Año VIII
La Habana

18  al 25
de SEPTIEMBRE
de 2009

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Vitalidad de La Siempreviva

Una revista joven con más de dos siglos

Margarita Mateo Palmer • Habana

 

Vivita y coleando, como aquellos lagartos o dragones que describiera el cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, con la cola levantada sobre el lomo, enarcada como plumas de la del gallo, estandarte enarbolado y vibrante para dar fe de vida, o quizá, como los perros que encontró Colón en la Isla, cuyos ladridos ausentes se transmutaban en el sofocante vaivén de la cola, lenguaje tan elocuente o más que el sonoramente articulado: vivita y coleando, con su mitológica ascendencia decimonónica que la resguarda de los ojos malos, llega de nuevo la nombrada a partir de la flor cubana, conocida también como la inmortal, la prodigiosa: hoja de aire y hoja de bruja, capaz de sobrevivir en las condiciones más adversas y en los paisajes más inhóspitos sin que la fuerza de su energía vital se vea disminuida.

Vivita y coleando, vuelve otra vez para mostrar su capacidad de incursionar en los más disímiles registros, llevando al lector de la mano por los altos y los bajos planos de la cultura, dando prueba de una versatilidad que se va convirtiendo en rasgo que la distingue. De ello son testimonio las variadísimas y múltiples reseñas, tradicionalmente diseminadas en sus páginas, en este caso diez acercamientos a diferentes muestras de nuestro “bullente mundo editorial”, pertenecientes a los géneros más diversos: desde poesía, narrativa, ensayo, hasta antologías y libros de arte, analizados a partir de la mirada, también múltiple, de valiosos especialistas.

Con un hermoso texto que fuera el discurso de elogio pronunciado por ella misma para el otorgamiento del Doctorado Honoris Causa a George Lamming en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, se realiza un merecido homenaje a Nara Araújo, quien, a través de la palabra propia, vuelve a ponernos en contacto con su capacidad para combinar sensibilidad y saberes en el análisis de la literatura, en este caso, la caribeña, a la que dedicó buena parte de su empeño intelectual. La metáfora del mar un mar andrógino e inestable en sus cadencias y ritmos, es la que sirve aquí para la apropiación del verbo y de la poética del escritor antillano.

“Uno escribe para los amigos”, afirma Pepe Triana en un diálogo epistolar con Mirta Yáñez donde se rememora un azaroso encuentro en París que fortalecería una amistad cuajada años atrás en las explosivas tertulias de Ezequiel Vieta. Gracias a los afanes de la versátil y sobresaliente escritora se actualiza el lector en el quehacer literario del autor de La noche de los asesinos y puede leer una selección de sus poemas, entre ellos “Soneto de nada”, inédito hasta hoy. Estos poemas y el cuento “Ciudad inmunda”, de Laidi Fernández de Juan son las dos muestras de literatura creativa ofrecidas en esta ocasión.

La sección “Pensar la cultura”,  retomando la tradición inaugurada por La Siempreviva de 1838, en cuyo número inicial Domingo del Monte y Antonio Bachiller y Morales expresaron su interés por incluir artículos científicos, está dedicada a Charles Darwin en el bicentenario de su nacimiento. Con la interrogación sobre la posibilidad de un diseñador del universo, el estadounidense Steven Wienberg establece un interesante contrapunteo entre ciencia y religión, que si bien resulta algo denso en un inicio, cuando se hacen referencias al estado radioactivo del carbono y a las propiedades del berilio 8 pequeños excesos que, sin duda, deben ser disculpados a un Premio Nobel de Física, va adquiriendo un particular interés en la medida en que progresa el debate y se apela a otros argumentos de corte humanista e incluso biográficos. Así, expresa el autor: “Mi vida ha sido notablemente feliz […] pero incluso así, he visto morir a mi madre de un doloroso cáncer, la personalidad de mi padre destrozada por el Alzheimer y varios familiares lejanos muertos durante el Holocausto”, para entonces comentar, irónicamente, a partir de las ideas en debate: “Me parece un poco injusto con mis parientes ser asesinados para dar la oportunidad a los alemanes de tener libre albedrío, pero incluso apartando este caso, ¿cómo dar cuenta del libre albedrío del cáncer?”. (81)

Los pasajes de la obra de Darwin, seleccionados e incluidos con muy buen tino en esta edición, establecen un diálogo enriquecedor con el texto de Wienberg y con el del crítico español Roman Gubern, quien va de la novela al cine siguiendo el rastro de La isla del Dr. Moreau (1896), de H. G. Wells, magnífico ejemplo de la resonancia que las ideas del destacado naturalista tuvieron en la literatura y el arte. La conocida novela del narrador británico, cuya primera obra fue un texto sobre biología de fuerte influencia darwinista, propicia un interesante itinerario a través de las versiones cinematográficas de la novela, desde la primera de 1932, realizada por la Paramount, hasta la adaptación fílmica de 1996, protagonizada por Marlon Brando.

