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Es de rigor comenzar
esta breve alocución
manifestando lo honrado
que me siento al recibir
este premio, cuyo
otorgamiento se produce
en un momento muy
especial de América
Latina y del mundo.
Estamos inmersos en una
nueva crisis general del
capitalismo, la más
grave y desafiante de
toda su historia por la
inédita combinación de
varias crisis de larga
gestación y que
confluyen en este
momento histórico.
Una crisis que pone en
entredicho las
perspectivas de
sobrevivencia de la
humanidad, pero ya no
como producto de una
guerra termonuclear sino
como resultado de las
fuerzas destructoras del
capitalismo. Si el rey
Midas de la mitología
griega convertía en oro
todo lo que tocaba, y
caía víctima de ese don,
el capitalismo convierte
en mercancía todo lo que
toca, desde los
alimentos hasta las más
elevadas manifestaciones
del espíritu humano,
pasando por la educación
y llegando, en esta loca
carrera autodestructiva,
hasta la propia
naturaleza, fundamento
último de la vida en
nuestro planeta.
Una situación tan
preocupante como la que
describimos se combina
en los países de Nuestra
América con la
reaparición de
tendencias que muchos
creían desaparecidas
para siempre. Los
tristes acontecimientos
que hoy estamos viendo
en Honduras son un
penoso recordatorio de
la fragilidad de los
avances democráticos en
el capitalismo y de la
endémica, incurable,
propensión de las clases
dominantes de nuestros
países a oponerse, con
métodos cada vez más
brutales, a las más
sentidas aspiraciones de
nuestros pueblos y los
procesos emancipatorios
en curso en la región.
Este complejo cuadro
ratifica por enésima vez
la pertinencia de las
observaciones del
Apóstol de la
independencia de Cuba,
José Martí sobre los
influjos negativos que
sobre toda nuestra
región ejerce lo que con
toda propiedad él
denominara “la Roma
americana.” Influjos
que, dicho sea al pasar,
poco o nada se modifican
en función de las
características de los
ocasionales ocupantes de
la Casa Blanca, sean
éstas su extracción
económica, su
orientación ideológica o
la pigmentación de su
piel: un aristócrata
como Teodoro Roosevelt,
o un plebeyo como Ronald
Reagan o Harry Truman,
un magnate como John F.
Kennedy o un
afrodescendiente como
Barack Obama son todos
igualmente buenos a la
hora de desempeñar las
tareas que les cabe como
jefes del imperio. Hoy
más que nunca es preciso
no dejarse engañar por
las apariencias.
Sería difícil exagerar
la importancia de este
esfuerzo conjunto de la
República de Cuba y la
UNESCO destinado a
recuperar la
trascendencia universal
del legado martiano.
Cubanísimo por su origen
pero universal por el
vuelo de su pensamiento,
Martí es un pensador
imprescindible de
nuestro tiempo. Pocos
anticiparon como él la
importancia decisiva que
habría de adquirir lo
que más tarde Fidel, su
más insigne discípulo,
llamaría “la batalla de
ideas.” En una de sus
frases más recordadas
Martí decía que “de
pensamiento es la guerra
que se nos libra,
ganémosla a fuerza de
pensamiento.” Hoy
estamos en medio de esa
batalla, en donde los
beneficiarios de este
injusto sistema disponen
de formidables aparatos
cuidadosamente
diseñados, como lo
recuerda Noam Chomsky,
para modificar y
controlar la conducta,
las ideas y los
sentimientos de los
hombres y mujeres del
planeta. El poder
mediático de las clases
dominantes del imperio y
sus representantes
locales nos obliga a
librar esa guerra en
condiciones sumamente
desventajosas. Pese a
ello, la violencia, los
atropellos, las mentiras
y las atrocidades que
inexorablemente requiere
un sistema que reposa
sobre la injusticia y la
degradación de la
condición humana
erosionan la eficacia de
esos aparatos
ideológicos, al paso que
nuevas tecnologías de
información y
comunicación abren
insospechadas
posibilidades para
contrarrestar los
designios de los
poderosos.
La clarividencia de
Martí no sólo se
manifestó en el terreno
de la lucha cultural.
