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La competencia arrecia
en esta 31 edición del
Festival Internacional
del Nuevo Cine
Latinoamericano.
Examinemos varias de las
obras a concurso.
En largos de ficción,
nos tropezamos con
Rabia,
coproducción
hispano-colombiana, que
desde sus pases
iniciales ha sembrado la
polémica, de esas que
parten en dos al público
e incluso acarrean
reservas y matices, pero
a nadie dejan
indiferente.
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Rabia |
La dirigió el
ecuatoriano Sebastián
Cordero, joven cineasta
que atrapó desde su
ópera prima en 1999 (Ratas,
ratones, rateros)
pese a los perdonables
balbuceos de quien
debuta, y que en su
siguiente disparo (Crónicas,
de 2004) no solo afinó
la puntería sino que dio
en el blanco.
Su nuevo filme insiste
en lo que desde su
credencial había
sentado: su gusto por
historias y ambientes
sórdidos, por seres
retorcidos y
contradictorios y por el
suspense como cauce
expresivo.
Si el protagonista de su
segundo filme era una
suerte de Jykell/Mr.Hyde
que nos obligaba a
cuestionarnos casi hasta
el final su verdadera
identidad (aunque
todavía dudamos si
lográbamos enterarnos),
el José María de esta
nueva Rabia
(que también
produjo Guillermo del
Toro) es un latino en
España que adora a su
novia Rosa, una
colombiana que trabaja
como doméstica en una
fastuosa residencia
madrileña; pero tanto la
quiere que lastima, casi
siempre hasta la muerte
a quien, en su mente o
en la realidad, ose
desearla u ofenderla de
algún modo.
Justamente por esas
“malas pulgas” del
sudaca debe huir de la
policía y refugiarse… en
el ático de la casa
donde trabaja la amada a
la que llama por
teléfono sin que ella ni
por supuesto, nadie de
la familia, sospeche
dónde se halla.
Cualquier cinéfilo
conectará, ante esta
referencia, con otros
thrillers en los
cuales una situación
análoga es la que
precisamente alimenta la
intriga y la zozobra: el
asesino está puertas
adentro, mas no es por
ahí, entonces, donde
deben rastrearse los
valores de la película,
que de cualquier manera
se inserta dignamente
dentro del canon
manteniendo al
espectador debidamente
angustiado e interesado
mediante una atmósfera
perfectamente delineada
que, en consonancia con
la poética de Cordero,
gusta de detallar con su
lente los espacios,
particularmente los nada
gratos.
Pero mucho mejor, a la
verdad, resultan los
contrastes, para nada
maniqueos que se
establecen entre latinos
y europeos (o
francamente despectivos
o paternalistas), la
indagación sicosocial
que emprende Cordero en
torno a las relaciones
familiares dentro de
esos propios grupos: el
disfuncional núcleo
clase alta que se
desintegra pese a la
aparente unidad, frente
a la que se inicia con
los inmigrantes cuando
ya es demasiado tarde,
por mucho que en el
guión del propio
director, este no pueda
sustraerse de
estereotipos como el
hijo rico violador de la
criada, la madre
alcohólica o el padre
indiferente y
conciliador.
Otra familia también de
la burguesía pero esta
vez de Bolivia
protagoniza Zona sur,
escrita y dirigida
por Juan Carlos Valdivia
Flores (Jonás
y la ballena rosada,
American visa…)
que parte de una
peculiaridad local: en
La Paz, capital del
país, los ricos viven
abajo, y en el minuto
actual donde el país
emprende grandes cambios
sociales dentro del
gobierno de Evo Morales,
ellos habitan dentro de
una burbuja que pretende
mantenerse ajena a todo.
Claro que enseguida
evocaremos Los
sobrevivientes, de
nuestro Titón, sin
embargo, el destino de
estos auto alienados no
parece ser la
aniquilación sino el
desdibujo, la
neutralización, según
sugiere el desenlace.
No solo están llenos de
deudas y de dudas sino
que encuentran grandes
cismas dentro de sí
mismos y los otros (en
este caso, par de
sirvientes aymarás que
incluso, conservan su
idioma original)
protagonizando una
curiosa relación
dependiente, de
atracción/rechazo.
Valdivia Flores supera
anteriores escollos
narrativos y dramáticos
para entregarnos un
relato pormenorizado y
sutil que desnuda esos
curiosos y bien
delineados seres (por
demás, tan notablemente
actuados) y los no menos
interesantes nexos que
establecen entre sí; lo
hace mediante una cámara
circular y nada
convencional que
incorpora la
despampanante mansión
como el importantísimo
personaje que es; puede
uno pensar al principio
que abusa, que es
gratuito el habitual
encuadre heterodoxo, el
plano “fuera de plano”,
mas a medida que avanza
la diégesis nos
convencemos de que todo
está en su sitio, de que
Valdivia lo tiene todo
perfectamente pensado y
que su tratamiento
fílmico es tan elegante
como funcional y
preci(o)so.
