Año VIII
La Habana
14 al 20
de NOVIEMBRE
de 2009

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Progresión y enriquecimiento de los Salones de Arte Digital

Ángel Alonso • La Habana

Fotos: La Jiribilla

 

Descartes habló de la necesidad de la duda, y si bien la negatividad hacia lo nuevo suele ser un lastre bastante dañino, igual de negativo puede ser la aceptación inconsciente de todo lo que surja. Sin esa resistencia a todo lo que surge, estaríamos tomando una actitud de total tolerancia hacia un devenir de productos insignificantes que, por novedosos”, aplaudiríamos con la misma ingenuidad de una foca sacudiendo sus aletas.

La asimilación de una experiencia nueva demanda entonces una posición a la vez crítica y abierta. Aceptando este necesario riesgo, confiando en el valor de la intuición y en el de la crítica y la discusión como vías de esclarecimiento, la categoría audiovisual se incorpora a nuestros salones a partir de su cuarta edición en el año 2002. Como siempre ocurre al principio, la participación estuvo muy por debajo de la ya tradicional categoría obra impresa, pero con cada edición ha ido creciendo el número de participantes y poco a poco se ha ido definiendo el tipo de obra a la que se convoca.

El término audiovisual es bien amplio pero cuando hablamos de un audiovisual en el Salón de Arte Digital, estamos hablando de una obra de arte donde se utilizan la imagen digital y el sonido como medios de expresión, donde convergen, básicamente, dos manifestaciones artísticas disímiles entre sí: el cine y las artes plásticas. Algunos están destinados a exhibirse, idealmente, de una manera específica. Pueden estar hechos para ser proyectados en una gran pantalla o para ser vistos en un pequeño monitor. Algunos están concebidos para interactuar en una computadora y otros para que corran en loop en un espacio de galería, sin contener un principio ni un final definido.

¿A qué tipo de obra se refería entonces la convocatoria?

Felizmente nunca se precisó con un término exclusivo como el de videoarte, de haber sido así no hubiesen participado obras de animación como Todo por Carlitos de Ernesto Piña, mención en el VII Salón, tampoco hubiésemos tenido obras interactivas como Himnos urbanos de Carlos José García, primer premio de esta categoría en el VI Salón. Ya este autor había obtenido mención en el IV con una obra que consistía nada menos que en un refrescador de pantalla.

Es interesante detenernos en esta obra, titulada Play Beuys 2000-2006, pero no con el objeto de hablar de ella propiamente sino de su soporte, pues un refrescador de pantalla es intrínsecamente digital y no tiene sentido fuera de la computadora. Es una obra de arte digital propiamente porque no es un videoarte, no es una animación experimental, no es un hibrido entre el cine y las artes plásticas, no sería aceptada en un festival de cine y no tendría sentido proyectarla en loop en una galería pues dejaría de ser un refrescador de pantalla.

El controversial y discutido término Arte Digital no le gusta ni siquiera a uno de los fundadores de este tipo de obra en Cuba, la mayoría de los artistas lo rechazan manifestando que el Arte no tiene apellido y que no puede definirse una manifestación sobre la base de su soporte. Pero a falta de otro término para referirnos a la obra de arte que se produce a partir de los medios digitales no queda más remedio que usarlo dentro de una cultura que todo lo nombra y todo lo etiqueta. El término en cuestión se refiere a toda obra de arte donde el proceso digital haya sido protagónico. Esta amplitud nos permite entonces la libertad de aceptar dentro de la categoría audiovisual cualquier corto de carácter artístico (no documentales, clips o materiales didácticos) que haya sido elaborado por medios digitales, sin limitarnos al lenguaje del videoarte únicamente.

Si hubiésemos convocado solo al videoarte entonces nuestros salones hubieran sido menos interesantes. Con una posición bien abierta y sin ningún tipo de camisas de fuerza en cuanto a términos y técnicas, ha sido importante para nosotros recibir, por ejemplo, una animación como El telón, de Orlando Galloso, premiada en el IV Salón.

Esta obra incluso se produjo escaneando dibujos que no son de origen digital, como se demostró en el coloquio con la extensa exposición del autor sobre su proceso.

A pesar de estas especificaciones sobre lo abiertos que han sido los salones en cuanto a la aceptación de diferentes tipos de audiovisuales no es menos cierto que el lenguaje del videoarte ha estado presente de manera contundente. En el V Salón hubo la oportunidad de destacar la obra Cada respiro de Glenda León, una de las artistas más nombradas en los últimos tiempos en el contexto del arte cubano.

Entre los artistas contemporáneos, crece cada vez más el interés por este tipo de audiovisual, mixtura y síntesis de todas las artes. Esta mixtura de la que está hecha el videoarte ataca sin ninguna piedad nuestros viejos y cómodos modelos de valoración. Su heterogéneo paisaje, sus fronteras indefinidas, atraviesan provocadoramente nuestros rígidos conceptos de las manifestaciones artísticas, rasga los prejuicios y ataca todo conservadurismo, intentando romper el piso en que nos movemos yendo de la galería al cine.

