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(Declaraciones que tomó un oficial al
autor de los hechos)
I
Yo prendí el fuego y aticé la llama.
II
Nunca pensé hacerlo, perdí la cabeza a
última hora. Como le dijo mi abuela, no
soy malo. Jamás tuve problemas con la
justicia.
III
Sí, miraba a los muchachos que recibía
Jorge Ángel, y escuché los comentarios
en el barrio. Creí que sería un buen
negocio. Nadie iba a enterarse, ni
siquiera mi madre, ni siquiera mi
abuela.
Nunca antes entré en su casa, ni
cruzamos saludos las veces que
coincidimos en la escalera o a la salida
del solar, lo que ocurría muy a menudo.
Mi abuela se empeñó en hacerme creer que
no era conveniente saludarlo, que eran
muchos los prejuicios en el barrio, y
para que yo atendiera a sus reclamos
mencionó a Ramón, y aseguró que la
gente comentaba un montón de cosas desde
que al mutilado le dio por subir a la
casa del maricón. Fue esa advertencia de
mi abuela la que me hizo pensar que no
sería un mal negocio acercarme a Jorge
Ángel.
IV
Quedé turulato cada vez que miré a Ramón
conquistando la altura con su pértiga.
Me cautivaron sus saltos. Jamás miré de
cerca una catarata, pero la caída del
cuerpo de Ramón me parecía tan precisa
y natural como el agua que se despeña.
Admiré a Ramón cuando levantó los
brazos tras el salto, y era cierto que,
como él mismo decía, sus brazos en alto
armaban una V de victoria, y que de
victoria era su sonrisa, y la mirada, y
lo abultado del bolsillo después que
ganara cada apuesta. Si tras la entrada
de Ramón la puerta de Jorge Ángel
quedaba cerrada mucho rato, no debía ser
tan malo hacer una visita al maricón.
Ramón no se equivocaba casi nunca.
V
La primera vez fue con la excusa de un
vaso de agua. Creí que era un buen
pretexto, y sugerí que me sirviera la
más fría, casi helada. Le anuncié, para
justificar los tres vasos seguidos que
pedí, que el refrigerador en mi casa
estaba roto, que el calor se hacía
insoportable, y que no teníamos
esperanza de que pudieran arreglarlo.
Así dejaba abierta la posibilidad de
volver cada vez que quisiera tomar agua,
la que no se le niega a nadie, ni
siquiera a los perros. Hacer notar la
imposibilidad de componer el
refrigerador era un buen disparo;
hablaba de la falta de dinero
y de mi disposición para conseguirlo. Él
era inteligente y sabía muy bien lo que
estaba proponiendo. Con el pretexto del
agua podía insinuarme, y eso hice la
primera vez. Supuse como bueno
desabrochar un poco la camisa para batir
la tela. Como había notado los torsos
abultados de sus visitantes, quería
poner mi pecho en evidencia; aunque no
es muy pronunciado, sí está bien
definido.
VI
Por mucho que agité la camisa el primer
día, Jorge Ángel no se dio por enterado.
Por eso estuve trajinándome allá abajo.
“El agua está riquísima”, dije, y seguí
frotando.
—Es el tercer vaso que te tomas. Espero
que el inodoro de tu casa no esté roto,
y que la meada la eches por allá.
Eso dijo para insinuar la salida. Fue
grosero a la hora del despido. Chasqueó
la lengua y tiró la puerta, se asomó
luego al balcón. Por eso creí que para
mí se apostaba en el balcón. Pensé que
sería buena la insistencia. Desde la
acera de enfrente comencé la frotadera,
y alcancé lo que quería. Cómo no iba a
conseguirlo si a mi edad hasta el aire
la levanta. Con aquella grandeza
desplegada, le miré a los ojos y bajé
los míos de inmediato, hice un repaso a
mi entrepierna. Estaba insinuándole el
camino, pero jamás siguió el rumbo que
mostré, y encendió un cigarro, y bebió
de un tragó el líquido castaño. Por el
color parecía un ron añejo, quizá un
whisky. Por mucha que fuera mi
insistencia, no conseguí que Jorge Ángel
me mirara ni un instante.
VII
Parado frente a su casa, mirando hacia
el balcón, hice otro descubrimiento: la
sonrisa repentina no tenía que ver con
las dimensiones que le mostraba; el
regocijo lo estaba regalando al muchacho
que se paró por un instante en la misma
esquina de
Cuarteles y Aguiar. A él sí que le
sonrió con entusiasmo, y después vino
una señal que no entendí muy bien; podía
ser de “sube pronto”; es posible que
fuera “te tardaste, estoy esperando
desde hace rato”. Cualquier cosa que
significara el gesto fue seguido por la
desaparición de Jorge Ángel, y también
por la subida rapidísima que emprendió
el muchacho con ropas militares, las
que abandonó de inmediato, y prueba fue
la nueva salida que hiciera el maricón,
esta vez para colgar, en el cordel
estirado en el balcón, las ropas
militares. Después sentí una risotada,
un choque de cristales, y supuse unos
vasos bien servidos, sudados por el
hielo. Miré las ropas verde olivo.
VIII
Ni por un instante perdí de vista las
ropas batidas por el viento, que esa
tarde fue muy fuerte. Parado frente al
solar, apostado en la otra acera, no
hice otra cosa que mirar, imaginar,
pensar muchísimo. Si uno pasa mucho
rato observando el movimiento de unas
ropas batidas por el aire, de seguro va
a quedar embelesado. Las ráfagas no
siempre son iguales, y es curioso mirar
el cambio de intensidad en el meneo de
las ropas. Nunca antes me detuve en eso.
El viento, unas ropas colgando en el
balcón, y la mirada, obligan a pensar en
un montón de cosas. Quien se ponga a
indagar en las sacudidas de las ropas,
en sus balanceos mientras cuelgan de un
cordel, tendrá la mente muy ocupada, y
esa tarde el viento fue inestable, por
momentos parecía detenerse y conseguía
la firmeza de las ropas, luego se
tornaba inquieto, y la tela describía
caprichosas hondonadas. Así debió ser
todo dentro de la casa. Imaginé
galanterías, un alboroto, dolores y
placeres. Miré las ropas verde olivo.
Pensé en la suerte del muchacho. Lo
había visto muchas veces. De todos era
el más constante. Los vecinos insistían
en que vivía en la parte más oriental de
la isla, aseguraban que vio la luz en
Cacocum y que en La Habana pasaba su
servicio militar, que se nombraba Disney
Yanier, que Jorge Ángel recibía sus
cartas y lo llamaba Pablo, que le
escribía desde cualquier lugar donde
estuviera. Dicen que para evitar ser
descubierto en amoríos con el maricón,
escribía Clara en lugar de Jorge Ángel.
Dicen que el vecino respondía cada vez
que el cartero reclamaba al
destinatario del 105 de Aguiar. Clara
Pérez, chillaba el cartero y Jorge Ángel
corría por las escaleras. La última que
recibió estaba fechada unos días antes
de la muerte del maricón. En aquella
carta, el que se nombraba Disney Yanier
y Jorge Ángel apodaba Pablo, trató de
convencerlo para que no celebrara el
cumpleaños, al menos no como él quería.
Jorge Ángel hizo algunos comentarios con
el muchacho en la última visita, y
aunque Disney Yanier insistió para que
festejaran solos, se empeñó en tener
doce invitados.
Para poner distancia, para mostrar su
inconformidad, Pablo no lo llamó
amorcito, como le gustaba al maricón.
