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Luego de la, así
llamada, Segunda Guerra
Mundial, cuando la
correlación de fuerzas
global apostaba con
ventaja a una expansión
socialista, la
estadounidense Agencia
Central de Inteligencia
se encargó de ir
copando, entre otros
sectores, desde el
ámbito mismo de la
creación cultural, la
generación de consenso
en un vasto campo
receptor. Controló “más
de cincuenta revistas
intelectuales serias que
se presentaban como
completamente privadas y
libres” y que, como es
de esperar, no hubieran
sobrevivido sin su
financiamiento constante
y generoso.1
Estas revistas se
presentaban como
independientes, de
pensamiento libre, para
que el anticomunismo
raigal que las unía
adquiriese carta de
legítimo estándar
creativo y creara el
necesario patrón
psicológico de
demonización a quien las
cuestionase. Por ello
era importante atraer a
troskistas,
antiestalinistas y otros
intelectuales,
escritores y artistas de
la izquierda política,
pues cerraban así,
aprovechando muy bien a
su favor los extremismos
del comunismo ortodoxo
en ejercicio del poder
en la Europa del este y
en la URSS, el lógico
consenso en el plano de
la recepción. La
promoción cultural por
presuntos donativos
privados conllevaba
además al precepto de
que la privatización
sería modelo idóneo, de
requisito acaso, para
alcanzar la libertad de
expresión. Concebido
para ser puesto en
marcha en secreto, en
pos de minar las
simpatías y adhesiones
de la intelectualidad
europea por las
propuestas de justicia
social del
marxismo-leninismo y
colocar en su lugar un
más pragmático modo
americano de pensar la
existencia, el programa
de propaganda diseñado
por la CIA se expandió,
en las acciones del
Congreso por la Libertad
Cultural, desde 1950
hasta 1967.
La británica Frances
Stonor Saunders
documenta con rigor y
precisión su exitosa
actividad, para
revelarnos cómo llegó a
contar con oficinas en
35 países, colocó a su
servicio, como agentes
directos o indirectos, a
docenas de personas,
sustentó sus bases
ideológicas de Guerra
Fría con artículos en
más de 20 revistas
de prestigio, organizó,
con amplia repercusión
publicitaria,
exposiciones de arte,
conciertos, conferencias
internacionales del más
alto nivel y creó, para
recompensa de músicos,
artistas, escritores y
filósofos, premios y
apariciones públicas en
tanto había instaurado
“su propio servicio de
noticias y de artículos
de opinión”,2
al punto de que, en los
años 60, el Forum
World Service,
implantado de acuerdo
con el modo operativo al
uso, “con domicilio
social en Delaware y
oficinas en Londres”, se
convertiría en “el
servicio de noticias
propiedad de la CIA que
mayor circulación tuvo”.3
Así, “tanto si les
gustaba como si no, si
lo sabían como si no,
hubo pocos escritores,
poetas, artistas,
historiadores,
científicos o críticos
en la Europa de
posguerra cuyos nombres
no estuvieran, de una u
otra manera, vinculados
con esta empresa
encubierta.”4
El Congreso por la
Libertad Cultural,
organización de mejores
resultados de entre las
financiadas por la
Agencia Central de
Inteligencia, se
organizó en 1950 bajo el
control de dos agentes
de identificación
homónima: Jonathan,
Gearing (Lawrence de
Neufville) y F. Saba
(Michael Josselson),
quienes trasladaban sus
acciones encubiertas de
Berlín, plaza importante
pero penetrada por sus
enemigos, a París, con
más libertad de acción y
en cierta medida más
prometedora desde el
punto de vista de la
repercusión simbólica. A
su directiva se sumaban
Irving Brown, quien
encubría el dinero que
entregaba adjudicándolo
a sindicatos obreros, y
el autor de Los
maquiavelistas,
manual básico de los
agentes CIA, James
Burnham, troskista a
quien un ejecutivo
consideró, en su aval,
“capitalista e
imperialista, firme
creyente en la familia,
en la empanada de
manzana, el béisbol, en
el drugstore de la
esquina, y… en la
democracia al estilo
americano”.5
Su manifiesto fue
redactado por Arthur
Koestler, en
colaboración secreta con
varios directivos de la
Agencia, y estaba
dirigido a encaminarse
enérgicamente contra el
comunismo, el marxismo
y, sin dejar de
insistir, encarnando la
más plena, verdadera y
única posible, libertad
de expresión. Su primera
revista fue Preuves,
destinada a potenciar
las deserciones de los
seguidores de Jean-Paul
Sartre y Simone de
Beauvoir y a socavar la
influencia de su
publicación Les Temps
Modernes; apareció
en octubre de 1951 bajo
la dirección de François
Bondy, suizo de
expresión alemana que
había roto con su
actividad en el partido
comunista luego del
pacto soviético-alemán
en 1939. A ese activo y
siempre controlado
Congreso por la Libertad
Cultural estuvieron
vinculadas de manera
directa las
publicaciones
Partisan Review,
New Leader, Der
Monat, Nuova
Italia, y
Encounter, principal
foco de la llamada “OTAN
cultural” que llegaron a
patrocinar.6
La CIA se encargó de
financiar al Congreso a
través de sindicatos
europeos, como Force
Ouvrière, Fundaciones
como la Farfield, creada
especialmente bajo los
supuestos auspicios del
mecenas millonario J.
