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Conocí a Carpentier a
principios de los años
70 después de leer El
siglo de las luces.
Yo escribía entonces en
la revista española
Triunfo y quise
entrevistarlo, con mala
suerte, pues lo iban a
operar de la garganta.
Hube de esperar casi un
año. Cuando al fin
conseguí la cita, acudí
al Consulado cubano, en
la rue de
Faissanderie, armado de
un magnetófono y de
mucha timidez y
cohibición.
Charlamos largo rato
sobre su última novela,
el dichoso boom que
empezaba a sonar y en el
que Alejo no creía, sus
recuerdos de nuestra
Guerra civil y otros
temas. Al final le dije:
“Muchas gracias, señor
Carpentier. Dentro de
unos días se la envío
transcrita”. Y me
respondió: “No, chico,
te la mando yo…”. A
menos de una semana me
llegaron unas diez
cuartillas con una
charla fiel y mejorada
tanto las preguntas,
como las respuestas.
La entrevista fue
publicada por Triunfo
con la foto de Alejo en
primera plana y con el
título “Una literatura
inmensa”.
A partir de este éxito,
que me dio a conocer, la
Editorial Novelas y
Cuentos me pidió un
libro de conversaciones
con Alejo, que escribí
sin hablar con él, solo
leyendo toda su obra,
miles de artículos (en
Caretas,
Bohemia...),
reportajes escritos en
Europa durante la Guerra
Mundial y después en
Venezuela.
Ahí empezó una amistad
que tardé mucho tiempo
en creer. Por una parte,
Alejo por su vozarrón
imponía su presencia
física y sus
conocimientos de
literatura, bucanería,
música, historia; por
otra, yo me sentía poca
cosa a su lado. Me fui
convenciendo con las
invitaciones a cenar en
su domicilio en compañía
de Antonio Saura,
Roberto Fernández
Retamar, Jorge Enrique
Adoum, Marta Arjona y
siempre nuestra querida
Lilia. Luego fuimos
juntos de vacaciones
veraniegas a Cuenca,
donde había estado con
Wifredo Lam y cuando la
Guerra civil; y a Mónaco
donde visitamos el Museo
de autómatas.
Nos dimos cuenta de que
habíamos seguido una
trayectoria semejante.
Como él, yo tocaba el
piano, y lo sigo
practicando; ambos
éramos hombres de radio
y escribíamos, de modo
que el entendimiento
estaba justificado.
La pareja Lilia-Alejo
venía a menudo a nuestra
casa de Sèvres. Allí yo
tenía un piano Pleyel de
cola, y tocábamos a
cuatro manos. Alejo
solía venir con
partituras compradas en
el Barrio latino.
Recuerdo una canción de
cuna campesina de
Alejandro García Caturla
y las “Piezas en forma
de pera”, de Erik Satie.
Por allí iban y venían
mis hijos Manu y Antoine,
quienes, después de
estudiar dos años en el
Conservatorio, ya
empezaban a
ensordecernos con su
grupo Joint de culasse;
en cambio, Alejo los
escuchaba con placer, al
menos con paciencia.
Después de un viaje a
Cuba, Carpentier regresó con unas
maracas que les ayudaron
a progresar y
conservamos como una
reliquia en casa.
En una de las primeras
entrevistas que le
hicieron a Manu en
Francia (en plena
adolescencia, su época
destroyer),
dijo que podía
permitirse el lujo de
hacer las mil y una
“porque cuando vuelvo a
casa me encuentro con
García Márquez o con
Alejo Carpentier”.
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