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Lo primero que me nace decir de
Teresita es que es una muy
importante compositora. Tanto
que, en el devenir de la canción
cubana, ella viene a ser como un
ave singular, pudiera decirse
que única. Por otra parte, en el
panorama de la canción para
niños de Latinoamérica, Teresita
completa un triángulo de Grandes
Maestros, cuyos otros vértices
son el mexicano Francisco
Gabilondo Soler y la argentina
María Elena Walsh. Nada poco
para un artista de la canción.
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En los años en que yo empezaba,
sonaba por la radio una canción
de Teresita que me gustaba
mucho. Era una melodía fresca y
abierta, con un aroma campesino
que aprendí a tocar en la
guitarra. Tiempo después la
conocí a ella y empecé a
visitarla en El coctel. Una
noche le escuché cantar “Cuando
el sol” y descubrí que mi amiga
era la autora de lo que me
gustaba tanto. Supongo que algo
de aquel espíritu tiene que
estar en lo que hice después.
Pero hay otras cosas, no solo
canciones, que contagian e
influyen. Teresita siempre fue
una trovadora con la que se
podía hablar de poesía, de arte,
de animales, de naturaleza, de
humanidad. Y nunca ha dejado de
ser una especie de ser
alucinado, transmisor igualmente
de asombro que de sabiduría.
Conocerla temprano me reafirmó
en la poesía como sostén
fundamental de la canción.
“Maestra que canta”. Hasta en
eso ella nos deja sin palabras
porque ha sido capaz de
autodefinirse mejor de como lo
haría cualquier otro. |