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La radio me acompaña bastante en
estos días de vida en España. Mi
preferido es un espacio cultural de
Radio Nacional. Hace poco cambiaron a
uno de los conductores y me faltaba algo
en los atardeceres. Sigue Laura que
tiene voz de muchacha levemente linda y
profundamente sabia. El ojo crítico
se llama el espacio que siempre
vincularé al arte de sentir atardecer en
Murcia y olvidarme, lo más posible, de
melancolías o urgencias.
Por las mañanas pongo a intervalos un
noticiero de la misma emisora. Nunca he
oído una emisión completa —¡son cuatro
horas! — pero voy adivinando las
franjas o secciones más interesantes.
Hoy hablaron del tema de la lentitud o
la rapidez en la sociedad actual. Los
locutores del programa tomaron un poco a
broma el pedido de paciencia en una
sociedad tan competitiva y frenética. El
llamado “gurú de la lentitud” que
entrevistaban aseguraba que no se trata
de hacer las cosas mal ni de ser
despreocupado, sino de adquirir menos
compromisos y saber alternar entre los
momentos en que de verdad hay que correr
y los otros en que nos agobiamos sin
causa real ni móvil trascendente.
Para mí está muy bien el consejo de los
apasionados a la lentitud, la
creatividad despaciosa, la calma
curativa. Suelo ser ansioso y quiero
para hoy mismo lo que llegará pasado
mañana. En mi familia tengo un
antecedente que debería seguir de vez en
cuando. Emilio —primo segundo o tercero
por vía materna— se extasiaba viendo
comer a las vacas y resultó una
leyenda (en este caso rural, no urbana)
la vez que se detuvo en una casa
cercana a la sede de una fiesta —un
“baile”, diría mi abuelo— y prefirió la
conversación calmada, que prolongó
durante horas, al ajetreo y las
ilusiones encontradas de la fiesta a la
que nunca llegó.
La prisa esconde muchas veces la
ineptitud y otras manquedades
profesionales o humanas. Está ese jefe
que, siempre a tope con el tiempo, en
atmósfera de inminencia y
sobreabundancia de tareas y con tanto
vivir en el borde de la silla no logra
que el periódico, la gestión o la
cuchara que debe producir resulten obra
hermosa o eficaz.
Termino la crónica, encenderé la radio,
me acostaré un rato. De lo que sí estoy
seguro es de que pocas cosas son tan
buenas para un escritor como mirar al
techo sin pensar, aparentemente, en
nada. |