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El Festival concluyó este fin de
semana con el
veredicto de los jurados
respecto a los elegidos para los
principales Premios Coral en una
competencia colmada de grandes
títulos en sus dos principales
acápites: largometraje de
ficción y óperas primas.
Desgraciadamente apenas pude ver
documentales, aunque me constaba
que había muchos y muy
meritorios títulos en
competencia. Así, solo queda a
mi alcance la posibilidad de
exaltar lo mejor que he podido
ver, en términos de
largometrajes de ficción,
realizados por debutantes y no
debutantes, en esta 31 edición
del Festival decano de los
eventos especializados en el
cine de esta región.
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Hasta donde pude ver, e insisto
en mi limitación respecto a la
tan deseada ubicuidad, el Primer
Premio en largometrajes de
ficción, la principal
competencia del evento, o al
menos la más publicitada y
comúnmente aceptada como
dominante, lo merecía y de hecho
correspondió
a la peruana La teta asustada,
de Claudia Llosa, ejercicio de
absoluta comprensión de la mujer
indígena que puede ser vista y
entendida cual símbolo frágil de
una cultura aplastada,
preterida, sin voz ni
posibilidades de acción.
Sobrecogedora la historia que
cuenta, con altísimo nivel de
suspenso e intriga manejados por
el guión y el montaje. Es
obligatorio elogiar la capacidad
de la directora-guionista y su
equipo (sobre todo de su
fotógrafa y directoras de arte)
para metaforizar las acciones,
para conferirle un matiz de
airada y exultante denuncia,
siempre poética, jamás
panfletaria, al terrible
desamparo y retraimiento de esta
muchacha, y por extensión, de su
gente, de su raza.
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Sobre la película de Claudia
Llosa se puede escribir decenas
de cuartillas, y jamás se
logrará definir del todo la
majestad y el poderío de esta
obra formada de omisiones y
veladas alusiones, sutilezas,
silencios, tiempos aparentemente
muertos pero cargados de
significaciones dramáticas.
Imposible olvidar la impecable y
más que elocuente composición de
la actriz Magaly Solier en el
personaje principal, y celebrar
una vez más esa manera
indirecta, subjetiva, individual
y hasta espiritual de aludir a
temáticas tan pertinentes en
estas tierras como las atroces
desigualdades, la discriminación
racial y sexual, los cerros de
la miseria y los “pulgueros”
barrocos, el estar y no vivir de
quienes solo cuando luchan por
respirar, comprenden que tienen
derecho a la vida.
Ofrezco además otros
títulos, también excelentes, que
a mi entender pudieron alcanzar
los primeros Premios Coral, es
decir, el segundo y el tercero,
o las menciones que regularmente
se entregan en estos festivales.
A la argentina El niño pez
(Lucía Puenzo), la chilena La
Nana (de Sebastián Sepúlveda,
a la postre ganadora del Segundo
Premio),
la boliviana Zona Sur
(Juan Carlos Valdivia), la
uruguaya Hiroshima (Pablo
Stoll) y la mexicana El
traspatio (Carlos Carrera)
les vi méritos suficientes como
para escoltar a La teta
asustada.
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En cuanto a los Corales que se
entregaron por categorías —es
decir, los de dirección, mejor
guión, fotografía, edición,
actuaciones, etc.—correspondieron a
varios de los títulos antes
mencionados, pero en estos
acápites aparecen otros filmes
altamente profesionales y
artísticos, y también premiables
en uno o varios acápites de su
realización como la argentina
El secreto de sus ojos (Juan
José Campanella), la cubana
El premio flaco (Juan Carlos
Cremata), la brasileña A
deriva (Heitor Dalia) y la
colombiana Los viajes del
viento (Ciro Durán).
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El Premio Especial del Jurado
correspondió precisamente a
El secreto de sus ojos pero, si yo fuera alguno de ellos,
hubiera votado en igualdad de
condiciones por dos películas
arriesgadas, renovadoras,
anticonvencionales y ligadas a
la experimentación como la
brasileña Viajo porque
necesito, vuelvo porque te amo
(codirigida por Marcelo Gomes y
Karim Ainouz) y la argentina
La invención de la carne, de
Santiago Loza. En rigor, fueron
los dos títulos que realmente
lograron maravillarme como pocas
veces lo consigue una película
latinoamericana, o de cualquier
otra procedencia, y me dejaron
comprender otra vez, solo ante
la pantalla iluminada, cuál
puede ser el beneficio y la
belleza que representa la sola
existencia del séptimo arte a la
manera en que lo han entendido
algunos de sus conspicuos
creadores. Loable fue la
decisión del jurado de ubicar
cualquiera de estos dos títulos
entre algunos premios.
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En la competencia de óperas
primas —debo aclarar que no pude
verlas todas, así que mi
criterio está mediado por el
desconocimiento de algunos
títulos importantes— lo mejor
procedía, en apariencia de
Uruguay, con esa pareja de
soberbias contribuciones que
marcaron Gigante (Adrián
Biniez) y Mal día para pescar
(Álvaro Brechmer), sin olvidar
la brasileña Los famosos y
los duendes de la noche (Esmir
Filho), y en otro nivel de
logros la argentina Plan B
(Marcos Berger), la chilena
Huacho (de Alejandro Fernández,
finalmente ganadora del Premio) y
la mexicana Cinco días sin
Nora (María Chenillo), todas
ellas manifestación de la
eminencia conquistada, a todos
los niveles, por el concurso de
óperas primas.
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Si en el título de este artículo
prometía hablar sobre lo mejor
del festival, debo aclarar al
final que lo mejor nunca llegó
con las luces de esta o aquella
película. Lo mejor fue la sola
ocurrencia del evento, y la
apreciable cantidad de películas
extraordinarias, muy buenas y
apreciables en uno u otro
sentido, como se evidencia en
las menciones arriba esbozadas.
Es decir, que la congratulación
proviene, sobre todo, del
altísimo nivel de las muestras
en concurso por los Premios
Coral.
Contra todos los malos augurios,
a pesar de los ingentes
problemas económicos y en
particular de la erosión de
nuestra red exhibidora, el
evento volvió a convertirse en
inventario de maravillas, diez
días robados a la rutina,
espacio de diálogo, conocimiento
y atisbo de un futuro mejorado
desde el presente. |