CHE: “Septiembre 21.- Estamos
encontrando muchas dificultades para
obtener buenos prácticos. Los
campesinos de esta zona son peones
de los ganaderos que mantienen
grandes haciendas cuya
administración es llevada a cabo
como los señores de horca y
cuchillo. Conseguimos un práctico
que de mala gana nos lleva a las
orillas del río Durán o Altamira.
Acampamos en la finca Ojo de agua y
comemos vaca asada.”
Al parecer Che no tuvo los problemas
de Camilo con la brújula, ya que él
era un experimentado alpinista, y
por medio de ella se encaminaron al
oeste. Luego de mal andar un poco
más de una legua, en las primeras
horas del domingo hicieron un alto a
la orilla del río Altamira o Durán.
Cerca de allí encontraron el bohío
de Israel Manzo. Con él la
vanguardia conoció que la Antonio
Maceo acampó en esa zona y de la
aparición de la pareja de guardias
exploradores. También indicó un
lugar de mayor seguridad para
vivaquear.
Luego de la debida exploración se
mandó a buscar el resto de la tropa
encabezada por el comandante
Guevara, quienes se trasladan pasado
el meridiano para montar el nuevo
campamento, en la finca Cimarrón,
situada en la zona de Ojo de Agua,
bastante cerca del mar, con
concentraciones militares en los
alrededores, como apareció en el
parte anterior.
En la primera hora mañanera se
ubicaron en un humilde bohío y sus
alrededores, la mujer de Anastasio
Agüero, que estaba sola, a pesar de
atenderlos se puso nerviosa al ver a
los barbudos y peludos. Su esposo
estaba trabajando la tierra, al
regresar en horas de la tarde,
encontró su casa llena de rebeldes.
Che habló con él y entre otras cosas
le pidió que le vendiera cuatro
cerdos, el campesino alegó que dos
eran hembra, por tal razón se
pudieron contar con el par de
machos.
Un vecino que fue a curiosear estuvo
dispuesto a servir de guía hasta la
zona de Baraguá. Varios columnistas
fueron a comprar en una bodega no
muy lejos. Entre las cosas que pudo
conocer Guevara fue la protección
que dio el mayoral de la finca
Cimarrón a la pareja de soldados
exploradores, y que desde su casa,
donde había un teléfono avisaron de
la ubicación de la Antonio Maceo,
por lo que era de suponer que ellos
también estaban denunciados, como
realmente sucedió.
Además de la información transmitida
por este señor, supieron que el guía
Regino González puso al tanto a un
soldado amigo de sus servicios a los
rebeldes. Lo anterior apareció en
uno de los partes del ejército. Ya
de noche pudieron disfrutar de la
comida. Más tarde varios invasores
fueron en busca del mayoral Ramón
Peláez, de la finca del Cimarrón.
Mientras lo trasladaban ante
Guevara, otros se quedaron en su
casa para evitar que realizaran
alguna llamada, dándose el caso de
que uno de ellos pudo escuchar por
el teléfono, pues era de línea
abierta, la orden de que la tropa
que estaba en el embarcadero de
Santa María se retirara, ya que los
insurgentes habían pasado, luego
escuchó la contraorden. Rápidamente
se informó al comandante.
El mayoral, negó ser colaborador de
los militares, aunque reconoció que
los guardias hicieron la llamada
desde su casa. A pesar de su
negativa Guevara sabía que mentía.
No obstante, para que la familia no
se preocupara, lo envió custodiado a
dormir a su casa. Como no podían
conocer la verdadera ubicación del
enemigo, el jefe invasor consideró
mantenerse en el mismo lugar y
mandar exploraciones al amanecer.
Descansaron en el monte de marabú.
SEPTIEMBRE 22: Cerca de la una de la
madrugada de ese día, los
columnistas de la No. 2 se vieron
obligados a detener la marcha y
acampar, pues estaban extraviados
algunos invasores —entre ellos
Pinares y otros tres oficiales—,
quienes aparecieron cuando ya
amanecía.
Si la jornada anterior fue difícil,
esta transcurrió sin problemas.
Comieron bien y descansaron en
terrenos de la finca San Nicolás,
sin la tensión ni la preocupación de
saberse rodeados por el enemigo.
