Año VIII
La Habana
2009

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Biblioteca y atardecer
Amado del Pino • España

Lo he dicho otras veces: el sitio en que mejor me siento en Murcia es en su excelente Biblioteca Regional. Fue, además, el primer lugar que conocimos, Tania y yo, de la ciudad levantina. Asistíamos hace ahora tres años a una función de la titiritera y amiga Baby Maldonado.

Hoy —después de varios días de ausencia— volví por "la Regional". Como andan cerca los exámenes, la institución se convierte, como casi todas en estos tiempos, en una sala de estudios. Son jóvenes con edades que van de los 20, que acaba de cumplir mi hijo Amadín, a los 16 en los que el 30 de noviembre se instaló Adriana del Pino. Son más los que están fuera que los que ocupan los asientos de la sala. Tal parece que acarician la quimera de que los libros sobre las sillas o en el lugar donde deberán afincar los codos en la mesa, bastan para preparar los exámenes. Y afuera hay ahora mismo un fresquito sabroso que no merece el nombre de frío, y fuman su cigarrito, conversan, ríen, se tocan, formas todas ellas de comunicación que sería ridículo no incluir bajo el amplio marco de la palabra cultura.

Pertenezco al piquete de los buenos lectores de prensa. A veces termino el libro que andaba entre mis manos, pero casi siempre salto de una revista a la otra; o veo periódicos que nunca busco en  Internet como La Vanguardia. Los estudiantes no se llegan mucho por estas sillas de los disfrutadores de noticias o seguidores de reseñas. Uno mira de reojo al que anda con el periódico o la publicación seriada que preferimos, pero suele sucederme que cuando lo ponen sobre la mesa del banquete colectivo, ya me he entusiasmo con otra lectura y alguien se me adelanta.

Cuando venía hacia casa —con la novela de Carlos Fuentes que, casi con rubor, no he podido leer y prorrogué ante el amable bibliotecario— había dos muchachones recostados a un carro —yo lo llamo así como "mate"o "cierre" a lo que se daban—, ellos dirían coche, y no sé qué nombre esté de moda para calificar ese casi infinito enlazarse de las bocas. En este caso parecía ella la más apasionada. Con sus piernas delgadas en posición de combate amoroso rodeaba al jovencito de barba medio rubia y al parecer sorprendidos los dos por el estallido del amor en mitad de una tarde de estudio. Nunca olvidarán estos exámenes de la despedida de 2009 y la complicidad de un otoño propicio, celestino.

A Carlos Fuentes, o al espléndido Nabokov, cuyo tomo de cuentos acabo de entregar, les hubiese gustado describir el beso que festejaba el atardecer murciano. Estamos en Europa, pero Murcia no es París ni Nueva York, ni Madrid o Barcelona. La chica delgada, de pantalón blanco y piernas bien afincadas en la acera del romance, está marcando distancia probablemente con su madre, de mi generación, que rompió con la virginidad, pero en una cama propicia y entre cuatro paredes. Tal vez sería incapaz de este sano desparpajo en un muy compartido atardecer. Su abuela puede que fuera de las últimas en tener que ir de un pueblo a otro con el permiso marital que Franco exigía a las mujeres casadas.

Muy bien la Biblioteca. Mejor todavía el eterno rito de un beso festejando el final del día.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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