Quería dejar claro que su decisión de
tener doce invitados lo tenía muy
molesto. El que escribía cartas no lo
nombró Clara esa vez, lo llamó señor,
queriendo hacer evidente que surgía
entre ellos una distancia. Jorge Ángel
estuvo sonreído con la lectura de aquel
pliego, creyó que su Pablo, su Disney
Yanier de Cacocum, tenía celos, y estuvo
muy feliz. Quizá por eso se empeñó en
hacer una fiesta de cumpleaños
diferente, y no atendió a las
recomendaciones del muchacho, que se
impuso demostrar que esa reunión le
haría mucho daño en lugar de hacerle
bien, y también estuvo asegurando que
habría abuso en la cena del señor, que
por tener tantos invitados surgirían
entre ellos diferencias a montones y que
se harían muy evidentes en esa noche de
celebración, que todos estarían
dispuestos, porque no tenían ni casa ni
comida, a conquistarlo, y para eso
harían cualquier cosa. Hasta le
preguntó por qué no se conformaba con
su compañía. Volvió a sugerir que debían
celebrar solos y muy juntos, le aseguró
que no se iba a arrepentir, que
acumulaba sus deseos para ese día, y no
escribió más, ni siquiera la certeza de
que se verían el dos de agosto. Jorge
Ángel siguió empeñado en hacer la fiesta
como él quería. Era testarudo, y además,
creía que a sus años sería bueno no dar
muchas seguridades al muchacho, que
debía crear
sospechas. De asumir la competencia iba
a ser más cariñoso, y haría de todo para
que Jorge Ángel le ofreciera seguridad.
Disney Yanier no quería volver a Cacocum,
pero Jorge Ángel no estaba dispuesto a
darle toda la confianza. Las certezas
las ganaría en el enfrentamiento con los
otros.
IX
A Disney Yanier lo estuve mirando muchas
veces, y desde la primera quise estar en
su lugar, pero el día en que subí para
pedir agua fue peor. Quizá el embeleso
que me trajo el aire que movió la ropa
verde olivo, me llevó a preguntarme por
lo que harían dentro de la casa. Supuse
al muchacho colmado de atenciones,
dispuesto a pagar por ellas. Eso decían
en el solar, y yo imaginé cómo se dejaba
manosear. Me figuré que era yo quien
estaba sentado en un sillón en la casa
de Jorge Ángel. Esa tarde miré cada
detalle de la sala, y luego reproduje en
mi cabeza aquella escena. Me supuse
mirando cada objeto. Sería bueno que
notara mi deslumbramiento con el
decorado de la casa. Entendería como
ingenuidad el hechizo que me producía
cada cosa que lucía en la sala; que me
creyera alegre y encantado hacía
evidentes nuestras diferencias. En mis
sueños observé, de entre todos, el
jarrón con el negro dibujado, y me
imaginé sobándome para que Jorge Ángel
mirara y fuera creciendo su entusiasmo.
Pensé que podía tomar un candelabro y
acercármelo a la pinga para que
consiguiera comparar las dimensiones.
Tuve la seguridad de que, si agarraba
uno de esos candeleros y lo viraba con
sus bocas hacia abajo, lograría coronar
mi sexo con el cilindro hueco que está
al centro, después de quitar cada una de
las velas. Me figuré con la pinga
coronada e intentando el equilibrio.
Tres brazos a cada lado, y mi sexo
sosteniendo el candelabro, juntado a la
armazón de hierro por el brazo más
central y luchando por mantener el
equilibrio. ¿Acaso encontraría Jorge
Ángel mejor insinuación? ¿Se resistiría
ante tanta fortaleza? ¿Alguno de sus
muchachos lo había conquistado con tales
acrobacias? Yo miraba el vaivén de la
ropa verde olivo e
imaginaba las oscilaciones de mi pinga
para conseguir el equilibrio. Suponía a
Jorge Ángel encantado, hincado frente a
mí, y suplicante, siguiendo con sus ojos
los vaivenes del candelabro, las
sacudidas de mi pinga; completamente
embelesado. Yo miraba las ropas en su
andar, y a mi vecino asegurando que para
el otro encuentro buscaría uno más
grande, que tenía uno idéntico a otro
muy famoso que todos conocían como el
del templo de Salomón. Yo aceptaba el
reto, y él insistía en el hecho de que
no podría soportar su peso, que iba a
caer rotundo partiendo algunas losas, y
yo que probáramos, y él, que no le
gustaba ver perder a su muchacho, que
prefería del macho las victorias, y yo,
que hiciéramos apuesta, que si prefería
perder no se iba a arrepentir, y qué
cuánto apostaríamos. “Mucho.” “¿Cuánto?”
“Ya verás, no te desesperes.” “¿Cuándo?”
“No te apures, que vas a perder el
equilibrio. Se está inclinando demasiado
a la derecha.” “Mira bien. ¿Tú crees de
verdad que se va a caer?” Y Jorge Ángel
asegurando a media voz que no le
gustaría que se cayera, y para eso
modulaba suavemente, hacía notar lo
entreabierto de la boca tan mojada. Se
resistía, todavía hincado, a entregarse
a la exaltación que le mostraba.
Yo miraba las ropas verde olivo batidas
por el viento. Imaginaba lo que podía
estar pasando.
X
Por supuesto, oficial, está clarísimo
que debí largarme, volver por los
portales del Payret, buscar mi dinero
sin empecinarme en Jorge Ángel. Pude
caminar esa noche hasta 23 y Malecón
para seducir a un extranjero. A esos les
gusta sentirse enamorados, oír muchas
mentiras, y siempre responden con
dinero. En algunas cosas, Jorge Ángel me
recuerda a un extranjero, parece un
hombre de mundo, quizá sea su altanería.
Ya le dije que Jorge Ángel era muy
arrogante. Todos en el solar decían que
se creía un montón de cosas, y usted
sabe lo que eso significa. A mí me
gustaba también por orgulloso, por el
desprecio que les dedicaba a casi todos
en el solar. Su actitud nos hacía
diferentes, y eso me gustaba. Debí irme
a 23 y Malecón, habría sido buenísimo
buscarlo en otra parte, quizá en un
extranjero poderoso. Debí marcharme,
pero me quedé toda la tarde. Y a pesar
de lo mucho que insistió mi abuela para
que subiera a bañarme, para que subiera
a comer, para que subiera a dormir,
permanecí sentado en la acera de
enfrente, mirando, vigilando. Cuando
amaneció, ya había soñado que yo era el
dueño de esas ropas, y que Jorge Ángel
me había cocinado algo mejor que lo que
ofrecía mi abuela. Siempre lo mismo en
mi casa. Y ni siquiera nos sentábamos
alrededor de la mesa; cada cual con el
plato en la mano, apurando la cuchara,
porque esa comida no merecía
reverencias. La del maricón seguro que
alcanzaba grandes elogios del muchacho,
y quizá hasta apagaba las luces, y
encendía cada vela que lucían sus
candelabros, y descorchaba el vino, y
llenaba las copas que chocaban haciendo
el brindis, y le hacía una seña, una
reverencia a su juventud, a su desnudez,
a la noche que los juntaba.
Esa fue mi desgracia, quedarme apostado
en la acera toda la noche, y luego
fueron muchas, en lugar de hacer lo
mismo que antes. Ese día no fui al
Payret, y en la noche no caminé hasta 23
y Malecón. La madrugada completa
preguntándome por qué no era yo el que
estaba encerrado con el maricón, tomando
un coñac después de la comida, desnudo
ante sus ojos, cuando debí andar
procurándome el dinero en otra parte.
Nunca antes me había fijado en Jorge
Ángel, pero saber que Ramón lo visitaba
me llenó de curiosidad. Sería mucho más
fácil si podía conquistarlo. Bastaba
una señal y yo subiría la escalera dando
saltos.
Su indiferencia, oficial, me despertó
las ganas de conquistarlo, de hacerlo
mío. Soñé con tenerlo a mis pies,
comiendo de mi mano, buscándome a toda
hora, exaltado si llegaba con retraso a
su casa, y que al fin me pediría que lo
acompañara siempre. Esa noche me
pregunté por qué no era yo quien le
regalaba las mejores embestidas, mi
virilidad tan joven, como antes hice con
otros por dinero. Así no tendría que
estar exponiéndome en la calle a las
miradas de la gente, a que la Policía me
detuviera por andar cazando maricones.
