Año VIII
La Habana
2009

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Andar lento
Amado del Pino • España

La radio me acompaña bastante en estos días de vida en España. Mi preferido es un espacio cultural de Radio  Nacional. Hace poco cambiaron a uno de los conductores y me faltaba algo en los atardeceres. Sigue Laura que tiene voz de muchacha levemente linda y profundamente sabia. El ojo crítico se llama el espacio que siempre vincularé al arte de sentir atardecer en Murcia y olvidarme, lo más posible, de melancolías o urgencias.

Por las mañanas pongo a intervalos un noticiero de la misma emisora. Nunca he oído una emisión completa —¡son cuatro horas! —  pero voy adivinando las franjas o secciones más interesantes.  Hoy hablaron del tema de la lentitud o la rapidez en la sociedad actual. Los locutores del programa tomaron un poco a broma el pedido de paciencia en una sociedad tan competitiva y frenética. El llamado “gurú de la lentitud” que entrevistaban aseguraba que no se trata de hacer las cosas mal ni de ser despreocupado, sino de adquirir menos compromisos y saber alternar entre los momentos en que de verdad hay que correr y los otros en que nos agobiamos sin causa real ni móvil trascendente.

Para mí está muy bien el consejo de los apasionados a la lentitud, la creatividad despaciosa, la calma curativa. Suelo ser ansioso y quiero para hoy mismo lo que llegará pasado mañana. En mi familia tengo un antecedente que debería seguir de vez en cuando. Emilio —primo segundo o tercero por vía materna— se extasiaba  viendo comer  a las vacas y resultó una leyenda  (en este caso rural, no urbana) la vez  que se detuvo en una casa cercana a la sede de una fiesta —un “baile”, diría mi abuelo— y prefirió la conversación calmada, que prolongó durante horas, al ajetreo y las ilusiones encontradas de la fiesta a la que nunca llegó.

La prisa esconde muchas veces la ineptitud y otras manquedades profesionales o humanas. Está ese jefe que, siempre a tope con el tiempo, en atmósfera de inminencia y sobreabundancia de tareas y con tanto vivir en el borde de la silla no logra que el periódico, la gestión o la cuchara que debe producir resulten obra hermosa o eficaz.

Termino la crónica, encenderé la radio, me acostaré un rato. De lo que sí estoy seguro es de que pocas cosas son tan buenas para un escritor como mirar al techo sin pensar, aparentemente, en nada.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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