Año VIII
La Habana
14 al 20
de NOVIEMBRE
de 2009

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TE PONGA EL PLATO?

 

De América soy hijo…

Jorge Ángel Pérez (Villa Clara, 1963)


(Declaraciones que tomó un oficial al autor de los hechos)

I

Yo prendí el fuego y aticé la llama.

II

Nunca pensé hacerlo, perdí la cabeza a última hora. Como le dijo mi abuela, no soy malo. Jamás tuve problemas con la justicia.

III

Sí, miraba a los muchachos que recibía Jorge Ángel, y escuché los comentarios en el barrio. Creí que sería un buen negocio. Nadie iba a enterarse, ni siquiera mi madre, ni siquiera mi abuela.

Nunca antes entré en su casa, ni cruzamos saludos las veces que coincidimos en la escalera o a la salida del solar, lo que ocurría muy a menudo. Mi abuela se empeñó en hacerme creer que no era conveniente saludarlo, que eran muchos los prejui­cios en el barrio, y para que yo atendiera a sus reclamos men­cionó a Ramón, y aseguró que la gente comentaba un montón de cosas desde que al mutilado le dio por subir a la casa del maricón. Fue esa advertencia de mi abuela la que me hizo pen­sar que no sería un mal negocio acercarme a Jorge Ángel.

IV

Quedé turulato cada vez que miré a Ramón conquistando la altura con su pértiga. Me cautivaron sus saltos. Jamás miré de cerca una catarata, pero la caída del cuerpo de Ramón me pa­recía tan precisa y natural como el agua que se despeña. Admi­ré a Ramón cuando levantó los brazos tras el salto, y era cierto que, como él mismo decía, sus brazos en alto armaban una V de victoria, y que de victoria era su sonrisa, y la mirada, y lo abulta­do del bolsillo después que ganara cada apuesta. Si tras la en­trada de Ramón la puerta de Jorge Ángel quedaba cerrada mucho rato, no debía ser tan malo hacer una visita al maricón. Ramón no se equivocaba casi nunca.

V

La primera vez fue con la excusa de un vaso de agua. Creí que era un buen pretexto, y sugerí que me sirviera la más fría, casi helada. Le anuncié, para justificar los tres vasos seguidos que pedí, que el refrigerador en mi casa estaba roto, que el calor se hacía insoportable, y que no teníamos esperanza de que pudie­ran arreglarlo. Así dejaba abierta la posibilidad de volver cada vez que quisiera tomar agua, la que no se le niega a nadie, ni siquiera a los perros. Hacer notar la imposibilidad de componer el refrigerador era un buen disparo; hablaba de la falta de dinero y de mi disposición para conseguirlo. Él era inteligente y sabía muy bien lo que estaba proponiendo. Con el pretexto del agua podía insinuarme, y eso hice la primera vez. Supuse como bueno desabrochar un poco la camisa para batir la tela. Como había notado los torsos abultados de sus visitantes, quería poner mi pecho en evidencia; aunque no es muy pronunciado, sí está bien definido.

VI

Por mucho que agité la camisa el primer día, Jorge Ángel no se dio por enterado. Por eso estuve trajinándome allá abajo. “El agua está riquísima”, dije, y seguí frotando.

—Es el tercer vaso que te tomas. Espero que el inodoro de tu casa no esté roto, y que la meada la eches por allá.

Eso dijo para insinuar la salida. Fue grosero a la hora del despido. Chasqueó la lengua y tiró la puerta, se asomó luego al balcón. Por eso creí que para mí se apostaba en el balcón. Pensé que sería buena la insistencia. Desde la acera de enfrente co­mencé la frotadera, y alcancé lo que quería. Cómo no iba a conseguirlo si a mi edad hasta el aire la levanta. Con aquella grandeza desplegada, le miré a los ojos y bajé los míos de inmediato, hice un repaso a mi entrepierna. Estaba insinuándole el camino, pero jamás siguió el rumbo que mostré, y encendió un cigarro, y bebió de un tragó el líquido castaño. Por el color pa­recía un ron añejo, quizá un whisky. Por mucha que fuera mi insistencia, no conseguí que Jorge Ángel me mirara ni un ins­tante.

VII

Parado frente a su casa, mirando hacia el balcón, hice otro descubrimiento: la sonrisa repentina no tenía que ver con las dimensiones que le mostraba; el regocijo lo estaba regalando al muchacho que se paró por un instante en la misma esquina de Cuarteles y Aguiar. A él sí que le sonrió con entusiasmo, y des­pués vino una señal que no entendí muy bien; podía ser de “sube pronto”; es posible que fuera “te tardaste, estoy esperando desde hace rato”. Cualquier cosa que significara el gesto fue seguido por la desaparición de Jorge Ángel, y también por la subida rapidísima que emprendió el muchacho con ropas mili­tares, las que abandonó de inmediato, y prueba fue la nueva salida que hiciera el maricón, esta vez para colgar, en el cordel estirado en el balcón, las ropas militares. Después sentí una risotada, un choque de cristales, y supuse unos vasos bien servidos, sudados por el hielo. Miré las ropas verde olivo.

VIII

Ni por un instante perdí de vista las ropas batidas por el viento, que esa tarde fue muy fuerte. Parado frente al solar, apostado en la otra acera, no hice otra cosa que mirar, imaginar, pensar mu­chísimo. Si uno pasa mucho rato observando el movimiento de unas ropas batidas por el aire, de seguro va a quedar embelesado. Las ráfagas no siempre son iguales, y es curioso mirar el cambio de intensidad en el meneo de las ropas. Nunca antes me detuve en eso. El viento, unas ropas colgando en el balcón, y la mirada, obligan a pensar en un montón de cosas. Quien se pon­ga a indagar en las sacudidas de las ropas, en sus balanceos mientras cuelgan de un cordel, tendrá la mente muy ocupada, y esa tarde el viento fue inestable, por momentos parecía dete­nerse y conseguía la firmeza de las ropas, luego se tornaba in­quieto, y la tela describía caprichosas hondonadas. Así debió ser todo dentro de la casa. Imaginé galanterías, un alboroto, dolores y placeres. Miré las ropas verde olivo.

Pensé en la suerte del muchacho. Lo había visto muchas ve­ces. De todos era el más constante. Los vecinos insistían en que vivía en la parte más oriental de la isla, aseguraban que vio la luz en Cacocum y que en La Habana pasaba su servicio militar, que se nombraba Disney Yanier, que Jorge Ángel recibía sus cartas y lo llamaba Pablo, que le escribía desde cualquier lu­gar donde estuviera. Dicen que para evitar ser descubierto en amoríos con el maricón, escribía Clara en lugar de Jorge Ángel. Dicen que el vecino respondía cada vez que el cartero recla­maba al destinatario del 105 de Aguiar. Clara Pérez, chillaba el cartero y Jorge Ángel corría por las escaleras. La última que recibió estaba fechada unos días antes de la muerte del maricón. En aquella carta, el que se nombraba Disney Yanier y Jorge Ángel apodaba Pablo, trató de convencerlo para que no celebrara el cumpleaños, al menos no como él quería. Jorge Ángel hizo algunos comentarios con el muchacho en la última visita, y aunque Disney Yanier insistió para que festejaran solos, se em­peñó en tener doce invitados.

