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La casa
I
Dentro
están las cosas en su sitio
las crestas
el azul
las heces apacibles
que el
tiempo amontona en los retratos
en su
ternura usada
La flor
silvestre también habita dentro
sin búcaro
sin meta
pasa tan
innombrable como nunca
y ni yo la
he salvado
como único
jardín de nuestra hora
El día se
aleja siempre en lo alto del sillón
y después
de la ventana quién sabe a dónde parte
a dónde
huyen esos
hilos presurosos
sin dejar
puesto fijo
para
esconder una caricia
II
En casa se
oye cuando tañe la marea
el sueño
de las conchas
Por los
zurcidos entra el aparejo
secular de
los peces
y se posa
en la quietud de las vasijas
A bordo
saben todos cómo cruje la lluvia
Viene
enfrentando espejos a la noche
para que
apaguen su habitar los fantasmas
los monstruos confidentes
III
La ciudad
nació adentro
Los
balcones crecieron en los poros
las rudas
en la
cojera exhausta de la mesa
La paz de
la ceniza
dejo su
acorde mártir en los muros
También el
mar se sube a estas madrugadas
hojas y
astros convergen en todas las semillas
en un
sabor a nido sempiterno
Ya no es
igual el mundo debajo de este techo
ni en la
ancha faz del surco sin embargo
nunca nos
hemos ido Todo funde
sus voces
su cemento
El dedo de
otros jueces se posa en las violetas
y
empezamos a odiarlo porque ahora
es urgente
que todo esté en su sitio
el azar
la soledad
la primavera
IV
Uno
despierta aquí y está frente a su pan
pero el
reloj da vísperas anuncia
la orilla
providente
No basta
que estén quietos los cimientos
uno no
aparta el plato
pero
vomita el brillo la cordura
con que el
deseo se vuelve un artefacto
la
inutilidad de la luz estirando los peciolos
la torpe
alternativa de salvar otros día
No basta
que el sol reine en la proa del sillón
hay
radioactividad para la suerte
para los
triunfos y los miedos recónditos
la calma y
el desuso
Uno
despierta en cualquier lugar del tiempo
y está
frente a su propia y cotidiana infinidad
pero hoy
anega el borde del crepúsculo
y hace
esperar su tea
su lluvia
sus latidos
y trata de
partir con cualquier hierro la ternura
para que
dentro todo quede en su sitio
por si la
flor furtiva sigue
creciendo
entre el hollín
la costra
las
grietas del olvido
y el
jardín vuelve
otra vez
a nuestra
casa
Identidad
"La
soledad es una buena cosa, pero
tienen que haber obligatoriamente al-
guien a quien poderle decir que la
soledad es una buena cosa."
Balzac
Casi todo,
la noche, y lo demás,
está en el
patio.
La luna
pasa en su caballo oscuro.
Yo me
quedé muy dentro
hace
veinte años en el parque infantil
entre un
hombre y un perro que se fotografiaban.
Yo me he
quedado aquí precisamente
porque
quería verme, hablar conmigo,
y me sentí
tan sola,
tan sola
con mi pelo, con mis manos,
con tantas
cosas mías fui tan sola
que entré
a buscarme hasta mi desamparo,
hasta el
húmedo fondo de las dudas,
hasta la
más trivial de las vergüenzas,
hasta el
miedo impreciso de encontrarme
y
mentirme.
Me hallé
sentada entre infinitas deudas,
extendida
en el punto más pequeño.
Mentiras
que me dije ya me acechan,
me juzgan.
Casi todo,
la noche, y lo demás,
son mis
conquistas,
esta
rienda atraviesa el horizonte.
Casi todo,
la noche, y lo demás,
están
conmigo,
cargo con
este viaje hacia mi encuentro,
hasta
todos los rostros desde el hombre.
Salgo
entre ustedes,
por esta
vez ya vuelvo sin harapos,
con la
pureza de los dedos de Mozart
y alguna
culpa furtiva,
inconfesada.
