Año VIII
La Habana

10 al 16 de
OCTUBRE
de 2009

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XV años de la Basílica de San Francisco de Asís:

Un santuario para la cultura cubana

Magda Resik Aguirre • La Habana
Fotos: Néstor Martí
(Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana)

 

Al contemplarla desde la altura, la Plaza de San Francisco despliega el encanto de su intimidad en medio del tráfico citadino. El trazado simétrico y circular que dibujan los adoquines coronados por la Fuente de los Leones, donde suelen beber cientos de palomas, realza el garbo del templo franciscano que en 1739, tras su consagración, se convirtió en el más espacioso y concurrido de La Habana.

No cuesta mucho imaginar la vida pasada en las inmediaciones de esa plaza que ganó su terreno al mar cuando en 1628 se cubrió de relleno la ensenada donde hoy toma asiento. Y vale reconstruir con los ardides de la memoria, las Fiestas de San Francisco que hasta 1841 convocaron a la población cada 3 de octubre, vísperas del día acreditado al santo italiano fundador de la orden franciscana y canonizado por la Iglesia Católica en 1228.

En el siglo XVIII, el Convento con su Iglesia, sus dos claustros y el espacio de la Capilla de la Tercera Orden, adquirió la fisonomía actual, convirtiéndose en un exponente singular de la arquitectura religiosa de su tiempo.

Esa majestuosidad –estimulada quizá por el rango de Basílica Menor, adjunta a la Basílica Romana de San Giovanni Lateran– ha llegado a nuestros días, aun cuando el ciclón de 1846, denominado “El Cordonazo de San Francisco”, obligó a demoler cuatro años más tarde, el ábside, el crucero y la cúpula de la Iglesia.

A esta desventura se sumó la desamortización de los bienes del clero en 1842, ordenada por las autoridades ultramarinas de Hacienda. Entonces, el templo esplendente vino a menos, al tiempo que se dispersaron sus tesoros más preciados. Almacén, Depósito de la Aduana, Centro Telegráfico y Telefónico, vivienda… fueron algunos de los usos sucesivos de un edificio patrimonial de grado de protección Uno, que felizmente emergió de entre la destrucción y la desidia en 1994. Su belleza intrínseca en la piedra de Jaimanitas a vista, dibuja arcos, nichos estatuarios, columnatas y la torre de tres pisos a donde regresó erguida la estatua de Santa Elena desde la cual se contempla una de las más hermosas vistas de La Habana.

Quince años después de aquel 4 de octubre, el antiguo edificio luce sus mejores galas. En el espacio rehabilitado de la Iglesia, donde la arquitectura en trompel´oeil –que al decir de Daniel Taboada, proyectista principal en la restauración de este monumento, ofrece una pintura de ilusión del ábside y la cúpula perdidos en el siglo XIX–, se ha convertido en una de las más prestigiosas y codiciadas salas de concierto.

Los dos Claustros se han refuncionalizado en galerías de arte, salones de conferencias, aulas, talleres, el Museo de Arte Sacro y una sala arqueológica muy bien dotada. El emplazamiento en la Orden Tercera del grupo de teatro infantil La Colmenita, la construcción de la Iglesia Ortodoxa Griega en el límite de la Avenida del Puerto y el Jardín Madre Teresa de Calcuta, donde reposan los restos del fundador de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, Emilio Roig junto a su esposa María Benítez, le confieren un carácter integral, de profundo vínculo con la cultura y la historia patrias, a esta edificación que se adentra sin estridencias en la contemporaneidad, desde el pasado colonial.

Este 4 de octubre, un concierto de lujo celebró el prestigio adquirido por la institución que hoy ocupa el Convento de San Francisco de Asís.  “Los valores de la cultura cubana que se modelaron en este recinto” –como los describió Eusebio Leal–, parecían concentrarse en el programa musical ofrecido por la Camerata Romeu que dirige Zenaida Romeu y el compositor, director y pianista José María Vitier. Horas antes había fallecido Cintio Vitier, ese sol del mundo moral cubano, y el Historiador elogió entonces “el respeto al trabajo y la voluntad iluminada de transmitir un sentimiento”, que demostró la excelencia interpretativa de su hijo, para quien era un deber de infinita gratitud no faltar a la cita.

“Quince años después –aseguró Leal– la Basílica se consolidó como un espacio de la cultura cubana, honrada por grandes artistas, concertistas, personalidades del mundo del arte y la literatura. Su espectacular sonoridad, su bellísimo espacio en el corazón de la plaza que lleva su nombre, hacen de ella un sitio privilegiado de los habaneros”.

Y prosiguió Leal con el elogio al colectivo de profesionales que hacen posible la existencia de una amplia oferta cultural y el mantenimiento de sus instalaciones, así como la exquisitez en el trato con un público asiduo, que agradece las propuestas de música de concierto y artes plásticas, sostenidas en el tiempo.

Una ovación cerrada mereció Gertraud Ojeda, directora de esta plaza cultural cubana, pues “sin su trabajo amoroso y esmerado”, sin esa “relación con los artistas, sin su labor personal con todos y cada uno de los intérpretes” sería imposible tanto prestigio conquistado. Ella, como muchas personas agradecidas por contar con una Basílica renovada en el tiempo, recuerda por estos días las arduas tareas de rehabilitación que emprendieron los alumnos de la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, de la Oficina del Historiador de la Ciudad y muchos de sus trabajadores, con el sueño de devolverla a la vida útil.

Los más importantes músicos de Cuba y el mundo han desfilado por su escenario; los más renombrados artistas y escritores; las más destacadas personalidades del universo del patrimonio y la restauración; científicos, políticos, hombres y mujeres con su profesión de fe; estudiantes y alumnos de las aulas museo; y cientos de miles de turistas llamados por ese ángel conquistador que posee el inmueble desde que se avista en la distancia.

Especialmente, evocaron esa noche la presencia en sus espacios del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, quien en el otrora Convento de San Francisco dejó inaugurada la sala de conciertos y en el traspatio la Iglesia Ortodoxa Rusa; quien veneró y reverenció con flores a la Madre Teresa de Calcuta, cuya estatua preside el acogedor jardín; quien escuchó conmovido las sonoridades del excepcional piano Steinway; se extasió con la corales y cánticos; admiró los valores de cada objeto sacro rescatado y de cada tesoro arqueológico expuesto y contempló deslumbrado la joya arquitectónica de un edificio religioso emblemático, devuelto para siempre al patrimonio de la nación.

 

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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