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Es muy difícil encontrarse con
Fernando Pérez cuando está
filmando, editando o
musicalizando una película. Se
dedica por entero a esa obra
hasta que termina.
Así ha sucedido recientemente
con Martí, el ojo del
canario, la cinta en la que
desde hace unos meses trabaja
junto con Edesio Alejandro para
dotarla de una banda sonora
hecha para cada milímetro de
cinta rodada, incluyendo doblaje
de voces.
Un año atrás Fernando pensaba
estrenar para este festival su
singular mirada sobre José
Martí, pero no pudo ser. Ahora
aspira a exhibirla para el 28 de
enero próximo y por tal motivo,
según me confesó, “trabajo
incluso sábados y domingos:
estoy en la recta final”.
Tanto es su interés por terminar
la cinta —esperada con muchas
expectativas por los cinéfilos
cubanos— que el cineasta apenas
ha ido al festival de cine.
Dejó de trabajar una tarde para
hablar con los jóvenes y recibir
el premio Maestro de Juventudes
que otorga la Asociación
Hermanos Saíz, de manos del
ministro de Cultura, Abel
Prieto.
En ese contexto el director de
ese clásico, Madagascar,
seleccionado como uno de los
diez filmes más importantes en
Cuba en los últimos 50 años,
habló de sus inicios en el cine
que empezó a amasarlo por debajo
como asistente de dirección,
función que desempeñó para su
suerte con Santiago Álvarez y
Tomás Gutiérrez Alea.
Sobre este último señaló: “La
mayor enseñanza que guardo de él
es su rigor, ese rigor interior
que debe conservar el ser humano
y que supo transmitirnos
siempre”.
El autor de títulos como
Clandestinos, La vida es
silbar y Suite Habana
premiados en las citas
habaneras, contó de sus tiempos
de estudiante universitario
cuando el cine era su más
anhelado sueño.
Claro, con su proverbial
modestia Fernando no habló de
cuánto le deben los jóvenes que
se inician en el séptimo arte.
Muchas veces ha levantado su voz
para defender una pieza de
alguien que comienza. Tanto le
interesa ese mundo juvenil que
presidió la octava Muestra de
jóvenes realizadores. De ella
dijo: “ha sido el termómetro, el
espacio abierto y diverso para
la confrontación de este
inquietante fenómeno que es el
cine joven cubano”.
Pero el director es mucho más
que un artista que interactúa
con jóvenes en encuentros
oficiales. Fernando recibe en su
casa, habla en la calle o en el
ICAIC con todo muchacho o
muchacha que se le acerque con
un proyecto o una idea.
Hace poco confesó en una
entrevista: “No te sabría
explicar por qué, pero me atrae
tremendamente trabajar con
muchachos que empiezan o que no
tienen una larga experiencia
como cineastas. Muchas veces
trabajo con ellos en mis
películas y sus puntos de vista
suelen sorprenderme”.
Por eso, el Pabellón Cuba, sede
de la Asociación Hermanos Saíz
fue un excelente escenario para
honrar a un hombre que cree en
los jóvenes. A propósito muy
bien por esa organización: logró
conformar un especial escenario
dentro del festival. Allí se
encontraron conciertos,
encuentros, exposiciones entre
las que sobresale la de Tina
Modotti con sus fotos llenas de
fuerza y de ternura, debido a
una sensibilidad singular de una
tremebunda mujer.
Y volviendo a Fernan, como le
dicen sus amigos, quise que me
comentara sobre el premio que
acaba de recibir y me dijo: “No
me siento maestro de nada. Pero
sí me siento joven porque, a los
65 años, tengo más preguntas que
respuestas y no me gusta dar
consejos. Convencido de que el
cine no se enseña, prefiero
compartir mis experiencias,
riesgos y (algunas) convicciones
con aquellos que (por la edad)
aún no han vivido lo que he
vivido yo”. |