Carta
María,
apenas son las cinco
en mi
candor y ya los pájaros
me huyen
del café, renuncian
absoluta y
dulcemente
al pedazo
admitido, recogen sus destellos
y
atraviesan
el
crepúsculo acerbo de Los Andes. ¿Qué hora es
en tu
mesa? ¿Qué minuto se posa
en su
calma enmohecida? Acaso en tu ventana
hay un
turpial errante
inaugurando el alba, pero aquí el corazón
ya da las
cinco. Este poema
no usó el
festín de las estrellas
ni el
galopar del Chama que remonta la noche
con su
premura de caballo indócil,
inundando
los hoyos de la soledad
de esa
extranjera que lloró en tu choza oscura
mientras
te hablaba de su isla
que tú
creíste algún planeta extraño, tal
vez como
uno más de los fantasmas
de la leña
o del hambre rebotando en el techo. Ya me trago,
María, el
miedo humeante en la tapara,
la
extranjera se amañará al lecho sórdido,
al
silencio acechante, al topocho aterido,
escalará
las crestas del milagro,
del
milagro de pétalo, del aire,
de la
ruana que acuna en su rezago insomne. Ya me tapo,
María, el
desaliento, y hasta saco a soñar
mis
animales frágiles, mis bestias canceladas,
en un
segundo se hartan de tu muerte,
están
turbios de asombro y desamparo,
mira cómo
vomitan, cómo llenan
de esputos
la corriente, con qué ganas
ofrendarían sus heces al verdugo,
con qué
esplendor apartan la migaja y su precio,
si vieras,
si al fin vieras
cómo
escarban las ascuas del olvido, aquí
en
Barquisimeto, 15 de octubre,
con
nostalgia,
con un
rencor sin alas,
casi
humano.
Inventario
del amanecer
(a Isabel Zerpa)
Mira,
júbilo, hoy
no tengo
por qué
peinar tus crines.
Te
presento el alba,
el rastro
subrepticio de la hormiga que no saldrá
en los
diarios.
Soy un
habitante estatuido
y archivado en esta ciudad.
Milito
en la
fauna puntual de sus entrañas convulsas,
en el
tibio remanso de sus sombras
trazadas y
armoniosas.
Remito mi
dicha al día que vendrá
y al
despertar me invade
mi falta de proezas,
mas he
aquí que colmo mis umbrales de luz,
sangro por
el amordazado animal de la ternura
y se sumo
al ayuno
de sus
millones de hijos
y me transformo
en ellos
con torpeza. Es mía esa herida
que
reclama su golpe contra el azar de la jornada,
pero sigo
abrigando la migaja triunfal,
la blanca
podredumbre de los monumentos,
el marasmo
febril de mis deberes,
el aplauso
de turno,
mi ritual de gran nadie
deudor en las subastas
de la
vida, donde inscribo mi hambre
de
comensal previsto
que se
calza sus botas enfangadas de asepsia
y sale a
desayunar su dosis
de
egoísmo, y trafica su último pedazo
de
silencio,
sueña que
se despierta y vende
su silencio, sueña
que le
sonríe al carcelero, que le sonrío y compro
el día
y
brindo por el Sol.
Nadie sabe
que lloro
ni que mi
mano podría ser esa que levanta el auricular
ansiando
una voz de la que sólo se recuerda
el fondo de su falta.
Habito
entonces el crepitar de otras calles
y me
despierta una noticia
que
rompería los cometas pero que no precisa
en qué
fosa cardinal, qué golpe,
aunque el
dolor sepa posarse en los retratos.
Y yo sería
en esa otra ciudad
y una
mujer que muere y nunca
ha
conocido a los precursores
del delirio.
Esa mujer está muriendo
y su
incredulidad escancia bocanadas de luz,
hurga en
las azoteas,
se sumerge
en las fauces de las alcantarillas,
es la gota
salobre que huye, el ala que remonta
fugaces migraciones
y adopta
los torcidos cauces de la borrasca
y cruza el
horizonte como si no faltara
nadie en el corazón,
como si
fuese otra mentira esa derrota
que se
tragó el camino,
esas
guerras cavando sobre el rostro sin nombre
del galope
ordinario
que exhala
cuanto soy: alguien que abre
su puerta
a un dios que asir
y
encuentra la mañana,
y aprieta
sus olvidos a la complicidad sobreviviente,
y se hunde
en el tropel buscando los milagros,
y las
maravillas,
y la
egolatría conque jugamos
a construir
el paraíso.
