Año VIII
La Habana
2009

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 Ada Elba Pérez

(Sancti Spiritus, 1961 - La Habana, 1992)

 

La casa

I

Dentro están las cosas en su sitio

                               las crestas

                               el azul

                               las heces apacibles

que el tiempo amontona en los retratos

en su ternura usada

La flor silvestre también habita dentro

                      sin búcaro

                      sin meta

pasa tan innombrable como nunca

y ni yo la he salvado

como único jardín de nuestra hora

El día se aleja siempre en lo alto del sillón

y después de la ventana quién sabe a dónde parte

                                                 a dónde

huyen esos hilos presurosos

sin dejar puesto fijo

para esconder una caricia

II

En casa se oye cuando tañe la marea

el sueño de las conchas

Por los zurcidos entra el aparejo

secular de los peces

y se posa en la quietud de las vasijas

A bordo saben todos cómo cruje la lluvia

Viene enfrentando espejos a la noche

para que apaguen su habitar los fantasmas

                       los monstruos confidentes

III

La ciudad nació adentro

Los balcones crecieron en los poros

                                   las rudas

en la cojera exhausta de la mesa

La paz de la ceniza

dejo su acorde mártir en los muros

También el mar se sube a estas madrugadas

hojas y astros convergen en todas las semillas

en un sabor a nido sempiterno

Ya no es igual el mundo debajo de este techo

ni en la ancha faz del surco  sin embargo

nunca nos hemos ido  Todo funde

sus voces su cemento

El dedo de otros jueces se posa en las violetas

y empezamos a odiarlo porque ahora

es urgente que todo esté en su sitio

                          el azar

                          la soledad

                          la primavera

IV

Uno despierta aquí y está frente a su pan

pero el reloj da vísperas anuncia

la orilla providente

No basta que estén quietos los cimientos

uno no aparta el plato

pero vomita el brillo la cordura

con que el deseo se vuelve un artefacto

la inutilidad de la luz estirando los peciolos

la torpe alternativa de salvar otros día

No basta que el sol reine en la proa del sillón

hay radioactividad para la suerte

para los triunfos y los miedos recónditos

la calma y el desuso

Uno despierta en cualquier lugar del tiempo

y está frente a su propia y cotidiana infinidad

pero hoy anega el borde del crepúsculo

y hace esperar su tea

                   su lluvia

                   sus latidos

y trata de partir con cualquier hierro la ternura

para que dentro todo quede en su sitio

por si la flor furtiva sigue

creciendo entre el hollín

la costra

las grietas del olvido

y el jardín vuelve

otra vez

a nuestra casa


Identidad

"La soledad es una buena cosa, pero
tienen que haber obligatoriamente al-
guien a quien poderle decir que la
soledad es una buena cosa."

                                          Balzac

Casi todo, la noche, y lo demás,

está en el patio.

La luna pasa en su caballo oscuro.

Yo me quedé muy dentro

hace veinte años en el parque infantil

entre un hombre y un perro que se fotografiaban.

Yo me he quedado aquí precisamente

porque quería verme, hablar conmigo,

y me sentí tan sola,

tan sola con mi pelo, con mis manos,

con tantas cosas mías fui tan sola

que entré a buscarme hasta mi desamparo,

hasta el húmedo fondo de las dudas,

hasta la más trivial de las vergüenzas,

hasta el miedo impreciso de encontrarme

y mentirme.

Me hallé sentada entre infinitas deudas,

extendida en el punto más pequeño.

Mentiras que me dije ya me acechan,

me juzgan.

Casi todo, la noche, y lo demás,

son mis conquistas,

esta rienda atraviesa el horizonte.

Casi todo, la noche, y lo demás,

están conmigo,

cargo con este viaje hacia mi encuentro,

hasta todos los rostros desde el hombre.

Salgo entre ustedes,

por esta vez ya vuelvo sin harapos,

con la pureza de los dedos de Mozart

y alguna culpa furtiva,

inconfesada.


