|
Lo había visto el día anterior,
afuera del cine Charles Chaplin.
Se bajó de un auto, quizá un
taxi, con una mochila en la
espalda y la sencillez de
siempre: camisa a cuadros,
pitusa y un par de zapatillas
deportivas, como si fuera un
universitario más de los tantos
que salieron directo de sus
aulas hacia los cines, durante
el primer día de funciones del
Festival de La Habana.
Delante de mí, un muchacho
(quizá uno de esos
universitarios) le extendió la
mano y le dijo con solemnidad:
es un honor y un placer poder
saludar a Fernando Pérez. Y
Fernando solo sonrió
tímidamente, como si no se
creyera merecedor de aquella
deferencia, pero con la misma
expresión de sinceridad que
conceden sus películas.
Adentro del cine, se sentó dos
filas delante de mí y luego se
apagaron las luces. Estoy seguro
de que fue su presencia, por uno
de esos inexplicables misterios
de la mente, la que me hizo
encontrar analogías entre
Madrigal y la película que
ambos estábamos viendo —Anticristo,
de Lars von Trier—; no por la
morbosidad de la historia, que
en eso mucho se diferencian el
danés y Fernando, sino por el
color, los tonos fríos, la
plasticidad verdeazulosa de la
imagen.
Al día siguiente lo tengo
nuevamente ante mí, en el
Pabellón Cuba, donde
protagonizaría un encuentro con
los jóvenes, con la misma
mochila en la espalda. ¿Qué
carga Fernando en esa mochila?,
me picó la curiosidad. Y cuando
comenzó a hablar, sentí como si
en ella transportara todos los
buenos sentimientos del mundo,
como si en ella llevara todas
sus posesiones más preciadas, y
las empezara a compartir con los
que nos reunimos allí para
escucharlo y querer ser como él.
La eterna juventud de Fernando.
Hoy yo tengo 65 años, he vivido
bastante, y creo firmemente que
ser joven no tiene que ver mucho
con la edad. Ser joven significa
una actitud ante la vida, porque
significa conservar la
curiosidad, mantener un espíritu
de cambio, de evolución, de
enfrentar la realidad siempre
dispuesto a sorprenderse.
Mi juventud y mi adolescencia
están ligadas al cine. Entré en
el ICAIC en plena Crisis de
Octubre, en 1962, con 18 años de
edad; e igual que ahora, con 65
años, era súper tímido. Pierdo
la timidez justamente cuando
estoy detrás de una cámara.
Siento que tuve una juventud
privilegiada, porque viví los
años 60, los años fundacionales
de creación y creatividad. Eso
fue un regalo de la vida.
Pienso que de alguna manera el
ICAIC, cuando entré, se
convirtió en mi casa. De los 65
años que tengo, he vivido
cuarenta y tantos dentro del
ICAIC y ahí está mi formación,
no solo como cineasta, sino como
persona; como una persona con
una actitud ante la creación,
ante la vida, ante la
complejidad.
¿La vocación pedagógica de
Fernando?
Creo que el cine no se enseña,
porque más que gustarme enseñar,
diría que me gusta compartir con
los jóvenes la experiencia que
tengo como cineasta. Y digo
compartir porque creo que la
creación artística es un hecho
personal e individual. Hay
tantos estilos como creadores
hay, y entonces no se puede
enseñar el estilo de uno.
Creo que eso lo dijo Almodóvar,
no tengo muy buena memoria para
las citas. Almodóvar dijo que
existe un lenguaje y una
gramática del cine, pero que
cada creador tiene que
encontrarse dentro del lenguaje
del cine, es decir, que cada
quien le pone una impronta
personal a lo que es el lenguaje
cinematográfico.
Eso no se enseña. Lo que puedo
es transmitir y compartir el
hecho creativo. Es lo que
siempre he tratado de hacer y
por eso no me siento maestro. A
veces se piensa que el cine se
puede enseñar en un aula, pero
prefiero trabajar en las
asesorías y compartir momentos
que ya son cinematográficos.
La escuela de Fernando.
Hace poco me preguntaban si
existía una escuela cubana de
cine, y no me atreví a
responderlo, porque pienso que
eso tendría que ser objeto de un
estudio que yo no he hecho.
Cuando me hicieron la pregunta,
pensé que si algo pudo ser
cercano a una escuela, fue el
Noticiero ICAIC Latinoamericano,
porque el Noticiero creó una
personalidad, algo que es único.
Esa fue mi escuela real, porque
Santiago logró que el Noticiero
se convirtiera en un taller. Por
ahí pasamos simultáneamente
Daniel Díaz Torres, Raúl Pérez
Ureta, Rolando Díaz y muchos
fotógrafos, editores y
sonidistas que hoy trabajan en
el largometraje de ficción.
Pasamos por esa escuela con la
mente y la actitud comprometida
de Santiago, aunque él nunca nos
impuso un criterio. Discutía
mucho con nosotros porque él era
apasionado y duro, pero nos dio
muchísima libertad.
