Año VIII
La Habana

10 al 16 de
OCTUBRE
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Memorias de una amistad

Ramón Chao • España

Fotos: Tomadas del sitio www.ramonchao.unblog.fr


Conocí a Carpentier a principios de los años 70 después de leer El siglo de las luces. Yo escribía entonces en la revista española Triunfo y quise entrevistarlo, con mala suerte, pues lo iban a operar de la garganta. Hube de esperar casi un año. Cuando al fin conseguí la cita, acudí al Consulado cubano, en la rue de Faissanderie, armado de un magnetófono y de mucha timidez y cohibición.

Charlamos largo rato sobre su última novela, el dichoso boom que empezaba a sonar y en el que Alejo no creía, sus recuerdos de nuestra Guerra civil y otros temas. Al final le dije: “Muchas gracias, señor Carpentier. Dentro de unos días se la envío transcrita”. Y me respondió: “No, chico, te la mando yo…”. A menos de una semana me llegaron unas diez cuartillas con una charla fiel y mejorada tanto las preguntas, como las respuestas.

La entrevista fue publicada por Triunfo con la foto de Alejo en primera plana y con el título “Una literatura inmensa”.

A partir de este éxito, que me dio a conocer, la Editorial Novelas y Cuentos me pidió un libro de conversaciones con Alejo, que escribí sin hablar con él, solo leyendo toda su obra, miles de artículos (en Caretas, Bohemia...), reportajes escritos en Europa durante la Guerra Mundial y después en Venezuela.

Ahí empezó una amistad que tardé mucho tiempo en creer. Por una parte, Alejo por su vozarrón imponía su presencia física y sus conocimientos de literatura, bucanería, música, historia; por otra, yo me sentía poca cosa a su lado. Me fui convenciendo con las invitaciones a cenar en su domicilio en compañía de Antonio Saura, Roberto Fernández Retamar, Jorge Enrique Adoum, Marta Arjona y siempre nuestra querida Lilia. Luego fuimos juntos de vacaciones veraniegas a Cuenca, donde había estado con Wifredo Lam y cuando la Guerra civil; y a Mónaco donde visitamos el Museo de autómatas.

Nos dimos cuenta de que habíamos seguido una trayectoria semejante. Como él, yo tocaba el piano, y lo sigo practicando; ambos éramos hombres de radio y escribíamos, de modo que el entendimiento estaba justificado.

La pareja Lilia-Alejo venía a menudo a nuestra casa de Sèvres. Allí yo tenía un piano Pleyel de cola, y tocábamos a cuatro manos. Alejo solía venir con partituras compradas en el Barrio latino.

Recuerdo una canción de cuna campesina de Alejandro García Caturla  y las “Piezas en forma de pera”, de Erik Satie. Por allí iban y venían mis hijos Manu y Antoine, quienes, después de estudiar dos años en el Conservatorio, ya empezaban a ensordecernos con su grupo Joint de culasse; en cambio, Alejo los escuchaba con placer, al menos con paciencia.

Después de un viaje a Cuba, Carpentier regresó con unas maracas que les  ayudaron a progresar y conservamos como una reliquia en casa.

En una de las primeras entrevistas que le hicieron a Manu en Francia (en plena adolescencia, su época destroyer), dijo que podía permitirse el lujo de hacer las mil y una “porque cuando vuelvo a casa me encuentro con García Márquez o con Alejo Carpentier”.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600