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Por quinta ocasión, Cienfuegos celebró,
del 11 al 14 de septiembre, el Taller de
Crítica Teatral, iniciativa bajo las
coordinaciones de la UNEAC provincial y
del Consejo de las Artes Escénicas de
ese territorio. Norge Espinosa, Yudd
Favier, Ismael Albelo y Maité
Hernández-Lorenzo viajaron hasta la
sureña provincia en representación de la
Sección de Crítica, adjunta a la
Asociación de Artistas Escénicos de la
UNEAC, para dar continuidad al diálogo
que ese grupo de trabajo ha sostenido
durante el lustro con los artistas
cienfuegueros.
Las intensísimas jornadas, en la que
apenas hubo descanso y pausa para un
café, incluyó además de la muestra de
una decena de espectáculos, el
lanzamiento de la revista Conjunto,
Nos. 148/149 y del tabloide
Entretelones.
Velas Teatro, My Clown, Guiñol de
Cienfuegos, Teatro de los Elementos,
Teatro de la Fortaleza, Centro Dramático
de Cienfuegos y Oxígeno expusieron en
tan apretado programa sus espectáculos y
procesos más recientes. Diferentes todos
en sus propuestas estéticas, búsquedas,
método de trabajo y líneas de creación,
los colectivos señalan, en unos casos
más visibles que en otros, determinadas
voluntades por distinguirse y apuntalar
un lenguaje y un diseño particular de su
producción artística. Cabe decir que
esta voluntad o disposición a ir
trazando pautas distintivas o estéticas
propias, no es una virtud per se
ni una rotunda consolidación del
trabajo. Es, en la mayoría de los
grupos, un deseo, una posibilidad de
insertarse en un panorama que por lo que
percibimos intenta mantenerse activo.
Hoy el circuito teatral ha crecido. A
los habituales Teatro Terry, Guanaroca,
Guiñol, sala Aida Conde, necesitada de
una urgente remodelación y mejoramiento
técnico, se ha sumado la sede Teatro A
cuestas, desde hace muchos años en
construcción y que fuera originalmente
concebida para el grupo homónimo
cienfueguero, inexistente desde hace más
de una década.
Velas Teatro, dirigido por el también
actor Javier Fernández, ocupa la nueva
instalación. No se trata aquí de una
azarosa ubicación en un espacio.
Fernández ha conseguido establecer una
conexión, activa y participativa, entre
Cienfuegos y Cartagena, Colombia, ciudad
de residencia de Ricardo Muñoz Caravaca,
destacadísimo dramaturgo y director del
antiguo Teatro A Cuestas. Entre ambos
artistas se ha establecido un inusual
método de trabajo que les impone ciertas
reglas de juego. Las mismas, de algún
modo, exigen un replanteo de sus
procesos de creación. Por una parte
quizá esa perspectiva a distancia podría
ser saludable y beneficiosa para un
proceso menos contaminado por la mirada
del autor, aunque, vale decir, que
justamente el estilo de trabajo de Muñoz
junto a Teatro a Cuestas transitaba por
un proceso colectivo y por un intenso
toma y daca con los actores y el resto
del equipo. Pongo aquí mi interrogante
por esa razón. Y de otro lado, el
catalejo podría distorsionar y provocar
un desfasaje en el resultado de ese
proceso entre actor y director.
O, también, quizá puede ser un obstáculo
eficaz hacia el interior del diálogo
creativo. Es un camino apenas abierto.
“El otoño del cerdo Antonio”, de Muñoz
Caravaca y dirección de Javier
Fernández, fue la propuesta de Velas
Teatro. El monólogo ilustra, de alguna
forma, los intereses que el grupo
persigue en su trabajo conjunto con el
autor. Según explicó Fernández, una zona
del colectivo se dedicará a producir
espectáculos en los que las biografías y
dilemas existenciales de los actores
serán la principal fuente para la
escritura dramática. Con este montaje su
propósito se verifica. Un hombre en los
márgenes entre su ser animal y con
atisbos de su ser social, se debate en
lo que suponemos es un chiquero. Esa
ambigüedad, en ocasiones demasiado
explícita, pone al descubierto complejas
tensiones de identidad del personaje.