Para poner distancia, para mostrar su inconformidad, Pablo no lo llamó amorcito, como le gustaba al maricón. Quería dejar claro que su decisión de tener doce invitados lo tenía muy molesto. El que escribía cartas no lo nombró Clara esa vez, lo lla­mó señor, queriendo hacer evidente que surgía entre ellos una distancia. Jorge Ángel estuvo sonreído con la lectura de aquel pliego, creyó que su Pablo, su Disney Yanier de Cacocum, tenía celos, y estuvo muy feliz. Quizá por eso se empeñó en hacer una fiesta de cumpleaños diferente, y no atendió a las recomenda­ciones del muchacho, que se impuso demostrar que esa reunión le haría mucho daño en lugar de hacerle bien, y también estuvo asegurando que habría abuso en la cena del señor, que por tener tantos invitados surgirían entre ellos diferencias a montones y que se harían muy evidentes en esa noche de celebración, que todos estarían dispuestos, porque no tenían ni casa ni comida, a conquistarlo, y para eso harían cualquier cosa. Hasta le pre­guntó por qué no se conformaba con su compañía. Volvió a sugerir que debían celebrar solos y muy juntos, le aseguró que no se iba a arrepentir, que acumulaba sus deseos para ese día, y no escribió más, ni siquiera la certeza de que se verían el dos de agosto. Jorge Ángel siguió empeñado en hacer la fiesta como él quería. Era testarudo, y además, creía que a sus años sería bueno no dar muchas seguridades al muchacho, que debía crear sospechas. De asumir la competencia iba a ser más cariñoso, y haría de todo para que Jorge Ángel le ofreciera seguridad. Disney Yanier no quería volver a Cacocum, pero Jorge Ángel no estaba dispuesto a darle toda la confianza. Las certezas las ganaría en el enfrentamiento con los otros.

IX

A Disney Yanier lo estuve mirando muchas veces, y desde la primera quise estar en su lugar, pero el día en que subí para pedir agua fue peor. Quizá el embeleso que me trajo el aire que movió la ropa verde olivo, me llevó a preguntarme por lo que harían dentro de la casa. Supuse al muchacho colmado de atenciones, dispuesto a pagar por ellas. Eso decían en el solar, y yo imaginé cómo se dejaba manosear. Me figuré que era yo quien estaba sentado en un sillón en la casa de Jorge Ángel. Esa tarde miré cada detalle de la sala, y luego reproduje en mi cabeza aquella escena. Me supuse mirando cada objeto. Sería bueno que notara mi deslumbramiento con el decorado de la casa. En­tendería como ingenuidad el hechizo que me producía cada cosa que lucía en la sala; que me creyera alegre y encantado hacía evidentes nuestras diferencias. En mis sueños observé, de entre todos, el jarrón con el negro dibujado, y me imaginé sobándome para que Jorge Ángel mirara y fuera creciendo su entusiasmo. Pensé que podía tomar un candelabro y acercármelo a la pinga para que consiguiera comparar las dimensio­nes. Tuve la seguridad de que, si agarraba uno de esos candeleros y lo viraba con sus bocas hacia abajo, lograría coronar mi sexo con el cilindro hueco que está al centro, después de quitar cada una de las velas. Me figuré con la pinga coronada e intentando el equilibrio. Tres brazos a cada lado, y mi sexo sosteniendo el candelabro, juntado a la armazón de hierro por el brazo más central y luchando por mantener el equilibrio. ¿Acaso encontraría Jorge Ángel mejor insinuación? ¿Se resistiría ante tanta fortaleza? ¿Alguno de sus muchachos lo había conquistado con tales acrobacias? Yo miraba el vaivén de la ropa verde olivo e imaginaba las oscilaciones de mi pinga para conseguir el equilibrio. Suponía a Jorge Ángel encantado, hincado frente a mí, y suplicante, siguiendo con sus ojos los vaivenes del candelabro, las sacudidas de mi pinga; completamente embelesado. Yo miraba las ropas en su andar, y a mi vecino asegurando que para el otro encuentro buscaría uno más grande, que tenía uno idén­tico a otro muy famoso que todos conocían como el del templo de Salomón. Yo aceptaba el reto, y él insistía en el hecho de que no podría soportar su peso, que iba a caer rotundo partiendo algunas losas, y yo que probáramos, y él, que no le gustaba ver perder a su muchacho, que prefería del macho las victorias, y yo, que hiciéramos apuesta, que si prefería perder no se iba a arrepentir, y qué cuánto apostaríamos. “Mucho.” “¿Cuánto?” “Ya verás, no te desesperes.” “¿Cuándo?” “No te apures, que vas a perder el equilibrio. Se está inclinando demasiado a la derecha.” “Mira bien. ¿Tú crees de verdad que se va a caer?” Y Jorge Ángel asegurando a media voz que no le gustaría que se cayera, y para eso modulaba suavemente, hacía notar lo en­treabierto de la boca tan mojada. Se resistía, todavía hincado, a entregarse a la exaltación que le mostraba.

Yo miraba las ropas verde olivo batidas por el viento. Imaginaba lo que podía estar pasando.

X

Por supuesto, oficial, está clarísimo que debí largarme, volver por los portales del Payret, buscar mi dinero sin empecinarme en Jorge Ángel. Pude caminar esa noche hasta 23 y Malecón para seducir a un extranjero. A esos les gusta sentirse enamora­dos, oír muchas mentiras, y siempre responden con dinero. En algunas cosas, Jorge Ángel me recuerda a un extranjero, parece un hombre de mundo, quizá sea su altanería. Ya le dije que Jorge Ángel era muy arrogante. Todos en el solar decían que se creía un montón de cosas, y usted sabe lo que eso significa. A mí me gustaba también por orgulloso, por el desprecio que les dedicaba a casi todos en el solar. Su actitud nos hacía diferen­tes, y eso me gustaba. Debí irme a 23 y Malecón, habría sido buenísimo buscarlo en otra parte, quizá en un extranjero poderoso. Debí marcharme, pero me quedé toda la tarde. Y a pesar de lo mucho que insistió mi abuela para que subiera a bañarme, para que subiera a comer, para que subiera a dormir, permanecí sentado en la acera de enfrente, mirando, vigilando. Cuando amaneció, ya había soñado que yo era el dueño de esas ropas, y que Jorge Ángel me había cocinado algo mejor que lo que ofre­cía mi abuela. Siempre lo mismo en mi casa. Y ni siquiera nos sentábamos alrededor de la mesa; cada cual con el plato en la mano, apurando la cuchara, porque esa comida no merecía re­verencias. La del maricón seguro que alcanzaba grandes elo­gios del muchacho, y quizá hasta apagaba las luces, y encendía cada vela que lucían sus candelabros, y descorchaba el vino, y llenaba las copas que chocaban haciendo el brindis, y le hacía una seña, una reverencia a su juventud, a su desnudez, a la no­che que los juntaba.

Esa fue mi desgracia, quedarme apostado en la acera toda la noche, y luego fueron muchas, en lugar de hacer lo mismo que antes. Ese día no fui al Payret, y en la noche no caminé hasta 23 y Malecón. La madrugada completa preguntándome por qué no era yo el que estaba encerrado con el maricón, tomando un coñac después de la comida, desnudo ante sus ojos, cuando debí andar procurándome el dinero en otra parte. Nunca antes me había fijado en Jorge Ángel, pero saber que Ramón lo visitaba me llenó de curiosidad. Sería mucho más fácil si podía conquis­tarlo. Bastaba una señal y yo subiría la escalera dando saltos.

