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Voyeur:
inquietante título el de
la exposición de
pinturas de Lancelot
Alonso Rodríguez que se
exhibió desde el pasado
14 de agosto (y hasta el
13 de septiembre) en la
céntrica galería
capitalina del Centro
Cultural Cinematográfico
ICAIC. Inquietante y
efectivo, pertinente. Y
es que Lancelot nos
convida a aproximarnos a
realidades sexo-eróticas
que habitualmente suelen
ser preteridas o
distanciadas, en nombre
de cierto “recato” que
las convierte muchas
veces en temas “tabú”.
El artista nos sitúa en
la posición de quien
observa sin temor la
intimidad del “otro”,
desde una mirada
concupiscente,
libidinosa. Una
intimidad que se nos
revela desinhibida,
mórbida, pletórica de
placer y éxtasis. Son
cuerpos que necesitan
—demandan— la mirada
ajena, intrusa. Esa que
descree del pudor, de la
castidad. Incontinencia,
lujuria, lascivia: son
esos los términos que
mejor cualifican la
dramaturgia de las
obras. Un espíritu
dionisiaco que reclama
espectadores
desprejuiciados, más
allá de poses moralistas
afectadas.
El artista parece
recordarnos que estamos
en la vida de pasada, y
que hay que disfrutarla
hasta la saciedad. Que
el placer es nuestro
mejor aliado, y el
cuerpo, nuestra arma más
poderosa. Nos insta a la
fruición, todo el
tiempo, allí donde el
raciocinio ha sido
desterrado. Es así que
desfilan ante nuestros
ojos parejas que
fornican procazmente;
féminas que toman una
ducha, se rasuran el
pubis, duermen en ropa
interior henchidas de
sensualidad, o bien se
bajan el blúmer sin el
menor problema, en un
gesto sedicioso,
provocador, epatante
para los voceros de la
cautela. Al igual que
ocurre en muchas obras
de Gustavo César
Echevarría, más conocido
como “El Cuty” (salvando
las distancias en el
orden técnico y
estilístico, claro
está), estas chicas
parecen decirnos:
“observa y goza, o
sufre, como quieras…”
Y esta “agresividad”
temática o de contenido,
encuentra la
correspondencia perfecta
en el plano formal: para
canalizar las ideas que
interesan al artista,
nada más idóneo que los
recursos del "fauvismo",
en especial el uso de
una gama cromática
estridente, con fuertes
contrastes de
complementarios, donde
la intensidad de los
matices resulta medular.
Así el “Eros” se expresa
a sus anchas, desde una
paleta seductora, que
estremece la retina.
Además de esos salientes
que provocan las
texturas, esos empastes
gruesos del material, en
suma tentadores para la
experiencia de lo
sensorial, de lo táctil.
Destacan también en las
obras la presencia de
espaciosas áreas planas,
así como la recurrencia
a los grandes formatos.
Hay dos cuadros
particularmente
interesantes dentro de
la muestra, y son
aquellos que conforman
el díptico “Jarrón
quebrado”. Mientras en
las demás obras el
erotismo suele ser más
directo o frontal, sobre
la base de las
incitaciones mismas del
cuerpo, en estas dos
piezas el artista opta
por la sutileza del
sentido, prefiere
aproximaciones oblicuas,
tangenciales. Aquí no
aparece el ser humano,
solo indicios objetuales
que lo evocan de manera
solapada: en especial
una nota que reza “Fui a
buscar cigarros. Yo”,
colocada junto a un
florero encima de una
mesa. Entretanto, en el
segundo plano narrativo
ese mismo florero se
vislumbra en el suelo
hecho pedazos, lo cual
acentúa la tensión
dramática de la escena,
toda vez que marca un
antes y un después de la
acción, e insinúa un
desenlace turbio,
difícil. Resulta
fabuloso cómo el creador
logra condensar, con
solo unas marcas físicas
y escenográficas
mínimas, toda una
historia cargada de
turbadoras sugerencias
erógenas; un relato en
el que los presuntos
personajes implicados
hablan desde la elipsis,
desde la ausencia.
Intriga, "suspense",
narración inteligente,
bien articulada.
Oportuno y lúcido
aprovechamiento de los
resortes dramáticos del
cine. Buen arte, sin
duda.
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En el contexto cubano
actual la pintura
neoexpresionista tiene
una presencia muy
marcada, sobre todo en
las promociones de
artistas más jóvenes.
Una prueba elocuente de
ello —entre muchas
otras— es el proyecto
pedagógico “Los nuevos
fieras”, liderado por la
artista cubana Rocío
García y gestado desde
la academia San
Alejandro, proyecto del
cual Lancelot ha formado
parte. De ahí que sean
visibles en sus trabajos
algunas influencias de
la obra de esta creadora
del patio, lo cual es
perfectamente lógico.
Sin embargo, más allá de
los influjos, Lancelot
ha logrado ya —en muy
poco tiempo,
ciertamente— una manera
propia, un estilo, un
sello ideo-estético que
lo singulariza
notablemente dentro del
panorama de “Los nuevos
fieras” y dentro del
arte todo que se hace
ahora mismo en la Isla.
Con solo 22 años de
edad, egresado hace
apenas un año de San
Alejandro, ningún
espectador medianamente
sensato pondría en duda
que estamos ante un
artista de una capacidad
creativa y un talento
sui generis. Alguien
que el Instituto
Superior de Arte
necesita, para integrar
y oxigenar sus aulas,
como lo han hecho
históricamente. Un
creador que llegará bien
lejos, siempre que
defienda esas ideas
polémicas, irreverentes.
Siempre que conserve ese
oficio impecable. Tiempo
al tiempo. |