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Doribal Enríquez, escritor y
especialista literario de la
Casa de la Cultura del municipio
Plaza trabajó junto a Ada Elba
Pérez desde 1990 hasta el
momento de su muerte. Además de
ser su compañero de trabajo y
amigo, también es un admirador
de su obra poética.Tuvo la
oportunidad de conocer a una
extraordinaria muchacha, una
joven que lo fascinó con sus
aptitudes artísticas y su manera
de atrapar amigos, pero ninguno
de los hechizos de Ada Elba fue
tan místico como el que afloraba
de su ser cuando trabajaba para
los niños.
Los primeros encuentros
“Mis primeros contactos con Ada
Elba ocurrieron por los años 80.
Yo todavía no trabajaba en la
Casa de la Cultura de Plaza pues
allí fue donde nos conocimos
mejor. Por esa fecha muchos
escritores de distintas
provincias de Cuba realizaban
sus encuentro-debates como parte
del taller literario. Se
celebraban anualmente en Colón.
Ya los escritores nos conocíamos
y un par de veces ella formó
parte de esta generación joven.
Después supe que como creadora
tenía una activa participación
en los talleres literarios que
se realizaban en Ciudad de La
Habana y en la Isla de la
Juventud. Era una persona muy
sociable y muy precisa en sus
opiniones; no obstante, esas
fueron mis primeras impresiones,
luego nos compenetraríamos
mejor.”
La Casa de Cultura del
municipio Plaza… el reencuentro
“Nos vemos nuevamente en la Casa
de la Cultura de Plaza en 1990,
aunque ella trabajaba allí desde
1984. Comienzan a hilvanarse
proyectos culturales de
literatura, arte, teatro, etc.,
y ella formaba parte al igual
que yo de esos propósitos: nos
unía el trabajo artístico.
“Ella era Instructora de Artes
Plásticas y aunque yo me
dedicaba a la literatura
coincidíamos mucho porque Ada
también era devota de esa rama
artística. Participábamos juntos
en lecturas, tertulias y otras
actividades, así comenzó una
estrecha amistad.
“Me di cuenta de que su vida era
multifacética: se dedicaba a la
pintura, la literatura y
cantaba; hacía todo con una
fuerte inclinación hacia el
público chico, es decir, los
niños. Yo la llamaría ‘mujer del
renacentismo’. Cantaba además
sus poemas, los cuales
musicalizó. La admiraba porque
no sabía cómo podía dedicarse a
tantas diligencias a la vez. Así
nació nuestra amistad, yo creo
que favorecida por llevar una
vida bastante agitada. Ada
siempre estaba metida en algún
proyecto, cantaba en todas las
actividades que realizábamos
aquí en la casa de la Cultura y
lo que más me llamaba la
atención, fueron sus cualidades
de autodidacta”.
Su poesía: trunca pero
certera
“Practico una teoría que no sé
si otros la compartan. Para mí,
la creación artística tiene sus
edades, y sus etapas. Para un
joven poeta la edad de los 15 a
los 18 años es la ideal para
escribir. La edad de los
primeros desengaños amorosos, de
los encuentros y los
desencuentros… y la
confrontación con el entorno. Ya
cuando el poeta llega a sus
veintitantos años empieza a
descubrir otras perspectivas y
expectativas de la vida, ese era
el caso de Ada Elba. Ella
llevaba una vida muy loca ―en el
mejor sentido de la palabra― lo
mismo estaba cantando para
niños, que después se iba a
pintar, que hacía sus propias
composiciones.
“Su poesía hay que verla en el
contexto histórico social que
vivía: los años 70 y 80. Por ese
entonces existía una vida
cultural bastante fuerte: los
festivales universitarios, los
festivales obreros, los talleres
literarios y en ese contexto
plasmó su obra.
“Ella se movía en el dilema de
sus propias perspectivas como
ser humano, la filosófica, la
política y la idea social que se
vivía en ese momento. Segmentos
de su obra tienen que ver con el
re-hallazgo de Latinoamérica, el
despertar. Por otra parte, desde
el punto de vista conceptual de
su poesía, le ocurrió lo mismo
que a todos los que pertenecemos
a esa generación, el encuentro
con la obra de César Vallejo. Él
fue el vínculo con lo académico,
lo revolucionario, y la
vanguardia latinoamericana. Ese
fruto permeó la generación de
los años 70, incluso ella en
muchos de sus poemas, desde el
punto de vista contextual, evoca
textos de César Vallejo, y no
tanto de Neruda.
“Por eso insisto en que la
vanguardia latinoamericana está
presente en su poética, es una
vanguardia que se debate entre
lo coloquial y lo conceptual.
Ada Elba pudo escapar de lo
coloquial y trató de no hacer
concesiones estéticas. Fue ella
misma y fue consecuente con su
manera de ver la vida, con su
calurosa personalidad, con su
humanismo. En el plano personal
era una amiga extraordinaria.
“Cuando muere estaba en
comenzando su madurez estética,
estaba en un espacio vital que
podría haber penetrado otros
vericuetos de la estética
poética. Yo no puedo dar mi
opinión desde el punto de vista
musical pero sí como poeta.
“A mí no se me olvida la noche
en que supe del fallecimiento de
Ada Elba. Tenía infinitas
posibilidades para solidificar
su obra, era fantástica para la
poesía infantil. Muchas veces le
confié poemas míos para que los
revisara porque su opinión me
resultaba muy importante.”
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