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El título obedece a la referencia más
firme que tuve para visitar a mi hija en
la escuela donde cursa el bachillerato.
En Cuba ese tipo de centros internos, en
pleno campo, tienen una larga historia
que tuvo como espléndida banda sonora
una canción de Silvio Rodríguez, en los
días del grupo de Experimentación Sonora
del ICAIC. La música y la idea de “la
nueva escuela” perduraron más que el
documental al que apoyaba, pero ambas
obras daban inmediato testimonio de un
acontecimiento social que, después de
una afincada tradición, dirá adiós en un
par de años. Las circunstancias del país
son otras y se ha determinado que este
tipo de escuelas regresen a la ciudad.
Pero volvamos a mi viaje paterno con La
Curva del Toro como señal, como amuleto
contra mi pertinaz despiste.
Tras dos cambios de vehículos y el
reencuentro con pueblos medios de la
provincia de La Habana que no visitaba
desde hace más de una década, llegué a
la curva de marras y comencé el viaje de
un par de kilómetros en el corazón de la
espléndida campiña cubana. Recordé una
certeza que apunto en mi obra El
zapato sucio. Efectivamente, los
campesinos cabalgan poco y prefieren la
bicicleta; aunque, como ayer, las ruedas
se llenen de fango y les cueste avanzar.
Solo me crucé con un hombre que
utilizaba el caballo, pero el gordo
personaje lo hacía sentado muy cómodo en
un carretón o carro.
Las pocas vacas pastaban en un césped
recién lloviznado y no encontré los
chivitos o cabritos que siempre persigo
en el campo cubano, como resonancia de
mi infancia rural. Las palmas sí que
estaban esbeltas y radiantes.
A Adriana del Pino le tocará formar
parte de la última hornada que pase por
las Escuelas en el Campo. Tal vez la
mayoría de los padres prefiere tener los
hijos en casa. Yo tengo mis dudas. Sé
que no es fácil para la familia
enfrentar la distancia cada semana y
otros inconvenientes; no olvido que para
el estado significan ríos de combustible
y de otros recursos la movilización
constante de miles y miles de
adolescentes. Pero la experiencia de la
vida colectiva, el contacto con el lugar
donde germinan las semillas, será un
regalo para mi hija, la muchacha
sonriente que me esperó ayer tras la
tenue frontera de La Curva del Toro. |