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Introducción: acerca de las nuevas tecnologías
Octavio Paz
decía que “No es poeta aquel que
no ha sentido la tentación de
destruir o crear otro lenguaje”;
de la misma manera podríamos
decir que no es artista aquel
que no ha sentido la tentación
de apropiarse de la técnica y
manipularla, de “travestirla”,
para generar a través de ella un
lenguaje artístico totalmente
nuevo.
Desde que se
descubrió la rueda, la humanidad
viene desarrollando “nuevas
tecnologías” y, al inventarlas,
ella misma es modelada
recíprocamente por sus
creaciones. De alguna manera la
técnica describe e inscribe su
tiempo: fueron los hallazgos
técnicos los que sirvieron
muchas veces para categorizar
los períodos históricos de la
humanidad: el metal, la imprenta
de tipos móviles o el telar en
la Revolución Industrial. A su
vez, y desde siempre los
artistas se apropiaron de los
medios tecnológicos y los
reinventaron, forzándolos a
hablar otro lenguaje,
filosóficamente y estéticamente
quizás más complejo que aquel
para el cual habían sido
creados.
En nuestro
tiempo la irrupción de los
nuevos medios electrónicos —
como una herramienta globalizada
utilizada en los más diversos
contextos— adjetivó intensamente
a la sociedad en que vivimos
modificando sensiblemente la
relación que teníamos con los
conceptos de espacio y tiempo,
con el entorno, con nuestro modo
de comunicarnos y por lo tanto
de “representar”. Sumergido en
esos cambios, el arte
contemporáneo no escapó al
desafío de las nuevas
tecnologías: hoy en día los
medios tecnológicos disponibles
para trabajar artísticamente son
radicalmente diferentes e
infinitamente más sofisticados
que los aprovechables 250 años e
inclusive 50 años atrás. Así, la
apropiación de estas nuevas
tecnologías por parte de los
artistas está cambiando la
concepción que la cultura
occidental tenía sobre la imagen
tan radicalmente como lo hizo el
desarrollo de la perspectiva
polar en el Renacimiento o la
aparición de la fotografía a
fines del siglo XIX.
En este
complejísimo proceso, las
disciplinas artísticas
tradicionales se manifestaron
como soportes materiales
insuficientes para el registro
de la nueva imagen, llevando a
los artistas a basarse cada vez
más en los medios electrónicos
como recursos naturales para sus
experiencias artísticas al punto
de que muchos piensan en el
componente tecnológico aportado
por los medios electrónicos como
el depositario del potencial
creador de las actuales
generaciones. De hecho, este
proceso ya ha comenzado. La
gráfica, la pintura, la
escultura y la fotografía vienen
ampliando sus espacios de
diversas maneras, en un panorama
que abarca la incorporación de
las innovaciones técnicas
(muchas veces fundiéndose con
las antiguas) y la dilución de
las fronteras formales con otros
soportes. Lo que está en proceso
es una nueva dimensión del arte
cuya necesaria ruptura con los
antiguos paradigmas le permite a
una mayor cantidad de artistas
descubrir en los medios
digitales caminos interesantes
para desarrollar nuevas
narrativas. De esta manera, la
irrupción de las nuevas
tecnologías en el discurso de
las disciplinas artísticas
tradicionales ha producido una
fisura en sus modos
tradicionales de producción que,
lejos de provocar su muerte, las
re-significan mediante la
renovación de sus paradigmas y
estrategias.
Repensando la
relación arte-técnica
Más de medio
siglo atrás, Walter Benjamín
analizaba la problemática
relación entre arte y
tecnología, convirtiéndose en
uno de los primeros en
reflexionar sobre la importancia
y la no-neutralidad de los
medios técnicos. En su
indispensable ensayo “La obra de
arte en la época de su
reproductibilidad técnica”
(1935), el filósofo alemán se
muestra preocupado ante la
pérdida de la integridad de la
obra artística por la aparición
de las imágenes reproducidas a
través de los medios mecánicos.
Benjamín pensaba que la
autoridad de una obra de arte
residía en su originalidad,
unicidad y permanencia, en su
“aura”. Para él, la reproducción
ilimitada de la imagen artística
atentaba contra el aura,
destruyéndola. En otras
palabras, la autoridad del
“original” era comprometida por
la aparición de la copia o, para
decirlo de otra manera, por la
existencia de lo multi-ejemplar.