Fleischman, la Kaplan,
la Rockefeller, la Ford,
donde instauraron un
departamento especial al
efecto con el propósito
de evadir posibles
futuras acusaciones, a
través del cual
recibirían dinero
instituciones como la
East European Fund, la
Editorial Chejov, el
International Rescue
Comite, la Asamblea
Mundial de la Juventud,
el Consejo de Relaciones
Exteriores, el Instituto
para las Artes
Contemporáneas, el
Congreso de Líderes de
la Cultura, algunos de
cuyos miembros eran
Salvador de Madariaga,
Aaron Copland, Isak
Dinesen, Robert Lowell,
R. Penn Warren, Stephen
Spender y Herbert Read.
Recibieron sufragios
además, instituciones de
cobertura como el Miami
District Fund, la
Fundación Hoblitzelle y
el Comité Suizo de Ayuda
a los Patriotas
Húngaros.
A mediados de los
60, cuando era
público y notorio el
vínculo directo de la
CIA con el Congreso por
la Libertad Cultural,
una buena parte de los
implicados intentaron
presentarse como
desconocedores y hasta
escribieron una carta al
New York Times
negando que conociesen
la existencia de algún
tipo de "donación
'indirecta'” y
declarándose "dueños
de sí mismos y libres de
toda propaganda ajena".7
Un día antes, en la
misma publicación había
aparecido una carta del
Congreso por la Libertad
Cultural declarándose
“completamente libre” y
comprometido solo con
“los deseos de sus
miembros y
colaboradores” así como
con las “decisiones de
su Comité Ejecutivo.”8
En septiembre de 2006,
los despachos de prensa
confirmaban que varios
periodistas
especializados en el
tema cubano, con su
correspondiente dosis de
odio anticomunista,
recibían subvención
procedente de la
Agencia para el
Desarrollo Internacional
de Estados Unidos
(USAID). Ante el
escándalo, y con un
traspaso de propietario
del periódico El
Nuevo Herald, que
imponía la necesidad de
la “limpieza”, algunos
fueron despedidos.9
Como en el caso antes
reseñado del Congreso
por la Libertad
Cultural, hubo
reacciones de asombro,
críticas, lamentaciones
y hasta falsas
declaraciones de ética
que proclamaban la
necesidad de la prensa y
la opinión pública de
expresarse de modo
independiente y ser
consecuente además con
las necesidades de la
democracia. Así, en
estos momentos, la
palabra libertad,
saturada por el uso
desde la creación de la
Guerra Fría, viene a
tener su reemplazo en la
palabra democracia. Y
aunque podamos
entretenernos en un
ejercicio de sustitución
mecánica, colocando
democracia allí donde en
los documentos de la
Guerra Fría cultural
aparecía la palabra
libertad, la
suplantación no es solo
un mecanismo de
renovación comunicacional.
