Año VIII
La Habana
19 al 25
de SEPTIEMBRE
de 2009

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Una deuda de cinco siglos

Ada Elba Pérez

 

Unos meses nos separan de la fecha en que Europa y América celebrarán su encuentro, y las encendidas polémicas debaten si conmemoraremos un nacimiento o unas exequias.

Iberoamérica nació sobre los escombros de auténticas civilizaciones, en un complejo proceso de transculturación y en un ininterrumpido drenaje de sus riquezas que aún hoy nutren las economías del llamado Primer Mundo.

Durante siglos hemos estudiado las culturas americanas precoloniales a través de la historia escrita por sus destructores, soldados o misioneros que participaron directa o indirectamente en el período de conquista, y así mismo intentamos comprenderlas a través de un sistema de valores ajenos a ellas. Los testimonios que sobrevivieron pasaron por el tamiz de frailes o indígenas catequizados, asimilados y educados en las escuelas que para ello se fundaron después de la conquista.

Uno de los textos más importantes es el que, en 1555 y bajo la dirección de fray Bernardino de Sahagún, escribieron en náhuatl varios estudiantes indígenas basados en informaciones de viejos indios. Sahagún hizo un resumen en castellano, pero esa primera redacción náhuatl se perdió y solo se conoce una segunda versión en la que, como afirmó el propio Sahagún, se hicieron correcciones, ya que “en la primera se pusieron algunas cosas que fueron mal puestas y otras se callaron que fueron mal calladas…”

Otro de los textos más auténticos sobre las culturas mesoamericanas son las Relaciones originales de Chalco Amequemecan, del historiador indígena don Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, descendiente de grupos étnicos tlayllotlacas y totolimpanecas tecuanipas, quien desde muy joven fue internado para su educación en un convento de la ciudad de México. Los originales de Chimalpahin también se perdieron, y hoy solo se conserva una copia incompleta de esta obra.

El propio Chimalpahin, educado ya bajo la égida de los vencedores adopta sus calificativos y puntos de vista, y llega a alistarse junto a ellos en pasajes como el siguiente: “…los naturales habían sorprendido y matado a todos, por lo que gran sufrimiento y aflicción tuvo su corazón (refiriéndose a Cristóbal Colón) al considerar que toda aquella valerosa gente para fundar y colonizar aquella ciudad y construir molinos y otras cosas necesarias para la policía y pulimento del pueblo, en vano tanto trabajo y fatigas sufrieron aquellas nobles y meritorias personas, se decía y reflexionaba don Xpoual Colón, Almirante. Estableció entonces ordenanzas de ajusticiamiento. (…) Aquellas naturales que eran agoreros y brujos que adivinaban por medio del agua, quienes guiaban y aconsejaban, consideraron irse a la Isla de Jamaica (en vez de recibir) la luz de la fe”.1

O sea, que Chimalpahin les reprochaba a los indígenas su legítima defensa y se convierte cándidamente en apologista de la colonización. Si tal llega a ser el punto de vista de un nativo, amante además de su raza y pasado, ¿qué podrá esperarse de las crónicas metropolitanas?

El canibalismo, la sodomía y la idolatría atribuidos a los indios y exagerados hasta el ridículo, fueron, junto a la evangelización, un modelo apócrifo y un pretexto para justificar la expropiación, la esclavitud y el exterminio de los pueblos enteros.

Las opiniones difieren ya desde los primeros textos del conquistador, donde se enfrentan las plumas de Bernal Díaz del Castillo y Fray Bartolomé de las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo y Alvar Núñez, Hernán Cortés y Alonso de Ercilla.

Las narraciones ofrecidas por Andrés de Tapia, Bernal Díaz y el propio Cortés, encubren y justifican las peores atrocidades; en cambio, hay voces virtualmente disidentes, entre las que se destacan La Araucana, de Ercilla, y la Relación de los naufragios, de Alvar Núñez, donde los papeles comienzan a invertirse, pues el indio no solo alcanza la categoría humana, sino que es magnificado y sus valores humanos son puestos por encima de los del invasor. La admiración de Ercilla por los araucanos dejó un gran poema épico y un implícito cuestionamiento a la conquista.

Hoy muchos antropólogos, arqueólogos e historiadores, investigan partiendo de métodos científicos y ánimos desprejuiciados, para rescatar los auténticos valores de los pueblos precoloniales de América, muchos de los cuales siguen vivos en las despreciadas y acosadas comunidades indígenas de todo el continente, como propuesta de vida verdaderamente civilizada, como formas solidarias de convivencia, sin el egoísmo que hoy preside el “progreso” de la humanidad.

