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He tenido el privilegio de ser
testigo de la evolución como artista del
camagüeyano César López, desde que allá
por la segunda mitad de la década de los
80, cuando él apenas era un adolescente,
inició su carrera musical como parte del
grupo acompañante del admirado Bobby
Carcassés. Por entonces, yo era
estudiante de periodismo y César recibía
clases de saxofón en la Escuela Nacional
de Música. Ha transcurrido el tiempo y
algo más de 25 años nos separan de
aquellos días en que ambos coincidíamos
en las maravillosas noches de jam
sessions que se desarrollaban en el
club Maxim.
En ese período, asistí al paso de este
músico por las filas de Irakere, hasta
la fundación de su propio grupo, Habana
Ensemble (integrado en la actualidad por
Alexis Bosch, piano y teclados; Ruy
Adrián López-Nussa, batería y timbal;
Yorbanys Córdoba, congas y percusión;
José Ermida, bajo eléctrico y acústico;
Joaquín Moré, voz y percusión menor;
Emilio Martiní, guitarra eléctrica y
acústica; además de César López en el
saxo alto y el soprano), colectivo que
ya también puede ser considerado como
una escuela en la que diversos
instrumentistas han culminado la
formación docente recibida en las aulas,
pero que se valida como tal en el
ejercicio directo de la profesión.
De cierta forma, la noche del 17 de mayo
de 2008 significó para César López y
Habana Ensemble el reconocimiento al
esfuerzo que ha implicado llevar
adelante esta agrupación. En dicha
fecha, ellos recibieron uno de los
grandes premios entregados en la emisión
correspondiente del Cubadisco, gracias
al fonograma titulado Clásicos de
Cuba y que sale al mercado a través
del sello Bis Music. Es cierto que
recibir un premio en el mundo artístico
no siempre es sinónimo de total justeza
porque en ello inevitablemente hay la
dosis de subjetividad de la que ningún
jurado puede desprenderse por completo,
pero también resulta verdad que obtener
determinado galardón, al que muchos han
aspirado, representa una forma de
legitimación a la que no debemos
renunciar. Por ello, para César y sus
músicos tiene que resultar un motivo de
legítima satisfacción haber salido del
teatro Carlos Marx con la más ansiada
distinción de la discografía cubana.
No dudo en afirmar que este álbum
representa la madurez plena de César
López y Habana Ensemble, pues por su
nivel de complejidad fue un reto asumir
algo así. Concurrí al concierto que,
efectuado en el Amadeo Roldán, aparece
registrado en el fonograma y que sirvió
para celebrar en 2007 el décimo
aniversario de la agrupación. Para aquel
memorable festín, César planificó una
entrega especial: hacer acompañar a su
banda por la Orquesta de Cámara de La
Habana, formación encabezada por el
holguinero Iván del Prado quien, para mi
gusto personal, resulta el más
sobresaliente director sinfónico entre
los varios que existen en el presente en
nuestro país.
La combinación entre un grupo de jazz y
una formación cameral no es muy
corriente y preparar el repertorio para
el concierto debió demandar de los
implicados en el mismo un notable
esfuerzo, no solo para el momento de la
presentación, que por demás iba a ser
grabada para la edición de un disco,
sino en particular para todo el proceso
previo, que abarcó la selección de los
temas a montar, la confección de las
orquestaciones, la transcripción de las
partituras de cada uno de los
instrumentistas involucrados y el ensayo
del material a tocar, tanto por separado
cada una de las dos partes, como de
conjunto.
Téngase en cuenta que tal cúmulo de
acciones había que hacerlas sin dejar a
un lado el trabajo cotidiano que los
integrantes de Habana Ensemble y de la
Orquesta de Cámara de La Habana
desarrollan en sus respectivos proyectos
y de manera individual. De ahí que el
resultado final haya que valorarlo
doblemente, no solo por el altísimo
rigor estético que se percibe en los
nueve cortes incluidos en el CD
Clásicos de Cuba, sino también por
lo que debe haber representado en cuanto
a esfuerzo y desgaste personal haber
acometido un proyecto como este.
