Año VIII
La Habana
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500 años, un brindis de los Mesías

Ada Elba Pérez

 

Octubre de 1992 se acerca entre febriles polémicas. España no festeja los aniversarios de la invasión romana a su territorio, ni celebra las invasiones germánicas, pero festejará sin embargo, y con aparatoso despliegue publicitario, su invasión al continente americano, donde exterminó a más del 90% de sus habitantes, barrió sus instituciones, destrozó su cultura y sus memorias y robó sus riquezas en uno de los más delirantes genocidios que registra la historia.

Viejas y sepultadas controversias desempolvan sus ecos en diarios y revistas; voces conciliatorias votan por el borrón y cuenta nueva; patriarcas del “progreso” aplauden la cruzada “civilizadora” donde el fin justifica los medios. Se añaden más partidarios del antifestejo; España y Portugal pagan los platos rotos del botín compartido que llenó las arcas europeas.

El cuento nos lo contaron los vencedores. Aprendimos a llamar DESCUBRIMIENTO a su irrupción violenta en nuestras tierras y al encubrimiento de la realidad. Aprendimos a llamar NUESTRA HISTORIA solo al período posterior a su invasión. Llamamos HUMANIDAD a la que ellos legitimaron por los siglos de los siglos, y CULTURA a un modelo occidental impuesto a sangre y fuego. Llamamos PROGRESO a la desenfrenada carrera del consumo, a la fanfarria exhibicionista, al acaparamiento de las riquezas, donde la escala de valores ubica el éxito económico como un fin, y el enriquecimiento material como el ideal supremo de la humanidad.

Hablamos de identidad latinoamericana, pero más allá de la bienaventurada retórica, ¿cuál es la realidad de este gran pueblo multiétnico y pluricultural, donde 40 millones de descendientes de las culturas originarias se refugian en islas de resistencia a los modelos occidentales que, en el mejor de los casos, pretenden “asimilarlos”?

Las propuestas paternalistas siguen siendo una limosna del vencedor, cuya indulgencia consiste en abrirles un espacio en esa “civilización” donde "las formas de la cultura tradicional son tenidas como obsoletas o inoperantes".1

En la afanosa búsqueda de esa identidad, no pocas veces nos encontramos repitiendo al pie de la letra el discurso de quienes nos contaron nuestro pasado y nos facturan nuestro presente en una ideología enlatada para consumo de traspatio. Ello nos obliga a cuestionarnos, como asunto cotidiano, cuándo somos, o no, receptores pasivos.

Me atreveré a reflexionar sobre unas reflexiones de quien llegó a ser en Cuba brillante maestra de varias generaciones y prestigiosa ensayista: la doctora Mirta Aguirre.

En 1947 obtuvo el premio de los Juegos Florales Iberoamericanos2 con un ensayo titulado La influencia de la mujer en Iberoamérica3. En uno de sus capítulos expuso y analizó las posturas opuestas de dos prominentes figuras indígenas: Anacaona, “princesa” de La Española que enfrentó a los invasores, y Malintzin, la mexicana amante de Cortés e instrumento suyo para la conquista de los pueblos de Anáhuac.

Escribe Mirta Aguirre: "…por Cortés, y por Malintzin más que por Anacaona (la gallardía de un gesto no impide, a veces, su esterilidad), Iberoamérica está hoy presente, con su hermoso cortejo de pueblos mestizos".4

También afirma que Cortés y Malintzin crearon el primer puente unificador entre el español y la mujer americana; fueron, asegura, la primera gran historia de amor de nuestra historia. "No son un español que subyuga y una india que traiciona a los suyos: son el Adán y Eva iberoamericanos".5

Estas conclusiones no solo les niegan a los pueblos originarios de este continente la capacidad de amar, sino que llaman “Nuestra Historia” únicamente al período posterior a la invasión española a Mesoamérica.

