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Es
imprescindible que
comience estas palabras
evocando la memoria del
gran compañero Cintio
Vitier, quien fuera
hasta su muerte
presidente de honor del
Centro de Estudios
Martianos y ejemplo vivo
de lo que es, de lo que
debe ser un martiano.
Pues esta denominación
no es dable aplicarla
primordialmente a quien
esté informado de la
vida y la obra del
Maestro, conocidas en
plenitud por Cintio,
sino, sobre todo, a
aquel cuya conducta esté
regida por sus
lecciones. Y tal fue el
caso del autor de Ese
sol del mundo moral,
quien nos dejó páginas
imperecederas sobre
Martí y, a la vez, fue
fiel discípulo suyo.
Esto
último se puso de
manifiesto en su defensa
lúcida y apasionada de
las mejores
realizaciones de la
Revolución Cubana, cuya
filiación martiana fue
proclamada desde el 26
de julio de 1953 por el
propio Fidel.
Este
Encuentro se realiza en
vísperas de conmemorarse
el bicentenario de la
fecha que se da como
inicio de la
emancipación de nuestra
América, lo que Martí
llamó en Caracas, en
1881, “el poema de
1810”, al que él quiso,
dijo, “añadir una
estrofa”. Pero Martí
sabía bien que tal poema
empezó mucho antes, pues
se remonta a revueltas
indígenas y alzamientos
de esclavos contra los
invasores europeos y sus
sucesores, se hizo
realidad en Haití entre
1791 y 1804, ocurrió en
1809 en Ecuador y
Bolivia, y se retrasó en
otros países, como Cuba,
donde se dilató hasta
1868.
Sin
embargo, los fuertes
movimientos que de
México y Venezuela hasta
el Río de la Plata
estremecieron al
Continente en 1810
justifican que ese año
se tome para sintetizar
el múltiple
acontecimiento. Se trata
de las luchas por
nuestra primera
independencia, a la
cual, comentando la
conferencia panamericana
que tenía lugar en
Washington en 1889,
Martí postuló que era
necesario añadir una
segunda independencia.
La primera se obtuvo
frente a viejas
metrópolis europeas, y
la segunda y definitiva
lo haría frente a una
nueva metrópoli, que
Martí, quien la conoció
desde dentro en sus
virtudes y en sus
defectos, llamó de
diversas maneras: en
1884, “la América
europea”; en 1894, “la
Roma americana”; en
1895, “el monstruo”.
Este
último nombramiento,
como se sabe, procede de
su carta póstuma a su
fraterno amigo mexicano
Manuel Mercado, a quien
confesó allí que cuanto
había hecho y haría era
“para impedir a tiempo
con la independencia de
Cuba que se extiendan
por las Antillas los
Estados Unidos y caigan,
con esa fuerza más,
sobre nuestras tierras
de América”. Con razón
se ha considerado que
esa carta tiene carácter
testamentario, junto a
otros textos suyos en
que dijo: “Con los
pobres de la tierra/
Quiero yo mi suerte
echar”; “Con los
oprimidos había que
hacer causa común, para
afianzar el sistema
opuesto a los intereses
y hábitos de mando de
los opresores”. Los
auténticos martianos lo
han asumido así, trátese
de Julio Antonio Mella,
de Fidel Castro o de
Ernesto Che Guevara.
Setenta
años después de haber
planteado Martí que era
necesaria nuestra
segunda independencia,
ella dio sus pasos
iniciales en la parte de
humanidad donde le tocó
nacer pobre y morir
peleando. La Revolución
Cubana, cuyo
cincuentenario estamos
conmemorando, es hija
directa del pensamiento
y la acción de Martí, a
quien, por supuesto, no
son atribuibles nuestras
imperfecciones. Durante
cierto tiempo, los
contrarrevolucionarios
pretendieron negar el
vínculo entre Martí y la
Revolución Cubana. Como
ruinas de esa negación
sobreviven las entidades
llamadas
desvergonzadamente Radio
Martí y TV Martí. Pero
desde hace años,
escribas
contrarrevolucionarios,
incapaces de tapar el
sol con un dedo, están
empeñados en restarle
valor a Martí. Ya no se
lo opone a la Revolución
Cubana, lo que
tácitamente reconocen
que es tarea imposible:
ahora lo calumnian
también a él. Como en el
viejo proverbio
castellano, ladran,
luego galopamos.
