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…hasta tres, pero bien
podrían ser todos los
fuegos cuando de
Virgilio Piñera se
trata. Irreverente,
cáustico, sufriendo los
terrores y disfrutando
los goces de la vida, el
poeta, que se acerca a
su centenario (nació en
1912), aún conserva las
virtudes y la suficiente
dosis de actualidad como
para ser revisitado. Esa
vigencia no la explican
únicamente los años de
obligado ostracismo o de
mutilación a la que fue
sometido o la posible
lástima y curiosidad
morbosa, siempre tan
parecida a la que
provocan esos frascos de
museo o los objetos
raros y valiosos, o las
mujeres barbudas, los
siameses, los enanos o
los fenómenos
paranormales; si así
fuera, solamente
estaríamos recordando a
un “muerto ilustre” y no
a un escritor que
todavía puede, y de
hecho lo hace, provocar
escozores y molestias en
segmentos de la sociedad
que al enfrentarse a sus
textos se sienten
descubiertos y
retratados o capaz de
desatar una explosiva
carcajada.
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Este mundo nuestro,
aunque algunos lo duden,
es mejor de lo que fue
hace mil años y peor de
lo que será mañana, esa
es mi esperanza, luego
entonces, descubrir
nuestros absurdos y
desmesuras se convierte
en un ejercicio de
salud. Aunque tampoco la
permanencia virgiliana
la logre explicar esa
suerte de manual para
reconocer lo deforme que
es su obra. Podría
explicarla además la
sorprendente coherencia
de su estilo, la
maestría de su prosa y,
esencialmente, la
belleza de su escritura
capaz de convocar a un
mismo tiempo placer y
pensamiento, en
conjunción con la
utilidad y actualidad de
sus discursos. De
cualquier modo Virgilio
Piñera está vivo y
coleando. Su teatro se
repone o se estrena, sus
poemas se editan y sus
cuentos se leen.
Un Virgilio a viva voz
nos ha acompañado en
estos años. No lo duden.
Desde que Luís Carbonell
estrenara El Baile
en 1956, cuando se abre
la tradición de los
cuentos literarios
narrados en espacios
teatrales, y lo volviera
incluir en el recital de
1959 o con mi
espectáculo Un
fogonazo en 1994,
donde todos los textos
eran de él, las
narraciones piñerianas
se han escuchado de
manera casi permanente
en Cuba durante más de
cincuenta años; sin
embargo, no es hasta
enero de este año, y
como parte de Las
Furias de Virgilio,
una exposición en la
Galería Raúl Oliva con
los diseños para las
puestas del dramaturgo,
que se hace el primer
espectáculo colectivo
con sus cuentos. En esa
ocasión trabajamos Mayra
Navarro (autora del
guión y directora de la
puesta), Ricardo
Martínez y quien
escribe. Para marzo el
recital había crecido y
durante el Festival
Primavera de Cuentos
2009, en la Sala
Lecuona del Gran Teatro
de La Habana, se
incorporan Beatriz
Quintana y el actor
Benny Seijo, para
finalmente organizar una
nueva temporada durante
el 13 Festival
Internacional de Teatro
de La Habana en la
misma sala y durante los
días 30, 31 de octubre y
1ro. de noviembre. A los
anteriores narradores se
sumaron Lavinia Ascue y
Octavio Pino.
Los colectivos de
cuentacuentos que
trabajan en el Foro de
Narración oral del Gran
Teatro de La Habana
sumaron sus esfuerzos
para romper la
incomprensible maldición
que se cierne sobre los
espectáculos de
Narración oral que yo he
bautizado con el nombre
de “Síndrome de la
Primera y Única vez”.