Un primer acierto del fonograma radica
justo en el repertorio escogido para la
ocasión. Es verdad que bajo el rótulo de
“clásicos de Cuba” podrían mencionarse
otras muchísimas composiciones que no
están en este disco, pero las que aquí
han sido plasmadas, sin discusión alguna
pertenecen a tal selecta categoría. A lo
anterior se añade que a la hora de
seleccionar, había que tener en cuenta
que fuesen temas con líneas melódicas lo
más amplias posible, lo cual facilitaría
el desempeño del instrumento solista.
Hay un relativo énfasis en canciones que
se inscriben dentro de la corriente del
filin, algo comprensible si se
piensa en lo que dicho movimiento
representó en la historia de nuestra
música en cuanto a dar origen a una
renovadora concepción armónica del
bolero y que no poco le debe al
horizonte del jazz, género en el que los
miembros de Habana Ensemble se mueven
como pez en el agua.
Entre los compositores seleccionados por
César López para interpretar en este
álbum sus melodías están César Portillo
de la Luz (“Noche cubana”), José Antonio
Méndez (“Quiéreme y verás”), Ángel Díaz
(“Rosa mustia”), Marta Valdés (“Tú no
sospechas”), Julio Gutiérrez (“Llanto de
luna”), Piloto y Vera (“Scherezada”),
Sindo Garay (“La tarde”), Tania
Castellanos (“En nosotros”) y Pablo
Milanés (“Tú mi desengaño”). A partir de
los temas elegidos de tan destacados
creadores de la cancionística nacional,
se hicieron un conjunto de
orquestaciones para integrar de manera
orgánica la sonoridad de un grupo como
Habana Ensemble con la procedente de una
formación como la Orquesta de Cámara de
La Habana, arreglos que corrieron a
cargo de Alexis Bosch, Emilio Martiní y
el propio César López. Quiero resaltar
este trabajo porque pienso que ahí está
la base de los notables resultados
alcanzados al final. Las orquestaciones
lograron que ninguna de las dos partes
involucradas en tan difícil aventura
viese disminuido su intervención en el
proyecto a un papel de segundo plano.
Por el contrario, cada una de ellas
complementa a la otra, con lo cual grupo
y orquesta son protagonistas en conjunto
del hecho musical.
Algo que me maravilla en particular es
el sonido registrado en los pasajes de
cuerdas, que no funcionan como simple
apoyatura o colchón sino que nos
transmiten una personalidad específica,
la que Iván del Prado le ha inyectado a
esta formación cameral, en la que la
afinación resulta laudatoria, cosa que
no siempre pasa con tales instrumentos
entre nosotros. Sobre dicho respaldo,
brilla el concepto improvisatorio
proveniente del jazz, pero de una forma
contenida, sin caer en excesos. En ese
sentido, si bien todos los integrantes
de Habana Ensemble hacen bien lo suyo,
junto al desempeño de César como
saxofonista, creo que hay que felicitar
lo hecho por Alexis Bosch desde el piano
y a Emilio Martiní en las guitarras
eléctrica y acústica. De igual modo, el
cantante Joaquín Moré se revela una vez
más como uno de los buenos vocalistas de
nuestra música popular en el presente.
Otro aspecto que hace de Clásicos de
Cuba un fonograma impresionante,
entre los mejores registrados en nuestro
país en lo que va de siglo XXI, es la
calidad de la grabación, a cargo de un
equipo de técnicos al frente de los
cuales figuró Eduardo Pérez, quien supo
colocar cada plano en el lugar preciso,
para que ningún detalle se perdiese en
el contexto de toda la masa sonora. Con
diseño del artista de la plástica
Reinerio Tamayo, en el CD el saxofón de
César funciona como hilo conductor y
protagonista principal de la grabación,
con ese saber hacer al que López nos ha
acostumbrado desde los ya lejanos años
80. Así pues, como se afirma en la
enjundiosa nota de presentación del
álbum y que está escrita por Gustavo
Falcón:
“En cualquier caso este disco es un
testimonio más de la grandeza,
versatilidad y capacidad de fusión de
nuestra música y así mismo de la pericia
de nuestros músicos, de la riqueza
polirrítmica y sonora de nuestros
géneros musicales y de la belleza
inmortal de algunas de las grandes
melodías nacidas del genio del pueblo
cubano, de cuyos autores con justicia se
enorgullece y a quienes esta entrega
también honra”. |