Ningún
momento mejor que este
que tenemos el
privilegio de vivir para
exaltar la segunda
independencia de
nuestros países. Ya la
Cuba revolucionaria no
está sola. Ya hay en la
América Latina y el
Caribe no pocos
gobiernos
revolucionarios,
reunidos en el ALBA, y
otros que también
mantienen conductas
dignas. Ello se puso de
manifiesto, entre muchos
hechos, cuando la
Organización de Estados
Americanos derogó la
decisión por la cual, en
cumplimiento del dictado
de Washington, Cuba fue
expulsada de su seno en
1962. Nuestra América,
como la llamó Martí,
está siendo, cada vez
más, digna de ser su
patria.
Y es
elocuente que varios
gobiernos del área, como
Cuba hace con Martí,
reclamen las herencias
de grandes visionarios
del pasado. Las nuevas
batallas se dan como
continuación orgánica de
las que en sus momentos
respectivos encabezaron
Túpac Katari, Simón
Bolívar, Eloy Alfaro o
Augusto C. Sandino. Y es
que, así como Martí, en
1893, dijo de Bolívar, a
quien llamó padre, que
lo que él no había hecho
estaba sin hacer
todavía, no se han
extinguido, todo lo
contrario, los ejemplos
de nuestros próceres:
los nombrados y muchos
más, que nos llenan de
orgullo y esperanza. Es
por tanto completamente
justo que algunas de las
Cátedras Martianas unan
al de Martí los nombres
de otros de nuestros
grandes libertadores. Y
es que ellos no están
detenidos en el pasado:
tienen mucho que hacer
todavía. Cuando se nos
invita a olvidar, se nos
tiende una trampa
mortal. También la
memoria puede y debe ser
un arma revolucionaria.
No hemos nacido ayer.
Llevamos siglos de
padecer diversas formas
de explotación, y es
tiempo sobrado de
terminar con ellas.
No se
puede obviar que a
mediados del siglo XIX,
en una guerra inicua, se
le arrancó la mitad de
su territorio a México;
que cuando en 1898 Cuba
le tenía ganada a España
la guerra de
independencia que había
organizado Martí,
intervinieron en esa
guerra con una excusa
falaz los Estados Unidos
e hicieron de la Isla
primero tierra ocupada
militarmente, y luego
una neocolonia durante
casi seis décadas; que
la hermana Puerto Rico,
para coadyuvar a cuya
independencia Martí
fundó también el Partido
Revolucionario Cubano,
con su Sección Puerto
Rico, es hoy, con un
nombre de papel, una
colonia de tipo
tradicional; que muchos
países del Caribe han
sido invadidos una y
otra vez por tropas
estadounidenses; que fue
el embajador de los
Estados Unidos en México
quien decretó en 1913 el
asesinato del presidente
Madero, como en 1934 se
valdrían de un Judas
nicaragüense para
asesinar a Sandino; que
el autor de ese crimen
fue considerado por el
presidente de turno en
los Estados Unidos un
hijo de puta, pero,
añadió, nuestro hijo de
puta; que al ser
ajusticiado ese hijo,
vuelto un sanguinario
dictador, otro
presidente de los
Estados Unidos envió un
mensaje de condolencia
por la muerte de un
paladín de la
democracia; que
gobiernos nacidos de
elecciones
convencionales fueron
brutalmente depuestos,
siguiendo órdenes de
gobernantes de los
Estados Unidos, en
Guatemala en 1954 y en
Chile en 1973, con
secuelas de múltiples
asesinatos; que hace
unas décadas, en
complicidad con
elementos locales,
Washington auspició
sangrientas dictaduras
militares sobre todo en
el Cono Sur, y organizó
el Plan Cóndor para
coordinar los crímenes
de dichas dictaduras:
todo lo cual no puede
menos que tenerse
presente ante los
sucesos de Honduras. Y
no se trata solo de
recordar. Frente a
nuestros ojos están
ahora mismo la Cuarta
Flota en el Caribe y
siete nuevas bases
militares estadunidenses
en Colombia.
¿Olvidar? No: recordar,
y mucho. Lo que no debe
llevarnos a desconocer
que en el pueblo de los
Estados Unidos existen
numerosas conciencias
alertas que son nuestras
aliadas naturales. Aquí,
de nuevo, es fundamental
la lección de Martí,
quien en 1889 supo
distinguir entre los
Estados Unidos de
Lincoln y los de Cutting.
El primero fue el
presidente que abolió la
esclavitud en su país;
el segundo, un vulgar
aventurero que quiso
provocar otra guerra de
rapiña contra México, un
Bush de su época.
Significativamente, los
estadounidenses que
fueron a defender en
1936 a la República
Española agredida por el
nazifascismo dieron a su
noble Brigada el nombre
de Lincoln.
