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Al contemplarla desde la
altura, la Plaza de San
Francisco despliega el
encanto de su intimidad
en medio del tráfico
citadino. El trazado
simétrico y circular que
dibujan los adoquines
coronados por la Fuente
de los Leones, donde
suelen beber cientos de
palomas, realza el garbo
del templo franciscano
que en 1739, tras su
consagración, se
convirtió en el más
espacioso y concurrido
de La Habana.
No cuesta mucho imaginar
la vida pasada en las
inmediaciones de esa
plaza que ganó su
terreno al mar cuando en
1628 se cubrió de
relleno la ensenada
donde hoy toma asiento.
Y vale reconstruir con
los ardides de la
memoria, las Fiestas de
San Francisco que hasta
1841 convocaron a la
población cada 3 de
octubre, vísperas del
día acreditado al santo
italiano fundador de la
orden franciscana y
canonizado por la
Iglesia Católica en
1228.
En el siglo XVIII, el
Convento con su Iglesia,
sus dos claustros y el
espacio de la Capilla de
la Tercera Orden,
adquirió la fisonomía
actual, convirtiéndose
en un exponente singular
de la arquitectura
religiosa de su tiempo.
Esa majestuosidad
–estimulada quizá por el
rango de Basílica Menor,
adjunta a la Basílica
Romana de San Giovanni
Lateran– ha llegado a
nuestros días, aun
cuando el ciclón de
1846, denominado “El
Cordonazo de San
Francisco”, obligó a
demoler cuatro años más
tarde, el ábside, el
crucero y la cúpula de
la Iglesia.
A esta desventura se
sumó la desamortización
de los bienes del clero
en 1842, ordenada por
las autoridades
ultramarinas de
Hacienda. Entonces, el
templo esplendente vino
a menos, al tiempo que
se dispersaron sus
tesoros más preciados.
Almacén, Depósito de la
Aduana, Centro
Telegráfico y
Telefónico, vivienda…
fueron algunos de los
usos sucesivos de un
edificio patrimonial de
grado de protección Uno,
que felizmente emergió
de entre la destrucción
y la desidia en 1994. Su
belleza intrínseca en la
piedra de Jaimanitas a
vista, dibuja arcos,
nichos estatuarios,
columnatas y la torre de
tres pisos a donde
regresó erguida la
estatua de Santa Elena
desde la cual se
contempla una de las más
hermosas vistas de La
Habana.
Quince años después de
aquel 4 de octubre, el
antiguo edificio luce
sus mejores galas. En el
espacio rehabilitado de
la Iglesia, donde la
arquitectura en
trompel´oeil –que
al decir de Daniel Taboada,
proyectista
principal en la
restauración de este
monumento, ofrece una
pintura de ilusión del
ábside y la cúpula
perdidos en el siglo XIX–, se ha convertido en
una de las más
prestigiosas y
codiciadas salas de
concierto.
Los dos Claustros se han
refuncionalizado en
galerías de arte,
salones de conferencias,
aulas, talleres, el
Museo de Arte Sacro y
una sala arqueológica
muy bien dotada. El
emplazamiento en la
Orden Tercera del grupo
de teatro infantil La
Colmenita, la
construcción de la
Iglesia Ortodoxa Griega
en el límite de la
Avenida del Puerto y el
Jardín Madre Teresa de
Calcuta, donde reposan
los restos del fundador
de la Oficina del
Historiador de la Ciudad
de La Habana, Emilio
Roig junto a su esposa
María Benítez, le
confieren un carácter
integral, de profundo
vínculo con la cultura y
la historia patrias, a
esta edificación que se
adentra sin estridencias
en la contemporaneidad,
desde el pasado
colonial.
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Este 4 de octubre, un
concierto de lujo
celebró el prestigio
adquirido por la
institución que hoy
ocupa el Convento de San
Francisco de Asís. “Los
valores de la cultura
cubana que se modelaron
en este recinto” –como
los describió Eusebio
Leal–, parecían
concentrarse en el
programa musical
ofrecido por la Camerata
Romeu que dirige Zenaida
Romeu y el compositor,
director y pianista José
María Vitier. Horas
antes había fallecido
Cintio Vitier, ese sol
del mundo moral cubano,
y el Historiador elogió
entonces “el respeto al
trabajo y la voluntad
iluminada de transmitir
un sentimiento”, que
demostró la excelencia
interpretativa de su
hijo, para quien era un
deber de infinita
gratitud no faltar a la
cita.
“Quince años después
–aseguró Leal– la
Basílica se consolidó
como un espacio de la
cultura cubana, honrada
por grandes artistas,
concertistas,
personalidades del mundo
del arte y la
literatura. Su
espectacular sonoridad,
su bellísimo espacio en
el corazón de la plaza
que lleva su nombre,
hacen de ella un sitio
privilegiado de los
habaneros”.
Y prosiguió Leal con el
elogio al colectivo de
profesionales que hacen
posible la existencia de
una amplia oferta
cultural y el
mantenimiento de sus
instalaciones, así como
la exquisitez en el
trato con un público
asiduo, que agradece las
propuestas de música de
concierto y artes
plásticas, sostenidas en
el tiempo.
Una ovación cerrada
mereció Gertraud Ojeda,
directora de esta plaza
cultural cubana, pues
“sin su trabajo amoroso
y esmerado”, sin esa
“relación con los
artistas, sin su labor
personal con todos y
cada uno de los
intérpretes” sería
imposible tanto
prestigio conquistado.
Ella, como muchas
personas agradecidas por
contar con una Basílica
renovada en el tiempo,
recuerda por estos días
las arduas tareas de
rehabilitación que
emprendieron los alumnos
de la Escuela Taller
Gaspar Melchor de Jovellanos, de la
Oficina del Historiador
de la Ciudad y muchos de
sus trabajadores, con el
sueño de devolverla a la
vida útil.
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Los más importantes
músicos de Cuba y el
mundo han desfilado por
su escenario; los más
renombrados artistas y
escritores; las más
destacadas
personalidades del
universo del patrimonio
y la restauración;
científicos, políticos,
hombres y mujeres con su
profesión de fe;
estudiantes y alumnos de
las aulas museo; y
cientos de miles de
turistas llamados por
ese ángel conquistador
que posee el inmueble
desde que se avista en
la distancia.
Especialmente, evocaron
esa noche la presencia
en sus espacios del
líder de la Revolución
Cubana, Fidel Castro,
quien en el otrora
Convento de San
Francisco dejó
inaugurada la sala de
conciertos y en el
traspatio la Iglesia
Ortodoxa Rusa; quien
veneró y reverenció con
flores a la Madre Teresa
de Calcuta, cuya estatua
preside el acogedor
jardín; quien escuchó
conmovido las
sonoridades del
excepcional piano
Steinway; se
extasió con la corales y
cánticos; admiró los
valores de cada objeto
sacro rescatado y de
cada tesoro arqueológico
expuesto y contempló
deslumbrado la joya
arquitectónica de un
edificio religioso
emblemático, devuelto
para siempre al
patrimonio de la nación.
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