Año VIII
La Habana
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Entrevista con Luis Miguel Valdés

Arte sin fronteras: “Lo que nos salva es la imaginación”

M. F. Ferrer • La Habana

Foto: La Jiribilla

 


Luis Miguel Valdés y Adigio Benítez

El artista de la plástica Luis Miguel Valdés está considerado uno de los precursores del arte digital en Cuba y su relación con la manifestación llega hasta hoy por diversos caminos que confluyen en el X Salón de Arte Digital que sesiona en La Habana.

Uno de los momentos más hermosos del evento fue la realización del proyecto Arte sin fronteras —viernes 6 de noviembre—coordinado entre el Taller La Siempre Habana, enclavado en la ciudad mexicana de Coyoacán y dirigido por Luis Miguel y el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, institución que auspicia el Salón.  

Para Luis Miguel el origen del proyecto parte del cuestionamiento —por parte de algunos creadores que asumen las técnicas más tradicionales— del arte digital, manifestación que nace a partir del desarrollo de las nuevas tecnologías. 

“La idea inicial es pintar con acrílico sobre un soporte que tiene impresas imágenes fotográficas del Taller de grabado La Siempre Habana por el que han pasado a lo largo de estos diez años muchos artistas cubanos, todos de primera línea”, precisó.

“La intención primera es acercarlos —si se quiere hasta de una manera tramposa—  para que pinten sobre una imagen digital. Las imágenes están tomadas por el fotógrafo mexicano Juan San Juan que nos acompaña estos días. Entre los artistas que en algún momento han pasado por el Taller están Nelson Domínguez, Choco, Kcho, Roberto Fabelo, Zaida del Río, Ernesto García Peña, Agustín Bejarano, Aziyadé, Arturo Montoto, Rigoberto Mena, Ever Fonseca, Raúl Cordero y Carlos René Aguilera, entre otros. La idea es que cada uno de ellos participe haciendo una obra de su autoría con un pie forzado: una imagen del Taller donde ellos han trabajado en México”.
 

Desde tu doble condición de artista digital y artista que trabaja con las llamadas técnicas convencionales, ¿por qué crees que algunos creadores continúan resistiéndose a lo digital?

“Eso parte desde los orígenes de la computación. Las primeras imágenes visuales que se hicieron en una computadora no las realizaron artistas sino científicos, investigadores o programadores. Con el tiempo se difundió la idea de que no era el artista quien hacía la obra sino que era la máquina, la computadora, y este concepto le otorgaba a la computadora una categoría; era como si la PC fuera un personaje y eso ha reforzado la idea de que quien hace las cosas es la computadora. Los artistas han visto un distanciamiento entre esa forma de trabajar y la que ellos están acostumbrados, la de embarrarse las manos en pintura. Por suerte, se ha ido cambiando y un grupo de artistas se han involucrando con el arte digital —y a su vez se han diseñado programas que son más cercanos a los materiales de arte tradicionales—. Actualmente existen programas hechos en función de los artistas y estos sienten que están realmente trabajando. Hoy puedes encontrar una tarjeta —en vez de un mouse— una pluma que no tiene alambre y es resistente a la presión y con eso puedes hacer las mismas texturas que el óleo. Por otro lado, el sistema de impresión ha avanzado tanto que se puede imprimir sobre una tela normal y parece que es una pintura realizada a mano”.

¿Cuál es la verdadera historia de tu interés por el arte digital?

“Intentaré hacerla brevemente. En el año 1985 fui a mi provincia natal donde tengo un primo que es profesor de física en el Politécnico Pedagógico de Pinar del Río y conversando con él me comenta que tiene un programa de computación que dibujaba.

Recuerdo que le pregunté ¿cómo es eso? y de ahí nos fuimos al laboratorio donde estaban las cuatro primeras computadoras que había en la provincia: metió un disquete mágico en una de aquellas máquinas —entonces no había mouse— y era un programa elemental de la IBM y realicé los primeros garabatos probando con un teclado como si fuera un pianista.
 

Salimos de ahí al día siguiente, a las siete de la mañana, con dos hojas tamaño de carta impresas —en una impresora de puntos— y con un disquete mágico en la mano. Con ese disquete fui al Instituto Superior de Arte, ISA, a ver a la doctora Yolanda Wood  —que en ese momento era la vicerrectora de la institución— y le mostré mis dos hojitas.

Le comento del programa que recién había conocido y al que le veía muchas posibilidades y que sería muy bueno tener en la institución una computadora para ir probando. Y me contesta: “ayer el Ministerio de Educación Superior nos acaba de dar una computadora y nadie sabe qué hacer con eso: ahí tienes un cubículo central en el primer piso del ISA, ahí está la computadora, esta es la llave y ¡allá tú!”

Me metí días y días y días y —luego de esos primeros ensayos— me iba, al menos, una semana hacia el Politécnico de Pinar del Río. Casi no iba a mi casa. La gente del Ministerio de Educación me ayudó mucho y tengo que mencionar a René Herrera y a El Popy, que eran los que estaban avanzados en eso. También a Medina que trabajaba en una institución relacionada con el desarrollo de la computación; incluso me prestó una máquina para que la tuviera en mi casa, pero entre el ISA, la computadora prestada y el Instituto Pedagógico de Pinar del Río, salieron las primeras cosas.