Aprendimos muchísimo en el
Noticiero, sobre todo a tener
que filmar los hechos
diariamente, y a saber dónde
poner la cámara. Un buen
director de cine es el que sabe
decidir dónde poner la cámara
para captar la realidad.
La Universidad de Fernando.
Ya trabajando en el ICAIC,
recuerdo que por razones
personales en mi familia no pude
ir a estudiar, como otros de mi
generación, a los antiguos
países socialistas.
Entonces en el ICAIC me dijeron:
si tú quieres ser director de
cine, pues tienes que elevar tu
nivel cultural, debes estudiar
alguna carrera universitaria. Me
presenté en la Universidad y
cuando llegué me dijeron que
para ingresar tenía que hacer
los exámenes de todas las
asignaturas: Física, Química,
Matemática..., y para entrar en
Letras.
Entonces me fui para la
biblioteca del ICAIC, que ahora
todos añoramos porque ya no
existe. Al día siguiente por la
noche era el examen de
Literatura Española, y lo que
hice fue coger el programa y un
diccionario de Literatura para
ir estudiando por ahí. Me
dejaron quedarme de madrugada en
la biblioteca, pero cuando llegó
la mañana, que ya yo tenía los
ojos que no me daban más, había
llegado solamente al siglo de
oro español, a Calderón de la
Barca y La vida es sueño.
Y me dije: hasta aquí llegué; si
me salen otras preguntas, pues
me embarqué.
Pero me gustó tanto Calderón de
la Barca, que me lo aprendí todo
de memoria. Llegué a la
Universidad. Recuerdo que
Retamar formaba parte del
tribunal. ¿Y ustedes saben qué
pregunta salió? Calderón de la
Barca y La vida es sueño.
Estuve escribiendo como una
hora.
Después me fui nuevamente para
la biblioteca del ICAIC a
estudiar Geografía, pero como a
las 12 del día entró una llamada
de la dirección técnica de la
Universidad, diciendo que habían
leído mi examen, que era
brillante y que no tenía que
examinar nada más para entrar a
la carrera de Letras.
Yo me sentía muy cercano a la
Universidad, pero sin dejar de
pertenecer al ICAIC. Trabajaba
en el ICAIC de siete de la
mañana a dos de la tarde, y a
las dos y media entraba a las
clases, hasta las siete y media
de la noche. Muchas veces luego
nos íbamos para la Cinemateca, a
ver todo lo que estaba entrando
en el país sobre la historia del
cine. Después nos poníamos a
discutir sobre lo que habíamos
visto y terminábamos en el
Coppelia tomando helado y
hablando de literatura. Entonces
tenía que irme para Guanabacoa,
y a veces llegaba a las cuatro
de la madrugada, para levantarme
a las cinco y poder llegar a las
siete al ICAIC. Pero fueron años
de efervescencia.
El Titón de Fernando.
Titón significó mi
reincorporación al ICAIC, porque
cuando comencé mi vida de
estudiante universitario pasaba
más tiempo en la Universidad que
en el ICAIC; pero cuando estaba
a punto de graduarme en el año
70, sale el proyecto de la
película de Titón Una pelea
cubana contra los demonios,
una película que habría que
revisitar y revalorar.
Como era una gran superpoducción,
había que incrementar el número
de asistentes, y se acordaron de
mí. A mí me quedaban todavía
tres exámenes para graduarme,
pero me dije: no importa. Y me
fui.
Guardo muchas lecciones de
Titón. La fundamental es el
rigor, pero cuando digo el rigor
no piensen en esa disciplina
cerrada, sino el rigor hacia uno
mismo, el rigor interior. Y les
hago una anécdota para no ser
vago, porque el rigor se puede
entender de muchas maneras.
Mi trabajo como asistente de
dirección de Titón en Una
pelea cubana contra los demonios
era ocuparme del vestuario,
en una película de época, del
siglo XVII. Titón tenía la
obsesión de que el vestuario no
fuera como en las películas
hollywoodenses, donde aparece un
vestuario envejecido
mecánicamente, que se ve falso,
que no tiene las características
de la vida ni de la luz.
Recuerdo que Titón nos reunió a
todos los asistentes y a todo el
equipo, y leíamos los estudios
que se hacían sobre el sentido
del vestuario. Se hizo una
búsqueda muy grande para lograr
el envejecimiento de la ropa,
pero no se encontraba lo que a
Titón le convencía.
En aquel momento existían unos
almacenes donde se recogía ropa
usada para repartirla después en
determinados sectores, y surgió
la idea de recolectar esa ropa
usada para confeccionar el
vestuario de la película. A mí
me asignaron la responsabilidad
de controlar la confección de
ese vestuario.
