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Descartes habló de la necesidad
de la duda, y si bien la
negatividad hacia lo nuevo suele
ser un lastre bastante dañino,
igual de negativo puede ser la
aceptación inconsciente
de todo lo que surja. Sin
esa resistencia a todo lo que
surge, estaríamos tomando una
actitud de total tolerancia
hacia un devenir de productos
insignificantes que, por
“novedosos”,
aplaudiríamos con la misma
ingenuidad de una foca
sacudiendo sus aletas.
La asimilación de una
experiencia nueva demanda
entonces una posición a la vez
crítica y abierta. Aceptando
este necesario riesgo,
confiando en el valor de la
intuición y en el de la crítica
y la discusión como vías de
esclarecimiento, la categoría
audiovisual se incorpora a
nuestros salones a partir de su
cuarta edición en el año 2002.
Como siempre ocurre al
principio, la participación
estuvo muy por debajo de la ya
tradicional categoría obra
impresa, pero con cada
edición ha ido creciendo el
número de participantes y poco a
poco se ha ido definiendo el
tipo de obra a la que se
convoca.
El término audiovisual es bien
amplio pero cuando hablamos de
un audiovisual en el
Salón de Arte Digital, estamos
hablando de una obra de arte
donde se utilizan la imagen
digital y el sonido como medios
de expresión, donde convergen,
básicamente, dos manifestaciones
artísticas disímiles entre sí:
el cine y las artes plásticas.
Algunos están destinados a
exhibirse, idealmente, de una
manera específica. Pueden estar
hechos para ser proyectados en
una gran pantalla o para ser
vistos en un pequeño monitor.
Algunos están concebidos para
interactuar en una computadora y
otros para que corran en loop
en un espacio de galería, sin
contener un principio ni un
final definido.
¿A qué tipo de obra se refería
entonces la convocatoria?
Felizmente nunca se precisó con
un término exclusivo como el de
videoarte, de haber sido
así no hubiesen participado
obras de animación como Todo
por Carlitos de Ernesto
Piña, mención en el VII Salón,
tampoco hubiésemos tenido obras
interactivas como Himnos
urbanos de Carlos José
García, primer premio de esta
categoría en el VI Salón. Ya
este autor había obtenido
mención en el IV con una obra
que consistía nada menos que en
un refrescador de pantalla.
Es interesante detenernos en
esta obra, titulada Play
Beuys 2000-2006, pero no con
el objeto de hablar de ella
propiamente sino de su soporte,
pues un refrescador de pantalla
es intrínsecamente digital y no
tiene sentido fuera de la
computadora. Es una obra de arte
digital propiamente porque no es
un videoarte, no es una
animación experimental, no es un
hibrido entre el cine y las
artes plásticas, no sería
aceptada en un festival de cine
y no tendría sentido proyectarla
en loop en una galería
pues dejaría de ser un
refrescador de pantalla.
El controversial y discutido
término Arte Digital no
le gusta ni siquiera a uno de
los fundadores de este tipo de
obra en Cuba, la mayoría de los
artistas lo rechazan
manifestando que el Arte no
tiene apellido y que no puede
definirse una manifestación
sobre la base de su soporte.
Pero a falta de otro término
para referirnos a la obra de
arte que se produce a partir de
los medios digitales no queda
más remedio que usarlo dentro de
una cultura que todo lo nombra y
todo lo etiqueta. El término en
cuestión se refiere a toda obra
de arte donde el proceso digital
haya sido protagónico. Esta
amplitud nos permite entonces la
libertad de aceptar dentro de la
categoría audiovisual
cualquier corto de carácter
artístico (no documentales,
clips o materiales didácticos)
que haya sido elaborado por
medios digitales, sin limitarnos
al lenguaje del videoarte
únicamente.
Si hubiésemos convocado solo al
videoarte entonces nuestros
salones hubieran sido menos
interesantes. Con una posición
bien abierta y sin ningún tipo
de camisas de fuerza en cuanto a
términos y técnicas, ha sido
importante para nosotros
recibir, por ejemplo, una
animación como El telón,
de Orlando Galloso,
premiada en el IV Salón.
Esta obra incluso se produjo
escaneando dibujos que no son de
origen digital, como se demostró
en el coloquio con la extensa
exposición del autor sobre su
proceso.
A pesar de estas
especificaciones sobre lo
abiertos que han sido los
salones en cuanto a la
aceptación de diferentes tipos
de audiovisuales no es menos
cierto que el lenguaje del
videoarte ha estado presente de
manera contundente. En el V
Salón hubo la oportunidad de
destacar la obra Cada respiro
de Glenda León, una de las
artistas más nombradas en los
últimos tiempos en el contexto
del arte cubano.
Entre
los artistas contemporáneos,
crece cada vez más el interés
por este tipo de audiovisual,
mixtura y síntesis de todas las
artes. Esta mixtura de la que
está hecha el videoarte ataca
sin ninguna piedad nuestros
viejos y cómodos modelos de
valoración. Su heterogéneo
paisaje, sus fronteras
indefinidas, atraviesan
provocadoramente nuestros
rígidos conceptos de las
manifestaciones artísticas,
rasga los prejuicios y ataca
todo conservadurismo, intentando
romper el piso en que nos
movemos yendo de la galería al
cine.