La participación femenina ya empezaba a notarse: uno de los envíos que más han impresionado a un jurado tuvo lugar en el VIII Salón y fue cuando recibimos el conjunto presentado por Analía Amaya, otra artista que también ha desarrollado y difundido su obra en el terreno internacional.

Es importante destacar la amplitud de lenguajes en las obras aceptadas y lo hago recordando las palabras de uno de los artistas con quien compartí la tarea de jurado: “La curadoría que debemos hacer aquí no es la misma que haríamos para el salón de Arte contemporáneo o para la Bienal de la Habana”. Y tenía razón porque estamos ante un fenómeno diferente, ante participantes provenientes de diversas formaciones. Vienen del mundo del diseño, del cine, de la informática, además de los que han sido formados como artistas plásticos y los autodidactas.

Estamos ante un amplio espectro de participantes que han recibido otra información, que traen otras visiones y otros modos de expresarse que no se circunscriben a la tradicional manera de recepcionar el arte que nos enseñan en San Alejandro o en el ISA.

Los que nos formamos en las escuelas de arte aprendimos a valorar las obras por patrones que son en mi opinión muy estrechos, dictados casi siempre desde la hegemonía que imponen revistas como Art News o eventos como la Bienal de Venecia. Pero lo interesante que está aconteciendo con el arte digital es que, tanto quienes lo producen como quienes lo consumen, muchas veces no tienen que ver con los códigos establecidos sino que esgrimen otros. Se trata de un fenómeno parecido a lo que ocurre con la música electroacústica, que habla un lenguaje diferente a la música melódica. Un buen músico electroacústico puede no saber tocar un instrumento musical y no por eso deja de ser un buen artista. Un pintor primitivo para que sea un buen pintor primitivo no puede manejar bien la academia, perdería toda su gracia.

El arte digital, más aún en el terreno del audiovisual, no es que esté (como se ha dicho) en una etapa experimental sino que es intrínsecamente experimental. Nuestra valoración no puede basarse entonces en patrones establecidos sino en la sensibilidad para darnos cuenta de cuándo se trata de algo interesante. Nuestra selección no debe ser, en primer término, la de las obras que se parezcan a lo que ya damos por hecho como una obra valiosa, mucho menos la de las obras que nos dicen lo que queremos escuchar en el lenguaje que ya hemos aprendido a escuchar. Por el contrario nuestra selección debe ser, en primer lugar, la de las obras que más arriesguen un modo de decir al que no estemos acostumbrados. Y son esos trabajos difíciles de clasificar los que nos harán olvidar las etiquetas. No son los que más nos gustan sino los que más nos inquietan, como ocurre con nuestro primer premio de este X Salón, una obra ante la cual no es posible manifestar indiferencia, guste o no al espectador.

Como decía Duchamps el gusto solo obedece a la moda y a la repetición. Desconfiemos de la obra que más nos guste, pues eso significa que ya la consumimos mucho antes. Casi todos hacemos una mueca ante el primer vaso de cerveza, por mucho que nos guste después. Confiemos más en aquella obra que nos causa inquietud, que sabemos que la calidad reside en ella pero no sabemos explicar por qué.

En la presente edición de este salón ya la participación ha sido mucho más grande y de mucha más calidad, con obras que se mueven entre las difusas fronteras del videoarte, el cine experimental y cierto tipo de animaciones bien lejanas de Walt Disney.

Obras premiadas en esta edición  como The Beauty or the Beast de Laura Tariche y Yimít Ramírez ha sido exhibida en el Festival de Nuevos Realizadores, es una obra de carácter cinematográfico que puede ser exhibida en cualquier festival de cine mientras que en el caso de nuestro primer premio Revelaciones, de Alexis Jaca, estamos en presencia de una obra conceptual, de una obra más propiamente plástica y mucho menos cinematográfica en cuanto a su lenguaje expresivo. Algo parecido ocurre con el muy cubano videoarte La vaca, de Yamíl Garrote, segundo premio de esta edición, pues además de las preocupaciones universales se nota un aumento de la atención hacia el contexto local y nuestra historia.

Esta preocupación por nacional también se hizo notar en Evolución y viceversa, un magnífico video de Martiel Castillo que obtuvo segundo premio en el VIII Salón. El autor exponía en forma cronológica una secuencia de autorretratos que contaban su historia desde bebé hasta adulto, pasando por la etapa de pionero, de adolescente rebelde, de miliciano, entre otras.

Actualmente hay una clara conciencia del tipo de obra a la que se convoca y podemos definir que en nuestro concurso la categoría audiovisual se refiere a materiales de carácter artístico, esto es, obras audiovisuales en soporte digital con intenciones artísticas donde sus autores se expresan, sea cual fuere su lenguaje.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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