Si me aceptaba, no iba a prestar oídos a
los comentarios. Jorge Ángel era el tipo
más distinguido en el solar, el de
mejores desenvolvimientos, y cuando
andaba por el Payret lucía diferente de
los demás. Era arrogante, pero si se
decidía por algún muchacho, parecía
tierno. Nunca noté que se apurara en la
seducción; le gustaba conversar, se
reía, y prestaba atención a lo que
dijera el otro. Creí que podía jactarme
de los gustos que iba a darme, y del
cariño. Hasta llegué a soñar que hacía
ejercicios en medio del balcón. Él mismo
me compraría un Hércules, unos buenos
dumbells Reebok con cubierta de caucho,
que no hicieran ruido al chocar con el
suelo. Parado en el balcón, haciendo
ejercicios, mostrando mis pectorales
como Arnold Schwarzenegger, demostraba
que aquel era mi terreno, aunque a mi
abuela le diera un patatús. La infeliz
no había podido darme lo que me
ofrecería Jorge Ángel en menos de un
minuto.
Imaginaba a un Jorge Ángel orgulloso
ante el empeño en cultivar mi cuerpo.
Lo suponía espiándome, discretamente,
para que yo no descubriera su
entusiasmo. Hasta llegué a creer que
tendría montones de enfrentamientos en
el barrio por las burlas que me
dedicarían los vecinos. Di trompadas a
diestra y siniestra cuando escuché las
bromas. Exigí respeto con la fuerza de
mis puños. Y no es que me importara
mucho que anduvieran susurrando que yo
era el marido del maricón. Eso no lo
escondí nunca, ni siquiera en sueños,
pero exigí respeto. Podían murmurar lo
que quisieran, solo que las burlas no
podía permitirlas. Terrible era volver
a la realidad, descubrir que seguía solo
y apostado en la acera, mirando el
balcón de siempre.
XI
Nunca antes tuve un capricho ni siquiera
parecido. Atendí a un montón de
maricones y luego volví a mi casa con
dinero, y ayudé a mi abuela. Ella nunca
preguntó de dónde lo sacaba, para qué
iba a preguntar si éramos tan pobres.
Jorge Ángel necesitaba un hombre que lo
acompañara, que lo protegiera, que le
diera placeres y fuera fiel, al menos en
apariencias, porque si extrañaba alguna
vez el favor de las muchachas, él me
daría cinco dólares y yo me iría a la
esquina de Monte y Cienfuegos por un
rato, para volver luego a su lado. Yo
también necesitaba alguien que se
ocupara de mí, alguien que me diera un
poco de cariño, alguien que se
contentara cuando apareciera en la
esquina de Cuarteles y Aguiar. Yo
estaba dispuesto a todo, pero Jorge
Ángel no. Me mortificaba que escogiera a
otros, casi siempre venidos de Oriente.
Fue por eso que decidí, una de esas
noches en que Jorge Ángel recibió a
Disney Yanier, robar las ropas militares
desplegadas en el balcón.
Suponía que, tras el robo, el muchacho
se pondría muy furioso, que no
encontraría pretextos para explicarse
ante los superiores, y lo más seguro,
que terminaría castigado, sin pase unos
cuantos días, quizá unos meses, y quién
duda que hasta lo dejaran preso: porque
un soldado no puede abandonar nunca su
uniforme, y mucho menos para desnudarse
delante de un maricón. Ese sería el
momento en que Jorge Ángel cedería a mis
provocaciones. Entonces sí que iba a
invitarme a subir. Esas ropas eran la
evidencia, y si era preciso las haría
llegar a los superiores de Disney Yanier,
para que conocieran de una vez por todas
en qué se entretenía el oriental cuando
se ausentaba. Esas ropas eran mi
tormento, y además, las pruebas contra
el soldado que se fugaba por las tardes.
Esperé a que entrara bien la madrugada y
subí reptando. La reja que custodiaba la
puerta del vecino de los bajos me ayudó
a conseguir la altura y me escurrí
llevando el uniforme militar.
En la mañana tuve una gran certeza:
Jorge Ángel no estaba dispuesto a perder
a su muchacho. Haría cualquier cosa para
mantenerlo a su lado. Vi a Disney Yanier
marcharse vestido con ropas militares.
Debió pagar mucho dinero para conseguir
unas idénticas en tan corto tiempo. Y
porque suponía que detrás de todo andaba
yo me dedicó una sonrisa, que ni
siquiera me pareció acusatoria. Yo no
merecía su desprecio. Su sonrisa
demostró que tampoco sería su enemigo.
Pasé el día de muy mal humor, y no hablé
con nadie, ni siquiera con mi abuela,
tampoco quise comer. ¿Qué me hacía tan
diferente del recluta? ¿Por qué no podía
ser yo el que abandonara la casa en la
mañana contando los billetes que él me
pusiera en un bolsillo del pantalón?
Entonces sí me iría a dormir
tranquilamente, y sin arrepentirme.
Valía la pena darle un poco de placer si
luego me llenaba el bolsillo, y podía
regalarle a mi abuela un billetico, y
también a mi madre, para que jugara a la
bolita.
XII
No estoy tratando de hacerle creer que
no tenía experiencias. Le confesé que,
desde mucho antes de que intentara
seducir a Jorge Ángel, anduve dando
vueltas por los portales del Payret, y
que lo miré un montón de veces, pero
nunca se fijó en mí. Sepa, oficial, que
tampoco me importó que me ignorara.
Primero estuve curioseando, quería
comprobar lo que comentaban mis amigos
de la escuela, y para eso me escapé por
las tardes. Prudente caminé por los
portales, observando. Mi carácter
reservado, mi discreción de siempre,
despertó el apetito de un montón de
maricones. Yo me mantenía aislado, pero
atento.
Quien primero se decidió por el asedio
fue el Chupadedos. Apareció de entre las
columnas del Payret y habló del calor
tremendo, dijo que el día era espléndido
para estar sin ropas, pero yo no
respondí, le di la espalda. Como no lo
mandé a la mierda ni me cagué en su
madre, porque no lo amenacé con golpes,
el Chupadedos decidió insistir. Su
obstinación fue casi idéntica a la que
desplegué luego en la conquista de Jorge
Ángel.
Y habría seguido negándome, de no ser
porque miré a mi madre vociferando entre
columnas. América se preguntaba qué iba
a hacerle al mundo con cincuenta y tres
centavos, y fueron burlonas las
reacciones de la gente ante el
escándalo. Me enfurecí con mi destino,
me puse triste, y si no me eché a llorar
fue por la insistencia del Chupadedos.
Le acepté el palique, y hasta sonreí
cuando comentó de los tantísimos locos
de La Habana, y no dije que aquella
mujer era mi madre. Sentí vergüenza y
aprobé sus comentarios. Dijo que era
grandísimo el calor, que quizá el sofoco
provocaba la locura. Acepté el refresco.
“Lo prefiero de limón”, aseguré, y
cruzamos la calle. Sentados en los
alrededores del Capitolio, estuve
escuchando una y mil insinuaciones,
acepté la mirada perversa de Manolo, sus
comentarios. Acepté, porque estuvo
insistiendo mucho rato, desabotonarme la
camisa, y admití como buena su
insinuación de que mis manos debían
tener gran parecido con mis pies, que de
seguro tenían el mismo color, y dedos
largos, y uñas anchas, y venitas muy
azules, y piel suave, más incluso que en
las manos, porque no estaban tan
expuestos. Y por mucho que me negué,
terminó convenciéndome para que me
quitara al menos un zapato, para que
apoyara la pierna con el pie descalzo
sobre el otro muslo. Suplicó que me
quedara quieto, para ver. Juró que no
haría nada si antes no estábamos de
acuerdo. Miró, miró, y estuvo hablando
muy exaltado, hizo el elogio de mi pie
descalzo. Describió el empeine,
descubrió el arco. “Debe ser muy
flexible. ¿Lo moverías un poquito?”
Habló del tono exacto en el color y
estuvo siguiendo el curso de las venas.
