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Siempre ha deseado se le concedan
otras vidas para alcanzar a
cumplir su anhelo mayor: ver a
La Habana restaurada desde la
armonía que confiere a las
ciudades, el compromiso de sus
habitantes con un entorno por el
cual exhiben orgullosos su
sentido de pertenencia.
La capital cubana es su
escenario preferido, el estímulo
de su accionar constante y
también el espacio de sus
mayores sufrimientos: esos que
provienen de la agónica batalla
diaria por alcanzar la
perfección y calidad en las
obras, por impedir que el
patrimonio se pierda o sufra
agresiones nacidas de la
ignorancia y la desidia, por
proponer desde la cultura y la
civilidad una práctica fructuosa
para los pobladores de la otrora
Villa de San Cristóbal de La
Habana, que arriba a su 490
aniversario.
Son inmensas las
responsabilidades de Eusebio
Leal para quien el tiempo ya no
es “su” tiempo, sino el tiempo
de los “otros”; el tiempo de
servir a una obra y a un país a
los cuales consagra estoicamente
cada minuto y pensamiento. Con
el paso de los años, su entrega
lo ha convertido en símbolo y
asidero de quienes se reponen
ante cualquier obstáculo
cotidiano, no creen en
imposibles y confían en las
virtudes del socialismo —para
nada reñido con la belleza y
fundado desde el humanismo, un
concepto que parece hecho a la
medida del Historiador de La
Habana.
La Habana celebra su 490
aniversario. A la altura de
estos años, ¿cómo se proyecta la
capital de Cuba hacia el mundo?
La Habana es Cuba y Cuba es la
Revolución. No cabe la menor
duda de que cuando se piensa en
La Habana, se repasa ese
pugilato histórico que los
cubanos han llevado adelante por
espacio de medio siglo y mucho
más.
Recuerdo que cuando en 1968 se
conmemoró el centenario de las
luchas por la independencia, el
Grito de La Demajagua y la
proclama de Carlos Manuel de
Céspedes, hablábamos de 100 años
de lucha. Ahora ese tiempo se ha
extendido y lo más importante
cuando hablamos de La Habana es
preguntarnos si esa lucha que
hemos librado ha valido la pena
y si llegamos finalmente a la
otra orilla del caudaloso río.
La ciudad ha sido emblema de esa
batalla y lleva también las
huellas de ese largo debate; las
heridas en el rostro que ha
sufrido Cuba por causa del
bloqueo, de las agresiones, de
la urgente necesidad de habernos
tenido que aplicar a defender el
país a lo largo de medio siglo.
La Habana llega a su 490
aniversario, a una década del
medio milenio, cuando dentro de
diez años necesariamente todo
será diferente porque debemos
pensar realistamente —y me
refiero esencialmente al hecho
de que nuevas generaciones de
cubanos habrán encarado el deber
de conservar Patria, Revolución
y Ciudad.
Hablamos de La Habana como
capital del Socialismo en
Latinoamérica, como escenario de
los grandes acontecimientos que
han tenido un carácter no local
ni nacional, sino
latinoamericano y mundial. La
escala de La Habana se agiganta
y magnifica. Para mí como
restaurador, queda mucho por
hacer, pero como persona que
conoce el balance del estado de
la ciudad latinoamericana, me
alegro de que la nuestra esté
ahí, susceptible de ser
restaurada, urgida de ser amada,
revolucionada ella misma y ha
llegado el tiempo de que esto se
haga. Quiere decir, que el país
comienza a sentir la urgencia de
que depositemos los ojos por un
tiempo en La Habana.
José Martí tuvo una estrecha
relación con esta ciudad y
cuando desde la lejanía miraba
hacia Cuba, su patria amada, en
buena medida contemplaba a La
Habana. ¿Cómo era la ciudad para
Martí?
El decía que los temas de La
Habana los llevaba personalmente
y tenía razón. La Habana era muy
importante, tenía mucho peso en
la Cuba de su tiempo y en el
nuestro. Entonces, esa ciudad de
Martí es la ciudad en cuyo
nombre generaciones que lo han
continuado, han tomado sus
símbolos y sus valores para
llevar adelante una causa
nacional y universal que es la
de alcanzar toda la justicia
posible. Es por eso que la Casa
Natal, la Fragua Martiana, su
monumento en el Parque Central,
el de la Plaza de la Revolución,
todos son hitos de su paso por
la historia, vivo o en espíritu.
La Habana sigue siendo su
ciudad. Los asuntos habaneros
tiene que seguirlos llevando
Martí con su sentido de la
ética, con esa urgente necesidad
de predicar —más que el defecto
y lo oscuro—, la virtud
ciudadana, la concordia familiar
y generacional, la
compatibilidad de intereses de
todos los que habitan en una
urbe que, en tiempos de Martí,
tenía si acaso 200 mil
habitantes y que hoy tiene 2
millones y medio o quién sabe
cuántos habitantes, porque nunca
sabemos la cifra exacta.
Solo sé decir que cuando salgo a
la calle me doy cuenta de que
somos muchos para obrar bien por
nuestra ciudad.
¿Cuáles serían esas virtudes y
tipicidades de la habaneridad
que hoy podemos exhibir?