Si la
reproducción mecánica de la obra
de arte representaba algo
poderosamente nuevo para
Benjamín, la aparición de las
imágenes digitales a fines del
siglo XX actualizan y potencian
geométricamente los problemas
que él planteaba en la década
del 30, tendiendo a desdibujar
aún más la distinción entre lo
que creemos que es una obra de
arte y su reproducción. Es
asombroso pensar cuán
tempranamente Benjamín señalaba
los tres puntos que hoy se
consideran claves para re-pensar
cómo se relaciona el arte
contemporáneo con las nuevas
tecnologías: en primer lugar, la
desaparición de la obra única y
por consiguiente la disolución
del concepto de autor, en
segundo lugar la cuestión de la
interactividad como
“democratización” de las
relaciones entre artistas y
espectador y finalmente el
fenómeno de la aceleración y la
velocidad de imágenes, textos y
sonidos como un factor de
dispersión que presenta un
obstáculo a la experiencia del
recogimiento y tiende a
convertir al arte en
comunicación.
Casi 70 años
después de publicado el ensayo
citado, la humanidad dispone de
una tecnología por la cual la
información visual puede ser
transmitida instantáneamente de
una punta a la otra del planeta.
Las "nuevas" tecnologías
informáticas nacidas el siglo
pasado con fines bélicos o
estratégicos al servicio de
militares, contadores o
archivistas están siendo
utilizadas por ciertos artistas
contemporáneos
transgrediéndolas,
invirtiéndolas o
re-significándolas
simbólicamente. De tal manera y
después de la desconfianza del
arte frente a la capacidad de la
“reproductibilidad técnica” de
Walter Benjamin, la fotografía,
el vídeo y la imagen digital se
han convertido, a los ojos de
los artistas y del público, en
medios disponibles cuyas
posibilidades conviene explotar.
Si las últimas grandes
clasificaciones en el campo del
Arte Contemporáneo eran el Arte
Objetual y el Arte Conceptual,
con la utilización de los nuevos
medios digitales estamos
presenciando la aparición de una
tercera categoría que condice
más con el concepto de “obra
abierta” que el semiólogo
italiano Umberto Eco propuso en
los 60. Esta nueva “categoría”
tiene una particularidad que
quizás la re-colocaría en el
lugar que, según Benjamín, le
había sido usurpado. Desde que
esta forma de arte está pensada
en, y es difundida, por los
nuevos medios, la multiplicidad
está en su esencia, por lo que
será conocida por el público de
la misma manera en que había
sido concebido... ¿estaríamos
así recuperando, en esa
“manifestación irrepetible de
una lejanía”, el aura perdida?
Nuevos soportes:
contaminación y legitimación
Como ya dijimos,
el arte contemporáneo ha
experimentado un drástico cambio
en los soportes a la vez que ha
empleado técnicas ajenas a la
esfera artística, renunciando
casi a los medios artísticos
tradicionales. En estos momentos
es la idea lo que impulsa al
artista a elegir tal o cual
medio de representación y no la
fidelidad a una técnica u oficio
del que se es especialista. La
apertura y el mestizaje de las
prácticas del arte contemporáneo
reflejan la voluntad de ampliar
las posibilidades expresivas, de
crear nuevos lenguajes híbridos
para nuevas problemáticas en las
que las técnicas tradicionales y
la división entre géneros
artísticos definidos (pintura,
grabado, escultura) se presentan
como insuficientes. Así, la
categorización de las obras de
arte pasa más por la identidad
de los problemas abordados que
por el conjunto de técnicas
utilizadas.
Volviendo al
tema que nos ocupa, podemos
decir que uno de los primeros
usos de la tecnología digital ha
sido la creación y manipulación
de imágenes planas, las cuales
han estado extensamente
representadas en los Salones de
Arte digital del Centro Pablo.
La fotografía abrió el camino y
su versión accionada
digitalmente es una de las
manifestaciones más difundidas.