Su indiferencia, oficial, me despertó las ganas de conquistar­lo, de hacerlo mío. Soñé con tenerlo a mis pies, comiendo de mi mano, buscándome a toda hora, exaltado si llegaba con retraso a su casa, y que al fin me pediría que lo acompañara siempre. Esa noche me pregunté por qué no era yo quien le regalaba las mejores embestidas, mi virilidad tan joven, como antes hice con otros por dinero. Así no tendría que estar exponiéndome en la calle a las miradas de la gente, a que la Policía me detuviera por andar cazando maricones. Si me aceptaba, no iba a prestar oídos a los comentarios. Jorge Ángel era el tipo más distinguido en el solar, el de mejores desenvolvimientos, y cuando andaba por el Payret lucía diferente de los demás. Era arrogante, pero si se decidía por algún muchacho, parecía tierno. Nunca noté que se apurara en la seducción; le gustaba conversar, se reía, y pres­taba atención a lo que dijera el otro. Creí que podía jactarme de los gustos que iba a darme, y del cariño. Hasta llegué a soñar que hacía ejercicios en medio del balcón. Él mismo me com­praría un Hércules, unos buenos dumbells Reebok con cubierta de caucho, que no hicieran ruido al chocar con el suelo. Para­do en el balcón, haciendo ejercicios, mostrando mis pectorales como Arnold Schwarzenegger, demostraba que aquel era mi terre­no, aunque a mi abuela le diera un patatús. La infeliz no había podido darme lo que me ofrecería Jorge Ángel en menos de un minuto.

Imaginaba a un Jorge Ángel orgulloso ante el empeño en cul­tivar mi cuerpo. Lo suponía espiándome, discretamente, para que yo no descubriera su entusiasmo. Hasta llegué a creer que tendría montones de enfrentamientos en el barrio por las burlas que me dedicarían los vecinos. Di trompadas a diestra y sinies­tra cuando escuché las bromas. Exigí respeto con la fuerza de mis puños. Y no es que me importara mucho que anduvieran susurrando que yo era el marido del maricón. Eso no lo escondí nunca, ni siquiera en sueños, pero exigí respeto. Podían mur­murar lo que quisieran, solo que las burlas no podía permitir­las. Terrible era volver a la realidad, descubrir que seguía solo y apostado en la acera, mirando el balcón de siempre.

XI

Nunca antes tuve un capricho ni siquiera parecido. Atendí a un montón de maricones y luego volví a mi casa con dinero, y ayu­dé a mi abuela. Ella nunca preguntó de dónde lo sacaba, para qué iba a preguntar si éramos tan pobres. Jorge Ángel necesitaba un hombre que lo acompañara, que lo protegiera, que le diera placeres y fuera fiel, al menos en apariencias, porque si extrañaba alguna vez el favor de las muchachas, él me daría cinco dólares y yo me iría a la esquina de Monte y Cienfuegos por un rato, para volver luego a su lado. Yo también necesitaba alguien que se ocupara de mí, alguien que me diera un poco de cariño, alguien que se contentara cuando apareciera en la es­quina de Cuarteles y Aguiar. Yo estaba dispuesto a todo, pero Jorge Ángel no. Me mortificaba que escogiera a otros, casi siem­pre venidos de Oriente. Fue por eso que decidí, una de esas no­ches en que Jorge Ángel recibió a Disney Yanier, robar las ropas militares desplegadas en el balcón. 

Suponía que, tras el robo, el muchacho se pondría muy furioso, que no encontraría pretextos para explicarse ante los supe­riores, y lo más seguro, que terminaría castigado, sin pase unos cuantos días, quizá unos meses, y quién duda que hasta lo dejaran preso: porque un soldado no puede abandonar nunca su uniforme, y mucho menos para desnudarse delante de un maricón. Ese sería el momento en que Jorge Ángel cedería a mis provocaciones. Entonces sí que iba a invitarme a subir. Esas ropas eran la evidencia, y si era preciso las haría llegar a los superiores de Disney Yanier, para que conocieran de una vez por todas en qué se entretenía el oriental cuando se ausentaba. Esas ropas eran mi tormento, y además, las pruebas contra el soldado que se fugaba por las tardes. Esperé a que entrara bien la madrugada y subí reptando. La reja que custodiaba la puerta del vecino de los bajos me ayudó a conseguir la altura y me escurrí llevando el uniforme militar.

En la mañana tuve una gran certeza: Jorge Ángel no estaba dispuesto a perder a su muchacho. Haría cualquier cosa para mantenerlo a su lado. Vi a Disney Yanier marcharse vestido con ropas militares. Debió pagar mucho dinero para conseguir unas idénticas en tan corto tiempo. Y porque suponía que detrás de todo andaba yo me dedicó una sonrisa, que ni siquiera me pareció acusatoria. Yo no merecía su desprecio. Su sonrisa de­mostró que tampoco sería su enemigo. Pasé el día de muy mal humor, y no hablé con nadie, ni siquiera con mi abuela, tampo­co quise comer. ¿Qué me hacía tan diferente del recluta? ¿Por qué no podía ser yo el que abandonara la casa en la mañana contando los billetes que él me pusiera en un bolsillo del panta­lón? Entonces sí me iría a dormir tranquilamente, y sin arrepentirme. Valía la pena darle un poco de placer si luego me llenaba el bolsillo, y podía regalarle a mi abuela un billetico, y también a mi madre, para que jugara a la bolita.

                                                                                                            XII

No estoy tratando de hacerle creer que no tenía experiencias. Le confesé que, desde mucho antes de que intentara seducir a Jorge Ángel, anduve dando vueltas por los portales del Payret, y que lo miré un montón de veces, pero nunca se fijó en mí. Sepa, oficial, que tampoco me importó que me ignorara. Primero estuve curioseando, quería comprobar lo que comentaban mis amigos de la escuela, y para eso me escapé por las tardes. Prudente caminé por los portales, observando. Mi carácter reservado, mi discreción de siempre, despertó el apetito de un montón de maricones. Yo me mantenía aislado, pero atento.

Quien primero se decidió por el asedio fue el Chupadedos. Apareció de entre las columnas del Payret y habló del calor tremendo, dijo que el día era espléndido para estar sin ropas, pero yo no respondí, le di la espalda. Como no lo mandé a la mierda ni me cagué en su madre, porque no lo amenacé con golpes, el Chupadedos decidió insistir. Su obstinación fue casi idéntica a la que desplegué luego en la conquista de Jorge Ángel.

Y habría seguido negándome, de no ser porque miré a mi madre vociferando entre columnas. América se preguntaba qué iba a hacerle al mundo con cincuenta y tres centavos, y fueron burlonas las reacciones de la gente ante el escándalo. Me enfu­recí con mi destino, me puse triste, y si no me eché a llorar fue por la insistencia del Chupadedos. Le acepté el palique, y hasta sonreí cuando comentó de los tantísimos locos de La Habana, y no dije que aquella mujer era mi madre. Sentí vergüenza y aprobé sus comentarios. Dijo que era grandísimo el calor, que quizá el sofoco provocaba la locura. Acepté el refresco. “Lo prefiero de limón”, aseguré, y cruzamos la calle. Sentados en los alrededores del Capitolio, estuve escuchando una y mil insinuaciones, acepté la mirada perversa de Manolo, sus comentarios. Acepté, porque estuvo insistiendo mucho rato, desabotonarme la camisa, y admití como buena su insinuación de que mis manos debían tener gran parecido con mis pies, que de seguro tenían el mismo color, y dedos largos, y uñas anchas, y venitas muy azules, y piel suave, más incluso que en las manos, porque no estaban tan expuestos. Y por mucho que me negué, terminó convenciéndome para que me quitara al menos un zapato, para que apoyara la pierna con el pie descalzo sobre el otro muslo. Supli­có que me quedara quieto, para ver. Juró que no haría nada si antes no estábamos de acuerdo. Miró, miró, y estuvo hablando muy exaltado, hizo el elogio de mi pie descalzo. Describió el empeine, descubrió el arco. “Debe ser muy flexible. ¿Lo move­rías un poquito?” Habló del tono exacto en el color y estuvo siguiendo el curso de las venas. Reprodujo en el aire, y con un dedo, el rumbo de la sangre. “¡Qué contraste, qué belleza!” Y habló del calcañal, de los tendones, de un talón de Aquiles muy expresivo. “No sabes cuánto me gustaría repasarlos con mis dedos, y olerlos luego. Te cortaría las uñas si quisieras.” Sacó una pluma de gallina, propuso un cosquilleo. “Me gustaría tan­to escuchar tu carcajada.” Intentó acercarse, quiso oler, propu­so finalmente los diez dólares.