A pesar de las dificultades debo reconocer que tuve mucho apoyo de la gente. Los primeros resultados factibles y mostrables fueron dos videoclips que hice con música de Pablo Milanés y las imágenes hechas en ese programa —todavía sin mouse—: las trabajaba en el ISA y me iba a Pinar del Río a pasarlas a video.

Con esos dos videos pasó algo muy simpático porque los presento en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en el año 1989 y se exhibieron en una pantalla gigante en el Pabellón Cuba. La premier de esos documentales coincidió con el estreno de la película Habana de Robert Redford y para mí fue muy simpático porque —de pronto— estábamos en el teatro de la Universidad Robert Redford y yo en el escenario: él presentado su película y yo mis videos.

Fue una satisfacción muy grande ver que dos mil o tres mil personas veían esos videos y ahí fue donde me dije: “esto tiene que tener algo especial porque qué exposición la van a ver 300 mil gentes en un día. Esa certeza fue un impulso muy bueno”.

A partir de ahí nos empezaron a ayudar más, nos dieron tres computadoras, nos facilitaron un plotter que hoy, seguro, es una reliquia. Aquí tengo que mencionar a un grupo de muchachos de la Facultad de Física-Matemática de la Universidad de La Habana: Carlos González Denis se aparece un día al cubículo del sótano del ISA y me dice: “estoy en el último año de Física-Matemática y quiero saber qué podemos hacer juntos”. A mí me dio una confianza tal que fuera un estudiante que le dije: “aquí tienes la llave, eres el dueño y puedes entrar y salir cada vez que te dé la gana”.

Cuando llegué a México me di cuenta de que nosotros aquí, en Cuba, empezamos mucho antes que muchos artistas y que en Estados Unidos —donde se realiza un importante Festival que viene siendo como los Oscares del arte digital— no participan artistas sino que se presentaban animaciones, anuncios, video clips, pero el impreso prácticamente no lo hacían.
 

Ahí es cuando me doy cuenta de hasta dónde nos ha marcado el bloqueo y que quizás nosotros fuimos mucho más adelante en ese momento.

Me da mucha satisfacción que desde hace diez años el Centro Pablo desarrolle los Salones de Arte Digital, porque en estos momentos podemos decir que estamos al día a nivel mundial y por eso, cada vez más, hay una participación internacional tan importante.

Ahora tenemos las mismas dificultades de hace veinte o treinta años cuando se acababa el rojo para pintar y había que privilegiar el azul y el verde; ahora pasa lo mismo, pero lo que nos salva es la imaginación y el irse por encima de todas las dificultades”.

Como parte del X Salón, en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana quedó inaugurada la exposición Homenaje dedicada Frémez y a ti con la que se le reconoce a ambos la paternidad del arte digital cubano…

“El Taller Experimental de Gráfica de La Habana es mi cuna como grabador y me satisface mucho que nos hayan hecho este homenaje a Frémez y a mí”.
 

Frémez era un investigador nato y no solamente en las cuestiones relacionadas con la computación. Cuando él estaba al frente del Consejo Nacional de Cultura empezó a utilizar mucho la fotografía para hacer los carteles y eso fue derivando en su obra. El origen de Frémez era como caricaturista, pero uno no podía esperar que supiera dibujar como un artista graduado de una escuela; fue un tipo que se hizo en la práctica y siempre fue un gran investigador.

Recuerdo que Frémez me mandaba a pedir bicromato de potasio y lo mezclaba con color y lo aplicaba sobre los papeles y hacía los montajes en negativo y los revelaba al sol en el jardín de su casa. Cuando tal vez todo el mundo tenía equipos sofisticados, él usaba la luz del sol como si estuviera inventando nuevamente el daguerrotipo. Ese espíritu indagatorio fue lo que lo llevó de una cosa a la otra. Lo digital fue una más, algo que enfrentó en su vida.

Cuando empecé a hacer estos videos, mi público absoluto era Frémez y cada vez que avanzaba en un minuto de cinta iba corriendo a su casa —era uno de los pocos que tenía videocasetera en ese momento— para que los pudiera ver. En ocasiones iba dos y tres veces al día a su casa: me iba para la escuela, hacía diez minutos de trabajo, incluía dos cuadritos y volvía para la casa de Frémez y él me decía “¡coño, qué ganas tengo que termines eso porque tengo que espantarme lo mismo cuatro veces!” Así nos fuimos involucrando.

No olvidemos que Frémez había tenido acceso a materiales y cuando yo tenía 15 años me daba los pinceles para que pintara, porque el estaba metido en el tema del diseño de las revistas Cuba Internacional y Revolución y Cultura. Nunca olvidaré que me decía 15-L, que era el número del pincel que más me gustaba y siempre me daba de esos.
 

Estuvimos muy involucrados en una relación profesional muy linda y Frémez siempre será para mí un creador nato y es una tremenda satisfacción que este Homenaje haya sido a la par e inaugurado por Luis Lara, el actual director del Taller de Gráfica, y por Víctor Casaus, el director del Centro Pablo, que, también, es un gran amigo desde hace montones de años”. 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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