Porque
Martí, el más universal
de los seres humanos
nacidos en América, y
uno de las mayores de
todos los lugares y
tiempos, sigue
orientándonos. Si fue el
primer antimperialista
de nuestra América, y
acaso del mundo todo,
fue también aquel a
quien los lectores de
lengua española debemos
en gran parte, según
escribió Juan Ramón
Jiménez, “la entrada
poética de los Estados
Unidos”. Y además dio a
conocer en nuestra
lengua numerosos
aspectos de la vida en
el país del Norte, donde
supo distinguir lo
positivo y lo negativo,
y escribió sobre lo uno
y lo otro.
La vida
de Martí, quien apenas
sobrepasó los cuarenta
años, parece hecha de
muchas vidas. Ante los
cuantiosos volúmenes de
sus Obras completas es
difícil concebir cómo
encontró tiempo no ya
para escribirlas, sino
para leer lo que en
ellas abordó. Y la
diversidad de sus obras
es enorme. La forman en
primer lugar, desde el
punto de vista
cuantitativo,
colaboraciones
periodísticas, pero
también versos, cartas,
discursos en
considerable medida
improvisados y perdidos
(así, los que pronunció
en la manigua ante los
mambises), testimonios,
narraciones, obras de
teatro, traducciones. Y
en todo mostró una
calidad superior. Esto
lo han corroborado hasta
hoy protagonistas de las
literaturas en
castellano.
Como se
conoce bien, en Martí
estuvieron fusionados la
criatura moral, el genio
político y el literario.
Por cualquier costado
que se le aborde, esto
se hace evidente.
Piénsese, por ejemplo,
en esa excepcional
revista para niños,
La Edad de Oro, que
cumple ahora ciento
veinte años de
aparecida. En ella están
presentes el escritor de
vuelo mayor, en prosa y
verso, el pensador, el
periodista, el
traductor, el patriota
americano, el defensor
de los pueblos
oprimidos, el
historiador, el amante
de la ciencia y la
técnica, el maestro.
Más de
una vez nos hemos
preguntado cómo fueron
los primeros lectores de
la revista. Y gracias al
estudioso de La Edad
de Oro Salvador
Arias conocemos al menos
a uno de esos pequeños
lectores iniciales. Se
trató de un hijo de la
notable poetisa y
maestra dominicana
Salomé Ureña, quien
contó cómo suscribió al
niño, Pedro Henríquez
Ureña, a la revista, y
cómo él la coleccionaba.
Incluso, cuando cometía
alguna falta, propia de
sus pocos años, se le
amenazaba como castigo
con no poder leer la
revista. La promoción de
Henríquez Ureña fue la
primera en recibir La
Edad de Oro. Y si
ella sigue siendo un
deleite y una fuente de
enseñanzas para niños y
jóvenes, no lo es menos
para los adultos, como
han hecho observar
varios comentaristas.
Puede decirse que el
conjunto de los cuatro
números que la revista
llegó a publicar
constituye uno de los
mejores libros de Martí.
Lo cual nos lleva a
recordar que Martí,
quien escribió
infatigablemente hasta
el día de su muerte, no
publicó libro alguno.
Ismaelillo y
Versos sencillos son
cuadernos que sufragó él
mismo y aparecieron
fuera de comercio.
Algunos otros cuadernos
suyos contienen textos
por lo general
políticos.
De él
puede decirse lo que él
afirmó de José de la Luz
y Caballero: que
prefirió hacer hombres
antes que hacer libros.
La fama que conoció la
debió a sus
extraordinarios textos
periodísticos, que le
merecieron, durante su
vida, vehementes elogios
de Sarmiento y Darío. Y
es que el escritor cuyos
pariguales hay que
buscarlos entre los
trágicos griegos, en
Shakespeare, en los
creadores de los Siglos
de Oro españoles, en los
grandes novelistas rusos
del siglo XIX, se acogió
sobre todo al cauce
democrático de la prensa
de su época, muy
superior, por cierto, a
la de nuestros días.
Memorablemente escribió
Henríquez Ureña que la
obra literaria de Martí
“es, pues, periodismo,
pero periodismo elevado
a un nivel artístico que
no ha sido igualado en
español, ni
probablemente en ninguna
otra lengua”. Imaginemos
un Esquilo, un
Shakespeare, un
Cervantes, un
Dostoievski, que en vez
del teatro, en unos
casos, o de la novela,
en otros, hubieran
volcado su genio
literario en el
periódico. La
comparación no es en
absoluto desmesurada.
Alguien tan profundo
conocedor de la materia
como Alfonso Reyes llamó
a Martí, en El
deslinde, “supremo
valor literario”, y más
tarde, “la más pasmosa
organización literaria”.
Lo
anterior no puede
llevarnos a olvidar que
la deslumbrante faena
literaria de Martí fue
solo una parte del
conjunto de su faena.
