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En la biblioteca de mi
escuela primaria de la
calle L en el Vedado,
imagino que quizá
durante el tercer o
cuarto grado, los
muchachos del aula
escuchamos por primera
vez el nombre de Ada
Elba Pérez. He tratado
de revolver la memoria
para encontrar el motivo
exacto; imagino que
analizábamos el texto de
alguna de sus canciones.
El comentario al margen
de la bibliotecaria,
sobre la compositora
joven que no pudo seguir
soñando para los niños,
porque murió en un
accidente, se me grabó,
quizá por algo de
complicidad en la
tristeza.
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Mientras escuchaba a la
escritora Olga Lidia
Pérez ―hermana de Ada―
dictar una conferencia
en la VII Bienal
Identidad, recordé
rápidamente aquella
mañana escolar. La poeta
intentó reconstruir las
trazas del devenir de la
música para niños en
Iberoamérica, y utilizó
como instrumento de
estudio, una encuesta
sobre los compositores
del género. Resulta
curioso que fueron
pocos, según reconoce
Olga, los que pudieron
mencionar a los clásicos
Gabilondo Soler, María
Elena Walsh o Teresita
Fernández. Ni hablar de
las cubanas Rita del
Prado o la propia Ada
Elba Pérez. Me sentí
entonces tranquila, y
agradecí interiormente a
aquella introductora de
libros infantiles, el
habernos puesto en
contacto con el mundo de
la mujer que con poco
más de 30 años nos
dejara inolvidables
cangrejos, papalotes,
lunas y campanas.
Admiré a Ada desde
aquellos tiempos.
Reconocía sus canciones
los lunes a las siete,
durante el programa
televisivo Arcoiris
Musical, en la voz de su
amiga Liuba María Hevia.
Después no supe de ella,
de sus poemas o sus
pinturas. Con el tiempo
escuché de las bienales
donde se le rinde
homenaje en La Habana y
en Jarahueca, su
pueblecito natal, que
poco se nombra en la
provincia de Sancti
Spíritus. La edición VII
de la Bienal, los
testimonios y las
ponencias inspiradas en
la artista me invitan a
armar un Ada personal, a
partir de los fragmentos
que nos quedan, más allá
de la mirada y los
versos melancólicos, o
del estigma de haber
vaticinado su muerte
temprana en “Testamento”
y otros poemas.
“Una típica jodedora
cubana ―recuerda Olga―,
se disfrazaba de loca
para asustar a la vecina
(…) me hacía sufrir y
perder la paciencia con
sus travesuras de niña”.
Vital, alegre, “un ser
dueño de la libertad”,
diría el periodista
Félix Contreras. Ada le
tocó la puerta a la hora
de su siesta sagrada
solo para conocerlo. Iba
con Liuba. Las jóvenes
se habían conocido por
un interés mutuo hacia
la música y luego Ada
compuso para la amiga, y
coincidieron cientos de
veces más, hasta por
azar, como en aquel
concurso en Casa de las
Américas en el que la
poetisa leyó al público
sus versos mientras la
cantante endulzaba oídos
en otra sala con “De
monte y de ciudad”. Las
dos visitaron París
junto a otros artistas e
intelectuales de su
generación. Durante ese
viaje, a la periodista
Rosa Miriam Elizalde la
conmovieron las lágrimas
de Ada ante uno de los
paneles gigantes del
Louvre, tal vez un
cuadro de De Lacroix.
Había estudiado Artes
Plásticas en la Escuela
Nacional de Artes,
aunque se sentía poeta.
Aprendió sola a
desenredar guitarras y
cuatros venezolanos,
trovaba tanto, que la
sancionaron por
cantarles a sus alumnos
de la Escuela Elemental
de Arte en la Isla de la
Juventud, mientras
hacían sus tareas de
clase.
Aún así, La Isla fue
edén de las artes para
Ada. Allí se unió a
grupos de música, expuso
su trabajo en muestras
colectivas y quedó
seducida por la
cerámica. En La Isla fue
maestra del pintor Kacho,
quien la menciona
siempre en el primer
puesto de la lista de
sus profesores queridos.
En La Isla mostró sus
poemas iniciales a
Eliseo Diego, y el
maestro, en cambio, le
dedicó un libro suyo por
haberle dado el placer
de valorarlos.
En la capitalina Casa
de Cultura de Plaza,
todavía sus compañeros
pueden indicar el lugar
donde reinaba Ada,
patrona de uno de los
más hermosos y fecundos
talleres para niños que
allí pudieran evocarse.
Para tocarla en ese
espacio, la joven había
salido a pedirle a la
autora de “Vinagrito”,
la canción de una ranita
poeta, el día en que sus
pies despegaron del
suelo y a sus hombros
les crecieron alas para
enviar otras musas a la
Tierra.
Los ritmos
latinoamericanos, los
compases andinos, la
literatura aborigen y la
obra de Sor Juana, le
ocuparon el tiempo de
trabajo y de ocio,
porque disfrutaba el
enterarse de todo, con
un instinto periodístico
casi genético. Anduvo
durante muchas tardes
tras las memorias de
Teresita Fernández, de
“uniforme” y con una
mochila inmensa a
cuestas, la única en la
que cabía su grabadora.
En Venezuela había
atravesado las montañas
para entender mejor la
poesía de las raíces
propias.
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Salvo a Ada Elba Pérez
de un posible olvido en
mi infancia, que cada
vez está más lejos. La
dibujan sus versos mucho
mejor que mis
reconstrucciones:
“Remito mi dicha al día
que vendrá/y al
despertar me invade/ mi
falta de proezas, / mas
he aquí que colmo mis
umbrales de luz, /sangro
por el amordazado animal
de la ternura (…)”.
Brota de aquí, sobre
todo, la muchacha
sensible, como de las
anécdotas que conserva
su hermana Olga: “pasaba
horas cantando a Serrat
y a Mercedes Sosa, que
eran nuestros ídolos,
daba cualquier cosa por
verlos de cerca; pero no
pudo moverse ni decir
nada cuando se cruzó con
La Negra en la entrada
del Habana Libre”. Son
esos raros fluidos de la
historia, del arte, de
la vida, que provocan
las coincidencias
inauditas. |