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“Puedo chocar mi
copa con la soledad y brindar
por el mundo.”
Orlando Pichardo,
1946
Estado de Lara
La poesía en Venezuela nació a
la par de una geografía
portentosa: llanuras inmensas,
caudalosos ríos, selvas
impenetrables, desiertos,
páramos, nieves eternas; parajes
que el hombre pobló “cuando no
habían nacido ni Colón, ni
Jesús, ni Moisés”.
Hubo que esperar hasta 1537 para
que una Bula del Papa Paulo III
convirtiera a los habitantes de
América en “verdaderos hombres”,
lo cual no cambió el pensamiento
de muchos teólogos ni la sevicia
de los encomenderos; y no ha
cesado a través de los siglos la
febril invasión de misioneros y
toda clase de traficantes,
legión robustecida con la trata
de esclavos, la alucinante
rapiña del cacao, la del café en
el siglo XIX, y, desde 1922, la
del petróleo cuyas fabulosas
reservas, junto a las de gas y
hierro, hacen de Venezuela uno
de los países más ricos del
mundo, y también uno de los más
pobres y vulnerables.
La nación que tanto dinero ha
recibido gracias al
ininterrumpido drenaje de sus
riquezas naturales, no lo
invirtió en fomentar su propia
economía, sino en comprarlo
todo: “los automóviles y las
heladeras, la leche condensada,
los huevos, las lechugas, las
leyes, los decretos”
mientras se agudizaba la miseria
de las clases desposeídas, se
enriquecían los consorcios
petroleros, y la burguesía
nacional despilfarraba en toda
clase de lujos. Hoy un panorama
desolador aparece ante el
viajero: levantados con las
heces del consumo, millones de
ranchos miserables cubren como
un tupido hormiguero los cerros
caraqueños. Su aspecto pardo y
apagado contrasta brutalmente
con los colores de la opulencia,
las elegantes autopistas y
suntuosas construcciones.
“Caracas mastica chicle y ama
los productos sintéticos y los
alimentos enlatados, viste
trajes para servir por solo una
vez y no camina nunca, solo se
moviliza en automóvil; le cuesta
dormir porque no puede apagar la
ansiedad de comprar, consumir,
obtener, gastar, usar,
apoderarse de todo”.
Pero todo eso suena mejor para
los años pasados, antes del
descalabro de la moneda
nacional, cuando era tan fácil
para la clase media pasar
vacaciones en Miami o en Europa,
o cambiar de automóvil cada
semana, antes de que la Standar
Oil, la Shell, la Gulf, o la
Texaco, les develaran el
verdadero rostro de una nación
hipotecada bajo el brillo
quimérico de la prosperidad.
Un joven poeta, Rafael Arráiz
Lucca (1959) dice al final de su
poema “Hispanoamerican
Clips”:
En los edificios de un barrio de
Caracas
engordan tanto los cochinos en
los baños
que un buen día no pueden salir.
Allí los matan y los vecinos
han aprendido a distinguir
entre el llanto de los niños
y la agonía de los cerdos.
El campesino venezolano, siervo
durante siglos, no ha corrido
con mejor suerte en la edad del
petróleo. Por millares arriban a
ofrecer sus brazos en las
ciudades, y los llaman
“toderos”, porque hacen de todo,
pueden ser sirvientes, albañiles
o ladrones; pero el sistema
necesita cada día menos fuerza
de trabajo, y con la explosión
demográfica aumentan también los
desocupados. “Las ciudades
excitan y defraudan las
expectativas de trabajo de
familias enteras atraídas por la
esperanza de elevar el nivel de
vida y conseguir un sitio en el
gran circo mágico de la
civilización urbana. Una
escalera mecánica es la
revelación del Paraíso, pero el
deslumbramiento no se come: la
ciudad hace aún más pobres a los
pobres, porque cruelmente les
exhibe espejismos de riquezas a
las que nunca tendrán acceso.”
Siempre hay un alma buena que le
regale un pedazo de
pan a uno:
“Tome señor” y “Mira perro” es
lo mismo
para los efectos de ver a un
hombre ahí sentado,
no digamos que triste, no,
ni siquiera triste ni nada,
sino ahí sentado, ahí domado,
ahí amansado,
ahí, sentadito comiéndose
tranquilamente su pedazo de
cansancio a la puerta del cine,
y adentro la ciudad viendo la
misma película de amor.
Aquiles Nazoa (fragmento del
poema “Hombre y pan”)
A menudo vence el desaliento. La
desorientación, la ausencia de
valores espirituales y la propia
división de las fuerzas
progresistas, crean un clima de
frustración. Las montañas
andinas están llenas de jóvenes
que han huido de las ciudades (y
no pocos provienen de familias
acomodadas). Allí viven de la
artesanía que le venden a los
turistas, desprecian los bienes
materiales y ostentan un
exacerbado primitivismo,
consumen habitualmente drogas y
alcohol, sin más proposiciones
que un rechazo ciego hacia la
sociedad. Cito a continuación un
fragmento de las conversaciones
con uno de ellos, Luis Felipe
Gottoppo, cuya hermosa poesía
germina dolorosa y solitaria.
