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Son ocho los cuentos que componen este
libro, En La Habana no son tan
elegantes, el cual su autor, mi
amigo Jorge Ángel Pérez, me ha pedido
presentar esta mañana.
Como en otras experiencias con la
escritura del autor vuelvo a sentir, al
leer estas narraciones entretejidas e
imbricadas unas en otras, una doble
estrategia de propósitos que en la
medida que se avanza en la lectura, se
hace cada vez más constante y ambigua.
La primera de estas estrategias a que me
refiero es muy clara, y de arrancada el
lector pensará que conducida por ella
accederá cómodamente a la resolución
final de su experiencia con el libro,
hablo de la crítica social de una
realidad difícil, donde estos seres (los
personajes de estos cuentos) viven y
subsisten sumergidos y desesperados en
el escenario feroz de un solar habanero
de la calle Aguiar. El autor es muy
específico y concreto en su intención de
contextualizar el marco de acción al
darnos datos minuciosos sobre los sitios
reales de este paisaje exterior y
circundante que habitan sus sujetos y
que habitamos, con igual desasosiego,
todos nosotros.
El escenario del solar que se nos
presenta es un escenario quemado.
Quemado por el fuego y anteriormente
sediento y polvoriento por la falta de
agua potable. El agua y el fuego son los
dos elementos naturales que polarizan,
agónicos y terribles, esta primera
estrategia narrativa empeñada, como ya
dije, en la descripción del submundo
marginal de la realidad contemporánea.
El fuego accidental o provocado quemó el
solar con parte de sus ocupantes (los
protagonistas) dentro. Una estructura
rashomónica se intenta entonces a partir
de ahí: ¿Cuál es la verdad del origen
del fuego que acabó con todo? ¿Cuál fue
el móvil de este suceso trágico, el
móvil y el sujeto que lo originó?
Múltiples verdades, todas ambiguas,
todas posibles se nos presentarán en lo
adelante, imbricadas, entretejidas,
alienadas, como la integralidad de la
trama narrativa y del suspense. A través
de esta madeja de relaciones aparece la
galería del inframundo: el padre
machista, la esposa sumisa, el hijo
lisiado, la hija violada, la jinetera
presidiaria, su madre alcahueta, el otro
hijo bastardo, el maricón, etcétera.
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Jorge Ángel
Pérez |
El autor, y siguiendo el impulso de esta
primera estructura mencionada, se
muestra compasivo, a través del uso de
la piedad, con sus criaturas perdidas,
quemadas, envejecidas, sedientas. Esto
es ya un logro importante del libro,
hacer que duela lo que cuenta, que
confunda y comprometa, que penetre en la
sensibilidad del que lo lea. Pero no
estamos ante un escritor cuya necesidad
profunda sea solamente la crítica o la
piedad, y eso lo vamos descubriendo a
medida que el libro nos inicia en su
experiencia nuclear, cuando topamos,
simultáneamente a la anterior, con la
segunda y creo que definitiva estrategia
narrativa de este autor, en la que su
vocación explota y se clarifica: la del
erotómano.
El escenario social descrito se anula
tras algunos rasgos de presentación
oportunos y necesarios para dar paso al
minucioso entramado sexual (oculto y
vital tras la penuria) de las relaciones
secretas, ambiguas, transgresoras de los
personajes del solar de Aguiar. Detrás
del fuego y de la carencia de agua
potable ruge el sexo (lujuria) y el
pecado, hablo de pecado con toda
intención, pues en el libro se apela, en
diferentes momentos, a la simbología
judeocristiana para desacralizarla con
la amoralidad de un paganismo militante.
(La orgía o última cena sexual donde uno
de los personajes rebautiza a los
muchachos del Parque Central con los
nombres de los apóstoles es un notorio
ejemplo). No serán, en lo adelante, la
miseria material, ni el dolor por la
desprotección social a estos seres lo
que centrará completamente nuestra
atención de lectores. Esta escritura se
hace fuerte y sorpresiva cuando
describe, con la sagacidad, la libertad
y el oído afinado con que lo hace, el
acto sexual, el sexo y sus correlatos.