Testamento
Vieja
espiral del olvido
que vas a
dar la vuelta de mi nombre,
alíviame
el instinto cotidiano
cuando
redoble sobre mí la lluvia
y me
pierda en las hojas.
Pasos
en la ceniza
A Carmelo Lattassa
Aunque no
sean estas las palabras
que te
debía entonces,
no he
aprendido a contar las nuevas mariposas
ni ha
hablar de primaveras,
mas sé que
tu país salió del traje de los magos,
ha brotado
en las cajas de espejos y palomas,
en un
juego perdido por los dioses
cuando nos
prohibieron deslumbrarnos.
Yo siempre
quise hallarme en Sudamérica,
concebirme
en su polvo,
desempañar
el cenit de un mal eco, escarbarle
las
grietas a la muerte.
Yo
prefería el boleto a lo íntimo
y escogí
el café claro, las cachapas,
sin lograr
arrancarme la pose de
turista
(fui
también a
la estatua de Bolívar
y
francamente no llevaba flores, le ofrendé
mi
tristeza que era
casi
perfecta). Acaso no descubro
las
batallas contiguas,
pero ya
ves, no te he dejado solo
en las
calles de Mérida,
aunque
siga pensando si llueve en mi país
y los
párpados mezclen el rostro de mi madre
y el
vértigo inconcluso entre las cumbres
de
hormigón y desidia, o el negro y ancho cuenco
de las
noches australes
que
prestan sus aceras con visa de la muerte,
por eso es
que ya
nunca
regresaré
a los riscos de la luz
ni sabré
del poema
que debía
escribir en Cerrito Blanco,
en tu
puerta sin número donde no llegan mis cartas,
porque se
multiplican las paredes vacías
y el
corazón se llena
de muchos
reglamentos,
y uno
siente que triunfan
los
monstruos engendrados por los cartones húmedos.
El hambre
y sus destrezas van a seguir rompiendo
aquella
cerradura bajo el frío,
guardando
los pulmones en las piedras
por si la
lluvia agota la última
migaja de
luz,
porque el
mago hace trampas, le habían cambiado
el traje,
convertía el dolor en Pepsi Light
e
indiferencia,
y el
equilibrista concluía el ensayo
en los
altares de la Standar Oil,
mientras
tú y yo abrigábamos el asco con una
dulce
ruana, había que espantar
las ratas
que salen al cegarse los reflectores,
desactivar
el miedo de los
que no
buscamos
refugio en
los profetas, si no hay
con qué
soñar, de qué salvarse
a fuerza
de ser número, golpe,
armazón
de la
nada,
pústula
fratricida
del
silencio.
A Carlos,
dueño de Ciprio,
el pez
Miro vivir
a Ciprio
su frágil
aventura, sus borrones
de légamo.
La verde mansedumbre encallecida
ya empuña
su espesor,
ya se
estanca en tu almohada,
pero nadie
vulnera la dulzura del náufrago,
sólo tú
esperas, brotas sordamente,
relevas
los presagios.
Se hace
tarde en el fondo,
el mundo
es la penúltima marca del cristal,
abajo la
botella
de ron,
las mil colillas,
los
desgarrones del amanecer.
Mírame que
despierto
y registro
la casa y desemboco
debajo de
las camas y de la soledad
y descubro
a mi pez
y cambio
el agua.
Apremios
Porque tu
amor sea tal vez el poema
que no
escribiré nunca,
prefiero
tu mirada
que
desborda torrentes
de pájaros
astrales.
Porque la
vida no sea más que el instante
de
encontrar las orillas,
llevo a
bordo tu cuerpo
y en ti mi
corazón
careno y
salvo.
Porque hoy
lo más urgente
no es dar
contigo en una calle de La Habana,
sé
buscarte en rincones inesperados, hondos,
en la voz
de mi pueblo,
por
ejemplo.
Porque sé
que no basta
la cómoda
inocencia cual límpido equipaje,
de paso
estoy, amor,
o de
partida,
y acampo
en tu egoísmo
para
culpar mis versos.