Mucho ensayo, mucho
esfuerzo y una sola
puesta en escena, por un
solo día, y después…
después los espectáculos
son un nombre en el
currículo, pues ni
críticas o reseñas
aparecen las más de las
veces. Gústenos o no aún
se piensa a la Narración
de cuentos y la Oralidad
como, en el mejor de los
casos, manifestaciones
de la cultura popular
tradicional, obra de
portadores comunitarios
o el intento de unos
pocos tozudos de
reivindicar la condición
de Arte de su oficio y
la certeza de que él se
ha desarrollado y
actualizado de modo tal
que hoy pueda ser
reconocido como un arte
dentro del cual se han
gestado cambios tales
que le permiten
comunicarse con el
hombre contemporáneo
desde sus propios
recursos y
sensibilidades, sin
renunciar a la tradición
acumulada. Esos nuevos
códigos, frente a los
nuevos emisores y los
nuevos receptores, se
expresan desde la
potenciación de los
“vectores de
narratividad y
pragmáticos o de
representación” que
atraviesan al arte
milenario del cuentero.
Por un lado el narrador
contemporáneo asume
preferentemente las
estructuras del cuento
escrito, antes
básicamente lo hacía
solo partiendo del
cuento oral, y por otro
privilegia el carácter
espectacular de su
emisión. Los narradores
orales de hoy pasaron
del contar como
conservación de la
tradición y/o como
soporte de la estructura
comunitaria, sin dejar
de entretener, al contar
como espectáculo; tanto
es así, que muchos
llegan a confundir
Teatro y Narración oral.
Lo mismo hubiera pasado,
pero a la inversa, si el
Teatro hubiese
potenciado “ese vector
de narratividad”, que
según José Sanchis
Sinisterra, le
atraviesa. Por suerte,
la antigua tradición
teatral se ha visto
liberada de tales
discusiones y ha
centrado todo su
esfuerzo en el
desarrollo de códigos y
recursos cada vez más
identificados con los
hábitos de recepción y
en las necesidades del
hombre contemporáneo,
mientras que los
narradores y los
teóricos de su arte aún
tienen (tenemos) que
emplear esfuerzo y
ciencia para evitar que
la llamada “teatralidad”
del arte de contar
cuentos no se trague su
especifico rostro, que
es la Oralidad.
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Para esta puesta de
Un fogonazo para
Virgilio se
transformó el espacio de
la Sala Lecuona, tan
incómodo en lo escénico
y con tan pocos recursos
técnicos, utilizando
elementos escenográficos
y de vestuario
provenientes de las
puestas de Raúl Martín
de obras de nuestro
autor. Desde cinco
puntos distintos, cada
uno ambientado de modo
diferente, se narró
“Natación”, “La
Montaña”, “En el
insomnio”, “El cambio”,
“El infierno”, “Cosas de
cojos”, “El
interrogatorio”, “La
carne” y “Tadeo”. El
público debía hacer un
viaje circular alrededor
de sus asientos si
quería disfrutar más
allá de la palabra o si
quería encontrar el
sentido más pleno de lo
que cada narrador y el
conjunto sugerían o
proponían.
En narración, como en
las demás artes
presenciales, la voz y
la palabra no bastan,
aun cuando sea cenital
su papel, aun cuando
ambas se comporten como
palancas que mueven el
desarrollo de la
historia o como
portadoras de los
elementos que contienen
y desencadenan los
sucesos. En narración
oral la historia se
mueve, avanza, sobre el
carro de los sucesos, no
así en el teatro que lo
hace sobre el de los
conflictos. Velas,
aserrín, incienso,
dotaban de estímulos
olfatorios a una puesta,
ya hermosa y funcional
en lo visual, que se
completaba con la
audición de poemas de
Virgilio Piñera, dichos
por él mismo, que
estaban en sintonía con
los relatos.
Más que ponderar una
“cierta teatralidad” de
esta puesta de Mayra
Navarro habría que
reafirmar su carácter
funcional y hermoso a un
mismo tiempo. Cuando
Luis Carbonell, en
entrevista que me
concedió en el 2001 pero
que publiqué
recientemente, habla de
“darle ámbito a la
palabra” se está
refiriendo a la
posibilidad que tiene
ella de manifestarse y
completarse a través de
todos los recursos que
le dan sentido o que
ayudan a la
manifestación y
comprensión de él; y ese
presupuesto muy bien
puede ayudarnos a
encontrarle sustancia y
razón al fogonazo.