Reprodujo en el aire, y con un dedo, el
rumbo de la sangre. “¡Qué contraste, qué
belleza!” Y habló del calcañal, de los
tendones, de un talón de Aquiles muy
expresivo. “No sabes cuánto me gustaría
repasarlos con mis dedos, y olerlos
luego. Te cortaría las uñas si
quisieras.” Sacó una pluma de gallina,
propuso un cosquilleo. “Me gustaría
tanto escuchar tu carcajada.” Intentó
acercarse, quiso oler, propuso
finalmente los diez dólares.
XIII
¿Y por qué no iba a aceptar si en mi
casa nunca había que comer? ¿Por qué
negarme si mi madre andaba por los
portales del Payret, vociferando,
preguntando qué hacerle al mundo con
cincuenta y tres centavos? ¿Por qué iba
a sentir vergüenza? Él me ofrecía diez
dólares a cambio de que lo dejara dar un
poco de cariño a mis dos pies. Diez
dólares, una fortuna, por quitarme los
zapatos en la oscuridad del cine. Acepté
los reclamos de
Manolo, el Chupadedos, a pesar de su
figurita. Me costaba imaginar a ese
obseso viviendo en aquel cuerpo
diminuto, pero yo era muy joven y no
sabía nada de esas cosas. Por diez
dólares entré al Payret. Ni siquiera
recuerdo el título de la que pusieron
ese día. Estaba un poco nervioso, pero
me quedé descalzo como exigió cuando
estuvimos bien situados, en las lunetas
más cercanas a la pantalla, a donde no
llegaba la acomodadora, quien también
recibía caridades cuando era capaz de
hacerse de la vista gorda, y además
espantaba a los intrusos. El Chupadedos
le puso un dólar en la mano con mucha
discreción, y la miró como si se tratara
de una casera. Ya descalzo, escuché otra
vez el elogio de mis pies, entonces más
exaltado. Nunca antes recibí tantas
caricias, y sentí un cosquilleo enorme.
Estuve a punto de soltarme en
carcajadas, y él insinuó que no me
contuviera, que podía reír si era capaz
de no llamar demasiado la atención. “Ríe
un poco, pero bajito.” Y lo complací
sentándome en el suelo, frente a él, y
alcé los pies para aprisionar su cara
con las plantas, para tapar su boca,
para acariciar la oreja, la nariz.
“Suave, suave, suave, no te apures,
déjame sentir la piel.” Y permití que se
metiera los cinco dedos de uno de ellos,
y percibí el saliveo, y hubiera puesto
también el otro sin recato, lo hubiera
dejado recortarme cada uña, como quería,
de no ser porque escuché la voz tan
estridente: “Maricones, pervertidos.” Y
aunque la oscuridad no me dejó ver la
cara, reconocí la voz de América. Era mi
madre quien gritaba, y Manolo el
Chupadedos salió corriendo, y yo detrás,
y luego la acomodadora, y a pesar de
todo cuanto estuve indagando en todos
los rincones de La Habana Vieja, no
conseguí encontrarlo.
XIV
No siento vergüenza. Es verdad que lo
del Chupadedos me salió mal la primera
vez, pero luego estuve consiguiendo un
dinerito. En ocasiones hasta lo llamé
por teléfono a la oficina, y escuché
cómo le pidió a la secretaria que lo
dejara solo. Entonces me exigía que
respondiera a cada pregunta o que
escuchara silencioso. Increíble era la
imaginación del Chupadedos. Inventaba
situaciones increíbles; la voz
entrecortada, parecía que su vida se
escapaba en los suspiros. Siempre los
pies, cada vez situaciones tensas, y
nunca alcanzaba, ni siquiera porque
dependía de su imaginación, acabar
amando sin riesgo mis dos pies. Por esas
conversaciones telefónicas me pagaba
cinco dólares. Lo esperaba en algún
parque de La Habana Vieja para recibir
el pago. Prefería que me sentara en un
banco solitario, con uno de los pies
descalzos, y apoyado únicamente sobre el
asiento el calcañal. El resto del pie
debía flotar casi en el aire. Así debía
estar cuando llegaba. Le fascinó
descubrir cada vez mis caricias sobre el
pie descalzo, y que luego apartara la
mano, que lo dejara libre. Me ponía el
billete de cinco dólares entre dos
dedos, se carcajeaba porque le parecían
tenazas mis dedos prendidos al billete.
Nunca dejé que el pago cayera al suelo.
Aprendí a disfrutar ese momento. Ese era
el instante de mayor éxtasis. Y si no
estuviera aquí ahora, frente a usted,
estaría esperando al Chupadedos en un
parque, o insinuándome en el Parque
Central, en los portales del Payret, en
23 y Malecón. ¿Usted nunca pasó de noche
por el BimBom? ¿Nunca caminó la Rampa
después de las once de la noche? ¿Usted
no se puso a mirar alguna vez a los
clientes de la cafetería de 23 y P?
No, oficial, no me arrepiento. Nadie va
a conseguir que me avergüence. Volvería
a hacer las cosas de manera idéntica.
Jamás volveré a hablar de la miseria en
mi casa, de mi madre loca, de mi abuela
enferma. Si salgo de la cárcel repetiré
cada cosa, si es que me queda juventud.
Siempre hay un montón de maricones como
Jorge Ángel en La Habana. Aunque a ese
no lo podré matar de nuevo.
XV
No sé por qué pregunta por América.
¿Acaso quiere confundirme? ¿Quiere
cogerme de atrás p’alante? Ella no tiene
nada que ver en esto. Mi madre siempre
anda apostando. Es lo único
que le interesa, y nunca se percata de
mi presencia. La noche anterior al
incendio, la primera del mes de agosto,
entró al solar sin notar al trasnochado
de su hijo. Esa noche Jorge Ángel no
recibió a Disney Yanier. Quien estaba
dentro era Ramón, lo miré cuando subía y
escuché las risas, más tarde Jorge Ángel
dispuso en el balcón la camisa del que
fuera saltador, y los pantalones
recortados. Esa vez también estuve
observando el movimiento de las ropas,
que fue muy breve. La noche del primero
de agosto fue de calma, y Ramón no se
quedó a dormir. Se le hizo muy difícil
la bajada, le resultó muy complicado
aferrarse a la muleta y sujetar el
regalo que le hiciera Jorge Ángel.
Porque soy curioso, estuve indagando en
el obsequio y descubrí la imagen de
Ramón sobre el más alto de los podios, y
con oro coronado. En la foto sonreía el
saltador escoltado por Sergei Bubka. El
ucraniano ocupaba un peldaño más bajo
que Ramón. Jorge Ángel parecía quererlo
mucho, y fue capaz de hacer creer al
mutilado que era un campeón. Jorge Ángel
era capaz de todo, incluso de convertir
a un amputado en campeón mundial de
salto con pértiga. Cada evidencia
aumentaba mi obsesión. Lo mismo iba a
hacer alguna vez conmigo, por eso
permanecí apostado después que se marchó
Ramón. Tenía la esperanza de que mi
vecino dijera por fin que estaba
dispuesto a recibirme; lo que hizo
realmente fue cerrar las puertas del
balcón y apagar las luces, pero yo seguí
sentado, y observé a mi madre cuando
entró en la madrugada. Parecía
obsesionada con un número. América jamás
notaba mi existencia, ni siquiera
reconocía que era madre. Para ella lo
único importante son los números a los
que apuesta cada día. Fíjese que estando
tan cerca aquella primera tarde en la
que entré con el Chupadedos al Payret,
no se dio cuenta de que quien ponía los
pies en la boca de Manolo era su hijo. Y
lo peor fue que esa misma tarde llegó a
mi casa con un par de zapatos viejos,
los mismos que dejé olvidados en el cine
al salir corriendo. Le dijo a mi abuela
que los encontró en un cine, que los
vendiera para conseguir algún dinero.
Nunca le sugirió que me los regalara.
