparaba el
Congreso para
destituirlo –el Golpe
“técnico
institucional”-, carecía
de todas las
posibilidades de
victoria. Un escenario
probable le indicaba a
los conspiradores la
radicalización de Zelaya
Rosales, el aumento de
su popularidad, y la
profundización del
protagonismo de los
movimientos sociales y
las organizaciones de
izquierda. La dinámica
golpista tuvo que optar
por el “Plan B” y éste
no podía ser otro que el
de la abierta y
desembozada asonada
fascista. Se ve muy
claro entonces como en
el plan de tareas de los
golpistas, la primera
misión era la de
secuestrar y sacar del
país al Presidente
Zelaya Rosales.
José Manuel Zelaya
Rosales no es un
“marxista”, ni un
socialista
revolucionario. En los
Estatutos del Partido
Liberal, en el apartado
de Principios
ideológicos, el artículo
6 “postula como
principio fundamental la
inclusión social y, por
ende, se reconoce el
crecimiento económico
con equidad social como
regla que debe regir la
economía nacional; y
debe presidir el
ejercicio de las
libertades económicas,
de iniciativa, de
inversión, de comercio,
de competitividad, de
contratación y de
empresa, de modo que la
producción económica
responda a los conceptos
de desarrollo
sostenible, asegurando
la distribución
equitativa de la
riqueza”. En buena ley,
Zelaya Rosales quiso
poner en práctica los
principios ideológicos
de su Partido, pero más
allá de la letra, los
burgueses liberales y la
oligarquía hondureña no
pueden ni quieren pasar.
Saben además que el
imperio no los
perdonaría.
En países como Honduras
la honestidad y
consecuencia de los
gobernantes puede llegar
a ser para el imperio un
indeseable disparador de
la Revolución. Zelaya
Rosales se convirtió en
un Presidente dispuesto
a emprender la ruta de
la transformación
social. En mucho, la
conversión de Zelaya
Rosales en un obstáculo
para el status quo, es
también un producto de
los nuevos tiempos que
recorren Nuestra
América, de la presión
popular en el marco de
un renacer del
movimiento emancipador
continental.
Éste, por supuesto, que
es un espacio en
disputa: los intereses
expoliadores no están
dispuestos a ceder. Ahí
está el porqué del
garrote.
[1]
Sheyla Valladares
Quevedo: Honduras: De
pretextos y verdades,
Rebelión |