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El golpe no nos dividió
a los hondureños, ni
menos Mel, si no el
proceso decrecimiento
concentrador y
excluyente, que nos ha
polarizado por medio
siglo. Y la propuesta
del Presidente Zelaya de
enfrentar las
contradicciones
estructurales de ese
modelo y de tomar
conciencia y partido
para el remedio eficaz
de la miseria puso al
descubierto una gran
falla, entre las placas
de la población que se
han beneficiado y se han
alienado en ese proceso
(la burguesía vario
pinta) y, de otro lado
las mayorías marginadas,
cada vez más frustradas,
junto con los
profesionales con
compromiso ético y
social y los obreros
organizados que pueden
vislumbrar un orden más
justo. En las noticias
que me llegan de allá
prevalecen dos notas:
confusión en todos los
campos e indignación.
La confusión profunda,
en primer lugar de la
pequeña burguesía, que
ha caído en la trampa de
la manipulación
mediática, convencida de
que apoya una
gesta"contra el
comunismo y la
dictadura". Pobrecita.
No sé si es redimible.
Que ya era supersticiosa
y ahora se ha vuelto
rezandera compulsiva,
como reflejo de su mala
conciencia y del susto
-supongo- porque no
pueden dejar de intuir
los insondables peligros
que sacaron con los
chafarotes y los
geniecillos del mal de
la Contracuarta.
Invocando, contra el
mundo entero, el
liderazgo universal de
Micheletti, la probidad
y heroicidad de Vásquez
Velásquez, la sana
intención de sus
empleadores, la
bendición del Cardenal
contra la condena
fulminante del Papado y
las incongruencias de
esos falsos apóstoles
contra la razón misma,
contra el sentido común,
la ficción oficial y
mediática de que
Honduras está unida con
el golpe contra la
manifestación cotidiana
de lo contrario.
Confusión también entre
los nuestros que, para
nada, previmos lo que
otros llaman "un golpe
anunciado", aunque
sabíamos de la
conspiración. Que no
tomamos ninguna
precaución. Y que
andamos, dentro y fuera,
como alelados, hablando
babosadas acerca de cómo
la comunidad
internacional nos va a
sacar de problemas,
invocando argumentos
legales en un país en
que está totalmente
colapsado el aparato de
justicia desde antes,
que vamos a una huelga
general, descoordinados
entre nosotros, viviendo
del poema del día, y de
las "mejores canciones"
mientras ellos nos
llevan presos, nos
acosan, reprimen alas
manifestaciones cuando
les dan miedo. Los
perversos se sienten
seguros, los buenos cada
vez más expuestos.
Pasan las horas, se
acumulan las condenas
internacionales y se
prolongan las marchas y
la movilización, pero
ellos siguen ahí, sólo
ligeramente nerviosos y
por la noche los
nuestros regresan a los
escondites o buscan uno
nuevo.(Afortunados los
que hemos escapado
apenas). Por las calles
rondan libremente Billy
Joya y Carmona. En los
despachos, se persigue
inclementemente a
nuestra gente. Se los
acosa y despide. (Sin
comprensión técnica de
la materia, la peligrosa
rubia Castro ha
despedido, sin embargo,
a casi todos los cuadros
técnicos del
ministerio). Está claro
que estamos en
desventaja. Y que la
lucha tiene una fricción
desgastante y en la
medida en que demuestre
ser ineficaz la reacción
internacional sin
precedentes también se
esfuma en el vacío y en
el doble juego de "hacer
tiempo". La impotencia
hay que reconocerla, la
frustración y la
confusión, pero no para
rendirnos.
La indignación hay que
cultivarla y sobre todo
hay que organizarla,
para que se convierta en
instrumento eficaz de
lucha. Está pendiente
todavía y seguirá por
muchos días aun siendo
urgente la movilización
en la calle, aunque debe
organizarse mejor. Y la
bandera de lucha sigue
siendo la inmediata
restitución del gobierno
legítimo. El Congreso se
amnistiará como quiera.
Mel debe regresar cómo
sea, por dónde sea, a lo
que sea.
No se trata de un asunto
personal, pero Mel
personifica ese anhelo.
Nadie más que él puede
restaurar las
condiciones bajo las
cuales podemos volver a
ser un país civilizado,
debatir nuestras
diferencias sin las
tonterías prefabricadas
de la ideología y el
fundamentalismo y volver
a recurrir a las urnas
para resolver las
contradicciones, y no a
las armas. |