Gabriela Mistral, que
tan profundamente lo
entendió, dijo que esa
faena fue esencialmente
moral, y que su caso
literario era una
consecuencia de la
anterior. Lo cual es
aceptable siempre que se
incluya dentro de su
caso moral su tarea
política. Pues Martí,
ese peleador sin odio,
ese revolucionario de
amor al que se han
referido con razón
Mistral y Fina García
Marruz, fue también un
genio político. Los
análisis que en este
orden hizo, así como su
organización del Partido
Revolucionario Cubano y
la preparación de la
que, llevando en su seno
el espíritu democrático,
debió haber sido guerra
de independencia de Cuba
—la nueva estrofa del
poema de 1810 anunciado
por él en Caracas y la
primera estrofa de la
definitiva independencia
de nuestra América— solo
podemos considerarlos
como geniales.
Durante
un tiempo algunos se
preguntaron cómo podrían
compaginarse las
doctrinas de Marx y de
Martí. Y aunque este
escribió sobre aquel que
“como se puso del lado
de los débiles, merece
honor”, hay que
reconocer,
sencillamente, que ni
Marx fue martiano ni
Martí fue marxista, y
nosotros aspiramos a ser
ambas cosas. En otra
ocasión recordé, y
ratifico ahora, que
llamar marxismo al
materialismo dialéctico
e histórico no parece lo
más apropiado.
En El
origen de la familia, la
propiedad privada y el
Estado, Engels hizo
ver que el antropólogo
estadounidense Lewis
Morgan había descubierto
por sus propios pasos,
con independencia de
Marx, el materialismo
histórico. Es decir, que
Morgan no era marxista,
pero sí materialista
histórico. ¿Por qué no
derivar de esto que el
Martí que escribió sobre
las primeras
conferencias
panamericanas las
agudísimas crónicas que
Darío consideraba que
formaban un libro, era
por su cuenta, sin ser
marxista, un
materialista histórico?
En cuanto a Marx, muerto
en 1883, sus geniales
estudios del capitalismo
no llegaron a abarcar la
etapa imperialista, en
la cual vivió Martí,
quien llamó a los
imperialistas por su
nombre veintidós años
antes de que Lenin
escribiera su libro
clásico sobre el tema. Y
es a Lenin a quien
debemos la valoración
justa de las luchas
anticoloniales, como la
que propugnara Martí,
para el triunfo mundial
del socialismo.
Ni Marx
podía ser martiano ni
Martí podía ser marxista
—sus metas no coincidían
en sus circunstancias
respectivas—, pero
nosotros podemos y
debemos ser ambas cosas,
con la mediación de
Lenin. En Cuba, desde
Mella hasta nuestros
días, se ha desarrollado
lo que Cintio Vitier
llamó con acierto “un
marxismo martiano”. No
es imaginable siquiera
que el socialismo del
siglo XXI, que está en
el orden del día, pueda
prescindir de las
contribuciones de Martí
—ni, desde luego, de las
Marx, Engels y Lenin, a
quienes no se puede
hacer responsables de
las deformaciones
sufridas por el
socialismo del siglo XX
en los países europeos
del mal llamado
socialismo real
Atrás
han quedado discusiones
como las que abordaron
superficialmente la
relación de Martí con
los escritores
modernistas
hispanoamericanos; como
las que, forzando la
mano, pretendieron ver
en Martí una suerte de
marxista enmascarado. Su
grandeza se ha sacudido
esos falsos problemas.
Simplemente, Martí es el
mayor escritor y, a la
vez, el mayor genio
político de nuestra
América. Y su validez no
se agotó con su muerte.
En un pasaje de sus
ardientes Versos
libres escribió: “Mi
verso crecerá: bajo la
hierba/ Yo también
creceré” Y en una carta
en verso a su gran amigo
uruguayo Enrique
Estrázulas —a quien
dedicó, junto con
Mercado, sus Versos
sencillos— añadió:
“Viva yo en modestia
oscura;/ Muera en
silencio y pobreza;/
¡Que ya verán mi cabeza/
Por sobre mi sepultura!”
Martí no
ha envejecido un ápice:
como anunció, ha crecido
bajo la hierba; su
cabeza guiadora anuncia
y manda sobre su
sepultura. En vez de
pretender encajarlo en
creencias que no fueron
las suyas,
acostumbrémonos a serles
fieles, a hacernos
dignos de ser sus
agradecidos
continuadores. No se
proponen otra cosa
quienes lo estudian y
aman, a lo ancho del
planeta, en las Cátedras
Martianas.
Palabras para la
inauguración del VII
Encuentro Internacional
de Cátedras Martianas,
leídas el 10 de
noviembre de 2009 en el
Aula Magna de la
Universidad de La
Habana. |