Delimitado por una cerca de púa, muy
cercana a los espectadores, el alambre
traza una línea divisoria que nos agrede
y que también nos permite interactuar
con la historia. De una dureza visual y
física que por momentos resulta
agresiva, la puesta en escena en aras de
enfatizar la historia personal del
actor-personaje, emplea elementos de
connotación sentimental y emocional
ligados a la vida del actor.
El Guiñol de Cienfuegos presentó
Chaplineando, unipersonal de Joel
Pérez, actor de larga trayectoria en
Teatro de los Elementos, desde hace
algunos meses en la nómina del Guiñol.
Joel, de excelente entrenamiento técnico
en la especialidad del clown en varios
centros de América Latina y Europa, nos
seduce aquí con un espectáculo que
quiere ser homenaje al personaje de
Charlot, pero que, por momentos,
desplaza la atención y va creando
pequeñas historias paralelas donde lo
fundamental es el virtuosismo clownesco.
Es un montaje que, a pesar de poder
engranar con mayor efectividad el
personaje de Chaplin en una dramaturgia
más coherente, resalta la destreza y el
dominio técnico del actor. Con la
inclusión de Joel Pérez y también del
joven Christian Medina, el Guiñol
diversifica el espectro de técnicas y
lenguajes.
El Centro Dramático de Cienfuegos, cuyo
director, Generoso González fue el
principal anfitrión de nuestra estancia,
ofreció dos trabajos que, de alguna
manera, acentúan el interés de la
compañía por el repertorio cubano. De
autores de distantes generaciones y
disímiles lenguajes escénicos pero que
de algún modo conforman una línea en la
dramaturgia nacional, el colectivo
ofreció un fragmento de Chamaco,
de Abel González Melo, y El lugar
ideal, de Héctor Quintero.
De Chamaco, aún en ciernes en un
proceso dilatado debido a reajustes
internos, solo pudimos ver las dos
primeras escenas. A pesar de que sería
irresponsable dar conclusiones sobre un
trabajo no terminado, el grupo expuso
claras ideas de por qué tomó ese texto,
cuáles serían las claves, sobre la base
de la lectura que ha hecho el grupo, que
sustentan los conflictos y las complejas
relaciones interpersonales de la pieza.
El montaje de El lugar ideal
quizá deba revisar algunos términos que
han perdido la fuerza de su
significación en el momento de su puesta
en escena a fines de los 90. La
escenografía apela a la provisionalidad
de esta familia que se debate entre el
supuesto bienestar y el patrimonio
familiar. No obstante, tal como quedó
dicho en el diálogo con el elenco y su
director, quizá el vestuario reitera
esta imagen de transitoriedad y vuelve
retórica la imagen del espectáculo.
Teatro de la Fortaleza, dirigido por el
poeta Atilio Caballero, presentó La
tentación en el Teatro Terry. Aunque
el colectivo hace alusión con ese nombre
al Castillo de Jagua, cercano a la sede
del grupo, sin embargo, en lo personal
quiero ver algún guiño a la resistencia
y tesón necesarios para persistir en el
teatro desde la CEN (Ciudad Electro
Nuclear), comunidad ubicada a la entrada
de la Bahía de Cienfuegos. El grupo ha
delineado un repertorio donde siempre
los conflictos que más hostigan ese
enclave son reelaborados y puestos
en evidencia. Tal ocurrió, con menos o
más nivel de elaboración y eficacia, en
Woyzeck y Tigre. Es en La tentación
donde advierto con mejor resultado tal
propósito. Desde un realismo poético,
donde es predominante el trabajo con los
objetos y donde la textura visual del
espectáculo produce una hermosa y
potente plasticidad, los personajes
recorren situaciones límite, siempre
acosados por una figura mefistofélica.
Solo que aquí lo que sería Fausto es
una mujer o mujeres. La madre y la hija,
escindidas por el mar, las despedidas y
los caminos, tiran de sus propios
conflictos, se enfrentan a la soledad,
la apatía, la abulia y la desazón.