Fue, sin la menor duda,
un pionero en el
análisis del
imperialismo al ofrecer
una visión que, un
cuarto de siglo más
tarde, reaparecería en
el escenario europeo en
la obra de Lenin y Rosa
Luxemburg. Tiene razón
Fidel cuando en una de
sus reflexiones
recordaba que “Martí era
un pensador profundo y
antiimperialista
vertical. Nadie como él
en su época conocía con
tanta precisión las
funestas consecuencias
de los acuerdos
monetarios que Estados
Unidos trataba de
imponer a los países
latinoamericanos, que
fueron la matriz de los
de libre comercio que
hoy, en condiciones más
desiguales que nunca,
han resucitado.”
Muchas de sus ideas sobre el
imperialismo fueron
volcadas en las páginas
del diario La Nación,
de Buenos Aires, cuya
corresponsalía en
Estados Unidos ejercía.
En 1889 Martí fue
enviado a Washington
para informar sobre las
deliberaciones
producidas en el marco
de la Conferencia
Panamericana que se
estaba celebrando en esa
ciudad y en donde el
país anfitrión pretendía
crear una unión
monetaria para plasmar
la indestructible
supeditación de las
díscolas naciones del
Sur a los dictados del
imperio en ascenso. En
una de sus notas el
Apóstol decía que
“en cosas de tanto
interés, la alarma falsa
fuera tan culpable como
el disimulo. ... Los
peligros no se han de
ver cuando se les tiene
encima, sino cuando se
los puede evitar. Lo
primero en política, es
aclarar y prever.”
Sus palabras resultaron
proféticas, sobre todo
en medio de las enormes
presiones para que
nuestros países firmaran
la creación del ALCA.
Observando las
discusiones en el marco
de la citada reunión
Martí decía que “en
política lo real es lo
que no se ve,” y además
recordaba que
“ningún pueblo hace nada
contra su interés. ...
Si dos naciones no
tienen intereses
comunes, no pueden
juntarse. ... Cuando un
pueblo es invitado a
unión por otro, podrá
hacerlo con prisa el
estadista ignorante y
deslumbrado, ... podrá
recibirlo como una
merced el político venal
o demente, y
glorificarlo con
palabras serviles; pero
el que siente en su
corazón la angustia de
la patria ... ha de
inquirir y ha de decir
qué elementos componen
el carácter del pueblo
que convida y el del
convidado ... y si es
probable que los
elementos temibles del
pueblo invitante se
desarrollen en la unión
que pretende, con
peligro del invitado.
... Y el que resuelva
sin investigar, o desee
la unión sin conocer, o
la recomiende por mera
frase y deslumbramiento,
o la defienda por la
poquedad del alma
aldeana, hará mal a
América.”
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Su atenta mirada, esa
visión de águila que
veía más lejos y más
profundo que cualquiera
de sus contemporáneos,
le permitió producir un
retrato de la sociedad
norteamericana y de su
vocación imperial cuya
asombrosa actualidad se
confirma día a día pese
a que muchos creyeron
ver en el advenimiento
de Barack Obama el
inicio de una nueva era
pos-imperialista. Decía
Martí que los
norteamericanos “creen
en la necesidad, en el
derecho bárbaro como
único derecho: esto es
nuestro, porque lo
necesitamos,” sentencia
ésta que prefigura con
un siglo de anticipación
la más reciente
innovación doctrinaria
norteamericana en
materia de seguridad: la
“guerra preventiva”
contra todo aquél que
sea definido como una
amenaza para la
seguridad de los Estados
Unidos.