Marcia
funebre sulla morte d'un eroe
Quiten
pronto la escarcha de todas las ventanas
quiten
toda la escarcha
Ni
siquiera el pretexto de que va pasando un dios
sirve para
que estemos amargos
Aun cuando
lo hayan vestido con trapos
aun cuando
el refrío le haya desfigurado la tristeza
aun cuando
nos digan
si él
estuvo oyendo caer esta nieve de marzo
o si le
guardaron los dedos tranquilos
nosotros
no tenemos el derecho de dudar
a quién
llevan
Que salgan
cuantos quedan detrás de las puertas
calentándose mezquinamente las manos
y quienes
tuvieron la oportunidad de ser más dulces
Que sala
toda esta ciudad
que sala
toda y sin remordimientos
pues el
héroe no le guarda rencor
Olvídense
uno a uno cuando quieran
pero hoy
no dejen de venir a recoger sus deudas
antes de
que se aleje el cortejo
y los que
nunca fueron acosados hasta su última hazaña
reconozcan
al menos el privilegio
de quienes
han sabido llorar
Que vengan
todos
que venga
toda la ciudad.
Ternura
epigramática
I
Quiero
asirme a tu barba
Quetzalcoatl
para subir
al cielo
Voy a
tocar peldaño por peldaño
por si
quieres detenerme
en algún
sitio
II
Las calles
de La Habana
son
pequeñas
cuando vas
conmigo
Las calles
de La Habana
crecen
cuando te
busco
Las calles
de La Habana
son
infinitas
cuando no
te encuentro
III
Es el
agua, la noche, tú, y mis ojos.
La noche
se refleja en el agua.
Mis ojos
se reflejan en la noche.
El agua se
refleja en mis ojos.
Tú en la
noche, tú en mis ojos, tú en el agua.
IV
Una mujer
que al cabo se despeña,
oculta en
su equipaje el horizonte
y a solas
con su sombra
devora los
relámpagos.
Fin
del pájaro sur
(a Antonio Santa Cruz,
mi mejor amigo, que murió de soledad
en pleno siglo veinte)
Nadie
tiene una prueba Ni una aldaba
golpea
estas exequias No hay recuerdo
ni olor en
el traspatio que responda
en qué
pausa en qué hoja
de este
otoño has caído
en cuál
ceniza escarbo qué derecho
te apaga
en mis tropiezos cardinales
bajo esta
luz que arriba
al
naufragio opulento
al brillo
que rezuma
sobre la
sed de las raíces
La
esperanza fue el aporte de los magos
era todo
su hondo
apedreando
la trampa del futuro
Los
soñadores volvieron
con un
cuerpo imprevisto Aquí crepita
y nadie
sale Aquí duerme
una puerta
que no recibe al delirio
ni a la
falta de hazañas
ni a esos
planetas sin censar No insistas
aquí no te
ama nadie
un simple
trazo de carbón no adorna
Tu rastro
sabe a verde a sal a piedra
El
infinito trae un ala rota
y los
bisontes amanecen
asombrados.
Ada Elba
Pérez (Jarahueca, Sancti Spiritus, 1961-La Habana,
1992): Poeta, compositora y escultora e instructora de
artes plásticas. Entre sus poemarios publicados en vida
o póstumamente figuran: Identidad, de 1986;
Apremios, de 1990, Premio "Luis Rogelio Nogueras";
Acecho en el ritual, de 1992 y La cara en el
cristal, de 1994. Su cancionero para niños devino un
aporte de considerable importancia a esta literatura con
títulos como “El cangrejo Alejo”, “Ana la campana”, “El
trencito y la hormiga”, “Señor arcoíris”, “El tonto de
papel”, “La luna aburrida” y “El vendedor de asombros”.
Entre sus temas compuestos para adultos se encuentran
“La guayabita madura”, “El sitio de los ángeles”,
“Tonadas para el camino”, “Elegía triunfal” y “Siembra
sembrador”, que le valió el Premio Abril, en 1990. A su
muerte dejó varios cuentos inéditos y una novela casi
concluida. |