No dudo que en esa
operación dominó que
tiende a ocurrir en los
festivales, el jurado se
incline por la
sobrestimada La teta
asustada, de Claudia
Llosa, pero al menos
para mí, hasta ahora, no
hay otro Primer Coral
que Zona Sur.
Respecto a las óperas
primas,
entre impericias e
imprecisiones que pagan
la novatada, uno
encuentra cuanto menos
verdaderos artistas,
diamantes en bruto que
haciendo cine al andar
encontrarán el camino y
nos ayudarán a
transitarlo. Claro,
también hay no poco
bluff, pues de todo
hay en esta viña que es
el cine.
Os famosos e os duendes
da morte
(Los famosos y los
duendes de la muerte),
del brasileño Esmir
Filho, pertenece al
primer grupo. Un Brasil
poco explorado, el del
Sur, en un asentamiento
rural donde radica una
colonia alemana que ya
tuvo relaciones y
descendientes con los
locales, es el marco
donde un joven de 16
años, fanático de Bob
Dylan y de la Internet
se evade y construye un
mundo propio, a pesar
de lo cual no puede
evitar relacionarse.
Tal complejidad
adolescente, esos
despertares a la vida,
el vínculo con los otros
de diversas edades e
intereses, es atrapado
por el también joven
cineasta (presente en el
festival) mediante un
filme que es todo un
ensayo fílmico,
sobresaliente por su
esmerado tratamiento
visual y sobre todo,
sonoro, al fundir de
manera casi
imperceptible los ruidos
naturales y los
evocados, las imágenes
tanto reales como las
muchas soñadas o
imaginadas por el
protagonista (a veces
fundidas) que pueblan su
abundoso mundo onírico.
Susceptible de ciertos
oportunos cortes en la
edición, de algunos
redondeos dramáticos,
Os famosos… es una
audaz y sensible
propuesta fílmica.
Por ese rumbo iría El
árbol, del español
Carlos Serrano (opta por
un Coral de realizador
no latinoamericano sobre
tema que sí lo es) y
producida nada menos que
por Carlos Reygadas y
Jaime Rosales (como se
sabe, par de
“dioses tutelares” del
llamado “nuevo nuevo
cine” y sus técnicas
des-narrativas)
si no fuera porque
los creadores apostaron
todo a un “broche
dorado” olvidando el
resto; pero ya sabemos
que una película (esta
vez, una crónica de
desorientación y
desarraigo) es algo más
que un contundente
desenlace, por lo cual
casi todo lo que
antecede a este resulta
tan pretencioso como
hueco y desangelado.
Ya que están de moda las
películas de “tres
historias” por ahí llega
la mexicana Crónicas
chilangas, de Carlos
Enderle:
una pieza, sí, ingeniosa
y con destacables
actuaciones (Regina
Orozco entre ellas)
pero que no logra
realmente la
interrelación de esos
episodios pues los
presuntos nexos se
sienten bastante
forzados y poco
creíbles.
Se recibe mucho mejor,
también de ese país,
Cinco días sin Nora,
de Mariana Chenillo,
que acciona de forma
asombrosamente madura y
eficaz el humor negro, a
partir de una mujer que
se suicida no sin antes
trazar un plan que
reunirá y hará
interactuar a familiares
y amigos, a partir de
una carta y una
misteriosa foto
“olvidada” bajo la cama.
La corrosiva ironía de
los diálogos, lo
excelentemente hilvanado
de las situaciones, el
singular diseño de
personajes por demás muy
bien actuados (Fernando
Luján, Verónica Lánger,
Enrique Arreola…)
contribuyen a que
mientras la pasamos muy
bien, reflexionemos:
¿habrá muertes
autoprovocadas que
redundan en la mejoría
de otras vidas?
Paraíso,
del peruano Héctor
Gálvez focaliza esa
“Lima horrible” de que
habló el escritor y que
dista de sus zonas
favorecidas; en uno de
esos lugares,
paradójicamente nombrado
Jardines del Paraíso,
varios jóvenes malviven
sin trabajo, atrapados
en un mundo sin futuro.
Tema siempre oportuno
por cuanto responde a
una realidad urgente de
cambios, pero que el
bisoño cineasta aborda
con una linealidad
pasmosa, desde una
narrativa burda y sin
gracia.
Dolores de cabeza
tendrán los distintos
jurados, ya
confrontaremos nuestros
juicios con los de
ellos. |