Tampoco creo que supiera que su hijo
estaba escaso de zapatos, que había
perdido en el Payret los únicos que
tenía. América jamás recuerda que tiene
un hijo. Desde muy temprano se levanta y
revisa el monedero. Cada día lo mismo,
un menudo muy sutil, veinte centavos,
treinta. Nunca llega a un peso. Cada
mañana mi madre nos despierta con la
misma pregunta: “Ay, América, y qué vas
a hacerle al mundo con cincuenta y tres
centavos.” Siempre lo mismo, a hora
idéntica: cuatro de la madrugada. Lo
único que cambia es el monto del menudo.
Jamás llega a un peso. Mi abuela asegura
que perdió la cabeza desde que yo nací.
Y no dice tal cosa para culparme, más
bien intenta justificarla, desea que yo
no sienta vergüenza por la madre que me
regaló la vida. Muy pocas han sido las
ocasiones en las que me trató como a un
hijo. Dice mi abuela que América no
tiene certezas, que su enfermedad la
hace olvidar, que una de sus lagunas,
la más grande, tiene que ver con el
parto. “Yo nunca tuve hijos”, eso dice.
Su única obsesión es el dinero,
conseguir durante el día lo que
apostará a alguno de los números con los
que sueña. Hay días en los que relaciona
la cantidad de menudo que guarda en la
cartera con los números. Desde hacía
mucho, América estaba obsesionada con
apostar al seis: tenía dos piezas en su
cartera, una de cinco centavos, y la
otra era menor, un quilo prieto, un
centavito nada más, de ahí sus ganas de
apostar al número. Por eso creyó que los
dioses la ayudaban cuando encontró un
peso en la puerta del solar. Por la
tarde apostó a su número de suerte.
América ganó setenta pesos una noche, la
penúltima del mes de julio, y quedó
inconforme. Si había ganado con el
número que distinguía a la candela
chiquita, lo más prudente sería atizar
la llama, y a la noche siguiente volvió
a jugar. Era la última de julio, y
apostó, a pesar de las súplicas de mi
abuela, los setenta pesos al sesenta y
seis, es decir, a candela grande, y
volvió a ganar, esa vez cuatro mil
novecientos pesos, que mantuvieron
feliz a mi abuela por un rato, hasta que
se enteró de que América estaba
dispuesta a no parar. “Hay que estimular
la candela para que se convierta en
fuego.” Eso dijo América, y puso en las
manos del apuntador todo el dinero.
Cuatro mil novecientos pesos apostó
América al noventa y nueve, porque el
sesenta y seis al revés era fuego
enorme. América conoció la suerte y ganó
trescientos cuarenta y tres mil pesos,
una fortuna. Y a pesar de que el
bolitero dijo que no pagaba una cifra
como esa, terminó cambiando su opinión.
América sería capaz de armar escándalo y
la Policía se haría cargo del asunto,
sin dudas lo meterían en la cárcel. Así
que pagó el dinero creyendo que la
demente apostaría todo cuanto ganó a un
número cualquiera, y que de esa manera
volvería a sus manos el dinero, porque
América no iba a ser asistida por la
suerte cuatro veces, porque a la cuarta
va la vencida. Y América volvió a jugar,
para alegría de su madre y para
desgracia del bolitero, solo un peso.
Esa vez apostó a sus dos números de
suerte; con el seis y el nueve armó el
sesenta y nueve, que en la charada es
cementerio, y a la loca le pareció
prudente, según ella, después del fuego
enorme venían el luto, el cementerio.
La noche en que América ganó trescientos
cuarenta y tres mil pesos, la primera
del mes de agosto, yo estaba apostado en
la acera mirando a los balcones del
maricón, esperando algún indicio, alguna
señal que me hiciera Jorge Ángel
invitándome a subir. Tenía la esperanza
de que estuviera arrepentido, que Ramón
no le hubiera dado todo el placer que
precisaba. Pasé muchas noches de
vigilia, semanas, meses, y tenía la
certeza de que al menos por mi empeño
iba a pedirme que subiera, para exigir
que dejara por fin de vigilarlo. Esa
sería mi prueba de fuego, en ese momento
debía desplegar todos mis encantos. Era
el momento en el que debía seducirlo
para siempre, pero esa noche no me
invitó a pasar, y miré a mi madre
entrando de última al solar sin que se
percatara de mi presencia, tal vez
entusiasmada por todo el dinero que ganó
y que le entregarían al día siguiente.
Entró chocando las palmas de sus manos,
a ritmo de conga, y cantaba, más bien
chillaba. “Candela, quiero candela.
Candela, quiero candela.”
Es por eso que algunos vecinos han
estado diciendo que fue la demente de mi
madre quien prendió el fuego que
achicharró a Jorge Ángel, el mismo que
asó a Esteban y también a Ovidio.
¿Usted no les cree, verdad? Los vecinos
del solar, de todo el barrio, no tienen
razón. América no le hace daño a nadie,
a ella nada le interesa, únicamente
apostar a un número y ganar dinero para
seguir jugando. América adora el
desafío, el riesgo. Está interesada
solamente en la aventura que significa
apostar todo lo que tiene, ni siquiera
se interesa por mi abuela, ni siquiera
recuerda que tiene un hijo. Es famosa en
La Habana entera por la palabrera que
desata mientras camina la ciudad.
Siempre lo mismo, hablando de la
charada, asociando sus números con los
sueños, con la vida. América grita para
que la escuchen bien, o quizá porque se
cree la única en el mundo. América nunca
escucha, no le gusta que le hablen. Son
injustos los que creen que fue la loca.
Jamás haría una cosa así.
XVI
Ella nunca haría una cosa como esa, para
hacerlo sería necesario que recuperara
la razón. No sé por qué hay vecinos que
dicen que fue ella quien mató a Jorge
Ángel, quien mató a Ovidio, quien mató a
Esteban, y que más tarde prendió el
fuego. Ya le dije que fui yo, y lo
seguiré diciendo. Qué más quiere. Le
estoy dando mi confesión. Yo sé todo
cuanto dicen los vecinos, escuché los
comentarios un montón de veces, y
algunos se atrevieron a decírmelo. Dicen
que el dos de agosto cumplió años,
igualito que Jorge Ángel, y que ella no
pudo celebrar su aniversario. Es cierto
que nacieron un dos de agosto y que
tienen la misma edad: cuarenta y cuatro,
pero mi madre luce más vieja, quien la
mira le supone unos sesenta. También es
cierto que la madre de Jorge Ángel, y la
de mi madre, salieron chillando del
solar a la misma hora. Según mi abuela,
a las doce de la noche gritó fuerte por
el dolor, y miró cómo se le rompía la
fuente, creyó que iba a morir. Un
instante después, quizá menos de un
segundo, se escuchó el grito de
Esperanza, la madre de Jorge Ángel. Al
parecer es verdad que las dos mujeres
coincidieron con sus chillidos en el
portón enorme del solar. Las dos
subieron al mismo
auto, un carro de Policía que pasaba en
ese instante por la calle. Por mucho que
el guardia quisiera sofocar los gritos
de las parturientas, auxiliándose de la
sirena de aquel auto de policías, no
pudo conseguirlo. Dice mi abuela, quien
tiene muy buena memoria, que los gritos
eran más que semejantes, que eran
idénticos, y que también lo eran los
intervalos de silencio que se instalaban
entre un grito y el siguiente.
Las dos mujeres parieron en maternidad
de Línea a la misma hora, eso no lo
niega nadie, y fue así como lo
registraron en el hospital. Al parecer
no hubo ni un segundo de diferencia, ni
siquiera una milésima de segundo, y los
médicos hablaron de la sincronía de los
gemidos, de la comunión entre los
jadeos, y también dijeron que, aunque
sus rostros eran diferentes, la
relación que tuvieron con el dolor las
volvió muy parecidas; idénticas las
muecas, y las contracciones en los
músculos, y cada movimiento. Coinciden
los parteros, los vecinos, en que
exactas fueron las dilataciones y las
ganas de soltar lo que tenían dentro.