Su utilización es corriente en
los medios gráficos y cada vez
más frecuente entre los
artistas. La versatilidad y
simplicidad de los programas de
manipulación fotográfica han
sido un factor importante para
esto, pero también lo ha sido el
duro cuestionamiento de la
imagen fotográfica que se
produce a partir de la “crisis
de la representación” impulsada
por los filósofos y artistas de
la post-modernidad. En la última
década, la fotografía ha venido
sufriendo un proceso de
expansión similar al que
demostró el video. Lo que antes
era un coto privativo de
fotógrafos o video artistas
—dentro de la tradición de
representación occidental y con
gran analogía con lo real— ahora
ha contribuido a re-significar
las ideas en torno a la crisis
de representación. En este
espacio abierto primero por la
fotografía, otros nuevos medios
como el vídeo y la gráfica
digital han podido encontrar una
posición en el contexto del arte
contemporáneo. En este punto
cabe aclarar que la fotografía y
el vídeo, si bien no son
estrictamente técnicas nuevas,
están introduciendo masivamente
los medios digitales, tema de
este coloquio. Estos géneros,
que han tardado en conseguir
legitimación artística, son los
que en los últimos tiempos se
están explorando con mayor
intensidad, al mismo tiempo que
no apelan a una manualidad
laboriosamente adquirida,
exonerando a los artistas del
“hacer” y permitiéndoles así
enfocarse en construir formas
diferentes en la narración de
las imágenes.
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Los nuevos
medios en los circuitos
internacionales
Hoy resulta
difícil pensar los grandes
eventos de arte contemporáneo
sin la presencia de los medios
digitales: obras plasmadas en
formatos de pantallas LSD,
videos y fotografías digitales o
instalaciones que utilizan
tecnologías digitales para su
funcionamiento, son parte
habitual de los circuitos de las
grandes ferias y bienales. Tanto
la Bienal de Venecia como la
Documenta de Kassel, entre otros
eventos internacionales de
importancia, hace ya años que
han incorporado obras realizadas
en estos formatos.
En el ámbito de
la gráfica artística las
bienales y trienales
internacionales dedicadas
exclusivamente a esta disciplina
han presentado una extensa gama
de procedimientos que incluyen
los medios digitales e
internacionalmente hay salones y
bienales dedicados
exclusivamente a ellos como el
Salón de Arte Digital del Centro
Pablo de la Torriente Brau —del
que celebramos 10 años y es
pionero en la región— así como
también BEAP (Bienal de Artes
Electrónicas en Australia y
ArsElectronica en Austria) con
proyección internacional, entre
otros. Algunos portales
digitales, como Rhizome, tienen
también la misión de “apoyar la
creación, presentación y
preservación del arte
contemporáneo que usa las nuevas
tecnologías de un modo
significativo”.
Los medios
digitales aparecen también en
los programas de arte público.
“Si para ejemplo basta un botón”
(como decía mi abuela española)
creo que la espectacular
escultura que ha diseñado el
artista catalán Jaume Plensa
(Barcelona, 1955) para el nuevo
Millennium Park de Chicago nos
sirve para ejemplificar lo que
venimos hablando. La obra se
llama Crown Fontaine —llamada
así porque la familia Crown es
la principal patrocinadora de
los cerca de 20 millones de
dólares que ha costado la
pieza—, una intervención en la
que el artista realiza a la vez
una plaza, una fuente y un punto
de encuentro, tanto real como
virtual, para los ciudadanos de
Chicago. La obra ocupa una
superficie de 2.200 metros
cuadrados y está recubierta de
granito negro. En el centro un
estanque rectangular con las
losas de granito suspendidas
sobre una piscina, permite al
visitante caminar sobre el
agua. En cada extremo del
estanque, surgiendo del agua, se
sitúan dos grandes torres de 16
metros de altura construidas con
bloques de vidrio transparente.
Tres de los lados de estos
bloques se iluminan con
diferentes colores que van
variando; las dos caras
interiores, las que dan al
estanque, están recubiertas de
una pantalla LED, en la que van
apareciendo, con una frecuencia
de entre cinco y diez minutos,
caras de ciudadanos anónimos de
Chicago que se han grabado
gracias a la ayuda de la escuela
del Art Institute de Chicago. De
momento se han introducido 300
rostros, pero está previsto que
se vayan incorporando nuevas
caras, hasta superar el millar.