Colocadas en distintos contextos, ambas
intentarán sobreponerse. Un mantel
limpio y blanco sobre la mesa pervivirá
como el símbolo de la familia, de la
unión matrimonial, y de alguna esperanza
en las cosas.
El mundo al revés, con versión y
dirección de Lázaro Pérez Valdés, es la
obra más reciente de My Clown. Con la
participación de actores muy jóvenes,
muchos de ellos recién egresados, el
espectáculo no logra lidiar entre el
texto original y la adaptación de Pérez
Valdés. La versión, demasiado ambiciosa
en su afán de complejizar una sencilla
historia y en mostrar disímiles
personajes clásicos del repertorio
infantil, se hace confusa y
excesivamente extensa. En la sesión
posterior al visionaje de la pieza, el
elenco, su director y los críticos
acordaron hacer un replanteamiento de
los presupuestos del espectáculo: la
dramaturgia, el desempeño actoral y los
diseños de vestuario y escenografía.
Gracias a que el montaje aún se
encuentra inconcluso, estos
señalamientos serán eficientes y útiles
en la medida en que el equipo creativo
los considere y los aplique, luego de un
análisis, en su proceso.
Oxígeno, agrupación de danza-teatro
dirigida por Luis Manuel de Armas,
ofreció fragmentos de su espectáculo más
reciente a punto de estrenarse en el mes
de octubre. Hola y Chau, a partir de la
novela Los enanos, de Harold
Pinter, es un complejo montaje en el que
se emplean los medios tecnológicos, el
audiovisual y se compone una imagen
múltiple de diversas lecturas y de
numerosas interacciones con el público.
En las escenas, pudimos apreciar la
fuerza de las imágenes, de las
coreografías y de la propia historia que
habla también de la experiencia personal
por la cual transitó Luis Manuel junto a
su esposa, bailarina de la compañía.
Se percibe, igualmente, la trayectoria
anterior de De Armas, su investigación
antropológica y experimental, su vínculo
con el magisterio de Vicente Revuelta y
la intensa experiencia que fue Chispa
bajo su égida a fines de la década
pasada.
Albelo llamó la atención sobre la
necesidad de que Oxígeno, con cinco años
de trabajo, pueda mostrar su quehacer en
una temporada en la capital cubana.
Entiende que el resto del movimiento
danzario, el público y la crítica deben
poner más atención a la agrupación,
merecedora de algunos reconocimientos, y
así entablar un intercambio más
frecuente. Oxígeno ha participado en
varias ocasiones en el Festival de Danza
Callejera que organiza el grupo Danza
Teatro Retazos y ha sostenido
colaboración con jóvenes coreógrafos de
Danza Contemporánea de Cuba.
Durante la última jornada, el viaje tocó
otros pueblos y tuvo como destino
Cumanayagua y la comunidad El Jovero.
Allí nos recibió Teatro de los Elementos
en su sede enclavada en el lomería
escambrayano. Dos directores presentaron
sus obras. La primera bajo la dirección
de Christian Medina, invitado por el
grupo, y la segunda, de Daisy Martínez,
hoy laborando en Teatro Escambray.
En la plazoleta que sirve de cafetería y
comedor al grupo, Medina introdujo
algunas escenas de El gallo
electrónico, de Yerandi Fleites,
ante un público infantil que quedó
deseoso de continuar disfrutando de la
historia. Versionada para títeres de
diferentes técnicas y para actores en
vivo, la obra es una simpática
recreación en la que vemos los típicos
personajes de la fábula criolla: la
envidiosa, la chismosa, el pícaro
burlado, el antihéroe, la enamorada
coqueta y los pillos comodines. Con
eficientes soluciones titiriteras, aún
el equipo puede detenerse más en la
animación y juego titiritero, en algunas
escenas en las que pueden limpiarse
movimientos y ayudantías y un reajuste
en los matices y trabajo vocal.
Igualmente, se llamó la atención sobre
puntuales disparidades en las
dimensiones de algunos muñecos y
objetos. El gallo tiene
probabilidades, atendiendo a estas
observaciones, de ser un espectáculo
atractivo en el panorama teatral de la
provincia.