Resulta muy agradable que una revista literaria abra sus páginas a una expresión de la cultura popular excluida, por lo general, de los medios de circulación de la alta cultura. En la sección “Vamos a la pelota” entramos en el fabuloso mundo del deporte de la mano de Félix Julio Alfonso para conocer los vínculos entre béisbol y beneficencia en el siglo XIX, y cómo la popularidad de grandes tribunos de la época Arturo Montoro, Manuel Sanguily entraba en reñida competencia con la de Carlos Maciá, el mejor player de su tiempo, o con la de Adolfo Luján, el pitcher perdurable, según comentaban entonces  las crónicas deportivas de La Habana Elegante. También vamos a la pelota caminando hasta el cajón de bateo de la mano de Norberto Codina para redescubrir la intrincada red tejida por el béisbol en la cultura nacional a través de unas memorias llenas de anécdotas legendarias y diversos testimonios personales y no, de trovas y sones matamorinos, cuentos, novelas, obras de teatro, poemas, filmes, en un paneo enciclopédico que ilumina con particular prolijidad las relaciones del deporte nacional con sus contextos culturales. Y por último, vamos a la pelota a través del lenguaje de los comentaristas, sin tirar la toalla, para asomarnos a la dimensión lingüística del deporte a través de la interesantísima visión filológica de Lydia Castro, en la que se reconocen los valores estilísticos y los aportes del lenguaje deportivo al español hablado en Cuba. Con ella nos enteramos de que, lejos de revelar pobreza de vocabulario y las incorrecciones que en muchas ocasiones le ha sido adjudicado, el uso de la lengua por parte de los comentaristas, a partir de la muestra seleccionada del Noticiero Nacional Deportivo de la televisión cubana, arroja una notable riqueza sinonímica y más de un 97% de voces validadas por el Diccionario de la Real Academia. En ese porcentaje no contemplado por la academia pueden hallarse ingeniosos neologismos como el metafórico “vuelacercas”, referido al jonrón.

Travesuras lingüísticas denominó Alfonso Reyes a algunos modos de comportamiento de la lengua que provocan extrañas asociaciones, más propias de la imaginación y la fantasía que de la regularidad de conducta que muchos esperan del lenguaje. Como travesura lingüística me gustaría caracterizar la sección “La lengua que habitamos” porque los acercamientos que la integran, que toman como centro el lenguaje, burlan el estrecho cerco de aridez y difícil metalenguaje al que suele confinarse esta disciplina, para acercarla a las bellas letras en un contrapunteo que se torna especialmente fecundo. Subvirtiendo el esquema más tradicional, en el que la lingüística sirve ancilarmente al estudio de los registros estilísticos de la obra literaria, Marlen Domínguez vuelve la literatura al revés en su análisis de Antonelli, la novela decimonónica, en busca de las variantes del habla vernácula para, en un ejercicio de lingüística histórica, reconstruir, a través de las voces humanas que habitan el texto, normas y transgresiones nacionales.

Desde la perspectiva de una orientación de la literatura cubana del siglo XX que ya había sido advertida por Julio Cortázar cuando se admiraba de que Cuba hubiese dado al mismo tiempo a Carpentier y a Lezama, dos escritores que defendían lo barroco como “cifra y signo vital de Latinoamérica”, emprenden Ana María González Mafud y Luis Álvarez Álvarez un sugerente estudio de las transformaciones de la lengua literaria cubana del siglo XX desde sus primeras décadas, subrayando la inclinación creciente hacia la remodelación expresiva de un lenguaje que, en muchos sentidos, queda vinculado al neobarroco. 

¿Catauro de habanerismos o verbalización de la nostalgia? es una de las preguntas que se hacen Artinay Josende y Marisela Pérez cuando se acercan a La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante en busca de las claves sobre el uso de la lengua presentes en el intento de evocación, a través de la memoria, del espacio ausente. La particular sensibilidad y conciencia lingüísticas del autor de Tres tristes tigres, una novela en la que se ha reconocido, precisamente, la riqueza de sus juegos con la palabra, ofrece amplias posibilidades de análisis.   

Si ya Vitalina Alfonso había estudiado con particular acierto algunas expresiones de la narrativa del Caribe de habla hispana y ofreciera en su libro Ellas hablan de la isla un conjunto de entrevistas a escritoras antillanas residentes en los EE.UU., con “La emigración en la fabulación femenina” retoma esta temática, pero ahora a través de las voces de cuatro narradoras cubanas que han obtenido importantes reconocimientos: Aida Bahr, Laidi Fernández de Juan, Wendy Guerra y Mylene Fernández Pintado.

 Breve homenaje a Rubén Darío lo constituyen el ensayo del canario Jonathan Allen, basado en algunos textos de Peregrinaciones que muestran la capacidad de observación y la personalidad crítico-analítica del poeta nicaragüense, y el breve editorial “Darío: imantación y reflejos”, que subraya la importancia del periodismo en la prosa del autor de Azul, quien reconoce la influencia que sobre él tuvieron Paul Groussac, Santiago Estrada y José Martí a través de los artículos publicados por ellos en diarios hispanoamericanos como La Nación.  

Por último, quisiera comentar que este nueva edición de la prodigiosa inmortal, vuelve a recordarme el primer editorial de su doble del siglo XIX cuando expresaba que el nombre de aquella revista dedicada de la juventud cubana simbolizaba “la perseverancia de nuestros desvelos acometiendo una empresa de suyo arriesgada y generosa: LA SIEMPREVIVA es la expresión de nuestros afectos, pero el éxito de su publicación pertenece ya al dominio de los hechos, sin que nos atrevamos a vaticinarle”. Puede, sin embargo, afirmarse que, en este juego de espejos entre publicaciones periódicas, más de dos años después de iniciada la aventura de la del siglo XXI, los desvelos de sus insistentes animadores continúan expresándose con una admirable vitalidad de la que es representativa este nuevo número que llega coleteando, raboteando, meneando sabrosamente su esplendente cola para hacernos saber que La siempreviva está aquí, vivita y coleando.      

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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