Se dice y a veces es una
consigna un poco pesante, por
repetitiva, que La Habana es la
capital de todos los cubanos. Es
cierto que es una redundancia:
La Habana es la capital. Es más,
hay una confusión con la
división político administrativa
y a veces, cuando arribas a la
ciudad capital, estás entrando a
la Ciudad de La Habana, cuando
en realidad estamos entrando a
La Habana. Es esa la Habana del
490 aniversario.
La Habana con el artículo por
delante, la otra es Habana, y
quizás en una nueva división
político administrativa las
cosas queden más claras, y
finalmente, la provincia Habana
actual, adquiera una capital y
La Habana tenga el sentido de
preeminencia que le viene por su
nombre sonoro, breve, exclusivo
y universal.
La Habana es una ciudad
hospitalaria. Todo lo que se
diga en contra de eso es
incierto. Inclusive, cuando
escuchamos a algunos denostar de
la presencia de cubanos de otras
provincias, olvidan su carácter
de capital y su carácter
cosmopolita. Es así y tiene que
ser así.
Quizás el desarrollo del país y
las necesarias medidas que
impidan que La Habana se
convierta en lo que son otras
capitales latinoamericanas,
—espacios infernales donde nada
más pueden disfrutar del sentido
de la ciudad los que viven en su
centrum y no en su
inmensa y dramática periferia—
lleguemos a la conclusión de que
ha sido y es una ciudad
hospitalaria, que recibe. Guardo
en mi memoria cómo acogió esta
ciudad a la Revolución, a los
alfabetizadores, a los
campesinos, cómo nos recibió y
recibe cada vez que salimos a
luchar por la economía, la paz,
la libertad… y regresamos a
ella.
La Habana es una ciudad que
tiene esos valores no solamente
como una atribución
constitucional y formal, sino
también porque en La Habana ha
vivido gente de todas partes del
mundo; ha sido un crucero en el
Mediterráneo americano.
¿Cómo podemos hablar de La
Habana sin reconocer la
presencia en ella de todo cuanto
vale y brilla de cada una de las
naciones latinoamericanas y del
mundo? En ese sentido, podemos
sentirnos dichosos de que 490
años después, nuestra ciudad
mantiene aquella vigencia que se
dio el primer día cuando un
grupo de recién llegados se
plantaron junto a un árbol y
dijeron: esta es la aldea, este
va a ser el campamento, esta
será la villa, esta será la
ciudad, esta será la capital. Y
así fue: ellos lo soñaron y las
generaciones futuras lo
consumaron hasta hoy.
¿Cuál es la responsabilidad
mayor de quienes la habitamos y de
los forasteros que la visitan?
Hay mucho que hacer y los
habaneros no podemos pensar que
aquí está todo. Tenemos que
mirarnos en el espejo de otras
ciudades de Cuba que han
iniciado con mucho éxito
proyectos de regeneración urbana
y medioambientalista de gran
envergadura. Por ejemplo,
Cienfuegos, que logró ser
Patrimonio de la Humanidad;
Camagüey, también Patrimonio de
la Humanidad y que con una gran
fuerza y originalidad trabaja en
su rehabilitación. Y pienso en
otras ciudades de Cuba donde
núcleos muy valerosos han
luchado, como en Trinidad,
Santiago de Cuba… En Pinar del
Río, después de haber sufrido
las afrentas de los ciclones,
hay que ver con que galanura y
fuerza se han volcado en la
restauración y la conservación
de la imagen de la ciudad,
plantando, arreglando, cuidando,
presentándose ante el huracán y
ante sus consecuencias con las
mejores galas.
Repito, La Habana tiene mucho
que aprender. El debate de la
conservación no debe seguirse
dando solo en el Centro
Histórico, ni en dos o tres
puntos, con algunas obras; tiene
que iniciarse todo un movimiento
por la preservación de la ciudad
y de sus valores que fueron
siempre creados por el pueblo.
Podemos decir que desde los
castillos y las torres, hasta
las iglesias y las murallas,
fueron el fruto de una voluntad
férrea de salvar algo que se
convirtió en identidad y nación
con el tiempo; y algo que
levantaron con sufrimiento los
esclavos, los campesinos, los
ingenieros, los constructores…
todo eso y más es del pueblo.
Entonces, hoy es del pueblo El
Vedado, La Víbora, El Cerro,
Santo Suárez, Centro Habana…
¿Qué esperamos? Hay que luchar
por toda la ciudad y no podemos
vivir, al menos yo no viviré
tranquilo, adorando al Becerro
de Oro que es su Centro
Histórico, ni poniéndome delante
como la mujer de Lot a pensar en
el pasado, porque no quiero
volverme en una estatua de sal.
Debemos luchar por la ciudad de
hoy y por la ciudad futura y
para eso necesitamos a todos los
cubanos y a todos los habaneros,
de corazón.
Con el ars poetica que le
es propia: ¿qué representa La
Habana para Leal?
A veces me aparto, visito
lugares agradables dentro de
Cuba, que es mi tierra, a la
cual adoro. A cualquier lugar de
su geografía a donde llegase,
seré siempre uno más. Si me
designaran en Baracoa o en el
Cabo de San Antonio, solo unos
días después, para mí sería ese
el centro del mundo. Pero
mientras esto no ocurra, el
centro del mundo es para mí La
Habana, mi Habana. No podría
vivir sin ella. |