Carta

María, apenas son las cinco

en mi candor y ya los pájaros

me huyen del café, renuncian

absoluta y dulcemente

al pedazo admitido, recogen sus destellos

y atraviesan

el crepúsculo acerbo de Los Andes. ¿Qué hora es

en tu mesa? ¿Qué minuto se posa

en su calma enmohecida? Acaso en tu ventana

hay un turpial errante

inaugurando el alba, pero aquí el corazón

ya da las cinco. Este poema

no usó el festín de las estrellas

ni el galopar del Chama que remonta la noche

con su premura de caballo indócil,

inundando los hoyos de la soledad

de esa extranjera que lloró en tu choza oscura

mientras te hablaba de su isla

que tú creíste algún planeta extraño, tal

vez como uno más de los fantasmas

de la leña o del hambre rebotando en el techo. Ya me trago,

María, el miedo humeante en la tapara,

la extranjera se amañará al lecho sórdido,

al silencio acechante, al topocho aterido,

escalará las crestas del milagro,

del milagro de pétalo, del aire,

de la ruana que acuna en su rezago insomne. Ya me tapo,

María, el desaliento, y hasta saco a soñar

mis animales frágiles, mis bestias canceladas,

en un segundo se hartan de tu muerte,

están turbios de asombro y desamparo,

mira cómo vomitan, cómo llenan

de esputos la corriente, con qué ganas

ofrendarían sus heces al verdugo,

con qué esplendor apartan la migaja y su precio,

si vieras, si al fin vieras

cómo escarban las ascuas del olvido, aquí

en Barquisimeto, 15 de octubre,

con nostalgia,

con un rencor sin alas,

casi humano.


Inventario del amanecer

(a Isabel Zerpa)

Mira,

       júbilo, hoy

                      no tengo

por qué peinar tus crines.

Te presento el alba,

el rastro subrepticio de la hormiga que no saldrá

en los diarios.

Soy un habitante estatuido

               y archivado en esta ciudad.

Milito

en la fauna puntual de sus entrañas convulsas,

en el tibio remanso de sus sombras

trazadas y armoniosas.

Remito mi dicha al día que vendrá

y al despertar me invade

                                  mi falta de proezas,

mas he aquí que colmo mis umbrales de luz,

sangro por el amordazado animal de la ternura

y se sumo al ayuno

de sus millones de hijos

                                y me transformo

en ellos con torpeza. Es mía esa herida

que reclama su golpe contra el azar de la jornada,

pero sigo abrigando la migaja triunfal,

la blanca podredumbre de los monumentos,

el marasmo febril de mis deberes,

                                              el aplauso

de turno, mi ritual de gran nadie

                                  deudor en las subastas

de la vida, donde inscribo mi hambre

de comensal previsto

que se calza sus botas enfangadas de asepsia

y sale a desayunar su dosis

de egoísmo, y trafica su último pedazo

de silencio,

sueña que se despierta y vende

                                su silencio, sueña

que le sonríe al carcelero, que le sonrío y compro

el día

       y brindo por el Sol.

Nadie sabe que lloro

ni que mi mano podría ser esa que levanta el auricular

ansiando una voz de la que sólo se recuerda

                       el fondo de su falta.

Habito entonces el crepitar de otras calles

y me despierta una noticia

que rompería los cometas pero que no precisa

en qué fosa cardinal, qué golpe,

aunque el dolor sepa posarse en los retratos.

Y yo sería en esa otra ciudad

y una mujer que muere y nunca

ha conocido a los precursores

                                  del delirio.

                        Esa mujer está muriendo

y su incredulidad escancia bocanadas de luz,

hurga en las azoteas,

se sumerge en las fauces de las alcantarillas,

es la gota salobre que huye, el ala que remonta

                                  fugaces migraciones

y adopta los torcidos cauces de la borrasca

y cruza el horizonte como si no faltara

                                    nadie en el corazón,

como si fuese otra mentira esa derrota

que se tragó el camino,

esas guerras cavando sobre el rostro sin nombre

del galope ordinario

                  que exhala

                           cuanto soy: alguien que abre

su puerta a un dios que asir

y encuentra la mañana,

y aprieta sus olvidos a la complicidad sobreviviente,

y se hunde en el tropel buscando los milagros,

y las maravillas,

y la egolatría conque jugamos

                                         a construir

                                                        el paraíso.