Sport shirt fue la segunda
propuesta de Los Elementos, presentada
en La Casita del Prado, de Cumanayagua.
Martínez tomó el texto del argentino
Daniel Veronesse, y lo reacomodó en una
lectura que pasa por la soledad, la
angustia y la imposibilidad de acción
del personaje femenino. El unipersonal
con un buen desempeño actoral de Yaneisy
Román, sin embargo, se reciente en su
ritmo y progresión dramática en varios
momentos de la obra. Una mujer encerrada
en una caja y vestida con una "blusa"
también de cartón, narra la supuesta
historia del abuso al que ha sido
sometida por parte de su cuñado y el
posterior asesinato de este,
sospechamos, que por ella misma. El
empleo de la caja como único elemento
escenográfico podría de algún modo
enfatizar el encierro en el que esta
mujer solitaria ha vivido, la cárcel que
le espera, el estrado desde donde ha
confesado y la fragilidad en la que se
ha mantenido. Sin embargo, todas estas
posibilidades se vuelven retóricas e
ineficientes en la medida en que
transcurre la obra y la caja más allá de
convertirse en un obstáculo con el cual
el actor debe trabajar y crear niveles
paralelos de interrelación, se vuelve en
su contra y deviene un elemento
entorpecedor en la progresión dramática
y en las acciones.
Un sabroso helado hecho en la Empresa
Láctea de Cumanayagua, famoso en esos
parajes, fue el colofón del agitado día
en las afueras de la ciudad. El Jovero,
sede de vida y trabajo del grupo, es un
sitio donde arraigaría mi casa. Ideal
cobija para quien prefiere el monte, los
sonidos de los "bichos" del campo y la
lentitud del tiempo. Semejante a la
experiencia de Teatro Escambray, el
grupo mantiene un contacto directo con
la comunidad, produce lo que consume y
ha establecido la infraestructura
necesaria para sostenerse y desarrollar
la labor comunitaria desde su sede.
Apenas unas breves horas no son
suficientes para ofrecer una valoración,
pero sospecho que aún los actores y el
equipo de trabajo siguen apostando por
ese camino. Aún retengo en mi pupila
las hermosísimas y rotundas imágenes de
Inmigrantes, vistas hace más de
una década en la sala Alejo Carpentier
del Gran Teatro de La Habana. Quiero más
de eso, aunque estoy consciente,
ingenuidad aparte, de que el tiempo
pasa, los cambios imponen otros cambios.
Pero tengo fe en el espíritu del hombre
y en su constante búsqueda del sentido
del aquí y ahora.
La cita en Cienfuegos también me dejó
deseos de hacer más, de seguir hablando
de teatro con los compañeros de viaje.
Tuvimos la suerte de estrenar el hostal
de la sede de la UNEAC, ubicado frente
al céntrico Parque Martí. Desde allí
diseñamos "nuestras operaciones" que
pocas veces escaparon del programa
concebido. La intensidad de los días,
las anécdotas que siempre salpican las
conversaciones, los breves paseos en
busca del oportuno café y alguna que
otra salida en busca de lo
imprescindible, permitieron una
magnífica convivencia.
En la noche, horas antes de abordar la
Yutong que, frío y borrachos por medio,
nos devolvía a casa, sostuvimos el
último encuentro con los teatristas que
participaron del Taller. Debo decir que
la mayoría estuvo atenta a las
conversaciones y a la muestra, algo que
ha sido una rareza en algunos encuentros
similares. Esa noche en el patio de la
UNEAC comentamos de la posibilidad de
dejar la puerta abierta, de no
obligarnos a esperar al año próximo y de
lo beneficioso que sería ir revisando y
asesorando los espectáculos aún en
proceso antes de su estreno. La Sección
de Crítica durante muchos años ha
intentado, algunas veces lo ha
conseguido, diseñar un programa
sistemático en el que críticos y
artistas de todo el país pueden verse
las caras con mayor frecuencia y
dialogar desde las ideas, desde lo
propositivo para ir creando,
colectivamente, los posibles diversos y
plurales rostros del teatro cubano
actual. |