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Unos seis años tuvo que esperar
Daniel Díaz Torres para comenzar
a filmar Lisanka.
El autor de filmes tan populares
y paradigmáticos de la
cinematografía cubana como
Hacerse el sueco, Kleines
Tropicana y Alicia en un pueblo
de maravillas, apuesta
nuevamente por la comedia en una
obra inspirada en el cuento
En el kilómetro 32,
del escritor cubano Francisco
González. Sobre el guión escrito
por Francisco, Eduardo del Llano
y el propio Daniel, Lisanka
cuenta la historia de una joven
campesina que se debate entre el
amor posesivo de tres hombres,
en medio de un contexto social
(Cuba, 1962) marcado por las
contradicciones de clases, la
presencia de la Unión Soviética
en la Isla y las contingencias
de un proyecto social aún en
construcción.
La película ha tenido su première
en el 31 Festival, y ha sido
aplaudida por un público en su
mayoría joven. En una misma
noche, fue exhibida dos veces en
la sala Chaplin y no sobró una
butaca. Quedan disipados así los
temores de Enrique Molina, uno
de los actores que escogió
Daniel para la película: “cuando
vi todos esos jóvenes en el cine
para ver la película, sentí el
inmenso temor de que no fueran a
comprenderla; pero a medida que
iba rodando, me di cuenta de que
sí la comprendían perfectamente,
las ironías y los chistes, la
construcción de esos personajes
tan genuinos para la época y tan
distantes de la nuestra.
“Cuando se tratan temas que no son
del presente o de un pasado
inmediato —explica el director—,
si se trabajan con cierta
actualidad y no con una vocación
de archivo, de nostalgia, puede
obtenerse una comunicación con
cualquier público. Tanto en mi
película anterior [Camino al
edén], como en Lisanka,
me interesa el contexto como
marco referencial para contar
una historia que es también del
presente.”
Daniel Díaz Torres insiste en que
Lisanka se trata de una
historia de amor en medio de una
crisis, es una pequeña historia
en medio de la gran historia.
Para lograr este propósito,
calculo que su adalid haya sido
el personaje femenino. “Los
personajes no son de cartón, son
humanos y a la vez genuinos.
Lisanka es un personaje que
respira independencia, demanda
ser valorada como persona y no
como objeto de posesión —dice
Daniel—. Por eso, no es una
película histórica, porque me
tomo ciertas libertades”.
El director revela cada interioridad
de Lisanka, y yo, mientras
escucho, me inclino por
compartir con él una idea que me
acompañó durante toda la
película: sentada en el cine,
veo a la actriz, su físico
criollo; veo al personaje tal
como lo explica Daniel, una
mujer independiente que se
incorpora a una nueva realidad
social, veo el machismo que aún
se siente a su alrededor… y de
pronto, una escena muestra un
primer plano de Lisanka con un
sombrero de campesina. “¿Podemos
ver en Lisanka una reencarnación
de la tercera Lucía, de Solás?
¿Es un homenaje?”, pregunto.
A Daniel le agrada esa
interpretación: “No es que
cuando trabajamos en el guión
hayamos dicho: ‘ésta va a ser
Lucía’; pero lo cierto es que
cuando se puso el sombrero
también dijimos… ‘¡caray, es
como Lucía al final!’. Y la
actitud de ella es también un
pequeño homenaje a un clásico
del cine cubano. Creo que el
personaje de Lucía sigue
teniendo vigencia, de modo que
su actitud de ser receptiva al
buen cariño que no sea una
atadura, sí es una
intertextualidad, un homenaje.
La diferencia es que Lucía se
crece a medida que avanza la
historia y Lisanka ya lo es
desde que la vemos: maneja un
tractor aunque le digan
machorra, es amiga de la
prostituta y no importa, porque
son lazos humanos que van más
allá de los prejuicios o las
visiones políticas del momento.
También Lisanka puede ser una
encarnación de Cuba… no lo hemos
dicho, pero podría interpretarse
así.”