Opiniones autorizadas desmienten la vieja leyenda de los sacrificios humanos masivos y otros actos bárbaros adjudicados a los naturales de América. No existen pruebas de las famosas matanzas, y sí muchos datos que cada día reafirman más aquel comentario de Sahagún, quien, refiriéndose a los mexicas, escribió: “…fueron tan atropellados y destruidos ellos y todas sus cosas, que ninguna apariencia les quedó de lo que eran antes. Así están tenidos por bárbaros y por gente de bajísimo quilate (como según verdad en las cosas de policía echan el pie delante a muchas otras naciones que tienen gran presunción de políticas…) En esto poco con gran trabajo se ha rebuscado; parece mucho la ventaja que hicieran, si todo se pudiera haber”.2

El doctor Romero Vargas Yturbide, consagrado investigador de los pueblos de Anáhuac, ha hecho una detallada exposición de su vida y su organización. “Hasta la fecha, dice Yturbide, nuestros laboratorios siguen descubriendo productos medicinales cuyos resultados ya eran conocidos por los indígenas, y aun poseían medicamentos que la ciencia moderna no ha logrado descubrir3. Ya conocían y usaban la penicilina, sabían curar la rabia declarada y practicaban avanzados métodos terapéuticos que fueron borrados junto con sus instituciones, su cultura y sus vidas.

La educación era obligatoria para todos y, para “escribir” tenían un sistema de nudos con hilos de distintos colores, donde “anotaban” con asombrosa precisión todo cuanto puede caber en los libros. Muchos sartales de piedras que los arqueólogos han tomado por collares, eran sus memoriales, y muchos de sus “adornos” eran verdaderas calculadoras con las que realizaban complejas operaciones matemáticas. Estas estaban formadas por hilitos de diversos colores y cuentas de oro o de piedras ensartadas. Al torcerlos sacan la cuenta exacta. Con esos instrumentos (que durante la invasión fueron destrozados para sacarles el oro) llevaban estadísticas de todo, “…para ellos eran libros abiertos de gran utilidad, en tanto que para nosotros son un misterio insondable gracias al espíritu destructor, codicioso, ignorante y soberbio (…) lo cual evidencia la calidad inferior de los que vinieron, carentes de interés científico y manifiesta su propia barbarie”.4

El avanzadísimo sistema de cálculo de los mexicas, lo demuestra su calendario, más preciso que el nuestro actual; y la mujer tenía una posición social que mucho distaba de las prerrogativas de este sexo en Nueva España y en muchos países de nuestro siglo XX.

Tenían escuelas de arte y cultivaban la poesía. Habían creado un parque zoológico, único en su tiempo, con los animales clasificados según sus hábitos y características. Así mismo tenían la casa de las fieras y la de las aves, con veterinarios y peritos, y un jardín botánico con todas las plantas existentes en el país, igualmente clasificadas para su estudio y aclimatación.

La comprensión de estas culturas requiere liberarse de patrones que la llamada civilización occidental ha impuesto en el mundo, porque aquellos fueron pueblos originales cuya cosmogonía y cuyo tiempo eran distintos, con un sistema de organización socioeconómica basado en las relaciones colectivas, éticas y verdaderamente humanas, como aún lo demuestra el hombre natural de América, despojado y humillado, pero cuya supervivencia llama a la reflexión y al verdadero Descubrimiento, que es el de nuestras raíces y el de nuestra historia envilecida durante cinco siglos de desprecio y vasallaje.

Hay quienes creen, desde una posición fatalista, que el imperativo histórico hacía inevitable la avalancha de Europa sobre América, pero los que creemos que el devenir histórico no está predestinado, sabemos que pudo haber sido de otro modo, sin el bárbaro exterminio de los pueblos, sin la trata de esclavos africanos y sin el perpetuo saqueo cuyas consecuencias sufren cada día millones de seres humanos en barrios y favelas, en rincones inhóspitos y selvas, cada vez más siervos del bienestar de otras naciones. Ellos son los más grandes acreedores de estos cinco siglos, y “los deudores solo tienen derecho a disculparse”.5
 

22 de enero de 1999, Ciudad de La Habana.

 

Notas:

1- Don Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin; Relaciones Originales de Chalco Amaquemecan; paleografiadas y traducidas del náhuatl por S. Redón; Fondo de Cultura Económica, México, 1965; p. 117.

2- Fray Bernardino de Sahagún; Historia General de las cosas de Nueva España; Editorial Porrúa, México, 1956; t. 1, p.29.
3- Dr. Romerovargas Yturbide; Los Gobiernos Socialistas de Anáhuac; México, 1988, p. 48.
4- Idem. P. 78
5- Lic. Alejandro López, cronista de Amecameca, México.

 

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