La relación entre Hernán Cortés y Malintzin no fue, de ningún modo, el primer puente de unión entre el español y la mujer americana, puesto que las uniones sexuales entre los invasores y las indias, habían dado ya en el Caribe un gran número de vástagos mestizos. Como eufemismo tampoco es acertado pues, en tal caso, el primer puente unificador para con los pueblos de Mesoamérica es atribuible a Gonzalo Guerrero, un náufrago de la expedición del capitán Valdivia que, ocho años antes de la llegada de Cortés, fue arrastrada por la corriente del golfo hasta las costas de Yucatán. Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar fueron los únicos sobrevivientes. A la llegada de Cortés, Aguilar se reincorpora a los españoles y les sirve de traductor junto a Malintzin. Gonzalo Guerrero, en cambio, se había casado con una india y tenía tres hijos mestizos. Rechazó el llamado de Cortés y decidió quedarse con los indígenas, para unir su destino al de un pueblo anónimo al que, según el propio Bernal Díaz del Castillo, incitó a combatir contra los españoles invasores.

En cuanto a Malintzin (bautizada como Doña Marina), es objeto de viejas polémicas y de sórdidas leyendas. Era hija de un cacique y su lengua materna fue el náhuatl. Entregada como esclava, fue llevada al territorio maya de Tabasco donde, tiempo después, se la ofrecieron como regalo a los españoles. Junto a Gerónimo Aguilar hizo posible la comunicación de Cortés con los enviados de México–Tenochtitlan: ella tradujo del náhuatl al maya, y Aguilar del maya al castellano.

Según las crónicas, Doña Marina era inteligente y hábil conocedora de las costumbres indígenas, por lo cual fue guía y eficaz instrumento político de la conquista. Acerca de su célebre idilio con Hernán Cortés, baste recordar que, habiéndole dado un hijo, no pasó de ser una más en su serrallo, de donde la liberó casándola con el español Juan Jaramillo.

Conocida también como Malinche, el término malinchismo devino  sinónimo de traición y maldad. Esta mujer se convirtió en oveja negra de la historia de México, pero no pocas veces ha sido llevada al otro extremo, al defendido en este caso por la doctora Aguirre que, para apuntalar su apología, aduce que Malintzin es figura imposible de ignorar en la historia de Iberoamérica. Nadie lo duda, pero la obligada referencia no es siempre un pedestal.

El mito Malintzin como primera traductora americana se desvanecerá cuando dejemos de excluir de Nuestra Historia a civilizaciones que tenían más de 6 000 años en estas tierras y que, como puede comprenderse fácilmente, se comunicaban con sus múltiples lenguas. Tampoco fue Malintzin la primera traductora entre los españoles y los indígenas mesoamericanos. Antes que ella sirvió de traductor el indio Melchorejo que, en cuanto tuvo oportunidad, huyó para incorporarse a los suyos: "Y aquel mensajero que enviamos dijo que el indio Melchorejo que traíamos con nosotros (…) se fue la noche antes con ellos y les aconsejó que diesen guerra de día y de noche, e que nos vencerían (…) … para otro día estaban juntos todos cuantos caciques había en todo aquellos pueblos comarcanos de aquella provincia con sus armas aparejadas para nos dar guerra y nos habían de venir otro día a cercar en el real, y que Melchorejo, la lengua, se lo aconsejó".6

Es natural que estos “puentes de unión” descansen en el quasianonimato de alguna que otra crónica. Ni Gonzalo Guerrero ni Melchorejo sirvieron al prototipo de héroe que necesitaba el “civilizador” occidental. Quien sabe por qué misteriosas vías de la especulación histórica se encumbran o despeñan los seres reales que protagonizaron los hechos.

Por último, Mirta Aguirre hace referencia al imperativo histórico, a "la etapa inevitable que ha de ser vivida" 7 como un destino asignado.

No muy distinto fue el argumento de los misioneros franciscanos en 1542 para que los indígenas sobrevivientes abjuraran de su antigua religión y prestaran obediencia a los nuevos enviados de Dios: la conquista era inevitable porque fue, ante todo, un proyecto divino, un acto punitivo ordenado por el Cielo y, al mismo tiempo, una prueba del amor de Dios por las criaturas humanas a las que así enviaba la luz de la fe.

Cinco siglos más tarde el inconsciente colectivo latinoamericano no se ha repuesto de los anestésicos que nos suministraron los mesías del XVI y que hoy nos inoculan a larga distancia los nuevos cruzados de occidente.