Los objetivos primarios
que insistían en el
empleo del vocablo
"libertad", surgían,
en una jugada de
estrategia semántica,
relacionados con la
reacción mecánica de
negación en la que ya se
iba estancando el campo
socialista, en tanto en
el plano semiológico, en
busca de atrapar una
estrategia de sentido
eficaz, aparecían unidos
a la necesidad de
llevar, en carácter de
patrón psicosociológico
de recepción, el modo
estadounidense como un
modelo para la libertad
de expresión y el
desarrollo de los
creadores de cultura,
sobre todo en el ámbito
del arte y la
literatura. La Europa de
posguerra era aún
referente modal en la
supremacía del juicio
cultural en tanto
EE.UU., dado su
pragmatismo consumista,
no gozaba de un estatuto
que le garantizara la acrítica aceptación en
todo el mundo. A fines
del siglo XX, en cambio,
el modo cultural
estadounidense ha
conseguido conquistar
aquellos objetivos, se
ha convertido en
referente ideal,
acríticamente recibido
en todo el mundo, y
necesita en cambio
revertir un patrón de
aceptación global que
parta de su propio nivel
de enjuiciamiento. En
alta prioridad, este
patrón se centra en la
conformación de los
estados, sobre todo en
un debilitamiento de sus
estructuras que permita
maniatar su capacidad de
decisión. El poder
imperial, desde sí mismo
negado y de pronto
puesto en la palestra de
los especialistas con un
nuevo rango de mirada
benévola, de “mal menor”
a fin de cuentas mejor
que el bien de otras
tantas naciones, se
reestructura en el
ámbito comunicativo y,
para ello, necesita
extender la caja negra
que con la palabra
democracia viaja.
Se trata, pues, de
evadir tanto el culto a
la omnipotencia de los
medios, como la
dicotomía estéril que
deviene del debate entre
apocalípticos e
integrados, como lo
señala Armand Mattelart
en sus conclusiones a
La comunicación-mundo.10
Ello, según él mismo, es
causa de centrar el
debate acerca de la
importancia global de
las comunicaciones
mediante el olvido de su
historia, rasgo que
considera recurrente en
su devenir. La
insistencia en
considerar obsoleta a
una información
inmediatamente después
de que otra la suplanta,
no solo descoloca la
profundidad
epistemológica de los
debates respecto al
tema, como el propio
Mattelart advierte, sino
que actúa como
instrumento de
facilitación de ese
transcurso dominador en
el cual la efectividad
de la comunicación,
conjuntamente con el
aparato de
conceptos-esquemas que
la ayudan a promover los
sentidos focales,
imponen, camuflándola,
la ideología de dominio
imperialista.
El 6 de noviembre de
1982 fue creada
oficialmente la National
Endowment for Democracy
(NED), luego de que
varias comisiones
investigadoras sacaran a
la luz pública las
manipulaciones
delictivas del
presupuesto administrado
por la CIA. Su objetivo
capital se enfocaba en
continuar, con
estabilidad legal y
magna amplitud de
operaciones, el
ejercicio de injerencia
global, por lo que sus
principales fuentes de
financiamiento proceden
del presupuesto que el
estado norteamericano
destina a la USAID.
En virtud de
conseguir un estatuto de
apariencias más legales
que éticas, como
organización privada,
fundaciones con
contratos federales como
Smith Richardson, John
M. Olin y Lynde and
Harry Bradley, hacen
llegar a la NED parte de
sus fondos. Como
ramificaciones de la NED
aparecen el American
Center for International
Labor Solidarity (CILS),
el Center for
International Private
Entreprise (IPE), el
International Republican
Institute (IRI) y el
National Democratic
Institut for
International Affairs (NDIIA).
Fiel al patrón de
operaciones que se
ramifica a través de las
infranqueables cortinas
tapaderas, dispersó
corresponsales en la
Westminster Foundation
for Democracy, del Reino
Unido, el International
Center for Human Rights
and Democratic
Development, de Canadá,
las francesas Fondation
Jean Jaurès y Fondation
Robert Schuman, el
International Liberal
Center, de Suecia y la
Alfred Mozer Foundation,
de Holanda. Así, ha
pasado a controlar más
de seis mil
organizaciones
políticas, sociales y
culturales de todo el
mundo.