Testamento

Vieja espiral del olvido

que vas a dar la vuelta de mi nombre,

alíviame el instinto cotidiano

cuando redoble sobre mí la lluvia

y me pierda en las hojas.


Pasos en la ceniza

A Carmelo Lattassa

Aunque no sean estas las palabras

que te debía entonces,

no he aprendido a contar las nuevas mariposas

ni ha hablar de primaveras,

mas sé que tu país salió del traje de los magos,

ha brotado en las cajas de espejos y palomas,

en un juego perdido por los dioses

cuando nos prohibieron deslumbrarnos.

Yo siempre quise hallarme en Sudamérica,

concebirme en su polvo,

desempañar el cenit de un mal eco, escarbarle

las grietas a la muerte.

Yo prefería el boleto a lo íntimo

y escogí el café claro, las cachapas,

sin lograr arrancarme la pose de

turista (fui

también a la estatua de Bolívar

y francamente no llevaba flores, le ofrendé

mi tristeza que era

casi perfecta). Acaso no descubro

las batallas contiguas,

pero ya ves, no te he dejado solo

en las calles de Mérida,

aunque siga pensando si llueve en mi país

y los párpados mezclen el rostro de mi madre

y el vértigo inconcluso entre las cumbres

de hormigón y desidia, o el negro y ancho cuenco

de las noches australes

que prestan sus aceras con visa de la muerte,

por eso es que ya

nunca

regresaré a los riscos de la luz

ni sabré del poema

que debía escribir en Cerrito Blanco,

en tu puerta sin número donde no llegan mis cartas,

porque se multiplican las paredes vacías

y el corazón se llena

de muchos reglamentos,

y uno siente que triunfan

los monstruos engendrados por los cartones húmedos.

El hambre y sus destrezas van a seguir rompiendo

aquella cerradura bajo el frío,

guardando los pulmones en las piedras

por si la lluvia agota la última

migaja de luz,

porque el mago hace trampas, le habían cambiado

el traje, convertía el dolor en Pepsi Light

e indiferencia,

y el equilibrista concluía el ensayo

en los altares de la Standar Oil,

mientras tú y yo abrigábamos el asco con una

dulce ruana, había que espantar

las ratas que salen al cegarse los reflectores,

desactivar el miedo de los

que no buscamos

refugio en los profetas, si no hay

con qué soñar, de qué salvarse

a fuerza de ser número, golpe,

armazón

de la nada,

pústula fratricida

del silencio.


A Carlos, dueño de Ciprio, el pez

Miro vivir a Ciprio

su frágil aventura, sus borrones

de légamo. La verde mansedumbre encallecida

ya empuña su espesor,

ya se estanca en tu almohada,

pero nadie vulnera la dulzura del náufrago,

sólo tú esperas, brotas sordamente,

relevas los presagios.

Se hace tarde en el fondo,

el mundo es la penúltima marca del cristal,

abajo la botella

de ron, las mil colillas,

los desgarrones del amanecer.

Mírame que despierto

y registro la casa y desemboco

debajo de las camas y de la soledad

y descubro a mi pez

y cambio el agua.


Apremios

Porque tu amor sea tal vez el poema

que no escribiré nunca,

prefiero tu mirada

que desborda torrentes

de pájaros astrales.

Porque la vida no sea más que el instante

de encontrar las orillas,

llevo a bordo tu cuerpo

y en ti mi corazón

careno y salvo.

Porque hoy lo más urgente

no es dar contigo en una calle de La Habana,

sé buscarte en rincones inesperados, hondos,

en la voz de mi pueblo,

por ejemplo.