De la boca de estos rostros
surge también, de forma
intermitente, un chorro de agua,
con lo que las imágenes animadas
se transforman en gárgolas
contemporáneas. Uno de los
aspectos más interesantes de
esta pieza es que "nunca está
acabada porque se va a ir
renovando de forma periódica".
Según señaló recientemente el
artista al Chicago Tribune,
la familia Crown ha creado una
fundación para mantener la pieza
y su complejo sistema
informático interno durante los
próximos treinta años. El
escultor catalán usa la forma,
el color, el agua, el vidrio, la
luz y las nuevas tecnologías
como vías de expresión de sí
mismo y de la comunidad. El
encuentro entre el objeto
artístico, los medios técnicos
para realizarlo y el
destinatario se produce y el
puente se establece. Estamos en
presencia de una obra de arte
contemporáneo con mayúsculas que
utiliza de manera conjunta tanto
las antiguas como las nuevas
tecnologías.
Nuevos medios,
viejas historias
En el imaginario
colectivo —y más aún después de
mostrar a Plensa— cuando
hablamos de las relaciones entre
el arte y las nuevas tecnologías
damos por sentado que las obras
generadas a través de ellas
poseen un alto grado de
sofisticación técnica. Es solo
a través de este valor innovador
que podemos legitimar el uso de
los medios digitales en las
estrategias artísticas,
corroborando la visión romántica
de un creador que desafía el
status quo político, social y
estético. La trilogía tecno-fetichismo/
novedad artística/artista como
visionario, subraya una fe
simplista en la innovación
tecnológica —a la que imbuye de
un poder trascendente y
transformador— como camino
emancipador de la condición
humana el que, en consecuencia,
merece reverencia y devoción.
No obstante,
cuando los medios digitales
aparecen en el Arte
Latinoamericano hay una
percepción de que en realidad se
dice lo contrario. Aquí el
artista actúa como apropiador,
más que como innovador, y el uso
de las nuevas tecnologías (que
no siempre son las últimas
disponibles a escala mundial) se
hibridiza, mezclándose con lo
corporal, lo artesanal y lo
religioso, a la vez que se
define por la presencia de lo
multi-técnico y multi-cultural.
¿Cómo se manifiestan entonces
estas diferencias simbólicas en
el arte que los latinoamericanos
hacemos con los nuevos medios?
En términos generales hay muchas
poéticas que se superponen y se
mezclan, coexistiendo las
referencias a culturas diversas
y dispersas en las que el
artista no se encuentra fijado
en ninguna en particular sino
que está “en tránsito”. Una
tendencia fuerte que se observa
es el relato del nomadismo de
los grupos migratorios que
deviene en metáfora de las
exploraciones artísticas. Otro
rasgo particular en el arte de
nuestra región es la condición
personal en que aquí se conciben
el cuerpo, el color, la
naturaleza y la religión en
planteos muy alejados de los que
imponen los cánones
metropolitanos.
En su mayoría
los artistas que utilizamos los
nuevos medios estamos asentados
en las grandes megalópolis de
América Latina: Ciudad de
México, Buenos Aires, San Pablo
o por lo menos en entornos
urbanos o culturales
significativos (como es el caso
de La Habana). De alguna manera,
en esos contextos urbanos se han
utilizado las tecnologías como
una estrategia para generar una
interferencia que cuestiona la
integridad de la imagen, así
como el sueño del progreso
tecnológico y la perfección
artística, que dominó la cultura
de occidente por un largo
tiempo. Así, el uso de los
nuevos medios en la región está
—a mí entender— depositada no
tanto en la formalidad estética
o en los recursos técnicos sino
en los contenidos, los
significados y las poéticas —que
nos permiten desarrollar una
“cultura de la resignificación”—
infiltrando sus diferencias
culturales en circuitos
internacionales más amplios de
tal manera que la identidad es
“desempeñada” más que
“demostrada”.
Nada mejor para
entender este complejo proceso
de identidad desempeñada y de
utilización de los nuevos medios
desde una perspectiva
fuertemente latinoamericana que
la obra del artista colombiano
Oscar Muñoz. Muñoz ha centrado
su trabajo en la investigación
de las posibilidades de la
fotografía y el video para
explorar temas como la memoria,
la identidad, el retrato y el
autorretrato, el impacto del
tiempo y los efectos corrosivos
de la entropía. Central en su
obra es la impermanencia de la
imagen, creando metáforas
pertinentes a la condición
humana, el tiempo y la memoria.