Sumado al presupuesto
gravado, organizaciones
anticomunistas de
cubanos especializados
en un elemental
anticastrismo,
recibieron dinero extra
procedente de un fondo
especial asignado al
Departamento de Estado,
fuente de las regalías
entregadas a Alianza
Afrocubana,
(62 000)Federación
Sindical de Plantas
Eléctricas (177 696), People in Need
Foundation (99 000),
Asociación de Gente en
Peligro, (16 900),
Asociación Encuentro de
la Cultura Cubana,
(200 000), Instituto
Nacional Democrático,
(175 000), Comité por los
Derechos Humanos
(65 000), Cubanet
(67 000), Centro
Internacional de la
Empresa Privada, que
debía circular en Cuba
la revista clandestina
Perspectiva,
(123 000), Bibliotecas
Independientes de Cuba
(133 000), Centro por una
Cuba Libre (55 000),
Directorio Democrático
Cubano (663 690),
Disidente Universal de
Puerto Rico, editores de
la revista mensual El
Disidente, (67 200),
Fundación Hispano-Cubana
de Madrid, (76 000),
Socios de América
(86 000), Red Feminista
Cubana (82 000), Grupo de
Responsabilidad Social,
(213 000), lo que
representa un total de 2
361 486.
En 2007, el presupuesto
oficial del programa
para Cuba de la USAID
pasó a 13 millones, se
disparó a 45,7 millones
en 2008 y redujo
alrededor de tres
millones para 2009.
Radio y TV Martí, canal
que no ha podido
conseguir audiencia,
recibieron seis millones
de incremento
presupuestario en
relación con el año
2006, para sumar 33,5
millones de dólares. Las
irregularidades, desvíos
y desfalcos de este
presupuesto y sus
partidas extra, no son
sin embargo anomalías,
sino consecuencias
lógicas del papel que se
le va asignando al
Estado en esa especie de
período de tránsito
entre el capitalismo de
democracia
representativa al
totalitarismo neoliberal
de privatización. El
carácter comercial de la
política, que aún se
presenta como
representativa de los
patrones morales básicos
de la sociedad,
presupone el cinismo
mercantil con que sus
postulados se ponen en
curso y, sobre todo, el
insólito hecho de que
las bases jurídicas sean
letra muerta o, cuando
más, ese diploma que se
enmarca y se cuelga en
un lugar visible de la
casa solo para
exhibición, sin que se
ejerza lo que debe en
verdad representar.
Notas:
1-
Saunders,
Frances Stonor:
La CIA y la
Guerra Fría
cultural,
Editorial de
Ciencias
Sociales, La
Habana 2003. p.
XI
5-
Copeland, Miles:
National
Review,
septiembre 11 de
1987. Cf.
Saunders: Op.
cit., p. 131
6-
“OTAN cultural”,
bautizo satírico
de Kenneth Tynan
al revelar sus
operaciones en
el programa de
la BBC «That was
the week that
was». Cf. Op.
cit., pp.
473-474
7-
Op. cit., p.
525. La carta,
publicada el 10
de mayo de 1966,
estaba firmada
por Melvin Lasky,
Irving Kristol y
Stephen Spender,
todos con un
largo historial
en el oficio. De
los firmantes
las comillas y
mías las
cursivas.
8-
Op. cit., p.
526. Carta
publicada el 9
de mayo de 1966,
firmada por
Kenneth
Galbraith,
George Kennan,
Robert
Oppenheimer y
Arthur
Schlesinger Jr.
Había sido
gestionada por
John Hunt una
semana antes en
conversación con
Oppenheimer.
9-
Los despedidos
del Miami
Herald, según
las
declaraciones
del momento,
fueron: Pablo
Alfonso, Olga Connor y
Wilfredo Cancio
Isla, quienes
habían recibido,
desde 2001,
cerca de 261 000
dólares. Otros
beneficiados
fueron Helen
Aguirre Ferré,
editora de la
página de
opiniones del
Diario Las
Américas; Ariel
Remos,
columnista y
reportero; el
director de
noticias del
Canal 41, Miguel Cossío, y Carlos
Alberto
Montaner,
columnista cuyas
opiniones son
publicadas por
El Nuevo Herald
y The Miami
Herald.
10-
V. Mattelart,
Armand: La
comunicación-mundo:
Historia de las
ideas y
estrategias,
siglo XXI
editores 2003.
Cf. p. 340.
Traducción
Gilles Multigner.
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