Los elementos
escenográficos,
auditivos u olfatorios
no están como adornos o
para disimular las
carencias del espacio,
están ahí porque con
ellos el discurso logra
su plenitud, que se
expresa, en primer
lugar, en la
comunicación con un
público cuya
sensibilidad e historia
cultural difieren de
otros no contaminados o
influenciados por una
cultura audiovisual o
libresca, y por qué no,
de una cultura de lo
teatral que permea y
condiciona a otras
artes. El performance
de los artistas
conceptuales, el
graffiti, las
instalaciones, el video
arte, el rap, el
reggaetón, el circo, la
danza, el cine y hasta
los noticiarios de
televisión, hoy
necesitan para comunicar
una cierta
espectacularidad y
dramaturgia que vienen
del Teatro, pero a nadie
se le ocurre decir que
esos otros géneros o
manifestaciones
artísticas o medios le
pertenecen o han dejado
de ser lo que son.
Solo la ignorancia o la
incultura pueden
explicar la insistencia
de algunos en reconocer
nada más que teatralidad
y actuación cuando se
enfrentan a los géneros
o manifestaciones de la
Oralidad. Esperemos que
el trabajo de los
narradores de historias,
su permanencia y
crecimiento, terminen
por despejar las dudas y
salvar los escollos y
los vacíos que insisten
en aparecer como la mala
hierba, con fuerza y
casi siempre sin
invitación.
Un público discreto pero
entrenado nos acompañó.
Lástima que estábamos en
una sede fuera del
circuito del Festival
Internacional de Teatro,
que dificulta la
movilidad de un público
que seguramente prefiere
aprovechar su noche
viendo la mayor cantidad
de espectáculos
posibles. El Foro y el
Consejo de las Artes
Escénicas tendrían que
valorar otras
alternativas para
próximos eventos.
Casi olvidaba decir,
como es de rigor, que
soy, como otras tantas
veces, juez y parte. No
habiendo crítica de
narración oral alguien
debe ocuparse pues como
diría el desconocido e
inefable chino: papelito
habla lengua. El
testimonio no me
impedirá la decencia,
así que cuando hablo de
virtudes me refiero a
los otros, y cuando
hablo de defectos serán
míos, aunque dicho sea
de paso, lo mejor de
Un fogonazo… no se
centra en haber hecho
varias temporadas o
haber dotado al espacio
de nuevas posibilidades
expresivas, como he
señalado hasta aquí,
sino en la fidelidad a
los modelos de la
palabra narradora. Nada
es posible, al menos en
Narración oral, sin el
arte, mondo y lirondo,
del que cuenta. No basta
el ruido, hacen falta
las nueces.
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La almendra, el núcleo
central del espectáculo
está en la fuerza, la
verdad y la perfección
de sus protagonistas.
Todos ellos, exclúyanme,
encontraron en las
historias de Virgilio
Piñera una excelente
plataforma para mover
sus recursos
comunicacionales y de
representación con
verdadera maestría. La
narración oral, el
narrador, solos ante la
historia, son capaces de
hacer que el público
acepte la convención y
entre gozoso a un nuevo
espacio, a un nuevo
tiempo, a una nueva
realidad: la del cuento.
Solo desde la perfección
y la verdad es posible
que uno abandone todos
sus anclajes y se deje
impulsar, por unos
instantes, más allá de
todo límite, más allá de
toda realidad segura y
probada.
Ojala que vengan otros
fogonazos, Virgilio
Piñera los merece,
aunque también sonreirá
si los fuegos vienen de
la mano de otros
autores, amigos y
enemigos, pues él sabía
tanto del arte de vivir
que no nos autorizara
jamás a olvidar a estos
últimos, aunque solo
fuera para hacer sonar
delante de ellos una
sonora y cubana
trompetilla. Falta que
hace la burla y la
ironía, pues todo no
puede ser solemnidad… |