“Desprecio la vida de Caracas,
me ladillé de tanta hipocresía,
de estar allí sin saber quién
soy ni para qué vivo. En las
montañas estoy en contacto con
la naturaleza, con los
campesinos, que son seres
buenos, y puedo formarme,
encontrarme conmigo. Aquí
cultivo mi conuco y todo es
natural, solo me alimento de
vegetales, leo, escribo, pienso
y paseo por el páramo.
Aquí nos dicen hippies porque
nos vestimos como nos provoca,
tenemos el pelo largo y no le
paramos bolas a las apariencias.
Yo he leído mucho sobre el
movimiento hippie y fue burda de
bueno, fue revolucionario. Yo
admiro aquello hippies; el Che
fue una especie de hippie.”
Dice que él no usa drogas, pero
que muchos artesanos las
consumen porque “les provoca, se
sienten bien, no es peor que el
alcohol, y ellos son panas burda
de buenos, solidarios, chéveres,
todos nos hemos ladillado de la
misma vaina”.
Tampoco sabe el tiempo que
permanecerá en Los Andes. “De
repente me vuelvo a Caracas,
pero ahora necesito mucho estar
aquí, sin mercados ni bancos, ni
hipocresía. Solo, quiero estar
solo.” (Octubre de 1988)
No conservo poemas de Luis
Felipe; no aceptó leerlos
después en público, y la última
vez que subí a su casa en la
montaña, encontré su puerta
cerrada bajo una noche fría y
lluviosa. Con ella me cerraba
también su corazón (supongo que
por estorbar su soledad) y se
volvió huraño y receloso.
El suicidio es epílogo frecuente
entre muchos jóvenes. Quiero
recurrir a un sorprendente
poeta, Carlos Rodríguez Ferrara,
merideño y estudiante de la
Universidad de Los Andes, que en
1983 se quitó la vida. Tenía
veinte años y una obra
impresionante por su extensión y
madurez. Tres meses después de
su muerte obtuvo el premio de la
Primera Bienal de Poesía
Francisco
Lazo
Martí,
del Ateneo de Calabozo. Nada
explica mejor su asfixia que
este poema: “Pozo”, de su libro
laureado
Más allá de los espectros.
A veces de las sienes
sudo hojas infinitas de salitre
y me alegro cuando rompen
los reflejos de sus fondos.
A veces soy yo
el que cae de las sienes.
No hay soles en los mares
que me salven.
Termino en lo profundo
de las piedras deseadas
(en la duda y vergüenza
del Principito
con Dios entre mis dientes.
Lo obligo a sentir
cómo quiebran los espejos
las flores desangradas
por su luna y el silencio.
Que comparta con sus hijos
la humedad de estas paredes.
Otros logran asumir la realidad
con resignación, o enfrentan
(algunos de forma muy audaz) el
pantano de la doble moral, si
bien partiendo por lo general de
sus conflictos personales. La
cotidianidad como factor
alienante es casi una obsesión
que se advierte hasta en quienes
presumen de una postura ajena al set político.
Opio
corazón
He vuelto de nuevo al buzón-así
comienza el día
así termina-
como un rito sagrado
opio corazón
Abrí la caja del apartamento
11-B
en el fondo una tarjeta:
“reparamos neveras torres
calentadores
artefactos eléctricos”
primorosamente
en letra gótica
-así comienza el día
así termina-
Yolanda Patín. (Correo
del corazón)
Entre los poetas más o menos
jóvenes se ve una gran variedad
de temas y soluciones formales;
algunos crecen extrovertidos,
violentos, contradictorios;
otros, con mayores oficios, son
acaso más retóricos e
intrascendentes, aunque en esto
no hay división o esquema
posible, pues el susurro íntimo
es capaz de correr con ventura
en cauces tan anchurosos como
los pretendidos por la épica
resuelta tantas veces con
grandes y descuidados trazos.
Línea de cambio
Me pertenece toda la tristeza de
mi pueblo
también su odio
Una germinada roca de violencia
es mi corazón
el zarpazo de la palabra
encendida
Muriendo durante quinientos años
mis muertos tosen fango
y sufren la agonía del
apabullamiento
Una línea de cambio brusco en el
curso de la pendiente
mi corazón es.
Orlando Pichardo.