XIII

¿Y por qué no iba a aceptar si en mi casa nunca había que comer? ¿Por qué negarme si mi madre andaba por los portales del Payret, vociferando, preguntando qué hacerle al mundo con cincuenta y tres centavos? ¿Por qué iba a sentir vergüenza? Él me ofrecía diez dólares a cambio de que lo dejara dar un poco de cariño a mis dos pies. Diez dólares, una fortuna, por quitar­me los zapatos en la oscuridad del cine. Acepté los reclamos de Manolo, el Chupadedos, a pesar de su figurita. Me costaba ima­ginar a ese obseso viviendo en aquel cuerpo diminuto, pero yo era muy joven y no sabía nada de esas cosas. Por diez dólares entré al Payret. Ni siquiera recuerdo el título de la que pusieron ese día. Estaba un poco nervioso, pero me quedé descalzo como exigió cuando estuvimos bien situados, en las lunetas más cercanas a la pantalla, a donde no llegaba la acomodadora, quien también recibía caridades cuando era capaz de hacerse de la vista gorda, y además espantaba a los intrusos. El Chupadedos le puso un dólar en la mano con mucha discreción, y la miró como si se tratara de una casera. Ya descalzo, escuché otra vez el elogio de mis pies, entonces más exaltado. Nunca antes reci­bí tantas caricias, y sentí un cosquilleo enorme. Estuve a punto de soltarme en carcajadas, y él insinuó que no me contuviera, que podía reír si era capaz de no llamar demasiado la atención. “Ríe un poco, pero bajito.” Y lo complací sentándome en el suelo, frente a él, y alcé los pies para aprisionar su cara con las plantas, para tapar su boca, para acariciar la oreja, la nariz. “Suave, suave, suave, no te apures, déjame sentir la piel.” Y permití que se metiera los cinco dedos de uno de ellos, y percibí el saliveo, y hubiera puesto también el otro sin recato, lo hubiera dejado recortarme cada uña, como quería, de no ser porque escuché la voz tan estridente: “Maricones, pervertidos.” Y aun­que la oscuridad no me dejó ver la cara, reconocí la voz de América. Era mi madre quien gritaba, y Manolo el Chupadedos salió corriendo, y yo detrás, y luego la acomodadora, y a pesar de todo cuanto estuve indagando en todos los rincones de La Habana Vieja, no conseguí encontrarlo.

XIV

No siento vergüenza. Es verdad que lo del Chupadedos me salió mal la primera vez, pero luego estuve consiguiendo un di­nerito. En ocasiones hasta lo llamé por teléfono a la oficina, y escuché cómo le pidió a la secretaria que lo dejara solo. Entonces me exigía que respondiera a cada pregunta o que escuchara silencioso. Increíble era la imaginación del Chupadedos. Inventaba situaciones increíbles; la voz entrecortada, parecía que su vida se escapaba en los suspiros. Siempre los pies, cada vez situaciones tensas, y nunca alcanzaba, ni siquiera porque de­pendía de su imaginación, acabar amando sin riesgo mis dos pies. Por esas conversaciones telefónicas me pagaba cinco dó­lares. Lo esperaba en algún parque de La Habana Vieja para recibir el pago. Prefería que me sentara en un banco solitario, con uno de los pies descalzos, y apoyado únicamente sobre el asiento el calcañal. El resto del pie debía flotar casi en el aire. Así debía estar cuando llegaba. Le fascinó descubrir cada vez mis caricias sobre el pie descalzo, y que luego apartara la mano, que lo dejara libre. Me ponía el billete de cinco dólares entre dos dedos, se carcajeaba porque le parecían tenazas mis dedos prendidos al billete. Nunca dejé que el pago cayera al suelo. Aprendí a disfrutar ese momento. Ese era el instante de mayor éxtasis. Y si no estuviera aquí ahora, frente a usted, estaría es­perando al Chupadedos en un parque, o insinuándome en el Parque Central, en los portales del Payret, en 23 y Malecón. ¿Usted nunca pasó de noche por el BimBom? ¿Nunca caminó la Rampa después de las once de la noche? ¿Usted no se puso a mirar alguna vez a los clientes de la cafetería de 23 y P?

No, oficial, no me arrepiento. Nadie va a conseguir que me avergüence. Volvería a hacer las cosas de manera idéntica. Jamás volveré a hablar de la miseria en mi casa, de mi madre loca, de mi abuela enferma. Si salgo de la cárcel repetiré cada cosa, si es que me queda juventud. Siempre hay un montón de maricones como Jorge Ángel en La Habana. Aunque a ese no lo podré matar de nuevo.