Refiriéndose a la conquista de América, en un texto titulado Los caminos del mundo, publicado en el No. 2 de la Revista Soberanía8, el doctor Armando Hart hizo referencia al imperativo histórico: “Claro, podrá decirse que la historia tenía que transcurrir así, que la historia tiene sus leyes. Correcto.” Estas palabras recibieron la fraternal refutación del doctor Néstor Kohan, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad de Buenos Aires, quien envió una carta a Soberanía, que se comentó bajo el título de Medio milenio, una polémica9. En ella afirma: “No creemos que exista una necesidad histórica ineluctable. El materialismo histórico ha sido confundido con el fatalismo histórico. Pudo haber otra manera de unir culturas europeas y americanas.”

Néstor Kohan dice que solo concuerda con el doctor Hart en que los descubrimientos científicos de Cristóbal Colón sirvieron a “toda la humanidad”, independientemente del objetivo y las consecuencias por las cuales se descubrió América.

La cita que hace Kohan (o lo que sobre ello redactó Soberanía) no es textual; es una interpretación que excluye de “Toda la Humanidad” a los pueblos que fueron arrasados a partir de aquellos “descubrimientos científicos”, así como a los sobrevivientes que como consecuencia heredaron 500 años de humillación y despojo bajo el fantasma alienante de la “civilización”. El propio Kohan dice más adelante que “…la conquista retrasó el desarrollo de nuestros países, igual que la nueva conquista europea, yanqui y japonesa (con la complicidad de las burguesías criollas) lo sigue haciendo hoy”.

En el citado texto del doctor Armando Hart, este opina que “el oscurantismo medieval y los intereses reaccionarios existentes en España fueron los que ocultaron el prestigio y la autoridad de los grandes descubrimientos que abrió Cristóbal Colón”, de quien considera necesario resaltar sus grandes méritos.

Por su parte, Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980, respondió en una entrevista concedida a Soberanía: “Colón fue el primer esclavista, ya que se llevó a los indígenas para España para exponerlos como si fueran trofeos de su conquista. No estoy de acuerdo con lo que se habla hoy del descubrimiento, porque Colón no descubrió nada”.10

La polémica sobre el medio milenio se extiende, desata los matices más insospechables, pero coincidimos casi todos en que también desde hace 500 años conocemos otra Europa: la de Fray Bartolomé de las Casas, la de Antonio de Vieyra, la de Sahagún. Junto a la España de Miguel Hernández lucharon muchos hijos de América, y a nuestro continente vinieron grandes oleadas de inmigrantes que, como Gonzalo Guerrero, se integraron a estos pueblos, trabajaron y crearon junto a ellos.

No gracias a la conquista, sino a pesar de ella, hay también otra América: la que insiste en seguir siendo una propuesta de vida basada en formas solidarias de convivencia, en el respeto y la equidad, en el desarrollo espiritual. Esa América y esa Europa no están de fiesta. Al menos esta vez. Acaso algún día les toque brindar por el advenimiento de un mundo verdaderamente civilizado, donde el progreso sea sinónimo de fraternidad, y la fraternidad sea la meta más sagrada de la aventura humana.

Ciudad de La Habana, abril, 1992

Notas:

1- Miguel León Portilla; La América Latina: Múltiples culturas, pluralidad de lenguas. Revista Casa de las Américas No. 185, octubre–diciembre, 1991; p.38
2- Los Juegos Florales Iberoamericanos eran convocados en México por la Unión Femenina Iberoamericana.
 3- Mirta Aguirre; Ayer de Hoy, Edic. UNIÓN; C. Habana, 1980.
4- Ob. Cit. p. 349.
5- Ob. Cit. p. 348.
 6- Bernal Díaz del Castillo; Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España: Edic. Casa de las Américas; C. Habana, 1984; t.1, p.73.
7- Mirta Aguirre; Ob. Cit. p. 347.
8- Revista Soberanía No. 2; febrero–marzo, 1991; Tribunal Antimperialista de Nuestra América; Editorial
Científico Técnica; C. Habana: p. 6
9- Revista Soberanía No. 5; Septiembre, 1991; p. 4.
10- Ídem. P. 3.

 

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