La participación femenina ya
empezaba a notarse: uno de los
envíos que más han impresionado
a un jurado tuvo lugar en el
VIII Salón y fue cuando
recibimos el conjunto presentado
por Analía Amaya, otra artista
que también ha desarrollado y
difundido su obra en el terreno
internacional.
Es importante destacar la
amplitud de lenguajes en las
obras aceptadas y lo hago
recordando las palabras de uno
de los artistas con quien
compartí la tarea de jurado: “La
curadoría que debemos hacer aquí
no es la misma que haríamos para
el salón de Arte contemporáneo o
para la Bienal de la Habana”. Y
tenía razón porque estamos ante
un fenómeno diferente, ante
participantes provenientes de
diversas formaciones. Vienen del
mundo del diseño, del cine, de
la informática, además de los
que han sido formados como
artistas plásticos y los
autodidactas.
Estamos ante un amplio espectro
de participantes que han
recibido otra información, que
traen otras visiones y otros
modos de expresarse que no se
circunscriben a la tradicional
manera de recepcionar el arte
que nos enseñan en San Alejandro
o en el ISA.
Los que nos formamos en las
escuelas de arte aprendimos a
valorar las obras por patrones
que son en mi opinión muy
estrechos, dictados casi siempre
desde la hegemonía que imponen
revistas como Art News o
eventos como la Bienal de
Venecia. Pero lo interesante que
está aconteciendo con el arte
digital es que, tanto quienes lo
producen como quienes lo
consumen, muchas veces no tienen
que ver con los códigos
establecidos sino que esgrimen
otros. Se trata de un fenómeno
parecido a lo que ocurre con la
música electroacústica, que
habla un lenguaje diferente a la
música melódica. Un buen músico
electroacústico puede no saber
tocar un instrumento musical y
no por eso deja de ser un buen
artista. Un pintor primitivo
para que sea un buen pintor
primitivo no puede manejar bien
la academia, perdería toda su
gracia.
El arte digital, más aún en el
terreno del audiovisual, no es
que esté (como se ha dicho) en
una etapa experimental sino que
es intrínsecamente experimental.
Nuestra valoración no puede
basarse entonces en patrones
establecidos sino en la
sensibilidad para darnos cuenta
de cuándo se trata de algo
interesante. Nuestra selección
no debe ser, en primer término,
la de las obras que se parezcan
a lo que ya damos por hecho como
una obra valiosa, mucho menos la
de las obras que nos dicen lo
que queremos escuchar en el
lenguaje que ya hemos aprendido
a escuchar. Por el contrario
nuestra selección debe ser, en
primer lugar, la de las obras
que más arriesguen un modo de
decir al que no estemos
acostumbrados. Y son esos
trabajos difíciles de clasificar
los que nos harán olvidar las
etiquetas. No son los que más
nos gustan sino los que más nos
inquietan, como ocurre con
nuestro primer premio de este X
Salón, una obra ante la cual no
es posible manifestar
indiferencia, guste o no al
espectador.
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Como decía Duchamps el gusto
solo obedece a la moda y a la
repetición. Desconfiemos de la
obra que más nos guste, pues eso
significa que ya la consumimos
mucho antes. Casi todos hacemos
una mueca ante el primer vaso de
cerveza, por mucho que nos guste
después. Confiemos más en
aquella obra que nos causa
inquietud, que sabemos que la
calidad reside en ella pero no
sabemos explicar por qué.
En la presente edición de este
salón ya la participación ha
sido mucho más grande y de mucha
más calidad, con obras que se
mueven entre las difusas
fronteras del videoarte, el cine
experimental y cierto tipo de
animaciones bien lejanas de Walt
Disney.
Obras premiadas en esta edición
como The Beauty or the Beast
de Laura Tariche y Yimít Ramírez
ha sido exhibida en el Festival
de Nuevos Realizadores, es una
obra de carácter cinematográfico
que puede ser exhibida en
cualquier festival de cine
mientras que en el caso de
nuestro primer premio
Revelaciones, de Alexis
Jaca, estamos en presencia de
una obra conceptual, de una obra
más propiamente plástica y mucho
menos cinematográfica en cuanto
a su lenguaje expresivo. Algo
parecido ocurre con el muy
cubano videoarte La vaca,
de Yamíl Garrote, segundo premio
de esta edición, pues además de
las preocupaciones universales
se nota un aumento de la
atención hacia el contexto local
y nuestra historia.
Esta preocupación por nacional
también se hizo notar en
Evolución y viceversa, un
magnífico video de Martiel
Castillo que obtuvo segundo
premio en el VIII Salón. El
autor exponía en forma
cronológica una secuencia de
autorretratos que contaban su
historia desde bebé hasta
adulto, pasando por la etapa de
pionero, de adolescente rebelde,
de miliciano, entre otras.
Actualmente hay una clara
conciencia del tipo de obra a la
que se convoca y podemos definir
que en nuestro concurso la
categoría audiovisual se refiere
a materiales de carácter
artístico, esto es, obras
audiovisuales en soporte digital
con intenciones artísticas donde
sus autores se expresan, sea
cual fuere su lenguaje. |