Un indicio de lo
grotesco, y a la vez
peligroso, de esta
doctrina lo ofrece el
caso reportado por la
prensa hace un par de
días y en el que se nos
informa que
el Departamento de
Estado negó la visa de
entrada a los Estados
Unidos a la Señora
Adriana Pérez O’ Conor,
esposa de Gerardo
Hernández Nordelo, quien
junto a otros cuatro
héroes cubanos sufre de
injusta prisión en aquel
país por haber luchado,
pacíficamente y sin
armas, contra las
organizaciones
terroristas que han
contado con el auspicio
y la protección de
sucesivos gobiernos
norteamericanos,
incluyendo la actual
Administración. En su
dictamen, la Secretaria
de Estado Hillary
Clinton considera que la
simple visita de la
esposa de Gerardo
“constituye una amenaza
a la estabilidad y
seguridad nacional de
los Estados Unidos”. Es
evidente que si ello
constituye una amenaza a
la estabilidad y
seguridad de los Estados
Unidos no hay nada ni
nadie en este mundo que,
en medio de semejante
paranoia, pueda evitar
ser considerado como un
terrorista y, por lo
tanto, sometido al
escarmiento que se
merece por tal
condición. ¿Se puede
construir un mundo mejor
a partir de estas
premisas? ¿Era esto lo
que Obama pensaba
cuando, en su campaña
electoral, insistía en
afirmar que “somos el
cambio que estábamos
esperando”.
Como decía Martí, el
derecho bárbaro como
único derecho: “esto es
nuestro, porque lo
necesitamos” y punto.
Quien se oponga a las
pretensiones de la gran
potencia y a su
“derecho” a apropiarse
de lo que se le venga en
gana, cuando y cómo lo
desee, se convierte en
un enemigo al que hay
que destruir.
Martí también anotaba
los peligros derivados a
una intensa relación
económica, algo que
adquirió especial
importancia con los
avances de la
globalización y las
firmas de diversos
tratados de “libre
comercio” entre la Roma
americana y los países
de América Latina y el
Caribe. Contrariamente a
las visiones tan
difundidas en estos
días, que ven al
comercio como un
intercambio neutro y
mutuamente beneficioso
entre las naciones,
Martí decía que: “quien
dice unión económica,
dice unión política. El
pueblo que compra,
manda. El pueblo que
vende, sirve. El influjo
excesivo de un país en
el comercio de otro, se
convierte en influjo
político.”
Por último, Martí
también advertía sobre
la permanente adhesión
de Estados Unidos a una
de las cláusulas
fundamentales de todo
imperio: “divide para
reinar.” En sus propias
palabras decía que “lo
primero que hace un
pueblo para llegar a
dominar a otro es
separarlo de los demás
pueblos. El pueblo que
quiera ser libre, sea
libre en negocios.”
La política del
imperio en relación a
los distintos esfuerzos
de integración
latinoamericana y
caribeña corrobora la
perdurable vigencia de
aquella cláusula gestada
en tiempos del Imperio
Romano. Cualquier
iniciativa
integracionista
despierta la inmediata
respuesta del
imperialismo,
prometiendo un trato
preferencial a los
desertores, o a quienes
optan por integrarse
económica y
políticamente a la
metrópolis imperial en
lugar de aunar fuerzas
con sus hermanos, a la
vez que no ahorra
ataques y mentiras para
desprestigiar a quienes
pretenden la unidad de
los pueblos. Nada nuevo
bajo el sol.
Martí es, sin duda
alguna, uno de los
grandes manantiales
desde los que fluye el
pensamiento crítico
contemporáneo. Recibir
un premio que lleva su
nombre es un honor y a
la vez una enorme
responsabilidad. Es
también una distinción
que trasciende de lejos
mi persona y alcanza a
los muchos que de una u
otra manera hicieron
posible este
reconocimiento. Quiero
agradecer en primer
lugar al Comandante
Fidel Castro Ruz,
porque gracias a su obra
en el marco de la
Revolución Cubana y a
sus palabras y
reflexiones a lo largo
de poco más de medio
siglo varias
generaciones de
latinoamericanos pudimos
acercarnos a Martí y
tomar conciencia de los
que éramos y de lo que
debíamos ser; tomar
conciencia de nuestra
realidad y de nuestro
destino como patria
grande, como Nuestra
América. Es difícil
explicar el impacto que
para nuestra generación
tuvo aquella célebre
frase de Fidel en La
Historia me Absolverá
cuando declaró que Martí
había sido el autor
intelectual del asalto
al Moncada. Estupor,
asombro y, en muchos de
nosotros, una búsqueda
desenfrenada de ese
Martí que la cultura
oligárquica de nuestras
sociedades presentaba
como un literato alejado
de las prosaicas
preocupaciones
mundanales y absorto tan
sólo en las escaramuzas
que conmovían la
república de las letras.
