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“La afinidad artística y la
amistad están fuera de toda
órbita que pueda encerrar el
idioma o el lugar donde
nacimos”. Así entiende la actriz
cubana Alicia Bustamante el
porqué de su identificación con
la diva alemana Hanna Schygulla .
Ambas unieron sus carreras en
Berlín (1994), cuando la actriz
de Plaff y Adorables
mentiras, dirigiera a la
musa de Rainer Werner Fassbinder
en el espectáculo musical
Entre dos mundos.
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Desde entonces estas mujeres han
mantenido un estrecho vínculo
artístico y personal, que ha
inspirado a Schygulla a realizar
un documental de 105 minutos
sobre Alicia, estrenado por
estos días en La Habana, como
parte del 31 Festival
Internacional de Nuevo Cine
Latinoamericano. La Johanna de
El amor es más frío que la
muerte (1969), la Karin de
Las amargas lágrimas de Petra
Von Kant (1972) o la Willie
de Lili Marleen (1980),
se pone ahora detrás del lente
de la cámara para recrear la
vida de su amiga tal y como la
conoce: espontánea y con talento
cómico, profesora y actriz
universal.
“Donde se tocan las emociones
profundas somos más iguales que
incompatibles. Sobre todo si no
buscamos la diferencia, y nos
dedicamos a encontrar un punto
común. Con Alicia, me pongo en
su lugar cuando habla, y ella se
pone en el mío cuando yo lo
hago. Lo que nos une también, es
que somos las dos un poquito
fuera de categorías”, explica
Hanna.
Si todo queda fuera de los
métodos, ¿cómo se plantean Hanna
y Alicia la creación? ¿Cómo se
aventuran a la vida?
Le voy a robar a Hanna algo que
dijo hace tiempo
—responde
la Bustamante—,
que a mí me gustaba mucho, y de
lo que ha hablado Marta Valdés,
nuestra querida compositora. Una
vez, conversando con nosotras,
Hanna expresó que para ella
resultaba, con el tiempo, mucho
más interesante la vida real
—lo
que da cada día—
que la ficción. Por eso ella
siente más inclinación por el
género documental.
Puedo parafrasear ahora también
a Benedetti, cuando decía que
cumplir la tarea de vivir es
simplemente vivir y a la vez es
tan difícil. Soy de las que
piensan, y creo que Hanna
coincide conmigo, que cuando la
vida y el escenario, la vida y
el arte se separan, ya no se
funciona igual. Creo que debe
haber una consecuencia entre la
vida de la actriz, el actor, el
intérprete y la vida misma. De
lo contrario, uno está jugando
tantas veces a ser la actriz, o
a ser un personaje que termina
por diluirse el individuo.
A mí me cuesta definirme por
fragmentos. Cada persona es un
todo que depende de la función
que uno le asigne. A partir de
este criterio, nosotras, desde
el momento en que nos conocimos,
hicimos esa fusión artística, en
la que Hanna, casi sin saber
nada de mí, luego de uno o dos
años, me convidó para hacer sus
puestas en escena, a dirigirla
en todos sus unipersonales. Ella
nunca había dirigido teatro.
Después de que yo actuara la
última vez en Cuba
—Sábado
corto—
pasaron diez años para que
volviera a subirme a un
escenario. Y mi regreso fue bajo
la dirección de Hanna. Nada de
eso podría haberlo hecho alguien
que no fuésemos nosotras dos,
porque es demasiado lo que se va
creando día a día con el
convivir. Pero además, ¡la vida
es tan sabrosa!, ¿no?...
En esta obra cinematográfica que
se presenta en el Festival, ¿de
qué manera logra Hanna
documentar la vida cotidiana de
una actriz sin que parezca que
esta juega en la escena, sin
rozar la ficción?
Yo filmaba cuando las cosas se
daban, cuando había visitas en
la casa. Recogí con la cámara lo
que salía de cada situación, del
curso normal de la vida. A veces
ella me contaba algo que se
convertía en esos actos de
creatividad que me gustan tanto,
porque imita algo que ha vivido.
En ocasiones, le pedía rehacer
una escena, y como ella es
actriz, era capaz de hacerlo
también con el gusto de lograr
una síntesis después. La primera
vez es única, claro, e intentaba
agarrar esa siempre; pero su
condición de actriz me permitía
rehacer hasta dos y tres veces
las tomas. Al inicio
discutíamos. Ella me decía que
no sería lo mismo, y yo le
replicaba que por eso ella como
actriz debía lograr que
pareciera igual. Este detalle
resulta interesante porque en la
filmación fue ese detalle el más
difícil.