XV

No sé por qué pregunta por América. ¿Acaso quiere confun­dirme? ¿Quiere cogerme de atrás p’alante? Ella no tiene nada que ver en esto. Mi madre siempre anda apostando. Es lo único que le interesa, y nunca se percata de mi presencia. La noche anterior al incendio, la primera del mes de agosto, entró al solar sin notar al trasnochado de su hijo. Esa noche Jorge Ángel no recibió a Disney Yanier. Quien estaba dentro era Ramón, lo miré cuando subía y escuché las risas, más tarde Jorge Ángel dispu­so en el balcón la camisa del que fuera saltador, y los pantalo­nes recortados. Esa vez también estuve observando el movimiento de las ropas, que fue muy breve. La noche del pri­mero de agosto fue de calma, y Ramón no se quedó a dormir. Se le hizo muy difícil la bajada, le resultó muy complicado aferrar­se a la muleta y sujetar el regalo que le hiciera Jorge Ángel. Por­que soy curioso, estuve indagando en el obsequio y descubrí la imagen de Ramón sobre el más alto de los podios, y con oro coronado. En la foto sonreía el saltador escoltado por Sergei Bubka. El ucraniano ocupaba un peldaño más bajo que Ra­món. Jorge Ángel parecía quererlo mucho, y fue capaz de hacer creer al mutilado que era un campeón. Jorge Ángel era capaz de todo, incluso de convertir a un amputado en campeón mun­dial de salto con pértiga. Cada evidencia aumentaba mi obse­sión. Lo mismo iba a hacer alguna vez conmigo, por eso permanecí apostado después que se marchó Ramón. Tenía la esperanza de que mi vecino dijera por fin que estaba dispuesto a recibirme; lo que hizo realmente fue cerrar las puertas del balcón y apagar las luces, pero yo seguí sentado, y observé a mi madre cuando entró en la madrugada. Parecía obsesionada con un número. América jamás notaba mi existencia, ni siquiera reconocía que era madre. Para ella lo único importante son los números a los que apuesta cada día. Fíjese que estando tan cerca aquella primera tarde en la que entré con el Chupadedos al Payret, no se dio cuenta de que quien ponía los pies en la boca de Manolo era su hijo. Y lo peor fue que esa misma tarde llegó a mi casa con un par de zapatos viejos, los mismos que dejé olvidados en el cine al salir corriendo. Le dijo a mi abuela que los encontró en un cine, que los vendiera para conseguir algún dinero. Nunca le sugirió que me los regalara. Tampoco creo que supiera que su hijo estaba escaso de zapatos, que había perdido en el Payret los únicos que tenía. América jamás re­cuerda que tiene un hijo. Desde muy temprano se levanta y revisa el monedero. Cada día lo mismo, un menudo muy sutil, veinte centavos, treinta. Nunca llega a un peso. Cada mañana mi madre nos despierta con la misma pregunta: “Ay, América, y qué vas a hacerle al mundo con cincuenta y tres centavos.” Siempre lo mismo, a hora idéntica: cuatro de la madrugada. Lo único que cambia es el monto del menudo. Jamás llega a un peso. Mi abuela asegura que perdió la cabeza desde que yo nací. Y no dice tal cosa para culparme, más bien intenta justifi­carla, desea que yo no sienta vergüenza por la madre que me regaló la vida. Muy pocas han sido las ocasiones en las que me trató como a un hijo. Dice mi abuela que América no tiene cer­tezas, que su enfermedad la hace olvidar, que una de sus lagu­nas, la más grande, tiene que ver con el parto. “Yo nunca tuve hijos”, eso dice. Su única obsesión es el dinero, conseguir du­rante el día lo que apostará a alguno de los números con los que sueña. Hay días en los que relaciona la cantidad de menudo que guarda en la cartera con los números. Desde hacía mucho, América estaba obsesionada con apostar al seis: tenía dos pie­zas en su cartera, una de cinco centavos, y la otra era menor, un quilo prieto, un centavito nada más, de ahí sus ganas de apostar al número. Por eso creyó que los dioses la ayudaban cuando encontró un peso en la puerta del solar. Por la tarde apostó a su número de suerte. América ganó setenta pesos una noche, la penúltima del mes de julio, y quedó inconforme. Si había gana­do con el número que distinguía a la candela chiquita, lo más prudente sería atizar la llama, y a la noche siguiente volvió a jugar. Era la última de julio, y apostó, a pesar de las súplicas de mi abuela, los setenta pesos al sesenta y seis, es decir, a cande­la grande, y volvió a ganar, esa vez cuatro mil novecientos pe­sos, que mantuvieron feliz a mi abuela por un rato, hasta que se enteró de que América estaba dispuesta a no parar. “Hay que estimular la candela para que se convierta en fuego.” Eso dijo América, y puso en las manos del apuntador todo el dinero. Cuatro mil novecientos pesos apostó América al noventa y nueve, porque el sesenta y seis al revés era fuego enorme. América conoció la suerte y ganó trescientos cuarenta y tres mil pesos, una fortuna. Y a pesar de que el bolitero dijo que no pagaba una cifra como esa, terminó cambiando su opinión. América sería capaz de armar escándalo y la Policía se haría cargo del asunto, sin dudas lo meterían en la cárcel. Así que pagó el dinero cre­yendo que la demente apostaría todo cuanto ganó a un número cualquiera, y que de esa manera volvería a sus manos el dinero, porque América no iba a ser asistida por la suerte cuatro veces, porque a la cuarta va la vencida. Y América volvió a jugar, para alegría de su madre y para desgracia del bolitero, solo un peso. Esa vez apostó a sus dos números de suerte; con el seis y el nueve armó el sesenta y nueve, que en la charada es cemente­rio, y a la loca le pareció prudente, según ella, después del fuego enorme venían el luto, el cementerio.

La noche en que América ganó trescientos cuarenta y tres mil pesos, la primera del mes de agosto, yo estaba apostado en la acera mirando a los balcones del maricón, esperando algún indicio, alguna señal que me hiciera Jorge Ángel invitándome a subir. Tenía la esperanza de que estuviera arrepentido, que Ramón no le hubiera dado todo el placer que precisaba. Pasé muchas noches de vigilia, semanas, meses, y tenía la certeza de que al menos por mi empeño iba a pedirme que subiera, para exigir que dejara por fin de vigilarlo. Esa sería mi prueba de fuego, en ese momento debía desplegar todos mis encantos. Era el momento en el que debía seducirlo para siempre, pero esa noche no me invitó a pasar, y miré a mi madre entrando de última al solar sin que se percatara de mi presencia, tal vez entusiasmada por todo el dinero que ganó y que le entregarían al día siguiente. Entró chocando las palmas de sus manos, a ritmo de conga, y cantaba, más bien chillaba. “Candela, quiero candela. Candela, quiero candela.”

Es por eso que algunos vecinos han estado diciendo que fue la demente de mi madre quien prendió el fuego que achicharró a Jorge Ángel, el mismo que asó a Esteban y también a Ovidio. ¿Usted no les cree, verdad? Los vecinos del solar, de todo el barrio, no tienen razón. América no le hace daño a nadie, a ella nada le interesa, únicamente apostar a un número y ganar dinero para seguir jugando. América adora el desafío, el riesgo. Está interesada solamente en la aventura que significa apostar todo lo que tiene, ni siquiera se interesa por mi abuela, ni siquiera recuerda que tiene un hijo. Es famosa en La Habana entera por la palabrera que desata mientras camina la ciudad. Siempre lo mismo, hablando de la charada, asociando sus números con los sueños, con la vida. América grita para que la escuchen bien, o quizá porque se cree la única en el mundo. América nunca es­cucha, no le gusta que le hablen. Son injustos los que creen que fue la loca. Jamás haría una cosa así.

XVI

Ella nunca haría una cosa como esa, para hacerlo sería necesario que recuperara la razón. No sé por qué hay vecinos que dicen que fue ella quien mató a Jorge Ángel, quien mató a Ovidio, quien mató a Esteban, y que más tarde prendió el fuego. Ya le dije que fui yo, y lo seguiré diciendo. Qué más quiere. Le estoy dando mi confesión. Yo sé todo cuanto dicen los vecinos, escuché los comentarios un montón de veces, y algunos se atrevieron a decírmelo. Dicen que el dos de agosto cumplió años, igualito que Jorge Ángel, y que ella no pudo celebrar su aniversario. Es cierto que nacieron un dos de agosto y que tienen la misma edad: cuarenta y cuatro, pero mi madre luce más vieja, quien la mira le supone unos sesenta. También es cierto que la madre de Jorge Ángel, y la de mi madre, salieron chillando del solar a la misma hora. Según mi abuela, a las doce de la noche gritó fuerte por el dolor, y miró cómo se le rompía la fuente, creyó que iba a morir. Un instante después, quizá menos de un segundo, se escuchó el grito de Esperanza, la madre de Jorge Ángel. Al parecer es verdad que las dos mujeres coincidieron con sus chillidos en el portón enorme del solar. Las dos subieron al mismo auto, un carro de Policía que pasaba en ese instante por la calle. Por mucho que el guardia quisiera sofocar los gritos de las parturientas, auxiliándose de la sirena de aquel auto de policías, no pudo conseguirlo. Dice mi abuela, quien tiene muy buena memoria, que los gritos eran más que semejantes, que eran idénticos, y que también lo eran los intervalos de silencio que se instalaban entre un grito y el siguiente.

