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Unos meses nos separan de la
fecha en que Europa y América
celebrarán su encuentro, y las
encendidas polémicas debaten si
conmemoraremos un nacimiento o
unas exequias.
Iberoamérica nació sobre los
escombros de auténticas
civilizaciones, en un complejo
proceso de transculturación y en
un ininterrumpido drenaje de sus
riquezas que aún hoy nutren las
economías del llamado Primer
Mundo.
Durante siglos hemos estudiado
las culturas americanas
precoloniales a través de la
historia escrita por sus
destructores, soldados o
misioneros que participaron
directa o indirectamente en el
período de conquista, y así
mismo intentamos comprenderlas a
través de un sistema de valores
ajenos a ellas. Los testimonios
que sobrevivieron pasaron por el
tamiz de frailes o indígenas
catequizados, asimilados y
educados en las escuelas que
para ello se fundaron después de
la conquista.
Uno de los textos más
importantes es el que, en 1555 y
bajo la dirección de fray
Bernardino de Sahagún,
escribieron en náhuatl varios
estudiantes indígenas basados en
informaciones de viejos indios.
Sahagún hizo un resumen en
castellano, pero esa primera
redacción náhuatl se perdió y
solo se conoce una segunda
versión en la que, como afirmó
el propio Sahagún, se hicieron
correcciones, ya que “en la
primera se pusieron algunas
cosas que fueron mal puestas y
otras se callaron que fueron mal
calladas…”
Otro de los textos más
auténticos sobre las culturas
mesoamericanas son las
Relaciones originales de Chalco
Amequemecan, del historiador
indígena don Francisco de San
Antón Muñón Chimalpahin
Cuauhtlehuanitzin, descendiente
de grupos étnicos tlayllotlacas
y totolimpanecas tecuanipas,
quien desde muy joven fue
internado para su educación en
un convento de la ciudad de
México. Los originales de
Chimalpahin también se
perdieron, y hoy solo se
conserva una copia incompleta de
esta obra.
El propio Chimalpahin, educado
ya bajo la égida de los
vencedores adopta sus
calificativos y puntos de vista,
y llega a alistarse junto a
ellos en pasajes como el
siguiente: “…los naturales
habían sorprendido y matado a
todos, por lo que gran
sufrimiento y aflicción tuvo su
corazón (refiriéndose a
Cristóbal Colón) al considerar
que toda aquella valerosa gente
para fundar y colonizar aquella
ciudad y construir molinos y
otras cosas necesarias para la
policía y pulimento del pueblo,
en vano tanto trabajo y fatigas
sufrieron aquellas nobles y
meritorias personas, se decía y
reflexionaba don Xpoual Colón,
Almirante. Estableció entonces
ordenanzas de ajusticiamiento.
(…) Aquellas naturales que eran
agoreros y brujos que adivinaban
por medio del agua, quienes
guiaban y aconsejaban,
consideraron irse a la Isla de
Jamaica (en vez de recibir) la
luz de la fe”.
O sea, que Chimalpahin les
reprochaba a los indígenas su
legítima defensa y se convierte
cándidamente en apologista de la
colonización. Si tal llega a ser
el punto de vista de un nativo,
amante además de su raza y
pasado, ¿qué podrá esperarse de
las crónicas metropolitanas?
El canibalismo, la sodomía y la
idolatría atribuidos a los
indios y exagerados hasta el
ridículo, fueron, junto a la
evangelización, un modelo
apócrifo y un pretexto para
justificar la expropiación, la
esclavitud y el exterminio de
los pueblos enteros.
Las opiniones difieren ya desde
los primeros textos del
conquistador, donde se enfrentan
las plumas de Bernal Díaz del
Castillo y Fray Bartolomé de las
Casas, Gonzalo Fernández de
Oviedo y Alvar Núñez, Hernán
Cortés y Alonso de Ercilla.
Las narraciones ofrecidas por
Andrés de Tapia, Bernal Díaz y
el propio Cortés, encubren y
justifican las peores
atrocidades; en cambio, hay
voces virtualmente disidentes,
entre las que se destacan La
Araucana, de Ercilla, y la
Relación de los naufragios,
de Alvar Núñez, donde los
papeles comienzan a invertirse,
pues el indio no solo alcanza la
categoría humana, sino que es
magnificado y sus valores
humanos son puestos por encima
de los del invasor. La
admiración de Ercilla por los
araucanos dejó un gran poema
épico y un implícito
cuestionamiento a la conquista.