“Mi obra insiste [...] en
documentar un escenario
inmemorial: la 'lógica del
pensar cotidiano' que proviene
de la imposibilidad de retener y
fijar imágenes permanentemente”,
explica el artista.
En Proyecto para
un memorial (2005, presentado en
la Bienal de Venecia en formato
de una proyección de video sobre
cinco pantallas) Muñoz dibuja
sobre el pavimento caliente en
Cali, copiando fotografías de la
sección necrológica de un
periódico, utilizando agua. A
medida en que uno de ellos está
cerca de ser completado, los
primeros trazos empiezan a
desaparecer evaporándose y el
proceso comienza de nuevo. El
trabajo alude sutilmente al
impacto de la guerra en Colombia
—sus ausentes desaparecidos y
secuestrados— pero a la vez el
tema tiene un carácter más
universal, reflexionando sobre
la mirada, su papel, su estatuto
y sus ambigüedades específicas.
Muñoz utiliza los nuevos medios
de una manera “trasvertida” y
aquí tomo prestado el concepto
de “travestismo tecnológico” de
un ensayo que Philadelpho
Menezes escribió para la
presentación de la muestra Video
Contemporáneo Mexicano. Allí
Menezes dice que: “Al contrario
de las culturas del Alto Ecuador
(la línea del Ecuador cultural
comienza en la frontera
territorial de México con
Estados Unidos), las culturas
del Bajo Ecuador (se presentan)
con sus tecnologías de
“liquidación” destacando la
vigilia de un presente hecho con
la impureza de las cosas
vivas,(...) y de la fusión del
arte con la artesanía, de lo
digital con lo analógico y
también con lo corporal; de lo
inmaterial no solo con lo
material, sino con una materia
descompuesta” .
Oscar Muñoz
desafía al espectador a repensar
el significado de la imagen
representada. Muchos de sus
trabajos de imagen en movimiento
tienen fotografías como base,
pero utilizan también técnicas y
materiales más tradicionales y
low tech como el dibujo y el
carboncillo, pero necesitan del
video para poder ser
registrados. Esta reiterada
preocupación diferencia
claramente a Óscar Muñoz de los
artistas que se limitan a un
juego puramente ingenioso con
los nuevos medios y soportes
electrónicos. El artista, que
mantiene desde los inicios de su
carrera una relación esencial
con el dibujo, explica que “a
pesar de las destrezas
tecnológico-digitales del hombre
de hoy, la relación de nuestra
mano soportando un lápiz y la de
nuestros dedos con el mouse es
bien diferente. Alguna vez
escuché decir algo sobre el
dibujo memorable: la mano
soporta el lápiz entre sus dos
extremos y entre ambos se
debaten la agudeza y el error”.
Conclusiones
Finalmente, les
agradezco su atención a esta
charla que pretendió plantear
algunas líneas alternativas de
abordaje a lo digital más que
aportar definiciones. Y para
concluir, por qué no, una última
interrogante en relación a
nuestra región y a los eventos
del X Salón de Arte Digital en
La Habana: ¿Si la tecnología
está inscrita dentro de la
cultura y sin una participación
más activa en la producción de
la primera, será alguna vez
posible para los países
periféricos alterar esta
posición de subordinación
técnica y cultural? Aprovechando
un momento histórico de rupturas
e intercambios, en que la
cultura proyecta una
homogeneidad al mismo tiempo que
se ve obligada a asumir la idea
de la diferencia, creo que los
artistas latinoamericanos —y así
lo manifiestan las exposiciones
asociadas a este X Salón—
estamos generando poéticas que
trabajan sobre la diferencia.
Usando los medios digitales que
tenemos a nuestro alcance, el
arte producido por ellos toma
por asalto los espacios en que
puede manifestar su oposición,
cuestionando los límites y las
identidades de los géneros
artísticos, del discurso del
arte y del conflicto irónico
entre High Tech y Low Tech.
Desde una especie de alteridad
desde los bordes hacia el
centro, hemos utilizado de una
manera desprejuiciada y creativa
la tecnología originada por esos
mismos centros. De esta manera,
nosotros estamos usando a las
nuevas tecnologías como un
pasaporte transformador de las
mismas viejas historias. |