Las dos mujeres parieron en maternidad de Línea a la misma hora, eso no lo niega nadie, y fue así como lo registraron en el hospital. Al parecer no hubo ni un segundo de diferencia, ni siquiera una milésima de segundo, y los médicos hablaron de la sincronía de los gemidos, de la comunión entre los jadeos, y también dijeron que, aunque sus rostros eran diferentes, la re­lación que tuvieron con el dolor las volvió muy parecidas; idén­ticas las muecas, y las contracciones en los músculos, y cada movimiento. Coinciden los parteros, los vecinos, en que exac­tas fueron las dilataciones y las ganas de soltar lo que tenían dentro. Los instantes en que se asomaron las cabezas de los que estaban por nacer coincidieron en el tiempo, y todo cuanto que­dara por hacer resultó también sin diferencias. A la misma hora cortaron los cordones que juntaban a los acabados de llegar con sus mamás. Los dos inocentes parvulitos lloraron encajados en el mismo relámpago de tiempo, y los vagidos tuvieron ecos bien parejos. Todo pareció increíble. Quizá por eso los médicos estu­vieron sugiriendo que pusieran el mismo nombre a los dos recién nacidos, solamente tendrían una diferencia, y era la última letra de cada apelativo. Es verdad que eso aseguran los veci­nos, y nadie sabe cómo se enteraron, porque las dos mujeres nunca quisieron estar hablando del asunto. En algo no hubo concordancia, y fue en el hecho de que los bebitos no tuvieron el mismo sexo. América era hembra, el otro fue varón. Por eso los médicos estuvieron empeñados en poner América a mi ma­dre, porque América Arias era el nombre que llevaba el hospi­tal, que según creo, era el de una benefactora que nació en Sancti Spíritus. Mi abuela estuvo de acuerdo y aceptó sin miramientos que coincidiera el nombre de la bienhechora con el de su hija, no había pensado en ninguno todavía. Quien se negó rotunda fue Esperanza, la madre del varón. La recién parida dijo no y lo siguió diciendo, aunque los médicos intentaran con­vencerla de que llamara Américo a su hijo, como Américo Vespucio, y para convencerla dijeron que tal nombre quizá lo convertía en marinero, y que haría grandes y largos viajes por el mundo que lo llevarían a la gloria. El médico que asistió el parto del varón aseguraba que por las audacias del florentino que se llamó Américo un continente entero recibió su nombre, pero quien parió al varón siguió negada, y dijo que no quería que su hijo, quien iba a lucir un nombre diferente, tuviera alguna relación con esa niña que acababa de nacer, y que nada entre los dos era común. Aseguran los vecinos que después del parto la madre de Jorge Ángel se anduvo incomodando con los médicos y dio unos cuantos gritos para hacerse respetar. Su hijo se llamaría Jorge Ángel, porque Jorge Ángel era el apelativo de su abuelo, y desde más atrás venía el nombre.

XVII

Mi abuela Rosa nunca mencionó algo parecido, por eso no voy a dar crédito a las habladurías de los vecinos que quieren culpar a mi madre del incendio y de las muertes. ¿Para qué querría matar a Esteban? A ese hombre nadie le deseaba el mal. Si es cierto lo que andan diciendo los vecinos, es posible que tuviera muchas razones para matar a los otros dos, pero del dicho al hecho va mucho trecho, y mi madre no es capaz de matar ni siquiera una mosca. Yo soy el asesino. Fui yo quien prendió el fuego. Mi abuela es una mujer muy reservada, nunca me hizo ninguna insinuación. Únicamente si hubiera perdido la cabeza como su hija. No busque más culpables, oficial. Fui yo quien lo mató porque seguí obsesionado con lo mismo, creyendo que merecía el mismo afecto que Jorge Ángel regalaba a sus muchachos, y también los billetes. La verdad es que continué vigilando al maricón en las noches, esperando una señal.

En las mañanas me puse a cultivar un mejor cuerpo. Ya puede notarse la pronunciación de mi pecho, y el cuello está más grueso, y los bíceps y los tríceps, definidos. ¿No lo ha notado usted? Él debió percibirlo, pero se mantuvo alejado. Supongo que sabía la verdad, aunque dicen que su madre nunca reveló a nadie la verdadera paternidad.

Supe desde chiquito que la madre de Jorge Ángel, que en paz descanse, y mi abuela Rosa, se profesaban un odio grande, pero nunca imaginé las razones. Cada vez que pregunté, mi abuela terminó alterada, siempre dijo que no tenía que explicarme y que no era asunto de muchacho. Nunca supe por qué Jorge Ángel y mi madre se volvieron tan distantes. Aunque vivieran muy cerquita en el solar, aunque los dividiera únicamente una pared del entresuelo, ninguno podía acercarse a su contrario, y quien más se empeñaba en hacer notar las diferencias era Esperanza, la madre de Jorge Ángel.

Mi abuela Rosa, que me crió como a su hijo, nunca explicó los motivos que tenían para odiarse. Cuando se enteró de mis pretensiones, intentó explicar, advirtió una y mil razones que estuve desechando, ni siquiera cuando supo que yo no desistiría se dispuso a hacer revelaciones. Dicen los vecinos, y mi abuela lo niega todavía, que el sostén de la tirria que separaba a las dos mujeres, y a sus hijos, era Ovidio.

Al parecer la antipatía tenía buenos fundamentos. Sucedió que el hombre, a pesar de que estuviera matrimoniado con Te­resa y en secreto se amaba con su cuñada Zaida, sedujo a Espe­ranza cuando su juventud era temprana, y a la misma vez a Rosa, que también iniciaba su verdor. Y sigiloso entraba el hom­bre en el cuarto de la madre de América, y se escurría luego para verse en tantísimo secreto con Esperanza, la madre de Jorge Ángel. Y sin que ningún recato lo asistiera las preñó a las dos. Jamás se supo a quién primero, y Ovidio negó los arrebatos que lo mezclaban en la cama con la una y con la otra. Ovidio dijo que jamás las miró a derechas, y la preñez de Rosa fue creciendo, y también la de Esperanza, sin que ninguna de las dos tuviera un padre que mostrar al hijo que estaba por venir. Las dos mujeres se odiaron mutuamente, y siguieron en secreto adorando al hombre que dejara huellas en sus entrañas.

XVIII

Si usted atiende al rumor de los vecinos, mi abuela tendría razones, pero ella es incapaz, además, no tiene fuerzas para man­tener en alto un candelabro de siete brazos. Usted la vio, notó lo delgada que está, cómo podría asestar un golpe, porque quien se decide por un plan como ese debe tener mucha lucidez, así que puede descartar a mi abuela y a mi madre. Quien mató a Jorge Ángel fui yo, y también fui yo quien prendió el fuego que destruyó todo el solar. Cuántas veces tendré que decir lo mismo. Aunque Jorge Ángel fuera mi tío, como decían los vecinos, no pude dejar atrás mis pretensiones, ni siquiera me lo propuse. Por mucho que insistió mi abuela no conseguí abandonar los deseos de tenerlo. Estaba resuelto. Soy persistente si creo que algo me conviene, quien tiene una madre loca y una abuela enferma, no puede permitirse titubeos. Cada vez que sentí a mi madre en medio de la calle chillando sus inconformidades con la vida, cada vez que miré a mi abuela renquear por los dolores, me aferré más a la idea de conquistar a Jorge Ángel. Era él quien podía atenuar en algo la miseria de mi casa, además, nunca tuvimos roce de familia, y él tampoco sabía lo que anduvieron diciendo los vecinos. Fue tanto el deseo de seducirlo que desatendí otras cosas, casi todo. Únicamente me mantuve afe­rrado a los cubos llenos de arena que fijé a una tranca de hierro. Los busqué cada mañana en la azotea, repetí y repetí los mis­mos ejercicios. Si algo me hizo feliz esas mañanas fue el sudor; cada gota, al menos eso creía yo, me acercaba a Jorge Ángel. Él debía notar los cambios y responder a mis insinuaciones. No podía resistirse todo el tiempo. Mis dieciocho años eran un regalo, y él estaba por cumplir cuarenta y cuatro; veintisiete años es muchísimo, y él estaba gordo, casi calvo. De tenerme no le haría falta andar por el Payret, como hacía en las tardes en las que no venía Disney Yanier. Yo estuve siguiéndolo esas veces, y volví a las andadas, por despecho, para que mirara lo fácil que me resultaba conseguir un maricón, pero no se dejaba provocar, y lo miré llevarse a sus muchachos.