Hoy muchos antropólogos,
arqueólogos e historiadores,
investigan partiendo de métodos
científicos y ánimos
desprejuiciados, para rescatar
los auténticos valores de los
pueblos precoloniales de
América, muchos de los cuales
siguen vivos en las despreciadas
y acosadas comunidades indígenas
de todo el continente, como
propuesta de vida verdaderamente
civilizada, como formas
solidarias de convivencia, sin
el egoísmo que hoy preside el
“progreso” de la humanidad.
Opiniones autorizadas desmienten
la vieja leyenda de los
sacrificios humanos masivos y
otros actos bárbaros adjudicados
a los naturales de América. No
existen pruebas de las famosas
matanzas, y sí muchos datos que
cada día reafirman más aquel
comentario de Sahagún, quien,
refiriéndose a los mexicas,
escribió: “…fueron tan
atropellados y destruidos ellos
y todas sus cosas, que ninguna
apariencia les quedó de lo que
eran antes. Así están tenidos
por bárbaros y por gente de
bajísimo quilate (como según
verdad en las cosas de policía
echan el pie delante a muchas
otras naciones que tienen gran
presunción de políticas…) En
esto poco con gran trabajo se ha
rebuscado; parece mucho la
ventaja que hicieran, si todo se
pudiera haber”.
El doctor Romero Vargas Yturbide,
consagrado investigador de los
pueblos de Anáhuac, ha hecho una
detallada exposición de su vida
y su organización. “Hasta la
fecha, dice Yturbide, nuestros
laboratorios siguen descubriendo
productos medicinales cuyos
resultados ya eran conocidos por
los indígenas, y aun poseían
medicamentos que la ciencia
moderna no ha logrado descubrir.
Ya conocían y usaban la
penicilina, sabían curar la
rabia declarada y practicaban
avanzados métodos terapéuticos
que fueron borrados junto con
sus instituciones, su cultura y
sus vidas.
La educación era obligatoria
para todos y, para “escribir”
tenían un sistema de nudos con
hilos de distintos colores,
donde “anotaban” con asombrosa
precisión todo cuanto puede
caber en los libros. Muchos
sartales de piedras que los
arqueólogos han tomado por
collares, eran sus memoriales, y
muchos de sus “adornos” eran
verdaderas calculadoras con las
que realizaban complejas
operaciones matemáticas. Estas
estaban formadas por hilitos de
diversos colores y cuentas de
oro o de piedras ensartadas. Al
torcerlos sacan la cuenta
exacta. Con esos instrumentos
(que durante la invasión fueron
destrozados para sacarles el
oro) llevaban estadísticas de
todo, “…para ellos eran libros
abiertos de gran utilidad, en
tanto que para nosotros son un
misterio insondable gracias al
espíritu destructor, codicioso,
ignorante y soberbio (…) lo cual
evidencia la calidad inferior de
los que vinieron, carentes de
interés científico y manifiesta
su propia barbarie”.
El avanzadísimo sistema de
cálculo de los mexicas, lo
demuestra su calendario, más
preciso que el nuestro actual; y
la mujer tenía una posición
social que mucho distaba de las
prerrogativas de este sexo en
Nueva España y en muchos países
de nuestro siglo XX.
Tenían escuelas de arte y
cultivaban la poesía. Habían
creado un parque zoológico,
único en su tiempo, con los
animales clasificados según sus
hábitos y características. Así
mismo tenían la casa de las
fieras y la de las aves, con
veterinarios y peritos, y un
jardín botánico con todas las
plantas existentes en el país,
igualmente clasificadas para su
estudio y aclimatación.
La comprensión de estas culturas
requiere liberarse de patrones
que la llamada civilización
occidental ha impuesto en el
mundo, porque aquellos fueron
pueblos originales cuya
cosmogonía y cuyo tiempo eran
distintos, con un sistema de
organización socioeconómica
basado en las relaciones
colectivas, éticas y
verdaderamente humanas, como aún
lo demuestra el hombre natural
de América, despojado y
humillado, pero cuya
supervivencia llama a la
reflexión y al verdadero
Descubrimiento, que es el de
nuestras raíces y el de nuestra
historia envilecida durante
cinco siglos de desprecio y
vasallaje.
Hay quienes creen, desde una
posición fatalista, que el
imperativo histórico hacía
inevitable la avalancha de
Europa sobre América, pero los
que creemos que el devenir
histórico no está predestinado,
sabemos que pudo haber sido de
otro modo, sin el bárbaro
exterminio de los pueblos, sin
la trata de esclavos africanos y
sin el perpetuo saqueo cuyas
consecuencias sufren cada día
millones de seres humanos en
barrios y favelas, en rincones
inhóspitos y selvas, cada vez
más siervos del bienestar de
otras naciones. Ellos son los
más grandes acreedores de estos
cinco siglos, y “los deudores
solo tienen derecho a
disculparse”.
22 de enero de
1999, Ciudad de La Habana.
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