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Autorretrato |
El trovador y artista plástico
Luis Eduardo Aute escribió para
el prólogo de mi libro
Retratos de Cantantes, que
editó el Centro Andaluz de la
Fotografía en el 2000, que la
música era lo intangible y la
fotografía, aparentemente, su
contrario.
Decía que mientras la música
genera emociones siendo un
“cuerpo” invisible, la
fotografía parece estar asociada
a la “veracidad”, a la expresión
material de esas emociones. Pero
que en realidad no están tan
lejos la una de la otra. La
música es misterio, pero la
buena fotografía —y él se
refería específicamente al
retrato— es la que muestra lo
“no visible”, lo intangible, la
que va más allá de la
apariencia. La que muestra el
“alma”. Ahí, música y fotografía
se encuentran.
Llegué a la fotografía a través
de la música en los años setenta
del pasado siglo, cuando aún era
un niño. La cultura pop ya
estaba bien asentada y el mundo
discográfico vivía su gran
apogeo. La música y la imagen
del cantante o grupo en cuestión
impresa en las carátulas de los
discos sugerían ideas, estilos
de vida, filosofías,
actitudes...
A veces, en los peores casos,
era más importante la imagen del
artista que su propia música. De
hecho, la industria discográfica
fue apostando equivocadamente
por la imagen —el icono, el
“póster”— por encima de lo
esencial, la música que
teóricamente representaban. Así,
fueron potenciando el producto
por encima del artista.
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Fiesta
andina |
Las discográficas, hoy en dura
crisis, siempre tuvieron, en
general, vocación de
especuladores más que de
gestoras de arte y pensamiento.
En todo caso, volviendo a mi
infancia, recuerdo cuando
llegaron a mis manos los
primeros discos del movimiento
de trova catalana conocido como
Nova Cançó. La música de Raimon,
Serrat, Lluís Llach, María del
Mar Bonet, Pi de la Serra, Ovidi
Monitor, Joan Isaac, Marina
Rossell... etc., era
espectacular, pero, además, la
imagen que mostraban era
rompedora. No imitaban la
cultura pop anglosajona, aunque
había cierta influencia, ni
calcaban la estética de la
canción francesa —tan importante
en ese momento para Europa—,
aunque también estaba presente.
Representaban una gran ruptura
con la imagen de falsa
normalidad que quería imponer el
régimen fascista de Franco y
sugerían la llegada de nuevos
tiempos. Unos nuevos tiempos con
valores éticos y sociales
—colectivos— mucho más
interesantes.
Supongo que entonces,
seguramente sin saberlo, decidí
que quería ser fotógrafo.
A principios de los años noventa
comencé a estudiar fotografía en
el Instituto de Estudios
Fotográficos de Catalunya, en
Barcelona, aunque ya era un
aficionado desde mucho antes. Y
pronto empecé a tomar,
modestamente, el relevo de los
grandes fotógrafos que habían
ido forjando la imagen de la
música popular, o la trova,
catalana.
Nombres gigantes como el de
Oriol Maspons, Colita, Toni
Catany o Pilar Aymerich, entre
otros. El mío, menos grande, se
sumó a la lista de esos
fotógrafos que a lo largo de los
años habían dejado testimonio de
la existencia de ese movimiento
de nueva canción, e incluso
—como decía antes— había ayudado
a construir una imagen potente
del mismo.
Cuando yo llegué había un vacío
y mi trabajo fue importante para
seguir narrando la evolución de
los grandes de la Nova Cançó y
la aparición de los que venían.
Mis fotos han servido en muchas
ocasiones para portadas de CD’s,
para imprimir en carteles, para
promocionar a los artistas y
para la prensa.
¿Cómo fotografiar “música”?
Supongo que cada fotógrafo tiene
su método. Personalmente, me
parece de una gran
responsabilidad.
La imagen de un músico o un
grupo ha de comunicar su mundo.
A la hora de trabajar una sesión
fotográfica para un CD, por
ejemplo, es fundamental poder
hablar con antelación con el
artista y escuchar algo de lo
que va a publicar. Entender sus
referencias estético-musicales,
si su propuesta en ese momento
es más íntima o extrovertida,
acústica o eléctrica... etc.
Estos datos son importantes para
decidir el entorno y la ropa —el
estilismo— que marcarán la
sesión fotográfica.
Porque la imagen se ha de
elaborar tanto como el artista
lo hace con su sonido y su
mensaje. Elaborar o definir una
imagen no es engañar a nadie
—como algunas personas puedan
pensar—, es ayudar a entender
mejor un proyecto.
El artista —repito— hace
exactamente lo mismo cuando
graba sus canciones en un
estudio: busca y encuentra.
Tanto el músico o cantante como
el fotógrafo tenemos que lograr
comunicar. Si no hay presupuesto
para producción —cosa cada vez
más normal—, es importante que
conozcamos bien los rincones de
nuestra ciudad, del entorno
donde vivimos y trabajamos, los
locales, los edificios... Todos
esos lugares en cualquier
momento pueden convertirse en
nuestro plató.
A menudo, con dinero, se recrea
en un estudio entornos que si
miramos bien y con imaginación
podemos encontrar en una calle o
en el comedor de la casa de un
amigo. Igualmente pasa con la
iluminación. Si no tenemos
equipo, hemos de aprender a
observar la luz accesible —la
natural y la de una bombilla—
porque esta nos ofrece
prácticamente todas las
posibilidades.
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El
chicuelo |
Es importante saber qué
queremos, qué necesitamos. Una
vez más: qué pretendemos
comunicar.
Para mí, fotografiar la música
popular ha significado también
una forma de conocer a los
pueblos y su historia.
Comenzando por el mío propio (o
en el que vivo). La música
popular, la trova, es un género
musical siempre comprometido con
su tiempo y espacio. Con las
raíces de los pueblos que la
ejecutan, con su realidad...
Incluso cuando toca temas como
el amor y el desamor huye de
fórmulas vacías.
Por eso, hacer trabajos
fotográficos relacionados con la
trova ha sido una manera de
conocer —de estudiar— a los
pueblos en cuestión, de
acercarme antropológicamente a
una comunidad. Así lo viví
cuando, a finales de los años
noventa, trabajé el tema andino,
centrándome en el sur de los
Andes peruanos y el territorio
próximo boliviano.
La comunidad quechua y aymará me
fascinó. La vida cotidiana, los
paisajes que rodean a los
campesinos... Y los cantos
populares de trovadores como
Manuelcha Prado, Walter Humala o
Isaac Vivanco, entre otros. Las
canciones de esos artistas me
ayudaron a entender su historia
reciente, sus anhelos, sus
esperanzas, sus tristezas y sus
alegrías...
Las imágenes que hice en los
Andes en aquella época tienen la
banda sonora de todos esos
trovadores. |