XIX

Usted quiere palabras y palabras que hagan parecer que me arrepiento, pero no voy a complacerlo. Ningún policía, ni tam­poco un juez, van a conseguir que me ponga a juntar lamentos. Haga caso a mi confesión. Usted no se imagina cuánto me habría gustado llamarlo Américo. ¿No le parece un nombre más romántico? Américo es mejor nombre para el amor que Jorge Ángel. No es lo mismo decir “te quiero, Américo”, que “te quiero, Jorge Ángel.” Anote ahí que no estoy arrepentido, yo firmaré la declaración sin titubear. Escriba que le di un golpe fuerte en la cabeza con el candelabro de siete brazos, y luego seguí pe­gando, más fuerte cada vez, para que pagara por sus despre­cios, por las atenciones que me negó. Escriba que me excitaron los golpes que le di. Escriba que me habría gustado amarlo y susurrarle al oído, penetrarlo cada vez que lo pidiera. Escriba que nunca le deseé la muerte, que si lo hice fue por celos, por amor, porque no soportaba sus desprecios, sus negativas. ¿Alguna vez lo despreciaron, oficial? Él murió ahogado en su pro­pia sangre, pero la verdad es que me habría gustado ahogarlo con mi pinga, que se fuera al otro mundo mirando lo que se perdió en este porque quiso, porque se negó cada vez que me insinué. Escriba que por cada golpe mencioné el nombre de uno de los muchachos que recibió en su fiesta de cumpleaños.

XX

Doce golpes le di con el candelabro de siete brazos.

XXI

Fue el Crema quien me contó de la fiesta. Él mismo cargó las cajas de cerveza y trajo cada bebida que le encargara el mari­cón. También me habló de una cena muy abundante.

Me aposté muy cerca de la escalera y lo sentí recibiendo a cada uno. Disney Yanier llegó primero, y lo recibió con un beso, lo nombró Pablo. Luego vino Yunior, a quien Jorge Ángel llamaba Lucas, más tarde Yorjander, que era Marcos. Yurislandi fue Santiago. Observando, casi pegado a la escalera, miré llegar a los doce apóstoles, y luego noté cómo colgaba en la tendedera esti­rada en el balcón cada pulóver que abandonaron los mucha­chos. Por un rato estuve mirando el movimiento de las telas batidas por el aire, parecían una cortina de mil colores. Por un rato estuve mirando, con la esperanza de que por fin me invitara a acompañarlo. Él debió convidarme, no le costaba nada hacer­me una señal, y yo habría subido sin reservas. Miraba el movimiento de cada pulóver abandonado por su dueño e imaginaba lo que podía estar pasando dentro. Jorge Ángel debía andar de brazo en brazo, de boca en boca, de pinga en pinga. Jorge Ángel debió crear complicidades con algunos y dudas en los otros. Mirando las telas batidas por el viento sentí la mayor de las tristezas, ni siquiera la desazón que provoca el hambre, ni siquiera las burlas que le prodigaron a mi madre, ni el renqueo de mi abuela, me hicieron sentir de manera parecida. Yo andaba triste y mirando las telas batidas por el viento. Le juro que esperé por mucho rato a que apareciera en el balcón, a que me invitara y me ofreciera un trago, a que colgara luego mi pulóver de la misma cuerda extendida en el balcón, junto a los otros. Le juro que me habría conformado, al menos por un rato, hasta que pudiera tenerlo solo para mí. Le juro que yo habría conseguido seducirlo. Me conozco bien, sé de mis posibilidades como amante. Pero nunca apareció en el balcón para hacerme una señal. Entonces advertí al policía: “El maricón del 105 preparó una orgía. Tiene doce pingueros en su casa. Todos están emborrachándose desnudos, y Jorge Ángel va recibiendo de cada uno sus favores. Ese es el regalo que se hizo él mismo, pagar a doce muchachos para celebrar su cumpleaños.”

Todo eso le dije al policía que cumplió su parte.
 

XII

Muy poco le duró la fiesta. Desaparecieron las ropas del cor­del. Cuando quedó vacío no perdí tiempo para tocar en su puerta. “Vine a buscar lo mío”, eso dije, y él contestó que no guardaba nada que no fuera suyo. Estaba muy molesto, me cul­pó por la manera en que terminó su celebración. Dijo que siempre quiso tener un cumpleaños como ese, rodeado por doce amantes, en parte desvestidos. El único que se atrevió a quedar desnudo fue Disney Yanier, quería mostrar que estaba en su terreno. Eso dijo Jorge Ángel, y que el resto solo había abandonado: unos, los zapatos, otros, sus pulóveres, que Yorjander, a quien llamaba Marcos, se atrevió a desnudarse completico, pero quedó calzado. Me dijo, oficial, como si no me hicieran daño sus palabras, que estuvo a punto de conseguir el sueño de su vida, que la noche antes escribió en su Diario, en el salterio decorado, que estaba preparado para la cena del día siguiente, que recibiría a doce invitados muy hermosos, jóvenes, dispues­tos a todo por un poco de dinero. Dijo que también escribió sus nombres, el verdadero, y al lado el que les pondría para la cena, siempre el apelativo de uno de los doce apóstoles. Y me dijo, oficial, como si nada, que pretendía que cada uno lo llamara, a él, señor. Dijo que tenía muchas ganas de servirles y, a la vez, ejercer su autoridad. Dijo que estuvo preguntando por lo que iban a beber, para que entendieran que las libaciones eran mu­chas; que había whisky, que había vodka del mejor, que serviría ron, también tequila, que la cerveza estaba fría. Propuso saladi­tos muy variados, y se rió a carcajadas cuando explicó que todos confundieron el salmón con el salami. “¡Qué vergüenza!” Así habló, tapándose la boca para mostrar lo escandalosa que le resultó la confusión. Estuvo culpándome por el final que tuvo su festejo. “Siempre soñé con una celebración así, rodeado por doce muchachos muy hermosos. Por tu culpa se aguó la fiesta.” Así dijo, oficial, casi a punto de llorar, sin que le importara hacerme tantas confesiones a la vez. Nunca antes me dirigió tantas palabras, nunca antes me miró a los ojos. Yo debí estar muy emocionado cuando hablé con Jorge Ángel en su casa, los dos solos. Era la primera vez que me dedicaba su atención, y aunque fuera para reprocharme, le juro que fui feliz. Al menos quería que yo escuchara sus regaños, y eso era bastante. Era a mí, y no a ninguno de sus apóstoles, a quien se dirigía. No se imagina usted lo bien que me sentí, tanto, que ingenuamente le sugerí que me sirviera un trago, pero mostró una mueca, una señal para que me sirviera yo si quería beber algo. Dejó clarísimo que no haría nada para agasajarme. “Tú no estabas invitado.” 