Estuve ahí todos los días, hasta
un momento en que pensé que era
presentable. Entonces llamé a
Titón y le dije que ya podía ir
a ver las primeras cien
muestras. Esa mañana llegó
Titón, examinó todo, se volteó y
dijo: esto es exactamente lo que
no queremos. Y luego se fue sin
decirme nada, porque tenía otra
reunión. Me quedé ahí, entre las
costureras, con tremendas ganas
de llorar.
Titón llegaba muy temprano a
todos lados. Si había que estar
a las ocho, él estaba a las ocho
menos cuarto. Al día siguiente
llegué a las siete y media, y
cuando él llegó le dije que
tenía que hablar con él, que yo
no podía seguir en la película
por lo que pasó con la ropa. Y
él me respondió: ¿qué estás
diciendo?, tú estás loco, yo
tampoco sé; nosotros estamos en
una búsqueda hasta que
encontremos lo que necesitamos;
y tiene que ser entre todos; y
tú te quedas en la película y
vamos a ganar.
Me convenció porque me devolvió
la autoestima, pero Titón nunca
estuvo convencido de cómo quedó
el vestuario. Lo que más se
acercó fue meter esa ropa, que
estaba hecha con una seda
vietnamita muy gruesa, en un
químico que la deterioraba.
Después, ya en el rodaje de la
película, recuerdo que entre las
vestuaristas y yo teníamos que
vestir a 300 extras. Luego la
ropa se lavaba, aunque se
terminara a las tres de la
mañana. Pero un día terminamos
muy cansados y dije: no laven
las ropas. Y cuando al otro día
se las pusieron los figurantes,
me di cuenta de que aquello se
acercaba a la apariencia que
estábamos buscando, por lo que
al segundo día también dije que
no lavaran las ropas. Pero
después de una semana, los
figurantes empezaron a
protestar, y ya estaban a punto
de protagonizar una revuelta,
cuando los senté a todos y les
dije: miren, esas ropas se lavan
todos los días, pero lo que pasa
es que se someten a un
tratamiento químico.
Las últimas imágenes que se
filmaron creo que era lo que
quería Titón.
¿Las recomendaciones de
Fernando?
No me gusta hacer
recomendaciones ni dar consejos,
porque empiezo a sentirme viejo.
Los jóvenes de hoy y yo a veces
tenemos las mismas preguntas y
la misma falta de respuestas
para muchas cosas. Lo que sí
comparto es la necesidad de
buscar esas respuestas que no
sean reductoras, esquemáticas,
que enfrenten la vida.
El Martí de Fernando.
Confieso que nunca imaginé hacer
una película sobre José Martí,
pero al presentárseme esa
oportunidad, reflexioné
muchísimo y finalmente me decidí
por hacer la película que he
hecho, que se llama José
Martí, el ojo del canario y
que recoge, en ficción, su vida
desde los nueve años hasta que
con 16 cumple el presidio
político.
Me han preguntado que si haría
otra película sobre José Martí,
y he respondido que no, porque
en este proceso se me ha
confirmado el Martí de Lezama:
es un misterio que nos acompaña.
Y para mí es el misterio que me
acompaña, pero ya mucho más de
cerca. Se me ha refirmado que
Martí fue una sensibilidad fuera
de serie.
Lo que aspiro en este momento es
a que la película logre recoger
cómo fue Martí y cómo lo veo yo,
cómo he sentido yo la formación
de ese carácter, de esa
sensibilidad, no solo del
patriota, del político, sino
también del poeta.
Tengo mucha curiosidad por saber
qué va a pasar con la película.
Por una casualidad —y yo creo
mucho en las casualidades-, sin
que nosotros lo decidiéramos,
comenzamos la prefilmación de la
película un 28 de enero. Y
además, es José Martí, y Pérez.
Y la mayoría de las locaciones
las encontramos en Guanabacoa, y
yo nací en Guanabacoa. Y creo en
todas esas coincidencias.
El cine de Fernando.
El cine requiere una dedicación.
No se es cineasta solo cuando se
está detrás de una cámara. Se es
cineasta las 24 horas. Por lo
menos me siento así. Y, por
supuesto, eso requiere un
espíritu, una actitud, una
energía muy grande. No hago cine
para solo ganar dinero, sino
porque quiero dejar algo a los
espectadores, para poder
convertir el cine en un medio de
expresión personal.
Para mí es un hecho que vivo
muchas cosas cotidianas como si
estuviera filmando. Camino por
la calle y voy buscando
locaciones y personajes. Y no
solo buscando lo que se ve, sino
también los sentimientos y las
emociones: las cosas que me
afectan, a los amigos, a los que
están alrededor; y eso también
se convierte en materia de
creación.
El cine para mí es mi vida y no
sé nada más. En el periódico del
Festival a veces sale la
pregunta: ¿El cine qué es para
usted?, y yo siempre he dicho:
ojalá no me lo pregunten nunca,
porque no sabría qué decir. Y
ahora me ha salido esto: el cine
es mi vida, como mi casa ha sido
el ICAIC durante todos estos
años. |