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Los científicos de la comunidad
internacional llevan años
advirtiendo acerca de los
peligros que implica la
desertificación; sobre cómo la
arena del Sahara ya atraviesa el
Océano Atlántico y logra
asentarse en tierras del Nuevo
Mundo. Sin embargo, esa
comunidad internacional
(pareciera otra), de pronto ya
no tan científica ni tan
preocupada por la Humanidad,
insiste en desoír las voces que
viajan junto a la arena; en
ignorar que la Humanidad con
mayúscula también incluye a
mapuches y aymaras; pigmeos y
zulúes; chiitas y kurdos; e
incluye a los saharuíes.
La voz del pueblo saharauí llegó
a La Habana y se asentó como
arena reposada en el salón
central del Pabellón Cuba, con
la exposición fotográfica
Objetivo Fisahara, donde las
gigantografías de lona
conformaron un laberinto de
imágenes y textos, capaces de
fusionar sorpresa e indignación.
La 31 edición del Festival
Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano de La Habana se
hermana así con la voluntad de
mostrar ese cine otro, de o para
las minorías que diversifican
este mundo. La muestra de
Objetivo Fisahara le
estrecha las manos a otro
Festival que, sin alfombras
rojas ni rimbombantes
premières, intenta compartir
el arte y los deseos de
sobrevivir, porque la
supervivencia también incluye la
satisfacción del espíritu.
Durante la inauguración de la
exposición fotográfica,
confirmamos que la locura está
marcada por los límites extremos
—la violencia sanguinaria o el
altruismo heroico—, cuando
Sandra Maunac, una de las
comisarias de la exposición,
calificó, con admiración, de
“panda de locos” a los
organizadores de FISahara
(Festival de Cine del Sahara);
locos por agarrar unos cuantos
camiones, pantallas móviles y
algunos rollos de celuloide para
instalar “un circuito de la
calle 23” en las arenas del
desierto más extenso del
planeta. Y no es una locura
intempestiva y temporal, porque
ya lo han hecho seis veces.
Las imágenes de Objetivo
Fisahara reflejan la
iluminación de unos rostros
emocionados; expresiones que
reafirman que el cine, el arte,
nos une y nos transforma. Ya he
visto esos rostros antes: en el
documental Por primera vez,
de Octavio Cortázar, hecho en la
Cuba de los ’60; en el
cortometraje dirigido por el
chino Zhang Yimou para la
película Cada uno a su cine,
realizada por un colectivo de
autores bajo la producción del
Festival Internacional de Cine
de Cannes. Ya he visto esos
rostros antes, y son los mismos,
somos los mismos, ya sea en
Cuba, China o en el desierto del
Sahara.
Objetivo Fisahara
impresiona debido a la calidad
estética de las fotos cedidas
por varios artistas españoles:
Per Rueda, Manuel Fernández,
Joss Barrat, Sergio Caro, Casper
Hedberg y Xavier Gil Dalmau; y
luego del regodeo visual, los
fragmentos del texto Muros,
de Eduardo Galeano,
devuelven una realidad
desconocida, desterrada de las
agendas y dietarios de los
grandes medios de comunicación.
Las voces saharuíes desatan una
tormenta de arena con las fotos
y a través de la escritura de
Galeano, y gritan: ¡vivimos hace
30 años en el exilio! ¿Quién las
escucha desde el sur de Argelia?
Aquí a La Habana ha llegado esa
arena. |