XXIII

Nunca creí que llegaría a hacerle daño. Si subí las escaleras, si me expuse a tanta humillación, fue solo para conquistarlo, y me quedé callado después de que se negó a servirme. Únicamente lo miraba. Quizá fueron mis ternezas las que lo envalentonaron. Se puso fanfarrón, y yo escuché en silencio. Le juro, señor oficial, que nunca hice caso a los comentarios de los vecinos. Nunca subí las escaleras para exigirle ninguna explicación so­bre los supuestos amoríos con mi madre. A los vecinos del solar les dio por decir un montón de cosas, pero no anduve prestando oídos. Yo no enfrenté a Jorge Ángel, no lo maté porque dijeran que era mi padre.

XXIV

¿Usted no escuchó los rumores? Pues yo sí, pero no hice ningún caso. Decían que América se enamoró de Jorge Ángel desde niña, y que desde entonces estuvo persiguiéndolo, que se paraba en las esquinas para vigilar su entrada, que se insinuaba, que ni mi abuela ni la madre del maricón pudieron contenerla en sus caprichos. Aseguran que ni siquiera los desprecios de Jorge Ángel hicieron que cambiara de actitud. Tenga la seguridad de que los chismes no mellaron mi interés en conquistarlo. No acepté el hecho que daban por seguro. Dijeron que Ovidio siempre quiso meter en su cama a la chiflada, aunque fuera su propia hija. Dijeron que Jorge Ángel nunca se cansó de desear al hombre que en su infancia lo llamaba Clara.

Ovidio, según ellos, hizo la propuesta, y Jorge Ángel aceptó. Pero le juro, oficial, que no maté al maricón porque aceptara el coqueteo con mi madre con tal de conquistar otra vez a Ovidio. Aseguran que el desgraciado le propuso al maricón que intentara seducir a América, que luego podrían encontrarse en su casa cuando su mujer estuviera ausente

                                                                                                                XXV

No maté a Jorge Ángel porque llevó a mi madre a casa de Ovidio con el pretexto de que hablaran sin ser vistos por sus madres. No lo maté porque los tres celebraran la ocurrencia bebiendo ron, ni porque, después de unos cuantos tragos, Jorge Ángel se excitara con las insinuaciones de su padre, ni porque diera besitos a su hermana para congraciarse con mi abuelo. No lo maté porque los tres se metieran en la cama. No levanté tan alto el candelabro, ni lo dejé caer con fuerza en su cabeza porque se metiera dentro de América la loca y le dejara dentro algo que más tarde sería yo mismo, mientras recibía lo que más le gustaba de su padre.

No aceptaré esas acusaciones. Yo sé muy bien, oficial, que mi destino es la cárcel, y que la merezco, pero no maté a Jorge Ángel por lo que dicen los vecinos. Yo pegué con el candelabro en su cabeza por sus desplantes, porque no me prefirió. Yo no atendí a sus ruegos, y volteé la imagen Art Déco de su Cristo cuando se puso a hacerle peticiones. No quería testigos, oficial. Por primera vez estábamos solitos, y nada me haría desperdiciar ese momento después de tanto desearlo. Yo quería a Jorge Ángel para mí, pero no pegué doce veces en su cabeza con un candelabro de siete brazos porque me enteré de que era mi padre. Yo subí las escaleras para sobarme y mostrar al maricón lo que por mucho tiempo se perdió. Yo subí las escaleras para verlo fumar con su pipa de ámbar de Groenlandia, para contemplar sus ademanes y disfrutar la manera elegantísima que tenía de agarrar el vaso con el líquido castaño, para aplaudir su distinción a la hora de beber el whisky, el ron o lo que fuera. Yo toqué a su puerta para disfrutar el refinamiento que imaginé a la hora en que se tocaría los pechos. Él no iba a hacerlo como los otros maricones que me anduve procurando en los portales del Payret. Yo avisé al policía porque creí que se negaría un poco, pero que caería al fin, y entornaría los ojos. Lo supuse mordiéndose los labios para incitarme, para calentarme. Yo hice echar a los apóstoles para quedar solo con él, sabiendo que con mucha inteligencia haría notar las diferencias entre ambos. Jorge Ángel mostraría los desmanes de su cuerpo, sin vergüenza, con arrogancia mostraría las evidencias del bolsillo. Yo subí las escaleras, toqué a la puerta sabiendo, como él mismo deseaba, que éramos en todo diferentes. Yo era joven, algo hermoso y más que pobre. Yo, oficial, no me engañé nunca, y subí para conquistarlo, para disfrutar al fin de la manera en que se iría despojando de la ropa. Después de que se negara tanto no se iba a regalar, y hasta la pena podía ser cierta. Jorge Ángel iba a ac­tuar con timidez. Y yo lo habría amado esa tarde con un susto grande, y no cabe duda de que a los dos nos habría ganado la torpeza, pero iba a ser muy divertido, y en la mañana, cuando abandonara yo su casa, iba a darle un beso, a decirle: “espérame esta tarde”.

Yo lo maté porque nada de eso sucedió. Jorge Ángel se puso a reprocharme, y me contó sus pretensiones con los doce após­toles. Me llamó Iscariote, me gritó improperios. Aún después de los insultos, yo habría soportado cualquier cosa si al final lo poseía. Se desnudó para mostrarse superior. Me desafió con su gordura exagerada. Era dramática aquella escena, y yo mirando sus pies enormes, deformados; y era un pozo su ombligo, y en las piernas resaltaban un montón de varices a punto de explotar. Era horrible, oficial, pero yo quería poseerlo, hacerlo mío. No me pida explicaciones. No me hable de razón. Era así, qué iba a hacer.

Peores fueron sus certezas. “Nunca vas a tenerme”, así dijo, y también que debió invitarme a subir. “Debí dejar que me miraras enrolado con los doce.” Y sonrió, asegurando que si lo miraba aferrarse a aquellos cuerpos, entendería para siempre. Y también dijo que algunas tardes, mientras era poseído, me imaginaba quieto y expectante mirando hacia el balcón. “No me tendrás nunca”, dijo, y exhibió su desnudez.

XXVI

Yo no quería matarlo, no fue para eso que subí las escaleras. No me crea tonto. Yo pretendí convencerlo, expliqué las bondades de un amor entre los dos, y hablé de serle fiel. Él dijo que el doce significaba el orden cósmico, la salvación. Él no contó conmigo, oficial, olvidó que yo era el trece, es decir: la muerte. Y pegué muy fuerte en su cabeza, doce veces. Doce golpes con el candelabro de siete brazos, y después me le metí muy dentro. Nunca antes besé con más pasión. Recordé la obsesión de América con la charada, y el éxito que tuvo apostando al fuego, le hice un homenaje. Al menos ella tendría una razón para alegrarse. No iba a dudar de que con sus sueños, con sus juegos, presagió el fuego. Mi madre podría creerse una adivina. Jorge Ángel murió después de los golpes, aún así prendí el fósforo y lo dejé caer sobre el colchón. Con un abanico del maricón aticé la llama. Mirando su desnudez, sin perder de vista el fuego tan crecido, le regalé mis mejores ráfagas.

Y creo, oficial, que después de muerto estuvo agradecido, porque mis escapadas despejaron el rictus de su cara


Jorge Ángel Pérez. Villa Clara, 1963. Ganador del Premio Alejo Carpentier de Narrativa, en el género de cuento, en su décima edición con el libro En La Habana no son tan elegantes. El volumen inicia sus páginas con la narración “En una estrofa de agua”, ganadora del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2006. Su novela El Paseante Cándido recibió el premio UNEAC 2002 y el premio italiano Grinzane Cavour del mismo año. Su obra Fumando espero recibió el reconocimiento como Primer Finalista de la XIV Edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Ha publicado además el libro de cuentos Lapsus Calami, Premio David de la UNEAC en 1995, y recibió en 2005 la Distinción por la Cultura Nacional (2005).

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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