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Hace
mucho calor en la vieja
Habana, la gente espera
algo pero aquí no pasa
nada.
Carlos Varela.
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Abel Sierra
junto a Jorge
Ángel Pérez |
La Habana está
suspendida en el
espacio, en el tiempo.
Mientras los diarios
aseguran que “el
presente es de lucha” y
que “el futuro está
garantizado”, la ciudad
—atrapada por el mar y
carteles con consignas
descoloridas— es
exportada como una
postal o souvenir
para turistas que la
consumen y la explotan
como una puta tropical
possocialista. Cargada y
desprovista de sentido,
se erige al mismo tiempo
—como significado y
significante— de una
nación y un sujeto
social que agonizan
diariamente entre sus
derrumbes y portales.
La ciudad existe de
maneras diferentes
porque cada quien tiene
la suya propia. El
escritor Jorge Ángel
Pérez también tiene su
Habana. En su más
reciente producción
literaria, En La
Habana no son tan
elegantes, el autor
nos sitúa en un solar
capitalino para hablar
de la crisis social, las
relaciones de poder, la
marginalidad, los nuevos
valores en la cultura
popular y sobre el ser
humano en situaciones
límites. El libro
desmiente a la ciudad
letrada y a la postal
turística; porque el
escritor va allí donde
más duele, a los lugares
comunes de los
desposeídos y los
humildes que la habitan
y la sufren.
Mientras los medios nos
atiborran de espejismos
informacionales y se
obsesionan con el
glaciar que se derretirá
en la Antártida producto
del calentamiento
global, la literatura se
posiciona en las zonas
más dolorosas de nuestra
realidad y es, hoy día,
la vanguardia
fundamental de la teoría
y la crítica social
cubana contemporánea,
colonizando, de este
modo, otros espacios
tradicionales de
producción de
conocimiento y de debate
público. En ese sentido,
resulta interesante la
historia de los últimos
20 años que subyace en
las “escrituras de la
ciudad”, entre las que
se encuentra la obra de
Jorge Ángel Pérez. Los
cuentos de Jorge Ángel
están escritos desde los
bordes de la literatura
y coquetean con la
antropología urbana al
establecer, desde lo
literario, una
teorización sobre la
otredad, la
subalternidad, la
descapitalización
social, la
desmovilización y la
doble moneda que conduce
a la doble moral.
Las búsquedas
estético/literarias de
este escritor lo llevan
en el libro a la
conjugación de la prosa
poética, la
intertextualidad, el
simbolismo, al diálogo
con el costumbrismo
decimonónico cubano y
con la literatura
hispánica del Siglo de
Oro. El texto presenta
diversidad de tonos y de
técnicas narrativas, y
está contada a través de
conflictos individuales
que se entrelazan para
darle organicidad y
unicidad.
Habitan este texto
diversos personajes
articulados por la
pobreza y las
mutilaciones físicas y
simbólicas: un
deportista paralítico
que estafa a turistas
para poder sobrevivir;
aguadores, los pingueros
provincianos del Payret,
las putas baratas de
Monte y Cienfuegos; un
veterano de la guerra de
Angola —Ovidio, que bien
pudiera ser Ofidio—
inmerso en relaciones
incestuosas, adúlteras y
homoeróticas, y nos
recuerda al poeta romano
cuyas obras, al ser
consideradas inmorales,
fueron quemadas en
público.
Con el personaje de
Jorge Ángel, “el maricón
del solar”, el libro
trabaja con los
estereotipos y juega con
los códigos
tradicionales en los que
descansa la masculinidad
popular y la pone a
prueba hasta lograr
quebrantarla y
subyugarla.
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A otros protagonistas da
vida el texto: una madre
que empuja a la hija a
brazos extranjeros que
la pongan a salvo de la
penuria y el calor. Dice
la señora “que un país
que sude tanto no puede
prosperar (…) ‘Los
pingüinos piensan mejor
que los cubanos’. “Si
Gloria supiera de
geopolítica y economía
—acota el narrador— se
pondría a hacer
correspondencia entre
temperatura y
desarrollo, lo malo es
que no sabe y tiene que
conformarse con el calor
y las miserias que
conoce.” En esta parte,
el texto está escrito
con inquietudes
metanarrativas; aquí, la
literatura desde la
literatura conduce al
lector al juego de lo
reescribible y a las
infinitas posibilidades
de contar. “¿Esto no es
un cuento?”, se
cuestiona el narrador
desde el inicio. El
diálogo con lo urbano,
las mentalidades
populares y el
desencanto son algunas
de las preocupaciones
intelectuales de Jorge
Ángel Pérez en el
tratamiento y
configuración de esta
mujer. En un momento del
texto, el escritor pone
en boca de ella lo
siguiente: “A
Gloria le gusta una
vieja canción de los Van
Van, esa que dice que La
Habana no aguanta más.
Asegura que cuando la
canta se siente
acompañada en sus
angustias, que ve a una
ciudad que la sigue en
sus desdichas.”
Otro de los personajes
es Esteban, un joven
obsesionado con los
peces y el agua. Su
historia, narrada desde
lo poético, está cargada
de simbolismos e
intertextualidades que
me llevaron al cuento
“El ahogado más hermoso
del mundo”, de García
Márquez, y al cantautor
Carlos Varela, que en su
disco Como los
peces describe las
fracturas y la
desmovilización del
sujeto social cubano,
desde que cayera el muro
de Berlín a inicios de
los años 90.
El libro activa ciertos
resortes simbólicos en
los nombres de algunos
personajes y en el
fuego. El fuego aparece
en la historia como un
elemento purificador que
arrasa y reconstruye al
mismo tiempo. Resulta
interesante el
autorreciclaje o
endogamia socio/espacial
que reduce a los
individuos al ámbito del
solar y los priva de
movilidad social, lo que
conlleva a la muerte
física y simbólica.
A diferencia de otros
autores que saturan la
literatura de excesivos
y personales inventarios
de consumo cultural,
Jorge Ángel Pérez deja a
lo largo del texto,
marcas para el “lector
cómplice” que enriquecen
y universalizan el
libro. Así, dialogan en
el texto The Beatles,
Cecilia Valdés, el grupo
alternativo Habana
Abierta y El Quijote. El
diálogo con El Quijote
provee al argumento de
un ambiente rocambolesco
y de farsa que
identificamos de
inmediato, y que nos
lleva a la introspección
y a pensar en la miseria
material que conduce a
la miseria humana.
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La ciudad, resentida hoy
de los nuevos procesos
de ruralización y
marginalidad, de
políticas culturales
homogenizantes que le
extirpan el glamour
y el espíritu
cosmopolita, es algo más
que una vitrina colonial
que se reduce a unos
pocos kilómetros
cuadrados. Múltiples
lecturas sugiere En
La Habana no son tan
elegantes. Con este
texto, Jorge Ángel Pérez
nos muestra una ciudad
al límite, un campo de
lucha urbano desde un
solar que es la ciudad
misma, al tiempo que
interpela directamente
al lector y lo provee de
algunas herramientas
para pensarse a sí
mismo. Los pretextos
literarios y narrativos
de este escritor, en
plena madurez
intelectual, nos llevan
a un diálogo descarnado
con lo “real”, lo
social, lo nacional y al
cuestionamiento de la
pobreza y la miseria
como hechos naturales e
irremediables, como
destino. |