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A mí no me tocó cantar sus
canciones. Envidio a toda la
gama de cubanas y cubanos, desde
los cuarentones hasta los niños
de hoy, que alegraron sus horas
de juego cantándole al gatico
Vinagrito o a cualquiera de los
ejemplares del zoológico
particular de esta artista
cubana que se define a sí misma
como “una maestra que canta”.
Quienes fueron naciendo en
nuestros pueblos y ciudades a
partir de la década de los 60,
entraban al mundo con un
cancionero privilegiado, una
especie de canastilla espiritual
hecha a mano con esmero, animada
por bichos comunes, animales y
bejucos a los que ni siquiera
miramos al pasar y que no
merecen —eso aprendemos de
Teresita— nuestra indiferencia.
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Teresita Fernández nació en
Santa Clara el 20 de diciembre
de 1930. Sus primeras canciones
datan de los años 50. Había
cursado los estudios de piano
pero, muy pronto, se sintió
inclinada hacia la canción y ese
poder comunicativo que la
acompaña cuando brota y se
transmite desde la guitarra
porque, como ella dice con mucha
razón, este instrumento tiene su
propia caja de resonancia y,
como va pegada al cuerpo, que es
la caja de resonancia de las
personas, lo que nace de ella es
capaz de llegar directo a
grandes y pequeños, a todos los
seres humanos, desde los más
ilustrados hasta quienes solo
caminan por la vida alumbrados
por sus propias luces y, en
especial, a los niños.
Había decidido abrirse camino
como trovadora. Entró a la vida
musical cubana de la mano del
dúo de Las Hermanas Martí,
voceras generosas de su arte.
¿Cómo no poner atención cuando
Bertha o Cuca nos hablaban de la
muchacha de Santa Clara que
tiene unas canciones? Ellas le
ofrecieron un hogar en La Habana
y, en poco tiempo, la sala
Arlequín, uno de los sitios
pequeños de La Rampa, donde se
presentaban muestras del teatro
más exigente del momento, abrió
sus puertas para el debut de la
trovadora. Según cuenta ella
misma tuvo, sentados en primera
fila, a Sindo Garay y a Bola de
Nieve. No era necesario acudir a
un adivino que descifrara el
vuelo de las aves para formular
los augurios que se desprendían
de semejante conjunción al
comienzo de un camino.
Transcurría el año de 1965.
Semejante entrada a escena, con
aquellos dos grandes surtidores
del mejor arte musical de Cuba
formados en atención a la manera
de un par de sencillos reclutas
o, más bien, como dos buenos,
disciplinados alumnos decididos
a no perderse un solo gesto, una
palabra de la maestra,
anticipaba una historia donde se
justifica esa frase hecha que
califica a alguien como “grande
entre los grandes”. Meses
después de ese primer recital,
Bola de Nieve reclamó la
presencia de Teresita en las
noches del restaurante
Monsigneur, caracterizado como
chez Bola. Nuevamente, una
conjunción que atraía a los más
diversos gustos. Allí me la
presentó una noche su anfitrión,
anunciándome un próximo recital
de la trovadora, que tendría
lugar muy pronto, en la salita
del Museo de Bellas Artes. Fue
cuando, de veras, me enfrenté a
su voz, su guitarra y sus
canciones, que contrastaban con
la sonoridad predominante en el
ámbito de la canción popular más
gustada en aquellos años: el más
puro feeling, enarbolado por sus
creadores e intérpretes más
representativos, con Elena
Burke, Doris de la Torre, César
Portillo de la Luz y José
Antonio Méndez, a la cabeza.
Luego de una temporada repleta
de episodios insólitos,
alternando con Bola, Teresita
comienza a tener un espacio
propio en el medio de La Rampa,
en El coctel, un sitio cuyo
nombre permanecería asociado
para siempre al suyo, aún
después que ella tomara por otro
rumbo. Allí acudían los jóvenes
que, aprendices de persona
mayor, alcanzaban el regalo de
un cancionero infantil donde no
todo es fantasía, que les
permitiría, para siempre,
sentirse un poco niños,
ingrediente que caracteriza a
esta zona de la obra de quien
afirma con verdadera conciencia:
“yo siempre he vivido como el
pararrayos: en las alturas pero
con el hilo a tierra, para que
las cosas descarguen por donde
tienen que descargar, que es en
la realidad”. Ella tendió la
mano, desde allí, a un joven
desconocido todavía, que se
recuerda a sí mismo al mirar
hacia aquellos años como “un
trovador trashumante” rodando de
aquí para allá sin un sitio fijo
para entregar sus canciones. Era
Silvio Rodríguez, justo al
comienzo de una nueva era en la
canción cubana, así como de una
amistad que ha perdurado y que
ofreció frutos muy bellos en las
múltiples ocasiones en que la
vida les dio la oportunidad de
coincidir y echar a andar
juntos, sembrando historia y
encendiendo lucecitas por toda
la Isla.