Porque sé que no basta

la cómoda inocencia cual límpido equipaje,

de paso estoy, amor,

o de partida,

y acampo en tu egoísmo

para culpar mis versos.


Marcia funebre sulla morte d'un eroe
 

Quiten pronto la escarcha de todas las ventanas

quiten toda la escarcha

Ni siquiera el pretexto de que va pasando un dios

sirve para que estemos amargos

Aun cuando lo hayan vestido con trapos

aun cuando el refrío le haya desfigurado la tristeza

aun cuando nos digan

si él estuvo oyendo caer esta nieve de marzo

o si le guardaron los dedos tranquilos

nosotros no tenemos el derecho de dudar

a quién llevan

Que salgan cuantos quedan detrás de las puertas

calentándose mezquinamente las manos

y quienes tuvieron la oportunidad de ser más dulces

Que sala toda esta ciudad

que sala toda y sin remordimientos

pues el héroe no le guarda rencor

Olvídense uno a uno cuando quieran

pero hoy no dejen de venir a recoger sus deudas

antes de que se aleje el cortejo

y los que nunca fueron acosados hasta su última hazaña

reconozcan al menos el privilegio

de quienes han sabido llorar

Que vengan todos

que venga toda la ciudad.


Ternura epigramática

I

Quiero asirme a tu barba

Quetzalcoatl

para subir al cielo

Voy a tocar peldaño por peldaño

por si quieres detenerme

en algún sitio

II

Las calles de La Habana

son pequeñas

cuando vas conmigo

Las calles de La Habana

crecen

cuando te busco

Las calles de La Habana

son infinitas

cuando no te encuentro

III

Es el agua, la noche, tú, y mis ojos.

La noche se refleja en el agua.

Mis ojos se reflejan en la noche.

El agua se refleja en mis ojos.

Tú en la noche, tú en mis ojos, tú en el agua.

IV

Una mujer que al cabo se despeña,

oculta en su equipaje el horizonte

y a solas con su sombra

devora los relámpagos.


Fin del pájaro sur

(a Antonio Santa Cruz,
mi mejor amigo, que murió de soledad
en pleno siglo veinte)

Nadie tiene una prueba Ni una aldaba

golpea estas exequias No hay recuerdo

ni olor en el traspatio que responda

en qué pausa en qué hoja

de este otoño has caído

en cuál ceniza escarbo qué derecho

te apaga en mis tropiezos cardinales

bajo esta luz que arriba

al naufragio opulento

al brillo que rezuma

sobre la sed de las raíces

La esperanza fue el aporte de los magos

era todo su hondo

apedreando la trampa del futuro

Los soñadores volvieron

con un cuerpo imprevisto Aquí crepita

y nadie sale Aquí duerme

una puerta que no recibe al delirio

ni a la falta de hazañas

ni a esos planetas sin censar No insistas

aquí no te ama nadie

un simple trazo de carbón no adorna

Tu rastro sabe a verde a sal a piedra

El infinito trae un ala rota

y los bisontes amanecen

asombrados.


Ada Elba Pérez (Jarahueca, Sancti Spiritus, 1961-La Habana, 1992): Poeta, compositora y escultora e instructora de artes plásticas. Entre sus poemarios publicados en vida o póstumamente figuran: Identidad, de 1986; Apremios, de 1990, Premio "Luis Rogelio Nogueras"; Acecho en el ritual, de 1992 y La cara en el cristal, de 1994. Su cancionero para niños devino un aporte de considerable importancia a esta literatura con títulos como “El cangrejo Alejo”, “Ana la campana”, “El trencito y la hormiga”, “Señor arcoíris”, “El tonto de papel”, “La luna aburrida” y “El vendedor de asombros”. Entre sus temas compuestos para adultos se encuentran “La guayabita madura”, “El sitio de los ángeles”, “Tonadas para el camino”, “Elegía triunfal” y “Siembra sembrador”, que le valió el Premio Abril, en 1990. A su muerte dejó varios cuentos inéditos y una novela casi concluida.

 
 

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