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Aunque lo parece, el título no indica la
traslación de cada uno de nosotros, como
espectadores, de los escenarios del XIII
Festival de Teatro, el pasado noviembre,
a los cines de la trigésimo primera
edición del Festival Internacional del
Nuevo Cine Latinoamericano que nos
convoca estos días. No. Quiero hablar de
la creación a caballo entre teatro y
cine, entre cine y teatro, de Juan
Carlos Cremata, quien propone en las
pantallas de La Habana El premio
flaco, película basada en la obra
homónima de Héctor Quintero. Pero antes
de detenerme en ella en un próximo
comentario, propongo revisar unas
palabras mías a propósito del estreno en
2008, con su dirección y puesta en
escena, de
Frigidaire.
Porque me van a servir para rastrear esa
movilidad entre teatro y cine tan
propia, y única entre nosotros, de Juan
Carlos Cremata.
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A fines de septiembre, casi bajo el
ciclón, llegó el jolgorio de
Frigidaire, de Copi. Quiero aportar
aquí, con humildad, una contribución
para su percepción estética. Esta nota
no es, en modo alguno, una crítica. Por
eso, faltarán aquí aspectos o renglones
inevitables hasta en una reseña. Quiere
ser, simplemente, una manifestación a
favor de su entendimiento y su debate.
Por cierto, que el debate es buen signo
de vida en medio de los casi nulos del
teatro cubano. Así como Frigidaire
(Teatro El Público), elude la definición
genérica, así nos presenta a su
personaje protagónico. Un singular
momento concepto-humorístico es aquel en
que un personaje afirma sobre el
protagonista que no es ni mujer ni
maricón, en fin, que es una “degenerá”
—degenerada,
ergo, carente de género: en realidad una
(auto) descripción del espectáculo y su
modo de proceder.
En ese modo de proceder radica la clave
para posicionarse frente al montaje. El
espectáculo, pues, parte de una poética
“degenerada” que hace de lo bajo, lo
soez, lo incorrecto, lo vulgar su
poética. Por eso, no cabe la acusación
de irrespetuoso, no es dable describir
la puesta desde la “falta de respeto” o
el “exceso” si esos vectores son, en
definitiva, los móviles, las maneras
mismas, las bases de su poética,
precisamente. Ello no es óbice para
interpretar y enjuiciar
—las
grandes tareas de la crítica—
Frigidaire. De hecho, cito
términos utilizados por críticos,
periodistas y especialistas en la
polémica que desató, no solo a través de
la palabra escrita, pero mi intención,
más que disentir de otras apreciaciones,
es la de aportar una recolocación de la
mirada sobre la puesta.
Territorio de subgéneros
—ya
el prefijo acusa el nivel bajo frente a
los grandes géneros—
contiene el magma típico para la
incomprensión, rechazo o menosprecio por
parte de la alta cultura. Recuérdese que
Los Van Van no son de la gran escena
¡Qué injusticia! Sirva el guiño, de
paso, como homenaje personal a la
orquesta de Juan Formell en sus
inigualables 40 años de vida.
Frigidaire
acude a una mezcla promiscua y vívida de
tradiciones tanto universales, como de
nuestras lecturas resultantes de
aquellas. Léase vodevil, cabaret
—no
alemán sino de barrio, de esquina—,
bufo y vernáculo cubanos, Alhambra y
Shangai mezclados.
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Esa promiscuidad no es acusadora, es de
celebración carnavalesca, un jolgorio
homenaje a parte de lo que somos por
dentro y por fuera, de día y de noche,
en la calle y en la casa, en la mesa y
en la cama, en lo “oficial” y en lo
privado. No quiero decir que todos somos
así de manera escondida ni mucho menos;
pero son los rasgos que, de la mano del
grotesco y el choteo, nos pinta y por
supuesto, nos critica ante el espejo de
una imagen no realista, distorsionada a
nivel estético, pero no incierta en
cuanto a reconocernos a nosotros mismos
en nuestros excesos. Como nos enseñó la
fiesta, si cubana mejor, y nos ratificó
teóricamente Bajtín, el comportamiento
en el carnaval es raigalmente distinto
al comportamiento cotidiano de los
humanos, reglado por leyes y
convenciones escritas y no escritas.
Un chiste “fuerte”, parece en efecto
fuerte sobre el escenario si concierne a
lo histórico, lo político, lo social o
lo humano, pero lo usamos con frecuencia
fuera de él. Esto siempre va a ser así,
es parte consustancial del enigma humano
ante el espejo; la diferencia estriba en
que la estética de Frigidaire
brinda el marco estético adecuado para
la legitimidad de esa subida a escena de
la mala palabra, lo soez y lo obsceno.
No quiero, sin embargo, dejar de valorar
un “detalle”: el extraordinario
desempeño de los actores Hugo Vargas y
Waldo Franco. Sin la valiente caradura
para tales desdoblamientos y la
deslumbrante comprensión y ejecución de
“una tradición” que no ha llegado hasta
ellos de modo directo, pero que el río o
el sedimento de la cultura hace aflorar
en sus cuerpos y mentes, el espectáculo
fuera otro o, sencillamente, no
existiría.
Me dio la impresión, en la única,
magnífica y última función de la
temporada, a la que asistí, que el
variopinto —en todo sentido— público
entiende mejor este choteo con su cuota
crítica y de celebración que los
espectadores “hechos” o especializados.
Entiendo que así como cambian los
Frigidaires por los Haier nos despedimos
de un tiempo, de todo tiempo, con una
fiesta. |