|
Tras un breve pero
inolvidable
microconcierto con
Chucho Valdés y Omara
Portuondo, las siempre
lúcidas palabras de
Alfredo Guevara
inaugurando oficialmente
el Festival habanero, la
31 edición del más
esperado evento fílmico
en Cuba descorrió sus
cortinas con el filme
El secreto de tus ojos,
del argentino
Juan José Campanella, la
cual matiza un poco la
afición melodramática
del realizador, dicho
esto sin la mínima
connotación peyorativa.
Ahora bien, si la
sobrestimada El hijo
de la novia
(2001) pulsaba la cuerda
del melo típico, que
mejoraba
considerablemente en lo
social del siguiente
título, Luna de
Avellaneda
(2004), con el
nuevo filme el cineasta
no solo regresa a su
patria y al largo tras
un período de series y
cortos en Hollywood sino
que combina su línea
genérica preferida (y en
la que ha probado al
menos pulso directriz)
con el suspense.
Eso sí: repite con su
actor fetiche (Ricardo
Darín) e incorpora a
quien fuera la pareja
fictiva de este en un
bien recordado momento
de su colega
recientemente fallecido
Alejandro Doria (El
mismo amor, la misma
lluvia): la siempre
radiante, aún ya madura
Soledad Villamil.
En Argentina a
principios de los años
70 del pasado siglo,
(cuando gobernaba la
segunda esposa de Perón,
Estela Martínez) en el
mundo de los tribunales,
aunque también fuera de
él transcurre esta
historia de crimen,
venganza, ajustes de
cuentas y por supuesto,
amor que vincula a un
investigador retirado
devenido escritor
motivado por dos hechos
fundamentales: una
violación con asesinato
no resuelto en términos
legales y la pasión
tampoco realizada que le
inspira su jefa, Irene;
a ellos se unen en el
relato un compañero del
sabueso a quien le gusta
empinar el codo quizá
más de la cuenta (un
sobrio y recio Guillermo
Francella, alejado del
tipo que le ha dado
mayor popularidad), el
inconsolable novio de la
finada, inclaudicable
hasta atrapar y castigar
al asesino y por
supuesto, a él.
Campanella nos atrapa
con una historia sólida,
aunque no siempre
brillantemente contada;
después de la exposición
y cierto desarrollo de
las varias claves
dramáticas llamadas a
concurso, la narración
comienza a dar vueltas
en falso; acaso
demasiado entusiasmado
con el relato y los
personajes, al director
le cuesta trabajo
decidirse no solo por el
cierre general sino por
los particulares, de
modo que la cinta se le
(y se nos) termina
varias veces hasta que
por fin, tras el notable
y convincente desenlace
del novio y el asesino,
llega un final quizá
demasiado complaciente y
happy.
Mas seamos justos:
estamos ante algo que
pudiéramos nombrar un
“melo-trhiller”
aceptablemente escrito a
niveles de guión y
puesta, incluso con más
de un momento brillante
(la persecución policial
del sospechoso en medio
de un encendido partido
de fútbol, entre ellos)
y con un desempeño
actoral como Dios manda.
Mientras, en otras salas
se han podido confrontar
otros momentos también
muy interesantes como,
digamos Anticristo,
de Lars von Trier. La
nueva propuesta del
“exdogmático” ha sido
esa piedra de escándalo,
ese habitual cisma que
sitúa, aún a sus
incondicionales, en un
dilema tremendo: ¿sí o
no?. Yo, que admiro al
danés aunque sin llegar
al paroxismo, reconozco
que en todos los
sentidos, llega lejos:
éticamente fuerza
límites, sitúa a prueba
de balas estómagos y
nervios; estéticamente
ofrece un espectáculo
visual casi perfecto,
virtuoso, que regala a
diestra y… cineastas,
lecciones de saber
hacer. Una pareja
transida por el dolor
que implica la pérdida
del pequeño unigénito se
refugia en una cabaña
llamada Edén con la
esperanza de restañar
heridas y salvar el
matrimonio, plan ideado
por él, sicólogo; pero
el simbólico y
paradójico nombre del
sitio les, nos recuerda
a cada momento que la
Naturaleza tiene dos
caras: es hermosa, sí,
paradisíaca a ratos, mas
también terrible y
violenta, sádica y
malsana, en actitudes
polares heredadas por el
ser humano. La cinta
puede parecer, digamos,
misogénica, como quiera
que hacia la mujer se
inclina la balanza de la
perversión y la
negatividad, sin
embargo, continuando los
procederes alegóricos
del realizador (la obra
remite constantemente a
leyendas medievales,
sobre todo a una de
sacrificios con hijas
de Eva), ella
emblematiza justamente
el lado femenino
atribuido a Dios y la
Creación.
Sin ánimos
justificativos, porque
sí que es morboso y
excesivo Lars, debo
reconocer que es también
exquisito en su puesta
en pantalla: la
pormenorizada y gradual
progresión dramática,
los deslumbrantes
efectos visuales y
sonoros, las soberanas
actuaciones (la cantante
francesa
Charlotte Gainsbourg
fue justamente
reconocida con una Palma
de Oro en Cannes, pero
su compañero Willen
Defoe merecía otro)
hechizan, y todo en
función nunca de un
ejercicio intelectual
vacío, sino, todo lo
contrario, motivador y
sugerente, de los que se
llevan a casa y se
rumian durante no poco
tiempo. Despedidas,
de Japón, fue otro
inicio que muchos
agradecieron; en el
filme de Yojiro Takita
se manejan otras
contradicciones: el
hecho de que un ex
violoncelista
decepcionado de la vida
encuentre finalmente su
motivación y energía
vistiendo y maquillando
muertos antes de su
cremación, para
desconcierto de vecinos
y esposa, es vehiculada
mediante un tempo lento,
típico en esa
cinematografía, que no
resultaría un handicap
si el director no solo
incurriera en superfluos
circunloquios, sino en
molestos coqueteos con
el melodrama más rancio.
Vals con Bashir,
del israelí Ari Folman,
nominado al Oscar no
hablado en inglés y
ganador de un Globo de
Oro, además de ser
catalogado como el mejor
filme de 2008 por la
Sociedad Nacional de
Críticos norteamericanos
—rara avis de
documental animado—,
muestra conversaciones
reales con israelíes que
lucharon en 1982 en la
violenta invasión de su
país al Líbano y animó
trágicos sucesos
descritos en esas cintas
de audio. Un tanto
saturadora, técnicamente
resulta impecable.
La fruta prohibida,
finesa, resultó también,
una acertada credencial
de inicio; siguiendo a
dos muchachas casaderas
miembros de una
fundamentalista iglesia
protestante, el director
Dome Karukoski discursa
una vez más sobre los
nexos
religión-sexualidad; los
dogmas y lineales
interpretaciones
bíblicas que coartan
libertades individuales
y fuerzas vitales, mucho
más complejos cuando de
mujeres jóvenes se
trata, son recreados con
tino y profundidad en un
filme donde sobresale la
madurez e inteligencia
del guión, la puesta en
pantalla rigurosa y las
excelentes actuaciones.
Seguiremos comentando. |