Le cuento entonces lo que escuché a
la salida del cine, en una
conversación entre jóvenes:
“Lisanka es Cuba”, decían.
“Esa visión me satisface —asegura
Daniel—. Ya sé que el personaje
vivió. Algunas películas tratan
de ser simbólicas y no logran
que sus personajes vivan. Me
alegro de que algunos jóvenes lo
hayan visto de esa manera porque
también está eso detrás de lo
que se cuenta”.
Para el actor Enrique Molina, quien
encarna un militar comprometido
a ultranzas con el proceso que
se estaba gestando y por cuya
defensa ha quedado inválido, la
reacción del público joven
constituía una preocupación: “Yo
viví esa época, yo sé que fue
así; pero tenía que lograr que
el personaje fuera así de
genuino para que el público
pudiera entenderlo”.
En este sentido, el trabajo con los
actores es una de las claves del
éxito en la comunicación de
Lisanka con el público. “Yo
le decía a Sergio [Carlos
Enrique Almirante]: ‘tú te crees
ese personaje, esto es una
comedia pero ustedes son
genuinos. Aquí todos estamos
metidos en esos personajes y
todos son importantes, porque
hay cierta moralidad’”, cuenta
el director.
“Más de una vez escuché: para ser
revolucionario hay que
parecerlo, y me dije: toda
revolución está hecha por seres
humanos. Es el sentido de
Lisanka, y los actores
debían entenderlo. Esas
contradicciones humanas siguen
en el presente y por eso la
película se puede ver desde
nuestros días. La gente en los
60 era apasionada, auténtica.
Ahora ha cambiado un poco, ahora
hay muchos que reaccionan por
rutina y eso no debe ser, la
Revolución no es rutina. Eso
también es una reflexión desde
el presente que propone la
película.”
Siguiendo el hilo de los personajes,
propongo dialogar acerca de uno
de los personajes más polémicos
del filme: el interpretado por
Blanca Rosa Blanco. Teté es una
prostituta que trata de
insertarse a la nueva sociedad;
pero no llega a ser aceptada del
todo. Su trágico final ha sido
muy discutido entre el público.
Así lo ve la actriz: “El final de
Teté me preocupó incluso a mí,
durante mucho tiempo. Mi primera
película la hice con Daniel,
Kleines Tropicana, y cuando
me propuso este personaje le
dije: ‘esta es la última
prostituta que voy a hacer
contigo’. Traté de ver qué había
en ella de nuevo: es una
prostituta de los 60, trata de
ponerse de acuerdo con lo nuevo.
Así que me puse a investigar.
‘¿Cómo hago para hacerla
diferente?’: la diferencia es
que ella trata de incorporarse a
un sistema al cual no pertenece.
Esa dosis de tristeza, ese
resentimiento, aun queriendo
cambiar… ahí encuentro la
justificación para su historia:
hay algunas cosas que se mueren,
porque no caben… y a Teté le
tocó”.
“Teté es una pequeña provocación
—confiesa Daniel—. Ella dice que
no cobra pero todos dicen que es
una prostituta, todos hablan
mal. Supuestamente le han dado
un chance, porque ella se hace
hasta miliciana; pero la gente
tiene sus reservas con ella.
Ella sabe que la gente no la
acepta, que no logra adaptarse.
Su muerte la hace eterna. Teté
merece la eternidad, es
salvada.”
Para los actores, fundamentalmente
para la joven protagonista, ha
sido una experiencia
gratificante. “Con Lisanka
aprendí a manejar un tractor,
aprendí ruso y aprendí a ver la
vida de otra manera —dice
Mirielys, quien debuta en el
cine con esta película—. Lisanka
tiene mucho de mí, pero me
enseñó que la libertad y la
seguridad son cosas
imprescindibles en una mujer”.
Polémica, sugerente y simpática ha
resultado esta propuesta de
Daniel Díaz Torres. El público,
fiel seguidor de las
producciones del patio, la
agradeció con sus aplausos en la
sala Chaplin y seguramente lo
hará cuando pase a los circuitos
de estreno. |