Los instantes en que se asomaron las
cabezas de los que estaban por nacer
coincidieron en el tiempo, y todo cuanto
quedara por hacer resultó también sin
diferencias. A la misma hora cortaron
los cordones que juntaban a los acabados
de llegar con sus mamás. Los dos
inocentes parvulitos lloraron encajados
en el mismo relámpago de tiempo, y los
vagidos tuvieron ecos bien parejos. Todo
pareció increíble. Quizá por eso los
médicos estuvieron sugiriendo que
pusieran el mismo nombre a los dos
recién nacidos, solamente tendrían una
diferencia, y era la última letra de
cada apelativo. Es verdad que eso
aseguran los vecinos, y nadie sabe cómo
se enteraron, porque las dos mujeres
nunca quisieron estar hablando del
asunto. En algo no hubo concordancia, y
fue en el hecho de que los bebitos no
tuvieron el mismo sexo. América era
hembra, el otro fue varón. Por eso los
médicos estuvieron empeñados en poner
América a mi madre, porque América
Arias era el nombre que llevaba el
hospital, que según creo, era el de una
benefactora que nació en Sancti
Spíritus. Mi abuela estuvo de acuerdo y
aceptó sin miramientos
que coincidiera el nombre de la
bienhechora con el de su hija, no había
pensado en ninguno todavía. Quien se
negó rotunda fue Esperanza, la madre del
varón. La recién parida dijo no y lo
siguió diciendo, aunque los médicos
intentaran convencerla de que llamara
Américo a su hijo, como Américo Vespucio,
y para convencerla dijeron que tal
nombre quizá lo convertía en marinero, y
que haría grandes y largos viajes por el
mundo que lo llevarían a la gloria. El
médico que asistió el parto del varón
aseguraba que por las audacias del
florentino que se llamó Américo un
continente entero recibió su nombre,
pero quien parió al varón siguió negada,
y dijo que no quería que su hijo, quien
iba a lucir un nombre diferente, tuviera
alguna relación con esa niña que acababa
de nacer, y que nada entre los dos era
común. Aseguran los vecinos que después
del parto la madre de Jorge Ángel se
anduvo incomodando con los médicos y dio
unos cuantos gritos para hacerse
respetar. Su hijo se llamaría Jorge
Ángel, porque Jorge Ángel era el
apelativo de su abuelo, y desde más
atrás venía el nombre.
XVII
Mi abuela Rosa nunca mencionó algo
parecido, por eso no voy a dar crédito a
las habladurías de los vecinos que
quieren culpar a mi madre del incendio y
de las muertes. ¿Para qué querría matar
a Esteban? A ese hombre nadie le deseaba
el mal. Si es cierto lo que andan
diciendo los vecinos, es posible que
tuviera muchas razones para matar a los
otros dos, pero del dicho al hecho va
mucho trecho, y mi madre no es capaz de
matar ni siquiera una mosca. Yo soy el
asesino. Fui yo quien prendió el fuego.
Mi abuela es una mujer muy reservada,
nunca me hizo ninguna insinuación.
Únicamente si hubiera perdido la cabeza
como su hija. No busque más culpables,
oficial. Fui yo quien lo mató porque
seguí obsesionado con lo mismo, creyendo
que merecía el mismo afecto que Jorge
Ángel regalaba a sus muchachos, y
también los billetes. La verdad es que
continué vigilando al maricón en las
noches, esperando una señal.
En las mañanas me puse a cultivar un
mejor cuerpo. Ya puede notarse la
pronunciación de mi pecho, y el cuello
está más grueso, y los bíceps y los
tríceps, definidos. ¿No lo ha notado
usted? Él debió percibirlo, pero se
mantuvo alejado. Supongo que sabía la
verdad, aunque dicen que su madre nunca
reveló a nadie la verdadera paternidad.
Supe desde chiquito que la madre de
Jorge Ángel, que en paz descanse, y mi
abuela Rosa, se profesaban un odio
grande, pero nunca imaginé las razones.
Cada vez que pregunté, mi abuela terminó
alterada, siempre dijo que no tenía que
explicarme y que no era asunto de
muchacho. Nunca supe por qué Jorge Ángel
y mi madre se volvieron tan distantes.
Aunque vivieran muy cerquita en el
solar, aunque los dividiera únicamente
una pared del entresuelo, ninguno podía
acercarse a su contrario, y quien más se
empeñaba en hacer notar las diferencias
era Esperanza, la madre de Jorge Ángel.
Mi abuela Rosa, que me crió como a su
hijo, nunca explicó los motivos que
tenían para odiarse. Cuando se enteró de
mis pretensiones, intentó explicar,
advirtió una y mil razones que estuve
desechando, ni siquiera cuando supo que
yo no desistiría se dispuso a hacer
revelaciones. Dicen los vecinos, y mi
abuela lo niega todavía, que el sostén
de la tirria que separaba a las dos
mujeres, y a sus hijos, era Ovidio.
Al parecer la antipatía tenía buenos
fundamentos. Sucedió que el hombre, a
pesar de que estuviera matrimoniado con
Teresa y en secreto se amaba con su
cuñada Zaida, sedujo a Esperanza cuando
su juventud era temprana, y a la misma
vez a Rosa, que también iniciaba su
verdor. Y sigiloso entraba el hombre en
el cuarto de la madre de América, y se
escurría luego para verse en tantísimo
secreto con Esperanza, la madre de Jorge
Ángel. Y sin que ningún recato lo
asistiera las preñó a las dos. Jamás se
supo a quién primero, y Ovidio negó los
arrebatos que lo mezclaban en la cama
con la una y con la otra. Ovidio dijo
que jamás las miró a derechas, y la
preñez de Rosa fue creciendo, y también
la de Esperanza, sin que ninguna de las
dos tuviera un padre que mostrar al hijo
que estaba por venir. Las dos mujeres se
odiaron mutuamente, y siguieron en
secreto adorando al hombre que dejara
huellas en sus entrañas.
XVIII
Si usted atiende al rumor de los
vecinos, mi abuela tendría razones, pero
ella es incapaz, además, no tiene
fuerzas para mantener en alto un
candelabro de siete brazos. Usted la
vio, notó lo delgada que está, cómo
podría asestar un golpe, porque quien se
decide por un plan como ese debe tener
mucha lucidez, así que puede descartar a
mi abuela y a mi madre. Quien mató a
Jorge Ángel fui yo, y también fui yo
quien prendió el fuego que destruyó todo
el solar. Cuántas veces tendré que decir
lo mismo. Aunque Jorge Ángel fuera mi
tío, como decían los vecinos, no pude
dejar atrás mis pretensiones, ni
siquiera me lo propuse. Por mucho que
insistió mi abuela no conseguí abandonar
los deseos de tenerlo. Estaba resuelto.
Soy persistente si creo que algo me
conviene, quien tiene una madre loca y
una abuela enferma, no puede permitirse
titubeos. Cada vez que sentí a mi madre
en medio de la calle chillando sus
inconformidades con la vida, cada vez
que miré a mi abuela renquear por los
dolores, me aferré más a la idea de
conquistar a Jorge Ángel. Era él quien
podía atenuar en algo la miseria de mi
casa, además, nunca tuvimos roce de
familia, y él tampoco sabía lo que
anduvieron diciendo los vecinos. Fue
tanto el deseo de seducirlo que
desatendí otras cosas, casi todo.
Únicamente me mantuve aferrado a los
cubos llenos de arena que fijé a una
tranca de hierro. Los busqué cada mañana
en la azotea, repetí y repetí los
mismos ejercicios. Si algo me hizo
feliz esas mañanas fue el sudor; cada
gota, al menos eso creía yo, me acercaba
a Jorge Ángel. Él debía notar los
cambios y responder a mis insinuaciones.