Quiero también agradecer
a Don Armando Hart,
apóstol sin par del
pensamiento del Apóstol
e incomparable albacea
intelectual de su
fecundo legado. La
incansable labor de Don
Armando, traducida en
sus libros, artículos,
compilaciones,
conferencias y grandes
reuniones
internacionales sobre
temas como “El
equilibrio del Mundo”,
“Por una Cultura de la
Naturaleza”, “Con todos
y para el bien de
todos”, amén de las
múltiples iniciativas
plasmadas en la Oficina
del Programa Martiano y
en el Centro de Estudios
Martianos, en conjunción
con otras realizadas con
la UNESCO, ha sido
fundamental para la
instalación del
pensamiento de Martí
como una de las
referencias
fundamentales de nuestro
tiempo. Gramsci decía
que si no hubiera sido
por la labor
organizativa y educativa
de San Pablo el
cristianismo
difícilmente habría
salido de Galilea,
permaneciendo encerrado
en su terruño sin
trascender más allá de
sus fronteras. Sin
llevar esta comparación
a un imprudente extremo
(sobre todo teniendo en
cuenta la decepcionante
parábola que conduce
desde San Pablo a
Benedicto XVI) es de
toda justicia reconocer
la inmensa obra de Don
Armando en la promoción
y difusión del
pensamiento de José
Martí.
Quiero agradecer
asimismo a la UNESCO y
su Director General,
representado aquí en la
figura del amigo Pierre
Sané, por haberme
otorgado esta
distinción. La UNESCO ha
sido a lo largo de
décadas una trinchera en
contra de las políticas
imperiales de
arrasamiento de las
culturas y las lenguas
que componen la
maravillosa diversidad
del mundo actual. Por
eso mismo fue, y sigue
siendo, objeto de
aviesos ataques y por
eso mismo debemos
defenderla contra viento
y marea. No creo
exagerar si digo que es
una de las muy pocas
instituciones del
sistema de las Naciones
Unidas en donde las
voces de los pueblos, de
los oprimidos, de los
explotados, de los
discriminados, se
escuchan con mayor
nitidez. Hago extensivo
este reconocimiento
también al Jurado
encargado de recomendar
el otorgamiento de este
premio.
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Corresponde también
agradecer a varias
instituciones que a lo
largo de mi vida me
posibilitaron
desarrollar esta
profunda vocación
latinoamericana y
caribeña: el Consejo
Latinoamericano de
Ciencias Sociales,
CLACSO, organismo que
tuve el honor de
presidir durante nueve
años y en el cual pude
contar con equipo de
trabajo cuyo tesón,
entusiasmo y compromiso
militante hizo posible
llevar a cabo una labor
extraordinaria de
difusión del pensamiento
crítico y de las ideas
martianas. A la
Asociación Nacional de
Economistas y Contadores
de Cuba, la ANEC, cuyos
encuentros anuales me
brindaron la ocasión,
absolutamente única, de
ponerme en contacto con
colegas de toda América
Latina y el Caribe,
enriqueciendo mi visión
continental y educándome
en las distintas
realidades de Nuestra
América. Y a las
autoridades del Centro
Cultural de la
Cooperación, en Buenos
Aires, desde el cual
proseguimos con nuestra
labor educativa a través
del PLED, el Programa
Latinoamericano de
Educación a Distancia en
Ciencias Sociales,
procurando facilitar el
acceso a lo mejor del
pensamiento crítico
contemporáneo a
estudiantes, cuadros y
militantes de
organizaciones populares
de toda América Latina y
el Caribe. Cumplimos, de
este modo, con uno de
los preceptos martianos:
“ser cultos para ser
libres.”
La Universidad de Buenos
Aires y el Consejo
Nacional de
Investigaciones
Científicas y Técnicas
de la Argentina me
ofrecieron, a lo largo
de estos últimos
veinticinco años, las
condiciones
indispensables para
realizar mi labor, para
adentrarme en mis
investigaciones y para
explorar el legado
martiano. A ellas
corresponde también mi
más cálido
agradecimiento.
Palabras al recibir el Premio Internacional de la UNESCO
José Martí. |