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Fábula farsesca, comedia esperpéntica,
entre el delirio kitsch y la saga
costumbrista eslava, Prométeme se
titula la más reciente producción del
cineasta bosnio-serbio Emir Kusturica en
su mejor variante de cine campestre,
pintoresco y exagerado (La vida es un
milagro, Gato negro, gato blanco), muy
cerca del Federico Fellini que
rememoraba su infancia en Amarcord, y
bastante afín también con la imaginería
visual de un Jean Pierre Jeunet en La
ciudad de los niños perdidos.
Bien conocido del público cubano,
Kusturica ha devenido, en el contexto
del cine europeo oriental, uno de los
más redomados e identificables autores,
sobre todo luego de que alzó triunfador
en los festivales de Cannes y Venecia
con filmes clásicos como Papá está en
viaje de negocios, Tiempo de
gitanos y Underground,
realizados entre 1985 y 1995. Todos
estos títulos fueron vistos en Cuba, en
Cinemateca, o mediante los Festivales
Internacionales del Nuevo Cine
Latinoamericano, de modo que el estreno
de Prométeme en los cines
Infanta, Riviera y 23 y 12 significa
para el cinéfilo la continuidad a una
filmografía signada por la coherencia.
Kusturica asume en Prométeme los papeles
de director, guionista y productor.
Cuenta la historia del pequeño Tsane,
quien promete cumplir tres deseos de su
abuelo: vender la vaca en la ciudad,
comprar un icono de San Nicolás y
encontrar una novia. Precisamente en la
ciudad conocerá a una serie de
personajes que marcan el trayecto de
crecimiento ético y espiritual de Tsane,
y lo preparan para abandonar una
infancia y adolescencia marcados por el
bucolismo apacible e ingenuo de su aldea
natal, en el campo. En la ciudad, el
muchacho se buscará problemas para
defender a una joven prostituta del jefe
mafioso que la explota, entre algunas
otras peripecias “heroicas”.
Así, queda servido un divertimento de
sello altaculturista —por mucho que
juegue con la ridiculez, el costumbrismo
y la pincelada gruesa— con amplios
rebordes de folclorismo balcánico, donde
lo onírico y lo real se acompasan en un
tono narrativo tan típico del cineasta
como de lo “real maravilloso”
latinoamericano. Valga el aviso para los
fans del autor, que en este caso ha
renunciado mayormente al trasfondo
historicista y reflexivo que
caracterizaba sus mejores filmes, y
coloca su historia en una
contemporaneidad que parece suspendida
del pasado secular.
Todo el tiempo al borde de la payasada y
el esperpento; de lleno impregnada con
aquella distorsión persistente de la
realidad —para mejor mostrar sus
aspectos más grotescos y absurdos, como
mismo procede Juan Carlos Tabío en su
reciente El cuerno de la abundancia—
Prométeme evidencia al autor que se
repite, y se desborda en el homenaje a
sí mismo, a una poética absolutamente
identificable. En lugar de reinventarse,
Kusturica ha preferido el reciclaje, la
autoparodia y recurrir a las mejores
citas de su propio expediente.
Sin embargo, hay que decir a su favor
que hasta en sus menores obras los
grandes autores, y Kusturica se cuenta
entre ellos, nos regalan varios momentos
caracterizados por su talento para
entregarnos grandes películas. En el
rango de las virtudes debe mencionarse
la banda sonora musical de Stribor
Kusturica (hijo del director y actor
secundario en Prométeme), la
simpatía y versatilidad del joven Uros
Milovanovic en el papel principal, la
deslumbrante presencia de Marija
Ptronijevic, actriz aficionada a quien
encargaron el papel de Jasna, y un
puñado de momentos exacerbados y
hermosos, como aquel baño en una acequia
llena de agua fresca y manzanas
flotando...
¿Se imagina el lector una recuperación
de las comedias de golpe y porrazo, con
personajes la mar de esquemáticos, y una
historia demasiado tópica y
convencional, pero sembrada de momentos
líricos, rebosantes de imaginación y
colorido, bromas autoindulgentes que
rozan el mal gusto y la incorrección en
cualquier sentido, pero se salvan al
final por la destreza de un cineasta
absolutamente imaginativo, y dispuesto a
demostrarlo cada 5 ó 10 minutos de
metraje...? Todo ello y mucho más ofrece
Prométeme, que no voy a presentar como
la octava maravilla del cine europeo
contemporáneo, pero que garantiza al
menos la fidelidad de su autor a una
poética demencial, y a un estilo
absurdo-paródico, que lo han catapultado
entre los más originales, en una época
cuando la originalidad parece ser
especie extinguida hace décadas.
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