(La
palabra que tengo)
A mediados de septiembre de 1988
se moría en un hospital y sin
atención médica, un hombre
excepcional, un artista
brillante. La noticia circuló
por toda Venezuela en las
páginas de los periódicos más
importantes; distinguidas
personalidades de la cultura y
la política engrosaron con
orgullo la inmensa lista de sus
amigos, y las declaraciones
sublimaron el recuerdo de un
hombre cuya muerte fue su
definitiva acusación al mundo
donde habitó mendigando la
felicidad, y donde recibió por
su talento un destino
naufragante. Luis Luksíc era
boliviano, pero creó, soñó y
murió en un país que gasta
millones en inútiles artefactos
de consumo. Cito un fragmento de
su poema “Canto al hombre”.
Yo soy eso de que se habla en
los
tratados de anatomía y
fisiología, en los
libros de filosofía, en las
novelas:
soy el hombre,
el rey de toda la naturaleza!...
pero me envuelve la ciudad, la
superioridad
solemne de los rascacielos, el
día
con su horrendo desprecio...
Desesperado
escondo las manos y pregunto
¿quién soy?
¿quién soy? ... ¿quién soy?...
en vano oigo aclarar mi
situación al eco, a
la constelación,
al árbol herido por la
mañana azul...
Soy el gran señor del Universo a
ración del hambre...
Soy el gran señor del Universo
sin trabajo
y lleno de deudas.
Soy el gran señor del Universo
con los
zapatos destrozados y la gran
vestimenta
manchada de metales y
días que caen como mariposas de
grasa y humo.
Soy el gran señor del Universo
dueño de
la aurora, de la luz a quien
cortan la
luz eléctrica.
Soy el gran señor del Universo
con la
espantosa tristeza de no poderle
comprar
un juguete a mi niño.
Es sacrílego hablar de poesía
venezolana omitiendo nombres
como Andrés Eloy Blanco, Ramón
Palomares y otros tantos que
engrosan esa lista. De muchos
podría hablarse, conocidos unos,
otros casi inéditos, pero sería
un inventario siempre
inconcluso. Un manantial de
poetas parece brotar de todas
partes, y no en pocos casos la
aventura es una poesía cargada
de fatigosos vanguardismos,
reiterativa y tartamuda, tardía
y evasiva. En retorcidas y
agotadoras columnas, abundan las
contemplaciones plañideras de
los problemas humanos... y muy
buenos y caros cosméticos. La
práctica del “intelectualismo”
como deporte de buen tono, ha
sacado de las imprentas cosas
insospechables, para las cuales
no faltan nunca los sofistas y
apologistas seráficos. Pero es
de suponer que no toda la poesía
tengas semejante escolta, y no
será el presente un pedestal
para aquellos que hacen de sus
versos “un arma cargada de
futuro”.
La historia no es tampoco una
decantadora perfecta, pero sí
es, probablemente, un poco más
justa.
Por mi cuenta y riesgo
(Fragmento) José
Lira Sosa
Yo puedo soñar
maniáticamente, convencerme de
algo, disentir de todos los
principios establecidos, renegar
(de manera intransigente) contra
la mediocridad que me circunda.
Puedo esperar que otros combatan
por mi propia comodidad. Puedo,
simplemente recorrer las
Avenidas, pasearme solo por las
calles como un fantasma,
dedicarme a la natación o
emborracharme frenéticamente sin
que ello constituya una razón
estratégica valedera.
Yo puedo soñar, amar; puedo amar
nuevamente. Reincidir en el amor
y esto no hará desaparecer la
imagen terca del muchacho que
apunta con el fusil pegado a la
cara mugrienta y sudorosa. Esta
visión simple me obliga a
revisar mis actos cotidianos,
estos pequeños gestos, sin
ninguna trascendencia, que
presuntuosamente llamo mi vida.
Estos malditos hábitos que me
encadenan, me convierten en un
producto en serie: estos
reflejos condicionados por una
sociedad que he decretado mala
no pueden diferir tampoco la
imagen del muchacho y del fusil
que amedrenta mis pesadillas.
Yo puedo soñar maniáticamente,
es cierto. Y nadie puede
inhabilitarme para ello. Siempre
tengo a mano una razón
convincente. Yo no me considero
una víctima irreparable, sin
embargo comprendo que a mi
alrededor se está jugando algo
que me atañe demasiado. Eso me
impide mantenerme al margen. Me
señala.
.........................................................
Que por el fusil apunta un ojo
distinto a mi ojo, astigmático,
cierto! Pero ojo capaz de
precisar la mira. Que mi cara
afeitada casi diariamente,
lavada, refrescada con diversas
porquerías comerciales la sienta
más inmunda que el rostro que
pienso mugriento y sudoroso. Es
algo que no puede sacudirse. No
me permite reconciliarme conmigo
mismo. Y eso me hace sentir
forastero, desapropiado.
.........................................................
Yo puedo soñar maniáticamente.
Pero, no puedo esperar que
siempre otros combatan por mí
algún día tengo que hacerlo,
directamente... por mi cuenta y
riesgo.
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