Allí es donde se concentra la fuerza y
la necesidad de ser de ella. Mientras
más perturbador y doloroso es el
encuentro sexual entre los personajes
más sustancial y paradójica nos resulta
la lectura. Es una escritura que lo
apuesta todo al goce, a develar la
transgresión a la norma moral que es el
placer carnal y sus deudas con la
literatura desde Sade, pasando por
Bataille, D H. Lawrence, Arenas, hasta
acá.
Poco a poco, mientras leemos los
cuentos, vamos entendiendo (placer
voyeurístico) que el conocer los
detalles escabrosos de esta arqueología
sexual es, en sí misma, la clave de su
profundidad y de su complejidad,
específicamente, cuando los personajes
hablan, imperativo de goce, durante el
sexo y confiesan al Otro sus deseos y
sus fantasías secretas. En esos momentos
de suspensión y de pureza erótica es
cuando la realidad, tal como la
entendemos en general, no se sostiene
más, ya que sus estancos morales dan
miedo por abstractos, según reza esta
cartografía habanera.
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Carlos Celdrán |
Si algo falta en esta escritura es el
moralista. En los cuentos, la fuerza
erótica de ciertos pasajes medulares
desbarata la realidad inicial del
escenario social y del suspense.
Precisamente en esos encuentros eróticos
donde el autor escarba en el lenguaje
sexual subterráneo y citadino, está la
mejor estrategia del libro para
comunicarnos verdad. La verdad, la
humanista de los grandes valores, se
asesina y se traiciona a sí misma en su
negatividad gozosa en estos cuentos.
Aquí, gozar es morir, aniquilarse, salir
de sí, una entrega que elimina el ser,
sus defensas y lo disuelve en el goce
primordial, amoral, tribal. Los
personajes de estas historias son una
tribu moderna con rituales paganos que
pulula sexualmente sedienta por el
escenario habanero de la marginalidad.
De nada vale enjuiciar la arquetípica
voracidad de aniquilamiento y sexo de
los seres de estos cuentos. La raíz de
cierta obsesión por lo prohibido y lo
tabú (recordar la escena del
acoplamiento con el muchacho lisiado de
las muletas) es una revuelta vital,
raigal del libro contra la Ley de raíz
bíblica, el imperativo moral y la
heterodoxia.
No obstante, aquí se escapa de la
militancia sexista para ir más lejos,
más atrás y desmarcarse de la obvia
denuncia a la hegemonía heterosexual
propia de cierto activismo de género, se
retrocede a un tipo de paganismo, donde,
por ejemplo, la presencia protagónica de
un personaje como Ovidio, mujeriego,
hétero y bisexual, de apariencia
bonachona, padre mítico y deseado hasta
la aniquilación por sus propios hijos
bastardos, liberan al discurso de
cualquier corrección identitaria.
La visión de la realidad está
conformada, en estos cuentos, por una
verdad galopante: la sexualización
anárquica
y
permisiva de la sociedad contemporánea.
Las historias, al poner la lupa de
aumento en el lenguaje duro, subterráneo
de la sexualidad actual nos entregan su
perspectiva personal del tema.
Descolocan las consabidas antinomias de
justo e injusto, moral amoral, humano
inhumano con que medimos el
comportamiento, para hablamos, en su
lugar, con las metáforas
y
las imágenes malditas del goce y del
placer. Ambivalencia total ante la
crítica social a la marginalidad. El
lenguaje dionisíaco del deseo
aniquilante ante la racionalidad
apolínea de cualquier crítica
axiológica.
Al final son solo cuentos sobre la urbe
y la ciudad incalificable que somos.
Léanlos con audacia.
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