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Las imágenes estaban allí, muy
nítidas y reconocibles para
todos: tórculos, prensas, formas
y figuras que habían sido
talladas en grabados —ahora
aumentadas mil veces por el
lente—, pinceles, tintas,
gubias, matrices, herramientas e
instrumentos habituales en todo
taller de gráfica de hoy. Sin
embargo, las veíamos
transformarse en máscaras
puntillistas, viejitos durmiendo
sobre sombreros de raras damas
del siglo XVII, extrañas
criaturas, abstracciones,
mujeres pop con gafas, sirenitas
ínfimas, torniquetes, papirotes,
y así, en una lista sinfín de
trasmutaciones sin nombre.
¿Qué estaba sucediendo ante
nuestros ojos? Treinta artistas
trabajaban sobre tomas digitales
de la cámara de Juan San Juan,
fotógrafo y editor de gráfica
digital mexicano quien las
amplió e imprimió en 15 telas
con imprimatura que viajaron
desde Coyoacán, México, o sea,
fueron traídas del Taller La
Siempre Habana del artista
cubano Luis Miguel Valdés, a
quien, por cierto, se le
homenajea en este X Salón de
Arte Digital como uno de los
pioneros, junto a Frémez, en la
introducción del arte realizado
con estos nuevos medios en Cuba.
En realidad —nos reveló San
Juan— es una segunda
experiencia, pues la primera fue
en la Fundación Sebastián,
cuando 17 telas fueron impresas
con fotos de la publicidad
política mexicana, y fueron
intervenidas por el pintor
mexicano, Eloy Tarcisio,
director de la Escuela Nacional
de Pintura, Escultura y Grabado
La Esmeralda, en el Centro
Nacional de las Artes en
Coyoacán. Al mismo tiempo una
cantante, Tanana, vocalizaba
mientras pintaban en las lonas,
enriqueciendo el acto artístico.
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A partir de este trabajo, a
ambos, Luis Miguel Valdés y Juan
San Juan, unidos en la vida
artística (pues ambos
compartieron la planta alta y
baja del primer Taller en México
antes de separar sus espacios
artísticos) la idea les pareció
magnífica. Ahora se trataba de
que el público asistiera al
proceso en sí y la intervención
sería un happening. Se
llamaría Arte sin
fronteras, invocando el
célebre concierto de Juanes en
la Plaza de la Revolución, mas
ahora refiriéndose al hecho de
que “no existe lindes entre el
arte digital y el arte”, me
asegura Luis Miguel. De modo que
trajeron las telas con las
impresiones fotográficas
realizadas por San Juan del
Taller de Gráfica La Siempre
Habana, por donde “han
pasado a lo largo de estos diez
años muchos artistas cubanos,
todos de primera línea”, como
expresara en entrevista Luis
Miguel a la periodista Estrella
Díaz. Imágenes sobre las que los
artistas pintarían con acrílico.
Y si bien la idea inicial fue la
de incorporar a los cubanos que
han trabajado en La Siempre
Habana, ya en la Isla y al calor
del propio evento, se abrió a
todos los participantes en el
salón y a todos los que
quisieran aunarse e incluso
pintar sobre una misma tela.
“Se vuelve como una fiesta” me
dice Luis Miguel, mientras le
ayudo a liberar las presillas y
enrollar telas que, al amenazar
una llovizna, en la tarde del
viernes 6 de noviembre, nos
vemos prestos a bajar al patio
techado de abajo del Centro
Pablo.
Un cuarto de siglo ha
transcurrido desde aquellos
primeros experimentos que
realizara Luis Miguel, a quien
pudieran haber considerado no
muy cuerdo, cuando recién
llegada al Instituto Superior de
Arte (ISA) la primera
computadora comenzó a realizar
los trabajos artísticos
iniciales, para los que se ayudó
de amigos y del Instituto
Pedagógico de Pinar del Río, su
provincia natal, en esta etapa
de producción de las primeras
obras con ordenador.
En 1989, por primera vez puede
disfrutar de aquella
experimentación. Ha producido
dos videoclips con música de
Pablo Milanés y las imágenes
hechas en ese programa —todavía
sin mouse, que trabajaba en el
Instituto Superior de Arte y que
luego en Pinar del Río pasaba a
video, como explica el artista
en la entrevista citada a
Estrella Díaz— las estrena en el
Festival Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano, donde
coincide, ¿nada menos? que con
Robert Redford quien presentaba,
entonces, su filme Habana.
El Centro Cultural Pablo de la
Torriente Brau, pionero también
en abrir los caminos al dominio
de las herramientas
proporcionadas por las nuevas
tecnologías, invitó a la
realización de esta intervención
con varios objetivos: el
homenaje a Luis Miguel Valdés
como iniciador del arte digital
en Cuba antes mencionado, la
participación de artistas
cubanos en esas imágenes que
representan al Taller La Siempre
Habana —sitio de concurrencia de
importantes artistas gráficos
cubanos y latinoamericanos—, la
celebración del décimo
aniversario pronto a cumplirse
de ese centro de creación, y
finalmente, pero no menos
importante, el colofón del X
Salón con todos estos artistas
interviniendo libremente en las
telas como festejo final de diez
años de esfuerzos revertidos en
una trayectoria ya enriquecida.
Rigoberto Mena, Zenén Vizcaíno,
Luis Miguel Valdés, William
Hernández, Eduardo Abela,
Octavio Irving Hernández, Manuel
López Oliva, Adigio Benítez,
Rafael Zarza, Ever Fonseca,
Agustín Bejarano, Aziyadé Ruiz,
entre tres decenas de nombres
relevantes de la plástica
cubana, además de la integración
al grupo de la argentina Alicia
Candiani, permitieron, gracias a
su generosidad, un trabajo vivaz
que honró a Luis Miguel Valdés,
al Salón y a los artistas
cubanos quienes, pese a
carencias y dificultades, han
logrado sostener una indagación
plástica con los nuevos recursos
de la tecnología, aunque estos
no deben de separarse de
cualquier otro soporte o medio
para crear el arte
contemporáneo, en ese único
concepto que signa al arte, a un
arte sin fronteras ni apellidos,
que es el verdadero arte en
cualquier parte del mundo.
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