No podía resistirse todo el tiempo. Mis
dieciocho años eran un regalo, y él
estaba por cumplir cuarenta y cuatro;
veintisiete años es muchísimo, y él
estaba gordo, casi calvo. De tenerme no
le haría falta andar por el Payret, como
hacía en las tardes en las que no venía
Disney Yanier. Yo estuve siguiéndolo
esas veces, y volví a las andadas, por
despecho, para que mirara lo fácil que
me resultaba conseguir un maricón, pero
no se dejaba provocar, y lo miré
llevarse a sus muchachos.
XIX
Usted quiere palabras y palabras que
hagan parecer que me arrepiento, pero no
voy a complacerlo. Ningún policía, ni
tampoco un juez, van a conseguir que me
ponga a juntar lamentos. Haga caso a mi
confesión. Usted no se imagina cuánto me
habría gustado llamarlo Américo. ¿No le
parece un nombre más romántico? Américo
es mejor nombre para el amor que Jorge
Ángel. No es lo mismo decir “te quiero,
Américo”, que “te quiero, Jorge Ángel.”
Anote ahí que no estoy arrepentido, yo
firmaré la declaración sin titubear.
Escriba que le di un golpe fuerte en la
cabeza con el candelabro de siete
brazos, y luego seguí pegando, más
fuerte cada vez, para que pagara por sus
desprecios, por las atenciones que me
negó. Escriba que me excitaron los
golpes que le di. Escriba que me habría
gustado amarlo y susurrarle al oído,
penetrarlo cada vez que lo pidiera.
Escriba que nunca le deseé la muerte,
que si lo hice fue por celos, por amor,
porque no soportaba sus desprecios, sus
negativas. ¿Alguna vez lo despreciaron,
oficial? Él murió ahogado en su propia
sangre, pero la verdad es que me habría
gustado ahogarlo con mi pinga, que se
fuera al otro mundo mirando lo que se
perdió en este porque quiso, porque se
negó cada vez que me insinué. Escriba
que por cada golpe mencioné el nombre de
uno de los muchachos que recibió en su
fiesta de cumpleaños.
XX
Doce golpes le di con el candelabro de
siete brazos.
XXI
Fue el Crema quien me contó de la
fiesta. Él mismo cargó las cajas de
cerveza y trajo cada bebida que le
encargara el maricón. También me habló
de una cena muy abundante.
Me aposté muy cerca de la escalera y lo
sentí recibiendo a cada uno. Disney
Yanier llegó primero, y lo recibió con
un beso, lo nombró Pablo. Luego vino
Yunior, a quien Jorge Ángel llamaba
Lucas, más tarde Yorjander, que era
Marcos. Yurislandi fue Santiago.
Observando, casi pegado a la escalera,
miré llegar a los doce apóstoles, y
luego noté cómo colgaba en la tendedera
estirada en el balcón cada pulóver que
abandonaron los muchachos. Por un rato
estuve mirando el movimiento de las
telas batidas por el aire, parecían una
cortina de mil colores. Por un rato
estuve mirando, con la esperanza de que
por fin me invitara a acompañarlo. Él
debió convidarme, no le costaba nada
hacerme una señal, y yo habría subido
sin reservas. Miraba el movimiento de
cada pulóver abandonado por su dueño e
imaginaba lo que podía estar pasando
dentro. Jorge Ángel debía andar de brazo
en brazo, de boca en boca, de pinga en
pinga. Jorge Ángel debió crear
complicidades con algunos y dudas en los
otros. Mirando las telas batidas por el
viento sentí la mayor de las tristezas,
ni siquiera la desazón que provoca el
hambre, ni siquiera las burlas que le
prodigaron a mi madre, ni el renqueo de
mi abuela, me hicieron sentir de manera
parecida. Yo andaba triste y mirando las
telas batidas por el viento. Le juro que
esperé por mucho rato a que apareciera
en el balcón, a que me invitara y me
ofreciera un trago, a que colgara luego
mi pulóver de la misma cuerda extendida
en el balcón, junto a los otros. Le juro
que me habría conformado, al menos por
un rato, hasta que pudiera tenerlo solo
para mí. Le juro que yo habría
conseguido seducirlo. Me conozco bien,
sé de mis posibilidades como amante.
Pero nunca apareció en el balcón para
hacerme una señal. Entonces advertí al
policía: “El maricón del 105 preparó una
orgía. Tiene doce pingueros en su casa.
Todos están emborrachándose desnudos, y
Jorge Ángel va recibiendo de cada uno
sus favores. Ese es el regalo que se
hizo él mismo, pagar a doce muchachos
para celebrar su cumpleaños.”
Todo eso le dije al policía que cumplió
su parte.
XII
Muy poco le duró la fiesta.
Desaparecieron las ropas del cordel.
Cuando quedó vacío no perdí tiempo para
tocar en su puerta. “Vine a buscar lo
mío”, eso dije, y él contestó que no
guardaba nada que no fuera suyo. Estaba
muy molesto, me culpó por la manera en
que terminó su celebración. Dijo que
siempre quiso tener un cumpleaños como
ese, rodeado por doce amantes, en parte
desvestidos. El único que se atrevió a
quedar desnudo fue Disney Yanier, quería
mostrar que estaba en su terreno. Eso
dijo Jorge Ángel, y que el resto solo
había abandonado: unos, los zapatos,
otros, sus pulóveres, que Yorjander, a
quien llamaba Marcos, se atrevió a
desnudarse completico, pero quedó
calzado. Me dijo, oficial, como si no me
hicieran daño sus palabras, que estuvo a
punto de conseguir el sueño de su vida,
que la noche antes escribió en su
Diario, en el salterio decorado, que
estaba preparado para la cena del día
siguiente, que recibiría a doce
invitados muy hermosos, jóvenes,
dispuestos a todo por un poco de
dinero. Dijo que también escribió sus
nombres, el verdadero, y al lado el que
les pondría para la cena, siempre el
apelativo de uno de los doce apóstoles.
Y me dijo, oficial, como si nada, que
pretendía que cada uno lo llamara, a él,
señor. Dijo que tenía muchas ganas de
servirles y, a la vez, ejercer su
autoridad. Dijo que estuvo preguntando
por lo que iban a beber, para que
entendieran que las libaciones eran
muchas; que había whisky, que había
vodka del mejor, que serviría ron,
también tequila, que la cerveza estaba
fría. Propuso saladitos muy variados, y
se rió a carcajadas cuando explicó que
todos confundieron el salmón con el
salami. “¡Qué vergüenza!” Así habló,
tapándose la boca para mostrar lo
escandalosa que le resultó la confusión.
Estuvo culpándome por el final que tuvo
su festejo. “Siempre soñé con una
celebración así, rodeado por doce
muchachos muy hermosos. Por tu culpa se
aguó la fiesta.” Así dijo, oficial, casi
a punto de llorar, sin que le importara
hacerme tantas confesiones a la vez.
Nunca antes me dirigió tantas palabras,
nunca antes me miró a los ojos. Yo debí
estar muy emocionado cuando hablé con
Jorge Ángel en su casa, los dos solos.
Era la primera vez que me dedicaba su
atención, y aunque fuera para
reprocharme, le juro que fui feliz. Al
menos quería que yo escuchara sus
regaños, y eso era bastante. Era a mí, y
no a ninguno de sus apóstoles, a quien
se dirigía. No se imagina usted lo bien
que me sentí, tanto, que ingenuamente le
sugerí que me sirviera un trago, pero
mostró una mueca, una señal para que me
sirviera yo si quería beber algo. Dejó
clarísimo que no haría nada para
agasajarme. “Tú no estabas invitado.”
XXIII
Nunca creí que llegaría a hacerle daño.
Si subí las escaleras, si me expuse a
tanta humillación, fue solo para
conquistarlo, y me quedé callado después
de que se negó a servirme. Únicamente lo
miraba. Quizá fueron mis ternezas las
que lo envalentonaron. Se puso
fanfarrón, y yo escuché en silencio. Le
juro, señor oficial, que nunca hice caso
a los comentarios de los vecinos. Nunca
subí las escaleras para exigirle ninguna
explicación sobre los supuestos amoríos
con mi madre. A los vecinos del solar
les dio por decir un montón de cosas,
pero no anduve prestando oídos. Yo no
enfrenté a Jorge Ángel, no lo maté
porque dijeran que era mi padre.