El documental… una experiencia
cotidiana
Hanna Schygulla ha trabajado en
más de 40 filmes, alrededor de
una veintena de ellos con el
director de cine, teatro y
televisión Fassbinder
(1945-1982), reconocido como uno
de los más valiosos
representantes del nuevo cine
alemán. Esta actriz ha actuado
también en películas firmadas
por Wim Wenders, Jean-Luc
Godard y Carlos Saura.
Alicia Bustamante ha acumulado
en Cuba una larga trayectoria
como docente y profesional del
teatro con su paso por compañías
como el Conjunto Dramático
Nacional y el Teatro Musical de
La Habana. Las memorables cintas
locales Cecilia, La muerte de
un burócrata y Un día de
noviembre cuentan con la
interpretación de Alicia. Aunque
desde 1991 trabaja como actriz y
directora de arte en la
compañía de teatro francesa Les
Turpials, la trayectoria de esta
cubana en Europa no es tan
conocida como en la Isla. Sin
embargo, según cuenta ella
misma, la presentación del
documental en Alemania llegó “de
una manera rotunda”, aunque
“la idea inicial fue hacer ese
trabajo pensando en Cuba, mi
país. Yo apunté hacia una diana,
pero no quería dar ahí en el
blanco, no pensé nunca en eso.
Es posible que por ello, durante
el estreno en Alemania, quedé
muy sorprendida por la reacción
del público”.
Y al entregarse a contar esta
historia, ¿sintió Hanna alguna
vez temor por que no fuera
entendida o bien acogida en
Europa, tratándose de una mujer
poco conocida en esa región?
Tenía mucha confianza en que
Alicia llegara. El documental
trata una experiencia cotidiana,
que puede conmover a las
personas, nos conozcan o no.
Ella tiene una presencia que
hace que a la gente se le abra
la mente y el corazón. Así, yo
no tenía que enfocarme demasiado
en cómo darla a conocer, más
bien trataba de evitarlo. Las
dudas pueden ser productivas,
pero a veces, si dudas
demasiado, no haces nada.
“Soy de los que tienen más
simpatía con los necesitados”
Aunque la carrera de Schygulla
no cesa y ahora mismo tiene
entre manos un proyecto con
Alexandr Sakurov sobre Goethe,
la actriz no se permite nunca
dejar de mencionar a Fassbinder,
a quien conoció en Munich,
durante los estudios de
actuación.
Su relación con el cineasta
comenzó cuando ambos estudiaban
actuación. Él se entregó
rápidamente al arte de dirigir.
Ella permaneció actriz; con
Fassbinder hizo parte de esa
carrera y ahora, al cabo de
muchos años, se convierte como
él en realizadora.
¿Nunca antes pensó en dirigir?
¿Aparece de algún modo este
cineasta en su manera de
afrontar el cine detrás de la
cámara?
Cuando me preguntan si pretendo
hacer un día una película
respondo que sí, en cuanto
encuentre una historia que me dé
el coraje para enfrentarla. En
el caso de este documental fue
así: yo tenía la cámara en casa,
y aunque había una manera ya
preestablecida para hacer el
documental, yo filmaba cuando lo
creía oportuno.
Fassbinder podía hacer tantas
cosas porque tomaba lo que las
situaciones dan inmediatamente.
No estaba, al inicio, buscando
complicar, ni tratando de llegar
a la perfección. Es esencial
aprovechar las primeras ideas,
no se trata de interrogar al
protagonista, sino de dejarlo
que exprese su filosofía, su
humor, sin hacer teorías sobre
eso. Esto me evocaba el recuerdo
de las primeras experiencias con
Fassbinder que se hicieron tan
fácilmente, sin dinero, sin
criterios clásicos.
Tomando las palabras de Hanna:
“no sé qué tiene este país que
cada vez que alguien lo menciona
se destapa la magia”, asalta la
curiosidad. ¿Dónde está el
embrujo de Cuba para Hanna, qué
le hace identificarse con ella,
venir hasta acá a presentar su
obra y participar de este
Festival?
Soy de los que tienen más
simpatía con los necesitados que
con quienes tienen de sobra. Se
abre más la imaginación en
momentos de carencia, la gente
es más gentil y cuando se
necesitan unos a otros, no
existe esa tensión que a veces
sufrimos en los países ricos.
Este punto de vista de quienes
creen que el mundo puede cambiar
para mejor, nos hace buscar
soluciones alternativas al
capitalismo. El fracaso de los
modelos de socialismo en Europa
del Este nos hizo sentir muy
tristes a muchos, pero eso no
quiere decir que el capitalismo
tenga la última palabra porque,
en realidad, está a punto de
arruinar el mundo. |