Año VIII
La Habana
2009

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 Kusturica promete coherencia

Joel del Río • La Habana
 

Fábula farsesca, comedia esperpéntica, entre el delirio kitsch y la saga costumbrista eslava, Prométeme se titula la más reciente producción del cineasta bosnio-serbio Emir Kusturica en su mejor variante de cine campestre, pintoresco y exagerado (La vida es un milagro, Gato negro, gato blanco), muy cerca del Federico Fellini que rememoraba su infancia en Amarcord, y bastante afín también con la imaginería visual de un Jean Pierre Jeunet en La ciudad de los niños perdidos. 

Bien conocido del público cubano, Kusturica ha devenido, en el contexto del cine europeo oriental, uno de los más redomados e identificables autores, sobre todo luego de que alzó triunfador en los festivales de Cannes y Venecia con filmes clásicos como Papá está en viaje de negocios, Tiempo de gitanos y Underground, realizados entre 1985 y 1995. Todos estos títulos fueron vistos en Cuba, en Cinemateca, o mediante los Festivales Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano, de modo que el estreno de Prométeme en los cines Infanta, Riviera y 23 y 12 significa para el cinéfilo la continuidad a una filmografía signada por la coherencia. 

Kusturica asume en Prométeme los papeles de director, guionista y productor. Cuenta la historia del pequeño Tsane, quien promete cumplir tres deseos de su abuelo: vender la vaca en la ciudad, comprar un icono de San Nicolás y encontrar una novia. Precisamente en la ciudad conocerá a una serie de personajes que marcan el trayecto de crecimiento ético y espiritual de Tsane, y lo preparan para abandonar una infancia y adolescencia marcados por el bucolismo apacible e ingenuo de su aldea natal, en el campo. En la ciudad, el muchacho se buscará problemas para defender a una joven prostituta del jefe mafioso que la explota, entre algunas otras peripecias “heroicas”. 

Así, queda servido un divertimento de sello altaculturista —por mucho que juegue con la ridiculez, el costumbrismo y la pincelada gruesa— con amplios rebordes de folclorismo balcánico, donde lo onírico y lo real se acompasan en un tono narrativo tan típico del cineasta como de lo “real maravilloso” latinoamericano. Valga el aviso para los fans del autor, que en este caso ha renunciado mayormente al trasfondo historicista y reflexivo que caracterizaba sus mejores filmes, y coloca su historia en una contemporaneidad que parece suspendida del pasado secular. 

Todo el tiempo al borde de la payasada y el esperpento; de lleno impregnada con aquella distorsión persistente de la realidad —para mejor mostrar sus aspectos más grotescos y absurdos, como mismo procede Juan Carlos Tabío en su reciente El cuerno de la abundancia— Prométeme evidencia al autor que se repite, y se desborda en el homenaje a sí mismo, a una poética absolutamente identificable. En lugar de reinventarse, Kusturica ha preferido el reciclaje, la autoparodia y recurrir a las mejores citas de su propio expediente. 

Sin embargo, hay que decir a su favor que hasta en sus menores obras los grandes autores, y Kusturica se cuenta entre ellos, nos regalan varios momentos caracterizados por su talento para entregarnos grandes películas. En el rango de las virtudes debe mencionarse la banda sonora musical de Stribor Kusturica (hijo del director y actor secundario en Prométeme), la simpatía y versatilidad del joven Uros Milovanovic en el papel principal, la deslumbrante presencia de Marija Ptronijevic, actriz aficionada a quien encargaron el papel de Jasna, y un puñado de momentos exacerbados y hermosos, como aquel baño en una acequia llena de agua fresca y manzanas flotando... 

¿Se imagina el lector una recuperación de las comedias de golpe y porrazo, con personajes la mar de esquemáticos, y una historia demasiado tópica y convencional, pero sembrada de momentos líricos, rebosantes de imaginación y colorido, bromas autoindulgentes que rozan el mal gusto y la incorrección en cualquier sentido, pero se salvan al final por la destreza de un cineasta absolutamente imaginativo, y dispuesto a demostrarlo cada 5 ó 10 minutos de metraje...? Todo ello y mucho más ofrece Prométeme, que no voy a presentar como la octava maravilla del cine europeo contemporáneo, pero que garantiza al menos la fidelidad de su autor a una poética demencial, y a un estilo absurdo-paródico, que lo han catapultado entre los más originales, en una época cuando la originalidad parece ser especie extinguida hace décadas.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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