XXIV
¿Usted no escuchó los rumores? Pues yo
sí, pero no hice ningún caso. Decían que
América se enamoró de Jorge Ángel desde
niña, y que desde entonces estuvo
persiguiéndolo, que se paraba en las
esquinas para vigilar su entrada, que se
insinuaba, que ni mi abuela ni la madre
del maricón pudieron contenerla en sus
caprichos. Aseguran que ni siquiera los
desprecios de Jorge Ángel hicieron que
cambiara de actitud. Tenga la seguridad
de que los chismes no mellaron mi
interés en conquistarlo. No acepté el
hecho que daban por seguro. Dijeron que
Ovidio siempre quiso meter en su cama a
la chiflada, aunque fuera su propia
hija. Dijeron que Jorge Ángel nunca se
cansó de desear al hombre que en su
infancia lo llamaba Clara.
Ovidio, según ellos, hizo la propuesta,
y Jorge Ángel aceptó. Pero le juro,
oficial, que no maté al maricón porque
aceptara el coqueteo con mi madre con
tal de conquistar otra vez a Ovidio.
Aseguran que el desgraciado le propuso
al maricón que intentara seducir a
América, que luego podrían encontrarse
en su casa cuando su mujer estuviera
ausente
XXV
No maté a Jorge Ángel porque llevó a mi
madre a casa de Ovidio con el pretexto
de que hablaran sin ser vistos por sus
madres. No lo maté porque los tres
celebraran la ocurrencia bebiendo ron,
ni porque, después de unos cuantos
tragos, Jorge Ángel se excitara con las
insinuaciones de su padre, ni porque
diera besitos a su hermana para
congraciarse con mi abuelo. No lo maté
porque los tres se metieran en la cama.
No levanté tan alto el candelabro, ni lo
dejé caer con fuerza en su cabeza porque
se metiera dentro de América la loca y
le dejara dentro algo que más tarde
sería yo mismo, mientras recibía lo que
más le gustaba de su padre.
No aceptaré esas acusaciones. Yo sé muy
bien, oficial, que mi destino es la
cárcel, y que la merezco, pero no maté a
Jorge Ángel por lo que dicen los
vecinos. Yo pegué con el candelabro en
su cabeza por sus desplantes, porque no
me prefirió. Yo no atendí a sus ruegos,
y volteé la imagen Art Déco de su Cristo
cuando se puso a hacerle peticiones. No
quería testigos, oficial. Por primera
vez estábamos solitos, y nada me haría
desperdiciar ese momento después de
tanto desearlo. Yo quería a Jorge Ángel
para mí, pero no pegué doce veces en su
cabeza con un candelabro de siete brazos
porque me enteré de que era mi padre. Yo
subí las escaleras para sobarme y
mostrar al maricón lo que por mucho
tiempo se perdió. Yo subí las escaleras
para verlo fumar con su pipa de ámbar de
Groenlandia, para contemplar sus
ademanes y disfrutar la manera
elegantísima que tenía de agarrar el
vaso con el líquido castaño, para
aplaudir su distinción a la hora de
beber el whisky, el ron o lo que fuera.
Yo toqué a su puerta para disfrutar el
refinamiento que imaginé a la hora en
que se tocaría los pechos. Él no iba a
hacerlo como los otros maricones que me
anduve procurando en los portales del
Payret. Yo avisé al policía porque creí
que se negaría un poco, pero que caería
al fin, y entornaría los ojos. Lo supuse
mordiéndose los labios para incitarme,
para calentarme. Yo hice echar a los
apóstoles para quedar solo con él,
sabiendo que con mucha inteligencia
haría notar las diferencias entre ambos.
Jorge Ángel mostraría los desmanes de su
cuerpo, sin vergüenza, con arrogancia
mostraría las evidencias del bolsillo.
Yo subí las escaleras, toqué a la puerta
sabiendo, como él mismo deseaba, que
éramos en todo diferentes. Yo era joven,
algo hermoso y más que pobre. Yo,
oficial, no me engañé nunca, y subí para
conquistarlo, para disfrutar al fin de
la manera en que se iría despojando de
la ropa. Después de que se negara tanto
no se iba a regalar, y hasta la pena
podía ser cierta. Jorge Ángel iba a
actuar con timidez. Y yo lo habría
amado esa tarde con un susto grande, y
no cabe duda de que a los dos nos habría
ganado la torpeza, pero iba a ser muy
divertido, y en la mañana, cuando
abandonara yo su casa, iba a darle un
beso, a decirle: “espérame esta tarde”.
Yo lo maté porque nada de eso sucedió.
Jorge Ángel se puso a reprocharme, y me
contó sus pretensiones con los doce
apóstoles. Me llamó Iscariote, me gritó
improperios. Aún después de los
insultos, yo habría soportado cualquier
cosa si al final lo poseía. Se desnudó
para mostrarse superior. Me desafió con
su gordura exagerada. Era dramática
aquella escena, y yo mirando sus pies
enormes, deformados; y era un pozo su
ombligo, y en las piernas resaltaban un
montón de varices a punto de explotar.
Era horrible, oficial, pero yo quería
poseerlo, hacerlo mío. No me pida
explicaciones. No me hable de razón. Era
así, qué iba a hacer.
Peores fueron sus certezas. “Nunca vas a
tenerme”, así dijo, y también que debió
invitarme a subir. “Debí dejar que me
miraras enrolado con los doce.” Y
sonrió, asegurando que si lo miraba
aferrarse a aquellos cuerpos, entendería
para siempre. Y también dijo que algunas
tardes, mientras era poseído, me
imaginaba quieto y expectante mirando
hacia el balcón. “No me tendrás nunca”,
dijo, y exhibió su desnudez.
XXVI
Yo no quería matarlo, no fue para eso
que subí las escaleras. No me crea
tonto. Yo pretendí convencerlo, expliqué
las bondades de un amor entre los dos, y
hablé de serle fiel. Él dijo que el doce
significaba el orden cósmico, la
salvación. Él no contó conmigo, oficial,
olvidó que yo era el trece, es decir: la
muerte. Y pegué muy fuerte en su cabeza,
doce veces. Doce golpes con el
candelabro de siete brazos, y después me
le metí muy dentro. Nunca antes besé con
más pasión. Recordé la obsesión de
América con la charada, y el éxito que
tuvo apostando al fuego, le hice un
homenaje. Al menos ella tendría una
razón para alegrarse. No iba a dudar de
que con sus sueños, con sus juegos,
presagió el fuego. Mi madre podría
creerse una adivina. Jorge Ángel murió
después de los golpes, aún así prendí el
fósforo y lo dejé caer sobre el colchón.
Con un abanico del maricón aticé la
llama. Mirando su desnudez, sin perder
de vista el fuego tan crecido, le regalé
mis mejores ráfagas.
Y creo, oficial, que después de muerto
estuvo agradecido, porque mis escapadas
despejaron el rictus de su cara
Jorge Ángel Pérez. Villa
Clara, 1963.
Ganador del Premio Alejo Carpentier de
Narrativa, en el género de cuento, en su
décima edición con el libro En La
Habana no son tan elegantes. El
volumen inicia sus páginas con la
narración “En una estrofa de agua”,
ganadora del Premio Iberoamericano de
Cuento Julio Cortázar en 2006. Su novela
El Paseante Cándido recibió el
premio UNEAC 2002 y el premio italiano
Grinzane Cavour del mismo año. Su obra
Fumando espero recibió el
reconocimiento como Primer Finalista de
la XIV Edición del Premio Internacional
de Novela Rómulo Gallegos. Ha publicado
además el libro de cuentos Lapsus
Calami, Premio David de la UNEAC en
1995, y recibió en 2005 la Distinción
por la Cultura Nacional (2005).
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