Año VIII
La Habana

19 al 25
de SEPTIEMBRE
de 2009

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Mabel Machado • La Habana

Fotos: Alain Gutiérrez

 

En la biblioteca de mi escuela primaria de la calle L en el Vedado, imagino que quizá durante el tercer o cuarto grado, los muchachos del aula escuchamos por primera vez el nombre de Ada Elba Pérez. He tratado de revolver la memoria para encontrar el motivo exacto; imagino que analizábamos el texto de alguna de sus canciones. El comentario al margen de la bibliotecaria, sobre la compositora joven que no pudo seguir soñando para los niños, porque murió en un accidente, se me grabó, quizá por algo de complicidad en la tristeza. 


Mientras escuchaba a la escritora Olga Lidia Pérez ―hermana de Ada― dictar una conferencia en la VII Bienal Identidad, recordé rápidamente aquella mañana escolar. La poeta intentó reconstruir las trazas del devenir de la música para niños en  Iberoamérica, y utilizó como instrumento de estudio, una encuesta sobre los compositores del género. Resulta curioso que fueron pocos, según reconoce Olga, los que pudieron mencionar a los clásicos Gabilondo Soler, María Elena Walsh o Teresita Fernández. Ni hablar de las cubanas Rita del Prado o la propia Ada Elba Pérez. Me sentí entonces tranquila, y agradecí interiormente a aquella introductora de libros infantiles, el habernos puesto en contacto con el mundo de la mujer que con poco más de 30 años nos dejara inolvidables cangrejos, papalotes, lunas y campanas. 

Admiré a Ada desde aquellos tiempos. Reconocía sus canciones los lunes a las siete, durante el programa televisivo Arcoiris Musical, en la voz de su amiga Liuba María Hevia. Después no supe de ella, de sus poemas o sus pinturas. Con el tiempo escuché de las bienales donde se le rinde homenaje en La Habana y en Jarahueca, su pueblecito natal, que poco se nombra en la provincia de Sancti Spíritus. La edición VII de la Bienal, los testimonios y las ponencias inspiradas en la artista me invitan a armar un Ada personal, a partir de los fragmentos que nos quedan, más allá de la mirada y los versos melancólicos, o del estigma de haber vaticinado su muerte temprana en “Testamento” y otros poemas. 

“Una típica jodedora cubana ―recuerda Olga―, se disfrazaba de loca para asustar a la vecina (…) me hacía sufrir y perder la paciencia con sus travesuras de niña”. Vital, alegre, “un ser dueño de la libertad”, diría el periodista Félix Contreras. Ada le tocó la puerta a la hora de su siesta sagrada solo para conocerlo. Iba con Liuba. Las jóvenes se habían conocido por un interés mutuo hacia la música y luego Ada compuso para la amiga, y coincidieron cientos de veces más, hasta por azar, como en aquel concurso en Casa de las Américas en el que la poetisa leyó al público sus versos mientras la cantante endulzaba oídos en otra sala con “De monte y de ciudad”. Las dos visitaron París junto a otros artistas e intelectuales de su generación. Durante ese viaje, a la periodista Rosa Miriam Elizalde la conmovieron las lágrimas de Ada ante uno de los paneles gigantes del Louvre, tal vez un cuadro de De Lacroix. Había estudiado Artes Plásticas en la Escuela Nacional de Artes, aunque se sentía poeta. Aprendió sola a desenredar guitarras y cuatros venezolanos, trovaba tanto, que la sancionaron por cantarles a sus alumnos de la Escuela Elemental de Arte en la Isla de la Juventud, mientras hacían sus tareas de clase. 

Aún así, La Isla fue edén de las artes para Ada. Allí se unió a grupos de música, expuso su trabajo en muestras colectivas y quedó seducida por la cerámica. En La Isla fue maestra del pintor Kacho, quien la menciona siempre en el primer puesto de la lista de sus profesores queridos. En La Isla mostró sus poemas iniciales a Eliseo Diego, y el maestro, en cambio, le dedicó un libro suyo por haberle dado el placer de valorarlos. 

En la  capitalina Casa de Cultura de Plaza, todavía sus compañeros pueden indicar el lugar donde reinaba Ada, patrona de uno de los más hermosos y fecundos talleres para niños que allí pudieran evocarse. Para tocarla en ese espacio, la joven había salido a pedirle a la autora de “Vinagrito”, la canción de una ranita poeta, el día en que sus pies despegaron del suelo y a sus hombros les crecieron alas para enviar otras musas a la Tierra. 

Los ritmos latinoamericanos, los compases andinos, la literatura aborigen y la obra de Sor Juana, le ocuparon el tiempo de trabajo y de ocio, porque disfrutaba el enterarse de todo, con un instinto periodístico casi genético. Anduvo durante muchas tardes tras las memorias de Teresita Fernández, de “uniforme” y con una mochila inmensa a cuestas, la única en la que cabía su grabadora. En Venezuela había atravesado las montañas para entender mejor la poesía de las raíces propias. 

Salvo a Ada Elba Pérez de un posible olvido en mi infancia, que cada vez está más lejos. La dibujan sus versos mucho mejor que mis reconstrucciones: “Remito mi dicha al día que vendrá/y al despertar me invade/ mi falta de proezas, / mas he aquí que colmo mis umbrales de luz, /sangro por el amordazado animal de la ternura (…)”. Brota de aquí, sobre todo, la muchacha sensible, como de las anécdotas que conserva su hermana Olga: “pasaba horas cantando a Serrat y a Mercedes Sosa, que eran nuestros ídolos, daba cualquier cosa por verlos de cerca; pero no pudo moverse ni decir nada cuando se cruzó con La Negra en la entrada del Habana Libre”. Son esos raros fluidos de la historia, del arte, de la vida, que provocan las coincidencias inauditas.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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