La entrega de Teresita ha sido
capaz de borrar diferencias
entre las generaciones. Así, la
hemos visto iniciarse desde el
aplauso de los grandes, tender
la mano al joven que comienza,
encajar perfectamente, en una
larga gira, en la que se vio
hermanada con Portillo de la
Luz y José Antonio Méndez, lo
mismo entre los obreros de una
mina que en el campo abierto,
encaramada sobre una plataforma,
en una casita de Cultura o bien
en un incesante entra y sale
armada de su guitarra y su voz
semejando, en su recorrido, a
esas cadenetas que hacen crecer,
aguja en mano, las viejas
tejedoras de crochet. “¿Estilos?
Solo conozco uno: el de la
sinceridad cuando se crea o se
interpreta” —declara ella—. Por
eso mismo, un buen día
comenzamos a encontrarla
sentada, junto con un grupo de
sus amigos más afines, bajo las
yagrumas del Parque Lenin, con
la ilusión de dar un sentido muy
especial a las mañanas de
domingo, desde lo que ellos
dieron a conocer como La peña de
los juglares y muchos llamaban
“la peña de Teresita”. Pocas
iniciativas han logrado el nivel
de convocatoria que Teresita y
sus amigos alcanzaron entre la
gente que, desde cualquier punto
de Cuba o del resto del mundo,
acudía a su llamado. El fin de
siglo la vio levantar el vuelo
hacia la tierra de sus padres o
hacia diversas latitudes en el
continente americano: “lo más
bonito que tiene mi vida no es
la canción que canto, sino la
historia que me ha acompañado
para poder cantarla” —dijo una
vez.
La obra de nuestra cantora mayor
abarca, a partir de una misma
excelencia en el texto y
mediante un lenguaje musical
signado por la transparencia,
además de esa vertiente que
conocemos como canción infantil
(y que yo preferiría acuñar como
canción para infantes de
cualquier edad) una frondosa
obra que se inspira en la
patria, en la naturaleza, en el
amor, en la grandeza y la virtud
que han alcanzado algunos
mortales. Pero es preciso hacer
énfasis en dos empeños que
figuran como sólidos pilares en
el conjunto de su obra: los
trabajos de musicalización de
las Rondas, de Gabriela
Mistral así como del
Ismaelillo, de José Martí.
Acerca de este último, la
compositora, pedagoga y
musicóloga Gisela Hernández,
afirmó: “Al emprender la hazaña
de la puesta en música de los
versos martianos —prólogo y 15
poemas— hazaña que no intentó
antes que ella, ni creo probable
que lo intente después, ningún
compositor culto ni popular,
ella ha dado muestras de una
riqueza creadora tan amplia de
estilo, de calidad y
originalidad que creemos
realmente insuperable por su
magnitud”.
Una excelente discografía
recoge, en su voz y en las de
los más altos cultores de la
canción cubana, gran parte de su
catálogo. Episodios de su vida
contados por ella misma, así
como casi todas las citas que
hemos incorporado a este
escrito, pueden hallarse en el
libro donde Alicia Elizundia
Ramírez, bajo el título Yo
soy una maestra que canta,
merecedor del Premio UNEAC de
Testimonio 2000 y publicado por
Ediciones Unión en 2001,
concentra una información de
primera mano que no solo nos
ayuda a acercarnos a la historia
de Teresita, sino que nos
permite contagiarnos con sus
nobles y bellamente expresadas
enseñanzas.
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Teresita Fernández acaba de ser
proclamada, este 4 de diciembre
como Premio Nacional de Música
2009. Antes de mandarle por
escrito un gran abrazo, me acojo
a una última cita, tomada de sus
propias palabras cuando dijo,
hace muchos años: “Mi
experiencia personal con la
guitarra en la mano es que
cuando la gente se empata con
esas canciones con las que
crecieron, tiene que sonreír.
Ese es mi mayor premio”. Ahora
sí, un gran abrazo.
*Publicado en Cubadebate. |