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Lo he dicho otras veces: el sitio en que
mejor me siento en Murcia es en su
excelente Biblioteca Regional. Fue,
además, el primer lugar que conocimos,
Tania y yo, de la ciudad levantina.
Asistíamos hace ahora tres años a una
función de la titiritera y amiga Baby
Maldonado.
Hoy —después de varios días de
ausencia— volví por "la Regional". Como
andan cerca los exámenes, la institución
se convierte, como casi todas en estos
tiempos, en una sala de estudios. Son
jóvenes con edades que van de los 20,
que acaba de cumplir mi hijo Amadín, a
los 16 en los que el 30 de noviembre se
instaló Adriana del Pino. Son más los
que están fuera que los que ocupan los
asientos de la sala. Tal parece que
acarician la quimera de que los libros
sobre las sillas o en el lugar donde
deberán afincar los codos en la mesa,
bastan para preparar los exámenes. Y
afuera hay ahora mismo un fresquito
sabroso que no merece el nombre de frío,
y fuman su cigarrito, conversan, ríen,
se tocan, formas todas ellas de
comunicación que sería ridículo no
incluir bajo el amplio marco de la
palabra cultura.
Pertenezco al piquete de los buenos
lectores de prensa. A veces termino el
libro que andaba entre mis manos, pero
casi siempre salto de una revista a la
otra; o veo periódicos que nunca busco
en Internet como La Vanguardia. Los
estudiantes no se llegan mucho por estas
sillas de los disfrutadores de noticias
o seguidores de reseñas. Uno mira de
reojo al que anda con el periódico o la
publicación seriada que preferimos, pero
suele sucederme que cuando lo ponen
sobre la mesa del banquete colectivo, ya
me he entusiasmo con otra lectura y
alguien se me adelanta.
Cuando venía hacia casa —con la novela
de Carlos Fuentes que, casi con rubor,
no he podido leer y prorrogué ante el
amable bibliotecario— había dos
muchachones recostados a un carro —yo lo
llamo así como "mate"o "cierre" a lo que
se daban—, ellos dirían coche, y no sé
qué nombre esté de moda para calificar
ese casi infinito enlazarse de las
bocas. En este caso parecía ella la más
apasionada. Con sus piernas delgadas en
posición de combate amoroso rodeaba al
jovencito de barba medio rubia y al
parecer sorprendidos los dos por el
estallido del amor en mitad de una tarde
de estudio. Nunca olvidarán estos
exámenes de la despedida de 2009 y la
complicidad de un otoño propicio,
celestino.
A Carlos Fuentes, o al espléndido
Nabokov, cuyo tomo de cuentos acabo de
entregar, les hubiese gustado describir
el beso que festejaba el atardecer
murciano. Estamos en Europa, pero Murcia
no es París ni Nueva York, ni Madrid o
Barcelona. La chica delgada, de pantalón
blanco y piernas bien afincadas en la
acera del romance, está marcando
distancia probablemente con su madre, de
mi generación, que rompió con la
virginidad, pero en una cama propicia y
entre cuatro paredes. Tal vez sería
incapaz de este sano desparpajo en un
muy compartido atardecer. Su abuela
puede que fuera de las últimas en tener
que ir de un pueblo a otro con el
permiso marital que Franco exigía a las
mujeres casadas.
Muy bien la Biblioteca. Mejor todavía el
eterno rito de un beso festejando el
final del día. |