Alrededor del mediodía se escucharon
ruidos de carros y disparos en
dirección de la línea férrea.
Suponían que se trataba de algún
traslado de tropas del Ejército. A
media tarde cayó un buen aguacero, y
eso, indudablemente, los favorecía:
los caminos se hacían intransitables
para los vehículos, lo cual evitaba
la persecución enemiga, por supuesto
más desagradable que la empapada que
nos dimos, la que ya era cotidiana.
Partieron después de comer y
cruzaron el terraplén desde el
pueblo de Florida, al norte de la
posición insurrecta, hasta la playa
de Santa María del Sur, que también
era patrullada, pero pasaron sin
dificultades, tratando de no dejar
rastro.
CHE: “Septiembre 22.- “No tenemos
prácticos. Sin ellos atravesamos la
finca Arizona y acampamos en
Chicharrones. Se nos une un práctico
que nos indica que está cercana la
línea férrea y nos recomienda no la
crucemos.”
Realmente los nombres que menciona
Guevara no aparecen en el mapa y
Joel dice en su libro que se
encuentran en la finca Cimarrón,
también lo vemos en el parte del
ejército, pero lo histórico no es el
nombre, sino el hecho, y a él vamos.
Bien temprano en la mañana llevaron
al mayoral al campamento. La casa
quedó con vigilancia. Se le indicó
que buscara una res para la comida,
pero regresó alegando que no pudo
capturarla. Sin embargo, Anastasio,
el campesino de la casa sí pudo
hacerlo. Pasado el meridiano se
ordenó una exploración en el cruce
de la vía del tren. Estaba limpia de
peligro.
El rancho se efectuó al final de la
tarde y poco después ya estaban
caminando, con el guía Leandro
García. El mayoral también ayudaría
en esa tarea, aunque lo llevaron
detenido, pero cuando pasaron por su
casa, pidió que su hermano lo
sustituyera, pues él se sentía mal.
Tanto él como la familia estaban muy
nerviosos, conscientes de sus
relaciones con los aforados, pensaba
que nada bueno les esperaba en el
camino. El comandante aceptó, pero
les aclaró que cualquier delación,
costaría la vida a su hermano
Benjamín.
Antes de partir, dos columnistas
plantearon no poder continuar uno,
por su estado físico, fue de los
salidos de Oriente y el otro por
estar mal de salud, era de los
incorporados el pasado 17. El
primero Evodio Martínez, pudo llegar
a su región, el segundo, Fernando
Diéguez Pupo, fue detenido y
asesinado por los guardias en la
zona de Vertiente.
Posteriormente José C. Pérez se incorporó a las huestes insurrectas de la
Sierra Maestra. Restando 3, quedan
145 columnistas en la Ciro Redondo.
SEPTIEMBRE 23: Aproximadamente a las
cinco de la madrugada de ese día,
los camilistas acamparon en un
pequeño cayo de monte, rodeado de
pantanos y con una plaga superior a
la habitual. A pesar de haber andado
durante diez horas el camino estaba
en tan malas condiciones que solo
avanzaron unos 10 km. A media mañana
se envió una exploración en la que
iba Almanza, quien habló con dos
conocidos, los que aceptaron servir
de guía por 8 ó 10 km. Uno, Eutimio
Hernández; del otro no se ha podido
conocer su nombre.
Ese día no hubo comida. Como el
tupido monte les permitía avanzar
aunque hubiese claridad, se inició
la marcha a las 16:00 horas. El
camino era malo, entre manglares,
marabuzales y pantanos. Al fin
alcanzaron terreno firme, pero sin
vegetación. Se decidió esperar a que
anocheciera para seguir andando.
De aquí en adelante el camino mejoró
algo, pero no faltaban sus buenos
fangales. Después de más de dos
horas de marcha, se llegó cerca de
un terraplén, hasta donde los
prácticos dijeron conocer. Esa vía
lleva a las arroceras de los
Aguilera y era patrullado, por lo
que hubo que seguir a través de
potreros, con el consiguiente
retraso en el avance. También
demoraba la marcha las cercas de
alambre de púas que debían cortar y
empatar nuevamente, para que el
enemigo no descubriera su rumbo.
Amaneciendo acamparon en los montes
de Cayo Toro.